Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

El fariseo

Annamarie Sauter: ¿Has escuchado la historia bíblica sobre la mujer llamada «una mujer pecadora»? Ella fue a casa de un fariseo donde Jesús estaba comiendo.

Nancy DeMoss Wolgemuth: El hombre era religioso y respetuoso de la ley. La mujer no guardaba sino que violaba la ley. El hombre era puro…o eso pensaba. La mujer era impura, y todos lo sabían. Simón se veía a sí mismo como justo. La mujer sabía que era una pecadora. Los pecados de la mujer eran más obvios. Pero quiero resaltar que los pecados de Simón eran más peligrosos.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Hoy Nancy da inicio a la serie de enseñanzas titulada: ¿Quién ama más? Aquí está ella con nosotras.

Nancy: Hace algunas semanas a mi dulce esposo se le pidió que predicara en la iglesia a la que llamamos nuestra iglesia —nuestra iglesia local. Le asignaron un pasaje y un tema como parte de una larga serie que se predicaba en nuestra iglesia. Se trataba sobre la mujer de Lucas 7, que se conoce simplemente como «la mujer pecadora». Más adelante cuando nos adentremos en la serie sabremos por qué es conocida de esa manera. 

Yo meditaba mientras él se preparaba, al escuchar el mensaje —los dos servicios— y escucharlo desmenuzar este pasaje después de haberse sumergido en él durante semanas, y fue muy dulce y enriquecedor para mí. Pensé: «Nunca he enseñado esto en Aviva Nuestros Corazones». Considerando lo que haríamos durante esta sesión de grabación pensé: «Esto es lo que voy a hacer».

Así que le doy gracias a mi esposo, gracias por inspirarme a profundizar en este pasaje. Como resultado de este estudio ahora amo a esta mujer y amo a Jesús de una manera más profunda, mucho más que antes. Y deseo lo mismo para todas ustedes. 

Espero que me acompañen y vayan conmigo al Evangelio de Lucas, al capítulo 7. Vamos a acampar ahí en los próximos cinco programas. Hay tres personajes principales en esta historia. Comenzaré leyendo desde el versículo 36 hasta el final del capítulo. Veremos lo diferentes que son estos tres personajes entre sí.

Primero veremos a Simón el fariseo. Luego veremos a la mujer, la mujer pecadora. Luego veremos al Salvador. Ambos personajes necesitaban al Salvador, y eso se hará evidente a medida que veamos cómo se desarrolla la historia.

Así que, Señor, abre nuestros ojos, nuestros oídos, nuestros corazones para recibir Tu Palabra, y que esta nos apunte a Cristo de una manera dulce y refrescante, oro en el nombre de Jesús, amén.

Lucas capítulo 7, versículo 36. Esta es la Palabra del Señor:

Uno de los fariseos pidió a Jesús que comiera con él; y entrando Él en la casa del fariseo, se sentó a la mesa. Había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y poniéndose detrás de Él a Sus pies, llorando, comenzó a regar Sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba Sus pies y los ungía con el perfume. Pero al ver esto el fariseo que lo había invitado, dijo para sí: “Si Este fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, que es una pecadora”. Y Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. “Di, Maestro”, le contestó. “Cierto prestamista tenía dos deudores; uno le debía 500 denarios y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, (ninguno tenía como pagar) perdonó generosamente a los dos. ¿Cuál de ellos, entonces, lo amará más?” “Supongo que aquel a quien le perdonó más”, respondió Simón. Y Jesús le dijo: “Has juzgado correctamente”. Y volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón: “¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua para Mis pies, pero ella ha regado Mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar Mis pies. No ungiste Mi cabeza con aceite, pero ella ungió Mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama”. Entonces Jesús le dijo a la mujer: “Tus pecados han sido perdonados”. Los que estaban sentados a la mesa con Él comenzaron a decir entre sí: “¿Quién es Este que hasta perdona pecados?” Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”».

Esta es la Palabra del Señor.

Ahora, este relato a menudo se conoce como la historia de «la mujer pecadora», pero en realidad, hay dos pecadores necesitados en esta historia. Dos personas a las que Jesús se acerca. Dos personas que necesitan desesperadamente un Salvador.

Y ladiferencia aquí entre Simón y esta mujer se ve por medio de contrastes. No podrían ser más distintos.

Uno es un hombre, la otra es una mujer. Eso es obvio.

Dice que el nombre de aquel hombre es Simón. La mujer no tiene nombre. A ella se le identifica solo como «una mujer de la ciudad que era pecadora». Hablaremos de eso más adelante.

El hombre era un fariseo respetado y de buena reputación, un líder religioso, un buen hombre. La mujer tenía fama de pecadora. Algunos comentaristas coinciden en que esta mujer probablemente era una prostituta. Entonces tenemos un fariseo y una prostituta. Ellos no se mezclaban. Ambos venían de dos mundos diferentes.

El hombre era religioso y respetuoso de la ley. La mujer no guardaba sino que violaba la ley de Dios.

El hombre era puro, o eso era lo que pensaba. La mujer era impura, y todos lo sabían.

Simón se veía a sí mismo como justo. La mujer sabía que era una mujer pecadora.

Los pecados de la mujer eran más obvios, pero quiero resaltar que los pecados de Simón eran más peligrosos. ¿Por qué? Porque no podía verlos, estaba ciego a ellos.

Si bien había muchas diferencias entre Simón el fariseo y esta prostituta, una cosa tenían en común: ambos eran pecadores; ambos necesitaban desesperadamente el perdón.

Conocemos la respuesta de la mujer pecadora hacia el Salvador. Conocemos el desenlace de su historia. Pero no sabemos la respuesta ni el desenlace de la historia del fariseo. Y tal vez se dejó de esta manera para que nos diéramos cuenta, aquellas de nosotras que nos identificamos con el fariseo, que el resultado de nuestra historia se determina por nuestra respuesta al evangelio y a Cristo.

Hoy veremos al primero de estos dos pecadores: Simón el fariseo. Mañana daremos un vistazo más profundo a la mujer. Entonces, hoy nos enfocaremos en este pasaje, Lucas 7 versículo 36: «Uno de los fariseos pidió a Jesús que comiera con él; y entrando Él en la casa del fariseo, se sentó a la mesa».

Ahora, antes de hablar sobre los fariseos y de algunos de sus antecedentes y lo que eso significaba, quiero que veamos esta palabra. En mi traducción de la Biblia dice: «Uno de los fariseos le pidió». Tu Biblia puede decir «solicitó», o algunas de sus traducciones dicen «lo invitó». Mi traducción dice, «el fariseo le pidió que comiera con él».

Este verbo —preguntar, invitar, pedir— es una palabra griega que sugiere que la persona que invita, quien hace la petición, es igual o del mismo rango que la persona que está siendo invitada. Es la palabra que se usaría si un rey le hiciera una invitación a otro rey. Vemos esto en el Evangelio de Lucas, capítulo 14. Se utiliza entre iguales. Tú y yo somos iguales. Nuestros verbos no funcionan de la misma manera. Si yo le preguntara algo al presidente, al médico o al ama de llaves, utilizaría el mismo verbo —preguntar, invitar.

Pero en este caso, el verbo que se utiliza se refiere a alguien que es mi igual, y sugiere que este fariseo que quería que Jesús comiera con él tenía una percepción inferior sobre quién realmente era Jesús. Lo veía como su igual. Ahora, él nunca vería a la mujer de esa manera, pero sí a Jesús. Es como si dijera, «hola amigo, tú y yo somos iguales. Estamos en la misma condición. Te invito a mi casa a cenar».

Ahora la palabra «fariseo». Veamos un momento quiénes eran estos fariseos. Ellos eran una secta religiosa influyente en la época de Cristo. Josefo, un historiador antiguo, dijo que había aproximadamente 6000 de ellos en la época de Cristo. 

La palabra «fariseo» proviene de una palabra aramea que significa «separar». De hecho, esto lo vemos en el libro de Daniel cuando él estaba diciendo lo que significaba lo que Dios escribió en la pared: «Peres: su reino ha sido dividido y entregado». Es arameo, lo que significa es, dividir, separar.

Los fariseos eran separatistas. Estaban ellos y todas las demás personas impías. Ellos eran justos. Todos los demás eran pecadores. Por lo tanto los fariseos eran distantes. Tenían un complejo de superioridad espiritual. Ellos eran venerados y eran reverenciados. Eran considerados muy superiores.

Los fariseos se enorgullecían de guardar la ley. Estaban convencidos de que complacían a Dios más que nadie, porque observaban estrictamente la ley de Dios y no solo las Escrituras del Antiguo Testamento, sino también sus propias tradiciones orales, cosas que ellos agregaban a la ley —cientos de requisitos, ceremonias y solicitudes detalladas de la ley que habían agregado– y todo lo consideraban ley de Dios. «Guardamos todo esto religiosamente». Entonces, desde su punto de vista, establecieron un estándar. Ellos eran el estándar por el cual todos los demás eran medidos.

Ellos eran «piadosos». Eran celosos de su religión. Nadie podía culparlos. No se podría decir que eran flexibles con su religión. Eran celosos al respecto. Y se oponían a todo lo que sentían que no estaba a la altura o consideraban impío. Los fariseos estaban ciegos. Estaban cegados por su orgullo y por su autojusticia.

Estaban determinados a ser populares, a ser respetados, a ser aplaudidos por otros. Y sabemos esto porque, a través de las Escrituras especialmente en los evangelios, Jesús habla a los fariseos, y les señala estas cosas, como veremos en un momento.

Eran conocidos y muy respetados por su comportamiento externo, sus actos religiosos. ¿Recuerdas por qué algunos de ellos eran conocidos? Por ayunar. Por hacer oraciones largas y religiosas de alto nivel. Por dar limosnas y dinero a los pobres. Por su buen trabajo y limpiezas ceremoniales.

Hacían esto para que otros los vieran, porque pensaban que si lo hacían serían aceptados delante de Dios.

Los fariseos se destacan particularmente a lo largo del Evangelio de Lucas, y como estamos viendo en Lucas 7. Quisiera darles una vista panorámica de los fariseos a lo largo del Evangelio de Lucas. Tal vez deseas ir a estos pasajes. Solo daré las referencias, puedes buscarlos más tarde. Inspeccionaremos un poco a los fariseos en el Evangelio de Lucas.

Aparecen en Lucas capítulo 5. ¿Recuerdas cuando el paralítico fue bajado de un techo por sus amigos? Dice el versículo 20 de Lucas 5: «Al ver Jesús la fe de ellos, dijo: “Hombre, tus pecados te son perdonados”. Versículo 21: «Entonces los escribas y fariseos comenzaron a razonar, diciendo…»

Ahora, quisiera que viéramos los distintivos o las características de estos fariseos porque es muy evidente lo que eran. Los escribas y los fariseos comenzaron a preguntar: «¿Quién es este que habla blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?» 

Versículo29 del capítulo 5: «Leví (que era un recaudador de impuestos que Jesús llamó para ser uno de sus discípulos) le ofreció un gran banquete en su casa, y había un grupo grande de recaudadores de impuestos y de otros que estaban sentados a la mesa con ellos» (vv. 20 –21, 29).

Probablemente has escuchado acerca de los recaudadores de impuestos… Bueno, hoy en día podría ser similar a alguien que trabaja para el impuesto sobre la renta, tal vez más como la mafia, o gobernantes corruptos. No eran bien vistos en absoluto. Eran como la escoria de la tierra. En realidad eran servidores del Imperio Romano, por lo que representaban a Roma. Despojaban a las personas de toda su riqueza y tomaban una parte para ellos mismos, se embolsillaban todo lo que podían. Por eso ser un recaudador de impuestos era sinónimo del peor tipo de pecador posible. Ese es el concepto cultural aquí.

«Leví, un recaudador de impuestos, a quien Jesús había llamado a seguirlo, ofreció un banquete. Había un gran número de invitados —todos sus amigos recaudadores de impuestos— y algunos recostados en la mesa con él».

Versículo 30: «Y los fariseos y sus escribas se quejaban a los discípulos de Jesús, diciendo: “¿Por qué comen y beben ustedes con los recaudadores de impuestos y con los pecadores?”».

Vemos que a menudo estos se contraponen entre sí, particularmente en el Evangelio de Lucas. Por un lado tenemos a los escribas y los fariseos, y por otro tenemos a los publicanos, los recaudadores de impuestos y los pecadores. Son como las dos categorías. En lo que respecta a los fariseos, no había ninguna posibilidad de que se juntaran los dos grupos.

Lucas capítulo 6, versículo 1: «Aconteció que un día de reposo Jesús pasaba por unos sembrados, y Sus discípulos arrancaban y comían espigas, restregándolas entre las manos. Pero algunos de los fariseos dijeron: “¿Por qué hacen ustedes lo que no es lícito en el día de reposo?”»

Este era otro gran problema que los fariseos tenían con Jesús, ellos eran muy escrupulosos en santificar el día de reposo. No solo tenían las leyes de Dios del Antiguo Testamento, sino que habían agregado muchas leyes, muchas restricciones. Ellos las cumplían cuidadosamente, pero si tú no las cumplías, entonces eras un pecador. Pero ellos no lo eran, claro.

Así que este fariseo reprende a Jesús, y es como si Jesús les diera un pellizco, haciendo cosas intencionalmente en el día de reposo (sanaciones, buenas obras) porque quería exponerlos a ellos y a su autojusticia y legalismo.

Aquí Jesús está con Sus discípulos. Están consiguiendo algo de comida, lo que estaba dentro de la ley. Esto estaba de acuerdo con la ley de Dios, pero no se suponía que lo hicieran el día de reposo, según los fariseos. Pero los fariseos estaban ahí, siendo muy escrupulosos. Buscando una ocasión para criticar a Jesús. Estaban armando un caso contra Él.

Entonces dijeron: «¿Por qué haces lo que no es lícito hacer en el día de reposo?» ¿Según la ley de quién? No según la ley de Dios, según su propia ley, la cual ellos igualaban a la de Dios.

Versículo 6 del capítulo 6: «Y en otro día de reposo entró en la sinagoga y enseñaba; y había allí un hombre que tenía la mano derecha seca.A fin de encontrar de qué acusar a Jesús (para cuando terminemos con estos versículos, ya los sabrás de memoria. Podrás recitarlos tú misma porque es una repetición. Esto sucede una y otra vez). Los escribas y los fariseos lo observaban atentamente para ver si sanaba en el día de reposo».

Ellos estaban buscando una razón para demostrar que Jesús no era alguien especial, que no era un verdadero maestro, que no había sido enviado por Dios, y por supuesto, que no era el Mesías.

A medida que el pasaje continúa, Jesús sana al hombre, que es exactamente lo que esperaban que hiciera. El versículo 11 dice: «Pero ellos (los fariseos) se llenaron de ira, y discutían entre sí qué podrían hacerle a Jesús». Aquí es donde encuentran un camino, un escenario para deshacerse de Él.

Ahora sigue el capítulo 7 que es el que estamos viendo, al cual volveremos y nos quedaremos ahí durante los próximos días. Pero continuando con esta descripción general, vamos al capítulo 11 de Lucas, versículo 37. Al principio suena un poco similar al pasaje que acabamos de leer en Lucas 7, pero ahora estamos en Lucas 11:37: «Cuando terminó de hablar, un fariseo le rogó que comiera con él; y Jesús entró y se sentó a la mesa. El fariseo al ver esto, se sorprendió de que Jesús no se hubiera lavado primero antes de comer, según el ritual judío».

Se está refiriendo a un lavado ceremonial. Nuevamente, esta era una de las cosas que los fariseos habían agregado a la ley de Dios. «Si vas a estar limpio, ser santo, entonces será mejor que te laves las manos, no solo cuando entres al templo, o antes de ofrecer un sacrificio, sino incluso antes de cada comida».

Sabemos que esta es una buena idea por cuestiones de higiene. Pero esto no tenía que ver con la higiene, tenía que ver con un tema religioso. Los fariseos se asombraron al ver que Jesús no se lavó antes de la cena. No pienses que Jesús simplemente se olvidó de hacer el lavado ceremonial. No, lo hizo a propósito, porque quería exponer a los fariseos y su verdadero corazón.

«Pero el Señor le dijo: (efectivamente) “Ahora bien, ustedes los fariseos limpian lo de afuera del vaso y del plato (Limpian todo lo externo. Aparentan estar muy bien y limpios. Lavan sus manos); pero por dentro están llenos de robo y de maldad”».

Él está exponiendo sus corazones. Lavar tus manos no hace que obtengas el favor de Dios. Puede que obtengas el favor de tu madre si eres un niño, pero no te consigue el favor de Dios. Eso suponía ser algo simbólico, pero si se tiene un corazón sucio y manos limpias, ¿Cuál es el punto? ¿De qué sirve? ¿Qué valor tiene?

Jesús continúa en este capítulo, en el versículo 42 —ahora, solo estoy seleccionando algunos de los muchos intercambios que Jesús tuvo con los fariseos: «Pero ¡ay de ustedes, fariseos! Porque pagan el diezmo de la menta y la ruda y toda clase de hortaliza…»

(Ustedes son cuidadosos al diezmar el mínimo de hierbas para aparentar religiosidad ¿no es así?) «…y sin embargo pasan por alto la justicia y el amor de Dios; pero esto es lo que debían practicar sin descuidar lo otro» (v.42). Así que, ellos diezmaban su menta y su comino, pero descuidaban las cosas que realmente importan —la justicia y el amor de Dios. Recuerda esa palabra «amor» porque la encontraremos varias veces en el pasaje que veremos esta semana.

Versículo 43: «¡Ay de ustedes, fariseos! Ustedes aman…» Esto es lo que amaban: se amaban a sí mismos. «Porque aman los primeros asientos en las sinagogas y los saludos respetuosos en las plazas…» Les gustaba que todos los miraran y pensaran que eran tan poderosos y tan finos, religiosos, piadosos y espirituales. Se amaban a sí mismos —ese es mi pequeño comentario al respecto.

Versículo 53: «Cuando salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a acosar en gran manera, y a interrogar minuciosamente a Jesús sobre muchas cosas».

Y luego pasamos al capítulo 13 de Lucas, al versículo 14. Jesús en este pasaje, sana en la sinagoga a una mujer incapacitada por un espíritu. Ella estaba encorvada, incapaz de mantenerse en pie, por dieciocho años debido a esa opresión demoníaca. Él sanó a esta mujer. Y ella por primera vez en dieciocho años se pudo enderezar. «Pero el oficial de la sinagoga, indignado porque Jesús había sanado en día de reposo, reaccionó diciendo a la multitud: “Hay seis días en los cuales se debe trabajar; vengan, pues, en esos días y sean sanados, y no en día de reposo”» (v. 14).

Es cómo si no pudiera gozarse con esta mujer, celebrar la increíble obra de Cristo en su vida. No, él no estaba feliz. Él estaba enojado, porque Jesús no encajaba en su religiosidad.

Capítulo 14, versículo 1: «Y aconteció que un día de reposo, Jesús entró para comer en casa de uno de los principales de los fariseos, y ellos lo estaban observando cuidadosamente». Puede que te preguntes: ¿por qué Jesús seguía yendo? ¿Sabes por qué? Por la misma razón por la que sigue viniendo a ti y a mí, porque vino a buscar y a salvar a los perdidos.

Versículo 7: «Jesús comenzó a referir una parábola a los invitados, cuando advirtió cómo escogían los lugares de honor en la mesa». Esos eran los fariseos. Ellos elegían los lugares de honor.

Capítulo 15, versículos 1–2: «Todos los recaudadores de impuestos y los pecadores (ese es un grupo) se acercaban para oír a Jesús». Versículo 2(el otro grupo) «Y los fariseos y los escribas murmuraban: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”».

Los recaudadores de impuestos y los pecadores eran atraídos hacia Él como imanes, pero los fariseos y los escribas lo rechazaban.

Capítulo 16, versículo 13: «”…Ningún siervo puede servir a dos señores, porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y a las riquezas”.Los fariseos, que eran amantes del dinero, oían todas estas cosas y se burlaban de Él. Y Jesús les dijo: “Ustedes son los que se justifican a sí mismos ante los hombres, pero Dios conoce sus corazones, porque lo que entre los hombres es de alta estima, abominable es delante de Dios…”».

Capítulo 18, versículo 9: «Dijo también Jesús esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos, y despreciaban a los demás: “Dos hombres (la parábola continúa) subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos…”»

¿Ves el contraste aquí? El fariseo, quien confiaba en sí mismo, era justo y trataba a los demás con desprecio. «El fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano”». ¿Puedes ver aquí la autojusticia? ¿El orgullo?

En el capítulo 19, tenemos la entrada triunfal en Jerusalén; versículo 37: «Cuando ya se acercaba, junto a la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, regocijándose, comenzó a alabar a Dios a gran voz por todas las maravillas que habían visto, diciendo: “¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!”»

¿Crees que los fariseos estaban contentos por esto? ¡Por supuesto que no! Versículo 39: «Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: “Maestro, reprende a Tus discípulos”».

Estaban tan irritados. Mientras Jesús estuviera cerca, ellos no serían felices ningún día, sin importar lo que sucediera. Eran enemigos acérrimos de Jesús, Él no compraba su fachada religiosa. Él veía más allá de ella. Ante los ojos de ellos, Él se había contaminado andando con pecadores marginados de mala vida. Personas con las que ellos jamás pensarían estar.

Jesús los reprendió severamente por su avaricia, su pretensión, su autojusticia.

  • Los llamó serpientes
  • Les dijo que su religión era una farsa
  • Les advirtió sobre la ira venidera
  • Les quitó las máscaras y expuso su hipocresía

Lo odiaban y odiaban Su mensaje. Estaban decididos a deshacerse de Él, e hicieron todo lo posible para reunir pruebas que pudieran usarse en Su contra.

Ahora, para concluir retrocedamos por un momento a Lucas 7, versículo 36: «Uno de los fariseos pidió a Jesús que comiera con él; y entrando Él en la casa del fariseo, se sentó a la mesa».

No sé cuál fue la motivación de Simón. Sabemos que generalmente los fariseos no eran admiradores de Jesús. Probablemente, él quería atrapar a Jesús, para armar un caso contra Él. Pero independientemente del motivo, esto es lo que me encanta: Jesús aceptó la invitación. No lo ignoró. No lo rechazó.

Verás, los fariseos criticaron a Jesús por comer con pecadores —y sí, lo hacía pero también con frecuencia iba a casas de pecadores religiosos, fariseos.

En el versículo 34, justo antes del comienzo de este pasaje, los fariseos lo llamaron «amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores». Lo decían de una manera despectiva. Y sí, era amigo de los pecadores. Pero también estaba dispuesto a ser amigo de cualquier pecador religioso o fariseo, que lo recibiera.

Jesús vino a buscar y salvar a los perdidos. Aquella noche en aquella casa, había por lo menos dos pecadores perdidos, ambos necesitaban salvación. Y Jesús tenía el poder para salvarlos a ambos. La mujer sabía que era una pecadora, que estaba llena de pecados y que necesitaba ser salva. ¿Simón el fariseo? Bueno, él pensaba que era tan bueno que no necesitaba salvación.

El antiguo escritor J. C Ryle nos desafía con estas palabras. Él dice:

Siempre habrá fariseos dentro de las filas de los cristianos… Su generación nunca se extinguirá. Su nombre puede cambiar, pero su espíritu siempre permanecerá. Por lo tanto, Jesús nos grita: «Presten atención y tengan cuidado».

Oh Padre, dondequiera que veas en mí, o en mis amigas que me escuchan el día de hoy, un corazón de fariseo, ¿podrías por favor exponerlo? Danos convicción, líbranos y ayúdanos a ver cuánto necesitamos Tu salvación. Te necesitamos. Pido esto en el nombre de Jesús, amén.

Annamarie: Nancy DeMoss Wolgemuth te ha invitado a examinar tu corazón delante de Dios. ¿Ha sido tu pecado tan peligroso como el del fariseo Simón? No dejes de pasar esta oportunidad para buscar a tu Salvador en humildad y arrepentimiento. 

Esto es algo que necesitamos hacer a menudo, cada día, porque tenemos corazones orgullosos y egoístas. Pero en nuestro Señor Jesús encontramos gracia y misericordia, y somos vivificadas por medio de Su Palabra para vivir vidas plenas en Él.

Asegúrate de acompañarnos mañana para la continuación de este estudio basado en Lucas capítulo siete. Veremos más de cerca a «la mujer pecadora» que derramó su corazón ante Jesús.

Ayudándote a contemplar la belleza del evangelio, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.

La lectura para hoy en el Reto Mujer Verdadera 365 es Mateo capítulos 14 al 16.

Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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