Aviva Nuestros Corazones Podcast

El Padre Nuestro, día 25

Annamarie Sauter: La culpa puede ser buena si nos lleva al arrepentimiento.

Nancy DeMoss de Wolgemuth: La culpa es algo que Dios nos ha dado como, una pequeña luz que se enciende en el panel de control de nuestro corazón...como cuando algo va mal con el motor. ¿Hay algo malo en tu corazón? ¿Hay alguna manera en particular en que le respondiste a una persona, o a las circunstancias o a una situación que te hizo sentir culpable?

Ahora bien, esto no quiere decir que nosotras tomemos responsabilidad por lo que otros nos han hecho, por eso no somos responsables. Pero si queremos recibir perdón, y tener una conciencia limpia, nosotras sí tenemos que asumir responsabilidad por nuestros pecados. Perdónanos nuestros pecados.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Nos sentimos tentadas a tomar la culpa a la ligera, hablando de «placeres culposos» o pensando en la culpa solo en términos de dieta y postres. Pero la culpa es importante, puede guiarte a mayor condenación o a mayor libertad. Depende de cómo lidias con ella. Nancy te explicará esto, al continuar en la serie titulada, «El Padre Nuestro».

Nancy: Jesse Jacobs es un estudiante universitario que ha hecho posible el pedir disculpas, sin realmente hablar con la persona a quien se ha ofendido. Si tu conciencia te está molestando y no te sientes cómoda tratando el asunto personal y directamente con la persona que has ofendido, puedes, literalmente, llamar a una línea directa de disculpas y dejar allí tu disculpa en la contestadora automática. 

Aparentemente esta línea directa recibe docenas de llamadas cada semana; personas llamando y dejando sus disculpas por todo, desde adulterio hasta malversación de fondos. Es algo increíble. Jacobs quien creó la línea directa dice que él les ofrece a los participantes la oportunidad de aliviar su culpa, y hasta cierto grado, apropiarse de sus malas acciones.

Él dice: «Yo solo espero que estas personas se sientan mejor desahogándose al confesar cualquier culpa que les haya estado molestando».

Una de las personas que llamó dijo: «Yo espero que esta disculpa me limpie y purifique mi alma. Dios sabe cuánto lo necesito». Ahora bien, esa persona, la persona que llamó a la línea directa, ha identificado una de las necesidades y anhelos más grandes del corazón humano. Realmente, cuando piensas sobre eso, no hay tormento mayor que una conciencia culpable.

Podrás recordar, si has leído o visto la obra de Shakespeare «Macbeth», donde Lady Macbeth idea un plan para matar al rey de Escocia, asegurando el trono para su esposo. Entonces ella convence a su esposo para que él sea el asesino. Y luego ella le tiende una trampa al siervo del rey para que este aparezca siendo el culpable. Luego ella se siente increíblemente culpable, y la culpabilidad sobre los crímenes que ella ha cometido, finalmente la lleva a la locura.

En esta obra, Macbeth, hay una escena famosa donde Lady Macbeth es sonámbula, y se imagina en su sueño, en su sonambulismo, que una gota de la sangre del rey ha manchado sus manos. En ese sueño, estando sonámbula, ella trata desesperadamente de lavar sus manos y limpiar esa mancha de sangre imaginaria.

Ella dice: «¿Qué? ¿Se limpiarán alguna vez mis manos? Tengo en ellas todavía el olor a sangre. ¡Todos los perfumes de Arabia no podrán endulzar estas manos! ¡Oh, oh, oh!» Ella es culpable. Ella está atormentada por su conciencia perturbándola por lo que había hecho.

Recuerdas la historia de Martín Lutero quien fue afectado por las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre cómo recibir el perdón, cómo recibir perdón de los pecados y cómo escapar de la condenación eterna y del castigo por esos pecados.

La iglesia en la Edad Media requería que si alguien deseaba que sus pecados fueran perdonados, debía ir a un sacerdote y confesar sus pecados; el sacerdote entonces le daba un acto de penitencia que dice así: «Si quieres ser perdonado o tener menos tiempo de castigo en la vida por venir, esto es lo que debes hacer. Aquí están los actos de penitencia».

Esto fue tomado muy seriamente por Lutero, aún cuando era un niño. Desde los siete años, iba regularmente a confesarse. Regularmente le decía en confesión al sacerdote lo que había hecho, pero a pesar de ello continuaba atribulado por ese profundo sentido de culpa y desesperanza por sus pecados; así es que pensó: «Voy a ser monje. Seré un sacerdote y quizás Dios me acepte. Quizás reciba el perdón que necesito si opto por esta vida religiosa».

De manera que entró al monasterio donde tenía un horario riguroso de estudio y oración. Continuó asistiendo al confesionario tan a menudo que sus superiores se cansaron de él. Tenía fama de ir al confesionario, levantarse de allí y regresar inmediatamente diciendo, «oh hay algo más que necesito confesar». Él estaba tenazmente tratando con aquellas cosas que estaban en su corazón y conciencia y de las cuales no encontraba alivio.

Para él, nada de lo que podía hacer con el propósito de ganar el perdón de Dios o evitar el castigo divino era suficiente. Así es que como monje se sometió a dos años de indescriptibles tormento físicos y mentales antes de encontrar la verdadera paz.

Las personas están desesperadas por recibir perdón. Desesperadas buscando ser libres de culpa, y desesperadas por tener una conciencia limpia para poder dormir de noche y saber que no hay nada entre ellos y Dios, o entre ellos y otra persona.

Cuando no tenemos una conciencia limpia, y tenemos una conciencia culpable, nos afecta no solamente espiritualmente, sino también mental y emocionalmente.

Karl Menninger que fue un psiquiatra famoso de mediados de 1900, dijo que si hubiera podido convencer a los pacientes de su hospital psiquiátrico de que sus pecados eran perdonados, al setenta y cinco por ciento de esos pacientes se les habría podido dar de alta al día siguiente. La culpa era algo tan inmenso que sumía a estas personas en una terrible esclavitud. Él decía que el asunto no era tanto el problema mental como el hecho de no tener la conciencia limpia, ellos cargaban la culpa del pecado sin saber qué hacer con ella.

Vamos a la Palabra de Dios, al Salmo 32. Este es un pasaje familiar, donde David ha cometido un grave pecado con Betsabé, un pecado de adulterio, y también el asesinato de su esposo. Esto estaba pesando grandemente en su conciencia. Por un período de tiempo, él mantuvo estas cosas calladas. Y describe en los versículos 3 y 4 del Salmo 32, lo que sentía cuando estaba siendo atormentado por su conciencia culpable.

Él dice en el versículo 3,

«Mientras callé mi pecado, (cuando rehusé confesar mi pecado, cuando no tenía el perdón de Dios) mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; (esa es la mano de convicción de Dios) mi vitalidad se desvanecía como con el calor del verano».

Lo que él está diciendo es, «espiritualmente, yo sentí la convicción intensa. Pero físicamente es como si mi lengua se resecara; y mis huesos se secaran. Emocionalmente y físicamente sentí el peso; yo sentí el efecto de esta conciencia culpable».

¿Has sentido tú eso alguna vez? ¿Sabes lo que se siente cuando Dios está penetrando, dándole convicción de algo a tu conciencia? Nadie más lo puede ver aunque te esté mirando. Le puede estar sucediendo a alguien ahora mismo, mientras tratamos el tema de la culpa y del perdón. Porque sabemos que hemos hecho algo, y ese algo no está bien entre nosotros y Dios.

¿Hay algo de lo que nunca has podido sacudirte, que no has podido sacar de ti, algo que has hecho, quizás algo que lamentas, un fracaso del pasado? 

Quizás no está en el pasado, quizás está en el presente. Un pecado privado que nunca le has dicho a nadie, pero nunca has tratado con él. Quizás es un pecado que te acosa. Es algo que has confesado, pero que sigues cometiendo. Y hay culpa en tu conciencia.

Estamos hablando aquí de la petición en el Padre Nuestro donde Jesús nos enseñó a orar, «perdónanos nuestras deudas». A medida que hacemos esa oración, a medida que decimos, «Señor perdónanos nuestras deudas», primero que nada, estamos reconociendo que somos deudores. Estamos reconociendo que hemos pecado en contra de Dios mismo.

Yo no voy a pedirle, «perdóname por mis deudas» si creo que no tengo deudas, si creo que no he hecho nada ¿por qué voy a pedirle, «perdóname»?. Pero somos deudores. Hemos hecho cosas. Hemos pecado. Así es que pedimos, «Señor he pecado, por favor perdóname». 

Así es que la petición es un reconocimiento de que somos deudores. Y luego es una súplica pidiendo perdón. Expresando el deseo, la petición, la rogativa, de ser libradas de nuestras deudas, para ser libradas de la culpa de nuestro pecado.

En esa petición, «perdónanos nuestras deudas», creo que queda implícito también, la fe de que estamos hablándole a Alguien que puede y que perdonará nuestros pecados. Perdónanos nuestras deudas. Nos dirigimos a Dios diciendo «Señor por favor perdóname».

Él es el único que puede perdonarnos. Él es el que tiene el poder para perdonar. Él es contra quien hemos pecado. Con Él es con quien estamos endeudadas. Así es que a Él es que vamos, y le decimos, «Señor, Tú puedes perdonarme. Tú solamente puedes impartir perdón.

Así es que Señor, yo he pecado y yo necesito perdón. Vengo a ti diciendo, «¿por favor me perdonas?»

Es interesante ver, que esta petición está en la misma oración que la petición por el pan nuestro de cada día: «Danos hoy nuestro pan de cada día y perdónanos nuestras deudas» (Mat. 6:11-12). Cuando lo oyes por primera vez, puedes pensar, «¿por qué pondrías una petición tan práctica y simple como el pan de cada día en la misma oración que la petición por algo tan profundo como el perdón de los pecados? 

Creo que no es por accidente que estas dos peticiones aparecen en la misma oración. Es obvio que no podemos vivir sin el pan de cada día, necesitamos comida para poder sobrevivir. Y como vimos en esa porción del Padre Nuestro, no solo se refiere literalmente al pan. Se está hablando de nuestras necesidades básicas diarias, necesidades materiales, necesidades físicas, necesidades prácticas. Hay cosas que necesitamos para nuestra supervivencia y Jesús nos enseñó a pedirle a Dios por esas necesidades y reconocer esas necesidades delante de Él. Si pasas un período de tiempo prolongado sin comida, finalmente vas a morir. No podemos vivir sin ella. Es una necesidad. 

De esa misma manera, no podemos vivir sin perdón. No podemos vivir sin perdón. La paga del pecado es ¿qué? es muerte. Si no obtenemos perdón por nuestros pecados moriremos en nuestros pecados.

Así es que Jesús nos dice que «es tan esencial para la supervivencia física el tener alimento, agua, aire y aliento, como para nuestras almas el tener el perdón de nuestros pecados». Necesitamos perdón tanto como necesitamos el aire para respirar y comida para alimentarnos. De hecho, necesitamos más el perdón de lo que necesitamos comida. La comida solo alimenta nuestro cuerpo físico, y nuestro cuerpo físico es temporal. Pero el perdón sostiene nuestras almas que van a vivir eternamente.

El perdón es necesario para nosotras poder tener acceso a Dios. Nosotras no podemos acercarnos a un Dios santo si nuestra conciencia es culpable. No podemos tener una relación con Él. No podemos tener comunión con Él. Él es santo. Sí, somos impuras, esto interrumpe nuestra comunión con Él. El perdón es lo que nos permite acércanos a Dios libres de deudas con una conciencia limpia. 

Ahora, ambas peticiones, danos nuestro pan de cada día y perdónanos nuestras ofensas, nos muestran que somos dependientes, totalmente dependientes de alguien o algo fuera de nosotras mismas. Y no solo somos dependientes de otros. Otros no pueden proveer en última instancia las cosas que necesitamos para el sustento del cuerpo y del alma. 

Pero Dios sí puede. Él es la fuente de nuestra provisión. Él nos provee nuestro pan diario. Él es la fuente del perdón de nuestros pecados. Así es que necesitamos mirarle a Él. Es por eso que Jesús nos enseñó a orar esta oración, y decir, «Señor, a Ti miro. No hay ningún ser humano en la tierra que en última instancia pueda perdonar mis pecados». El perdón de pecados proviene en última instancia solo de Dios.

Así que esta oración es un reconocimiento de nuestra desesperada necesidad de Dios. Está diciendo, «Señor, yo te necesito. Yo no puedo vivir sin lo que solamente Tú me puedes suplir».

En la última sesión hicimos referencia a dos perspectivas del pecado que frecuentemente tenemos. Yo dije que las personas tienen tendencia a luchar más con una que con otra. Yo me identifiqué más con la primera, donde tendemos a minimizar nuestro pecado, y quizás a compararnos y comparar nuestros pecados con otras personas que parecen tener pecados mayores. Y pensamos «bueno, no soy tan mala».

Ahora, quizás no estemos conscientes de esto. Pero muchas de nosotras nos evaluamos con una curva. Y así por comparación con algunas de las cosas que las personas están haciendo allá afuera, pensamos, «bueno, estas cosas con las que trato—un espíritu crítico, hablar más de la cuenta, celos— yo no diría que no son malas, pero no son «tan malas». Y hablamos de qué tan en serio Dios toma todos los pecados.

Algunas tienden a minimizar el pecado, y por otra parte otras tienden a minimizar no su pecado sino la gracia de Dios. Yo encuentro que muchas, muchas mujeres hoy tienen esa perspectiva. Ellas saben que Dios sí puede perdonar. Tienen la teología, pero en sus corazones minimizan el poder de la gracia de Dios y esto las lleva a pensar, o al menos a sentir que Dios no puede perdonarlas por lo que han hecho».

Quizás ellas nunca lo digan. Su teología les dice que Él las puede perdonar. Pero ellas nunca se sienten perdonadas. Ellas luchan con la culpa. Luchan con el sentirse libres de la culpa. A esas mujeres, a esas personas es a las que quiero dirigirme ahora en esta sesión y en la próxima: a aquellas que tienden a minimizar la gracia de Dios y dicen: «Lo que he hecho es demasiado grande, no sé si realmente podré sentirme perdonada».

Para poder llegar al lugar donde recibimos realmente la gracia de Dios, donde recibimos el perdón de nuestros pecados, primero debemos reconocer lo que hemos hecho; que hemos pecado. No podemos ser perdonadas por algo que pensamos que no hicimos o que nunca hemos reconocido haber hecho.

Nosotras debemos reconocer nuestras malas acciones. Una gran parte de la terapia psicológica moderna trata de ayudarnos a tratar con la culpa, al querer convencernos de que nosotras no somos realmente culpables de lo que nos sucede; que somos así por lo que otros nos han hecho. Si te sientes así, si eres así, es por lo que tus padres te hicieron cuando eras pequeña, porque tuviste experiencias traumáticas, porque has sido tratada injustamente o porque ahora tu esposo te trata mal.

Ahora bien, esas cosas sí suceden, y son cosas que afectan nuestras vidas. Pero una verdad liberadora es el darnos cuenta de que nos sentimos culpables porque verdaderamente somos culpables. La culpa es algo que Dios nos ha dado como la luz del motor que se enciende en el panel de control de nuestros corazones para hacernos saber que está sucediendo algo malo con el motor. Hay algo malo en el corazón. Hay algo malo en la manera en la que respondiste a una persona o a una circunstancia o situación que te ha provocado o hecho sentir culpable.

Esto no quiere decir que tomemos responsabilidad por lo que otros nos han hecho. No somos responsables por eso. Pero si queremos ser perdonadas para tener una conciencia limpia, tenemos que asumir la responsabilidad por nuestros pecados. Perdónanos nuestros pecados.

Recientemente estuve leyendo sobre todo el asunto implicado en los indultos presidenciales. En la medida en que lees esto, te das cuenta que el indulto presidencial no implica inocencia por parte de la persona.

El presidente, al dar el indulto, no está diciendo, «te condenaron equivocadamente». Sé que esto ha sucedido en ocasiones pero aquí no es el caso.

Pero cuando el indulto presidencial es emitido, o el indulto del gobierno, en caso de que sea una situación estatal, no quiere decir que la acción criminal o delictiva no se haya cometido. De hecho para obtener el perdón, tienes que admitir por escrito que eres culpable. Tienes que escribir una carta y decir, «esto fue lo que hice, yo soy culpable de este crimen o delito».

Y cuando obtienes el perdón, no se borra el registro de la sentencia que te condenó. Ese indulto es solo una señal, una evidencia de que has sido perdonado, no de que no cometiste el crimen o el delito.

Yo sé que esta analogía tiene sus puntos débiles, pero hay mucha verdad aquí con referencia a nuestra relación con el Señor. Dios nos perdona por los pecados que admitimos haber cometido. Y luego, después de reconocer que somos pecadoras, que somos culpables, que hemos hecho lo malo, queremos llegar al lugar donde reconocemos que nuestro Padre a quien le hemos estado orando, nuestro Padre en los cielos, es un Dios perdonador. Él está dispuesto a perdonar.

Si realmente te detienes a meditar en esto, todo esto es algo maravilloso, porque Dios es un Dios santo. Él no tiene por qué perdonar ninguno de nuestros pecados, mucho menos todos nuestros pecados. De hecho, Él permanecería completamente justo si rehusara el perdonar nuestros pecados. Pero Él no solo está dispuesto a perdonarnos: Él puede perdonarnos.

Vuelvan a leer el Salmo 32. Vimos a David con esa grande e intensa convicción por su pecado, y cómo de día y de noche Dios con Su mano pesada cargaba su conciencia. Miren el versículo 5: Él dice: «Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al SEÑOR; y tú perdonaste la culpa de mi pecado».

¿Qué se siente cuando eres perdonado? Nosotras vimos lo que se siente cuando somos culpables, el tener una conciencia culpable. Pero, ¿cómo se sintió David una vez fue perdonado? Miren el versículo 1 y 2 del Salmo 32: «¡Cuán bienaventurado es aquel cuya transgresión es perdonada cuyo pecado es cubierto! ¡Cuán bienaventurado es el hombre a quien el Señor no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño!»

David está diciendo: «Yo he pecado. Yo he pecado grandemente. Y Dios me dio convicción, gracias a Dios por Su convicción, si no fuera por eso tomaríamos el pecado a la ligera, no trataríamos con nuestro pecado.

Entonces él dice: «Te manifesté mi pecado y no encubrí mi iniquidad». No traté de defenderlo, no traté de racionalizarlo. No culpé a nadie. Lo traté con honestidad. «Yo lo confesé a Dios». Nosotros vemos en el Salmo 51, que él lo hizo con un corazón penitente, quebrantado, y arrepentido. Esto no solo fue una verbalización de, «yo he pecado». Esto venía de un corazón que estaba grandemente afectado por haber pecado en contra de Dios.

Y ¿qué hizo Dios? Dios lo perdonó. David dijo, «tan doloroso y agobiante como fue tener la culpa sobre mí, así es el gozo, la bendición y la maravilla de ser librado del peso de mi pecado».

Oigan bien, David no llamó a una línea directa de disculpas. Si tú quieres, puedes hacerlo. ¿Pero sabes qué? No podrá tratar con la culpa, porque solo Dios puede perdonar pecados. David le dijo, «yo te confesé mi pecado».

Me encanta el pasaje de Miqueas 7 que dice,

«¿Qué Dios hay como tú que perdona la iniquidad y pasa por alto la rebeldía…? No persistirá en Su ira para siempre porque se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, hollará nuestras iniquidades. Sí, arrojarás a las profundidades del mar todos nuestros pecados» (vv.18-19).

¿Crees esto? ¿Lo has experimentado en tu vida? Dios lo ha prometido. Nuestro Padre al que estamos orando que perdone nuestros pecados nos promete un perdón total y completo a los pecadores culpables. No hay otro Dios como Él. No hay otro que pueda impartir perdón de pecados.

Así es que oramos como lo hizo David en otro salmo, el Salmo 130: «Desde lo más profundo, oh Señor he clamado a ti. ¡Señor oye mi voz! ¡Estén atentos tus oídos a la voz de mis súplicas!» (vv. 1-2). Perdónanos nuestras deudas.

Y entonces él dice: «Si tú oh SEÑOR, tuvieras en cuenta las iniquidades (si tu le das un seguimiento, si las guardaras en mi contra) ¿quién, ¡oh! Señor podría permanecer?» (v.3) ¿Quién tendría oportunidad? Y entonces viene el versículo 4, que me encanta, en el Salmo 130: «Pero en ti hay perdón, para que seas temido».

Eso levanta en mi mente una gran, gran pregunta. Nosotras decimos que Dios puede y perdonará nuestros pecados. Así es que vamos donde él y decimos, «perdónanos nuestras deudas». La pregunta que viene a mi mente es esta, ¿cómo puede Dios perdonarnos? Y eso es de lo que hablaremos en la próxima sesión.

Annamarie: La oración, «El Padre Nuestro» nos ayuda a considerar los aspectos más importantes de la vida. Nancy DeMoss de Wolgemuth ha estado guiándonos a lo largo de esta maravillosa oración en la serie titulada, «El Padre Nuestro». Ella regresará para orar con nosotras.

¿Está tu corazón cargado de culpa, pecado y mentiras? Queremos aprovechar para invitarte a reunir a un grupo de amigas, y juntas, ser parte de la transmisión en vivo de la conferencia True Woman ‘18. Escucha la verdad que te hace libre.

Estarán con nosotras Nancy DeMoss de Wolgemuth, Mary Kassian, Dannah Gresh, Betsy de Gómez, entre otras, que traerán a tu corazón la verdad de la Palabra de Dios. Para más información visítanos, en AvivaNuestrosCorazones.com.

¿Cómo puede Dios perdonar el pecado? ¿Quiere esto decir que Él deja que la gente se salga con la suya? Bueno, hablaremos acerca de esto mañana. Ahora, oremos con Nancy.

Nancy: Es una maravillosa gracia, oh Padre, la que nos has extendido a nosotras. Yo te doy las gracias de que podemos venir ante Ti, y que Tú nos has dicho que debemos de venir ante Ti, y que oremos tanto así como podamos, y te pidamos a Ti por provisión para nuestras necesidades diarias. Se nos invita a que vengamos a Ti y te oremos pidiendo perdón, perdón por nuestros pecados.

Gracias porque eres un Dios perdonador, Tú eres un Dios que nos absuelve, gracias porque podemos ser liberadas de la culpa, del peso y de la carga de nuestros pecados. Y yo te pido Señor que cada una de nosotras experimente la bendición, el gozo, la libertad de tener una conciencia limpia, sabiendo que nuestra culpa ha sido removida. Se ha pagado la penalidad. Hemos sido liberadas de nuestro pecado. Yo te lo pido el nombre de Jesús, amén.

Annamarie: Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

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