Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

La mujer

Annamarie Sauter: Los evangelios nos hablan de una mujer que lloró a los pies de Jesús. Su ejemplo nos lleva a preguntarnos:

Nancy DeMoss Wolgemuth: ¿Cuándo fue la última vez que lloré lágrimas de arrepentimiento, de gratitud, de adoración o amor por Cristo?

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Ayer Nancy comenzó a guiarnos a lo largo de un pasaje de la Biblia que encontramos en el capítulo siete del Evangelio de Lucas. Este ilustra el amor del Salvador por los pecadores. Si te lo perdiste encuéntralo en nuestro sitio web, AvivaNuestrosCorazones.com

Aquí está Nancy con la continuación de esta serie titulada, ¿Quién ama más?

Nancy: En nuestra iglesia, los domingos por la mañana, estamos en medio de una serie llamada, Por qué sigo a Jesús. Cada semana se comparte un testimonio relacionado con el pasaje de la Escritura que estudiaremos durante esa semana.

La semana pasada un matrimonio se levantó para compartir su testimonio, y Robert se acercó a mí y me preguntó, «¿dónde están sus micrófonos?» No tenían micrófonos y la razón era que no necesitaban micrófonos para la primera parte de su testimonio, ya que tenían con ellos una serie de letreros.

Ellos sostenían un letrero, uno a la vez y después bajaban uno y subían otro. Cada letrero tenía escrito una o dos palabras refiriéndose a problemas que eran parte de su historia. 

Estas son algunas de las palabras (las leeré rápido, pero ellos tomaron unos cuantos segundos para que la audiencia las absorbiera): «Problemas por el control, luchas por el poder, deshonestidad, engaños, falta de confianza, peleas, dolor, duelo, orgullo, envidia, abuso, alejamiento, adicción, recaídas, miedo, ansiedad, preocupación, deuda, traición, desesperación, estrés, mentiras, fracaso, soledad, duda, trauma, desorden postraumático, remordimiento, negación, terquedad, enojo, divorcio, abandono, depresión, codependencia, prisión, pérdida, perfección, disfunción…» y la lista seguía. 

Mientras observaba a este matrimonio sostener esos letreros, uno tras otro, contando su historia sin decir una sola palabra, no pude dejar de pensar en aquella mujer, la mujer que estamos estudiando esta semana en Lucas 7. Ella podría haber usado algunas de estas mismas palabras para relatar su historia y resumir su pasado. 

No se nos dan muchos detalles, pero lo que sucede aquí es, creo yo, por lo que podemos ver, algo muy parecido a lo que esta pareja compartió en nuestra iglesia aquel día. Así que vamos juntas, si aún no estás ahí, al Evangelio de Lucas capítulo 7. 

Si estás escuchando el podcast o el programa de radio y te encuentras en un lugar donde puedes abrir tu Biblia y seguir la lectura, te animo a hacerlo. Tal vez veas cosas que no hayas visto antes, y tendrás más claro cuál es la Palabra de Dios y cuáles son las palabras de Nancy…y así no habrá confusión ¿de acuerdo?

Estamos estudiando la Palabra de Dios, y es ella quien tiene el poder para cambiar nuestras vidas. Lucas 7 versículo 36: «Uno de los fariseos pidió a Jesús que comiera con él; y entrando Él en la casa del fariseo, se sentó a la mesa». En el programa pasado estudiamos al fariseo y a los fariseos en general. 

Y este fariseo –vemos que su nombre era Simón– ofreció una especie de banquete e invitó a Jesús. No sabemos si sentía obligación de invitarlo porque el rabí estaba de visita en la ciudad o porque quería atrapar a Jesús en Sus palabras. 

En este punto los fariseos comenzaban a decir, «¡no podemos permitir que este hombre continúe haciendo lo que está haciendo! La gente lo ama, pero hace cosas que no se deberían hacer en el día de reposo. Está rompiendo nuestras leyes. ¡No sigue nuestras reglas! No encaja en nuestro programa». Así que, cualquiera que haya sido la razón, el fariseo invitó a Jesús a cenar a su casa. 

Ahora, seguramente has oído explicar que en esa época los invitados no se sentaban en sillas. Tenían una costumbre –normalmente para ocasiones especiales, lo que seguramente era el caso– donde tenían una mesa baja y ahí servían la comida.

Después se reclinaban o se acostaban, en cojines, sosteniéndolos con los codos y extendían los pies detrás de ellos... por razones obvias no querían los pies cerca de la mesa... sus pies estaban sucios y llenos de polvo por caminar en la tierra o en el lodo, y querían esos pies lo más alejados posible de los alimentos. 

También era costumbre (esto es importante al leer este pasaje porque si no vemos esto, te podrás preguntar, «¿qué está pasando?») que el anfitrión saludara y recibiera a los invitados, cómo aún se acostumbra en algunas partes del mundo, y se besaban ambas mejillas. He estado en países que tienen esta costumbre. 

Creo que en Rumania las mujeres hacen esto. Al presentarse se besan ambas mejillas...y cada mujer que conoces te besa en ambas mejillas. ¡Son demasiados besos! Así que aquí pasaba algo similar, el anfitrión recibía a su invitado de esta forma. 

Los sirvientes se encargaban de lavar los pies sucios de los invitados. Si no era una casa tan adinerada, por lo menos se les proveía agua a los invitados para que lavaran sus pies. Pero siempre debía haber una manera de lavarse los pies.

Después, el anfitrión –o su sirviente– usaba algún tipo de perfume, aceite o especias para reconfortar al viajero cansado. Sabemos que los aceites esenciales no son algo nuevo, ¿cierto? Se producía un aroma agradable porque, en esa época, la gente no se bañaba ni usaba jabón como lo hacemos ahora, así que esto disimulaba los malos olores. 

Veremos que Simón no tuvo estas muestras de cortesía con Jesús, que eran comunes. Así que, continuando en Lucas 7, versículo 36: «Uno de los fariseos pidió a Jesús que comiera con él; y entrando Él en la casa del fariseo, se sentó a la mesa.Había en la ciudad…»

Ahora, hasta este punto, no ha pasado nada fuera de lo ordinario. Invitaron a Jesús a una cena, Él fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Es como cualquier otra cena, cualquier otra ocasión social. 

Y entonces leemos: «Había en la ciudad una mujer…» La primera parte de esta frase nos está diciendo, «¡pon atención! ¡Mira esto! ¡Hay algo imprevisto, algo inusual! Un cambio de dirección, algo dramático». El sentido que se le da es, «¡mira esta mujer!»

Así que, no era nada sorprendente que Jesús entrara en esta casa, y se reclinara a la mesa, porque esa era la costumbre. 

Versículo 37: «Había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume;y poniéndose detrás de Él a Sus pies, llorando, comenzó a regar Sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba Sus pies y los ungía con el perfume» (vv 37-38).

Ahora, ¿quién era esta mujer? Bueno, para empezar, no se nos dice el nombre. Algunos teólogos la han confundido con María Magdalena. Pero no hay evidencia en la Escritura para respaldar este punto de vista. 

Esta mañana buscaba algunas canciones para usarlas hoy que pudieran ir con este pasaje. Y algunos artistas conocidos han cantado o escrito canciones asumiendo que esta mujer era María Magdalena. Pero no hay evidencia de eso en la Escritura. 

Sabemos que Jesús liberó a María Magdalena de la opresión demoníaca, pero no hay indicación alguna de que María Magdalena haya sido una mujer inmoral. Esta mujer no era María Magdalena. Otros la han identificado como María, la hermana de Marta y de Lázaro. Y ese error es un poco más fácil de comprender porque, esa María estuvo involucrada en un relato similar en los evangelios de Mateo, Marcos y Juan. 

Es fácil pensar que es el mismo incidente, porque existen algunas similitudes entre este y aquel otro evento –ambos relatan de una mujer ungiendo a Jesús en casa de un hombre llamado Simón. 

Pero recordemos que Simón era un nombre muy común. Sería como Juan o José hoy en día. Pero justamente ahí terminan las similitudes entre estos dos incidentes. La historia narrada en los otros evangelios sucede en Betania, cerca de Jerusalén. Esta tiene lugar muy al norte de Galilea. 

Aquella unción sucedió poco antes de la crucifixión de Jesús; esta tuvo lugar mucho antes. María de Betania ungió la cabeza y los pies de Jesús; esta mujer ungió solo sus pies. Así que no sabemos quién era ella. 

Ahora, la pregunta es, ¿cómo fue que ella entró a esta cena tan especial? Hoy en día, cuando tenemos cenas privadas, en ocasiones se tiene una lista de invitados. Incluso algunas veces se pone seguridad a la entrada para que nadie que no haya sido invitado ingrese. Pero en aquellos días las cenas se ofrecían –aún las privadas– en el patio abierto de las casas. 

Los invitados se sentaban alrededor de la mesa, comían y conversaban. Pero era costumbre permitir la entrada a desconocidos –aquellos que no estaban invitados y vivían en el área– entraban al patio y simplemente observaban. Ellos no comían, no eran parte de la conversación, eran espectadores. 

Se juntaban alrededor, afuera del patio, y si era de noche, probablemente entre las sombras. Me encanta imaginarme a esta mujer, saliendo de entre las sombras para venir a Jesús. Mucha gente se reunía a ver estos eventos, era una forma de entretenimiento gratuito. 

En esa época no había televisión por cable, no había Netflix, así es que esta era una forma de enterarse acerca de noticias, eventos, y escuchar discusiones sobre diversos temas. Ahora, a las mujeres no se les invitaba a este tipo de banquetes, y los rabinos judíos no hablaban con mujeres en público, no comían con ellas en público –especialmente con ese tipo de mujer. 

Y quizás te preguntes, «¿qué tipo de mujer?» Bueno, la Escritura nos dice que esta era una mujer de la ciudad que era pecadora. Y no solo era pecadora como todas las personas somos pecadoras. Los comentaristas concuerdan en que muy probablemente era una prostituta. Era conocida por su estilo de vida inmoral. Todos lo sabían. Todos sabían el tipo de mujer que era ella. 

Y al decir, «una mujer de la ciudad que era pecadora», esa gente sabía de quién se estaba hablando. ¡Ella no tenía nada que perder! ¡Ella no tenía a nadie a quien impresionar! Ella era conocida por ser una mujer pecadora. 

Y agradezco que la Escritura no disimula, ni pasa por alto su condición pecaminosa. Jesús dice en el versículo 47: «Sus pecados, que son muchos». Muchos pecados. ¡Ella había pecado mucho! Y en la parábola, más adelante, ella es señalada como: profundamente en deuda –espiritual y moralmente. Ella es incapaz de pagar la deuda que debe. La Escritura dice que todos estamos en la misma condición. 

Tal vez no seamos conocidas como personas pecadoras, pero en Romanos 3:23 dice: «por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios». Y 1 de Juan 1:8 dice: «Si decimos que no tenemos pecado (¿a quién nos recuerda este pasaje? A Simón el fariseo), nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad (Cristo) no está en nosotros». 

Ahora, esta mujer –por lo que sigue– se aproxima detrás de los pies de Jesús, llora y moja sus pies. Ella está rompiendo totalmente el protocolo y las costumbres sociales de la época. Ella violó lo que se consideraba apropiado. Era algo escandaloso que una mujer como ella se presentara en casa de Simón, (era algo impensable) y peor aún, hacer lo que hizo con Jesús. Veamos lo que ella hace. 

Ella se entera que Jesús está en esa casa y viene para honrarlo. Vino preparada con un frasco de alabastro, probablemente caro y muy valioso. Ella silenciosamente se mueve del rincón en donde estaba entre la gente. 

No creas que esta era una fiesta silenciosa y tranquila, ¡esta era una fiesta judía! Había mucho ruido y movimiento, diversión, conversaciones, discusiones, pasaban muchas cosas. Tal vez ella estaba entre las sombras tratando de no llamar la atención, tratando de que nadie la viera, de no ser el centro de atención, y sigilosamente se mueve y se coloca detrás de los pies de Jesús. 

Notemos que todo lo que esta mujer hace, lo hace a los pies de Jesús –una representación de humildad. Y ella lloraba. Estaba sobrecogida de emoción. Ahora, yo me imagino que esto fue espontáneo; no creo que lo hubiera planeado. No creo que ella haya dicho, «¡voy a ir y voy a llorar a los pies de Jesús!» Esto simplemente surgió, brotó de su corazón, ¡y no se avergonzaba! 

¿Por qué razón lloraba? Bueno, la Escritura no nos dice, pero probablemente eran lágrimas de arrepentimiento. Ella era una mujer que estaba en la presencia de la santidad y estaba abrumada con un sentimiento de culpa y de vergüenza por sus muchos pecados. Ella no necesitaba que nadie le dijera que era una pecadora; ella sabía que lo era. 

Sin lugar a dudas había lágrimas de gratitud. Jesús ya la había perdonado –como veremos más adelante– y ella regresó para decirle, «gracias». La Escritura dice que ella «mojó sus pies» con sus lágrimas. La palabra mojar, literalmente significa, llover. Esta era una inundación de lágrimas, una lluvia. Martin Lutero lo llamaba, «agua del corazón» –agua que fluía del corazón. Ella no estaba enfocada en sí misma.

Mientras medito en este pasaje, me pregunto, «¿cuándo fue la última vez que derramé lágrimas de arrepentimiento, de gratitud, de adoración o amor por Cristo? ¿Cuándo fue la última vez que tú derramaste ese tipo de lágrimas?

Bueno, tal vez esta mujer estaba un poco apenada porque sus lágrimas caían sobre los pies de Jesús y estaba haciendo un reguero, ¡había un charco ahí! Y luego dice, «ella…los secaba con los cabellos de su cabeza» (v.38). No sé qué tan largo era su cabello, pero no podía tenerlo recogido para hacer esto. Ella tenía que haberse agachado cada vez más a los pies de Jesús. 

Probablemente tuvo que soltarse el cabello, el cual tenía que mantenerse recogido. En esta cultura, ¡esto era un escándalo! El Talmud decía que si una mujer se soltaba el cabello en público ¡era considerado igual a quitarse la ropa! Esto era escandaloso. Era considerado indecente y sexualmente provocativo. Inclusive podría ser causa de divorcio. Era lo mismo que tocar a un hombre que no era su esposo, que es precisamente lo que ella hace con su cabello y sus manos. 

Ahora, quizás sí hacía estas cosas en su oficio anterior, ¡pero esto era diferente! Ella estaba lavando los pies de Jesús con sus cabellos. Lavar los pies era un trabajo servil; era para el menor de los sirvientes. Y aquí está esta mujer que considera este trabajo insignificante ¡como un privilegio!

Pero esto no termina ahí…«ella besaba sus pies». ¡Esto es aún más sorprendente! Ella está siendo muy íntima con Jesús en esta forma de tocarlo. ¡Esto era socialmente inaceptable! Y tomemos en cuenta que el hecho de que Jesús fuera tocado por una mujer como esta –al menos para los fariseos– significaba que Jesús ya estaba contaminado.

Ahora, esa palabra, besó sus pies, significa, «besar fervientemente, besar mucho, besar una y otra vez, besar con ternura». Ella no solo le dio unos cuantos besos. Fue una forma de besar ferviente. Es el mismo término que se usa en el pasaje del hijo pródigo, cuando el padre besa al hijo que vuelve a casa. 

Hay caricias, besos, abrazos, es algo más que solo besar, es aferrarse. Es intenso, ferviente y apasionado –no sexual, pero sí apasionado. Ella es demostrativa. No se apresura. No se escabulle al darse cuenta de que otros la miraban. ¡Es como si estuviera en su propio mundo con Jesús! 

Y Jesús dice después, «pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies». (v. 45). Y ella continúa haciéndolo. Persiste, se extiende en Su presencia. 

Después, ella unge sus pies con el aceite que trajo para esta ocasión. Ella hace lo que ha venido a hacer. Pienso que todo lo demás fue como…inesperado –simplemente pasó. 

Ella lo honró, a diferencia del anfitrión –que lo trató como un invitado común y corriente. Simón no lo recibió con la cortesía debida ni con el trato adecuado. Este es un cuadro de afecto, intimidad y ternura…y a ella no le importan las apariencias.

Su vida pasada le había traído gran vergüenza. Es por eso que se le conoce como «una mujer de la ciudad que era pecadora». Pero ahora ella está total y absolutamente libre de vergüenza –¡sin vergüenza! Pero ¿qué motivaba su comportamiento?

Bueno, Simón el Fariseo –el anfitrión– critica a esta mujer por lo que ha hecho y a Jesús por dejarla hacerlo. Así que Jesús se dirige a él directamente (esto lo hablaremos en la próxima sesión). Pero cuando vemos esta escena, observando las apariencias, Simón aparenta un gigante espiritual, mientras que esta mujer es una pecadora reconocida y despreciada. Ambos corazones están siendo expuestos en este momento

Al final de la conversación de Jesús con Simón, Jesús arroja luz sobre la razón por la cual esta mujer vino y por qué hizo lo que hizo. Así que vamos al versículo 47; en el siguiente programa volveremos a esa parte de en medio. 

Jesús le dice a Simón: «Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama». Tiene que ver con su pecado, el ser perdonada, y el amor de ella, y la expresión de ese amor, todo está relacionado. 

Ahora, cuando leemos los evangelios, algunas veces es difícil saber el orden de las cosas, porque diferentes evangelios cuentan partes diferentes de la biografía de Jesús. Pero puedes buscarlo en internet, podrás encontrar una armonía de los evangelios que narra la secuencia en la que los eventos ocurrieron. Antes de este incidente, al final del capítulo 11 de Mateo Jesús le dice a su audiencia:

«Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas. Porque Mi yugo es fácil y Mi carga ligera» (vv. 28-30).

Verás, Jesús acababa de hacer una invitación a todos aquellos cansados y cargados por su pecado. Tal vez fue ahí cuando ella se rindió a Jesús, vino a Él experimentando Su perdón. Ella venía cargando esa pesada carga. Ella sabía que necesitaba descanso para su alma. 

Como veremos en el siguiente programa, esta es una mujer que probablemente ya había sido perdonada antes de ir a esta cena, y lo que hace es expresar la respuesta de su corazón a ese perdón. Su amor y su adoración no tuvieron restricciones, no tuvieron límites. Por el contrario, fueron extravagantes, sin inhibiciones, demostrando su amor por Jesús. A ella no le importaba lo que otros pensaran. Estaba dispuesta a ser censurada e incomprendida.

He descubierto –tal vez tú también lo has hecho– que en ocasiones, las formas más expresivas de adoración y la forma más libre de expresar amor a Jesús viene de aquellos de quienes menos lo esperas. 

Pienso en las mujeres con las que me he reunido varias ocasiones en una prisión en Arkansas. Estas son mujeres que son adictas, con toda clase de trasfondos terribles, condenadas a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional (una de ellas por asesinato).

Se pueden encontrar todo tipo de situaciones ahí –adicciones, toda clase de inmoralidad, lesbianismo, pornografía, pecados sexuales, toda clase de pecados. Y cuando he estado con estas mujeres, las mujeres que conocen a Jesús –aquellas que han sido perdonadas de sus pecados por Jesús– puedo ver en ellas una belleza increíble, son muy expresivas y no hay ningún tipo de inhibición, ¡tienen tanta sensibilidad!

Típicamente, hoy en día recibimos tanto de la Palabra, la escuchamos tanto que como dice Proverbios 27:7: «El hombre saciado aborrece la miel, pero para el hombre hambriento todo lo amargo es dulce».

Y estas mujeres en prisión, están hambrientas. Se sientan ahí con sus biblias y sus lápices escribiendo todo lo que les enseñas. Y te muestran las notas que tomaron la última vez que estuviste ahí. Están fascinadas. Esto es nuevo, es refrescante, ¡es algo maravilloso para ellas! ¡No terminan de maravillarse de que Jesús haya perdonado sus pecados!

Su amor es expresivo, sin inhibiciones…en comparación con nuestras reuniones (me incluyo también), los servicios en la iglesia, los grupos pequeños. Para nosotras que no entramos en esa categoría, hay más orgullo, ceremonialismo, temor al hombre, poco sentido de necesidad. Y esto nos impide poder adorar con todo nuestro corazón. Nos previene de «llorar con el corazón».

Ahora, no estoy diciendo que si lloras quiere decir que eres más piadosa comparada con alguien que no es tan emotiva. Existen diferentes formas de expresar amor y adoración. Pero la persona que entiende de dónde la ha rescatado el Señor –lo mucho que le ha perdonado– ¡es la que ama mucho!

Tuve la oportunidad de hablar con la mujer que junto a su esposo compartió su historia con mi iglesia la semana pasada (primero con los letreros y después verbalmente compartiendo un poco de su testimonio), y me envió su testimonio escrito. 

Ella tuvo una niñez increíblemente traumática –un abuso indescriptible– que la condujo a muchas adicciones y malas decisiones. Se lo leí a Robert en voz alta el domingo por la tarde, y apenas podíamos respirar. ¡Era difícil de imaginar! ¡Pero, el amor redentor de Cristo, ha hecho toda la diferencia en la vida de esta mujer!

Y ahora, ella y su esposo están dirigiendo un programa, bajo la supervisión de la iglesia, para ayudar a personas adictas a encontrar libertad a través de Cristo. Como resultado de su propio quebrantamiento, dolor y fracaso, ella comparte la vida de Cristo. Como resultado de los pecados que otros cometieron contra ella y de los pecados que ella ha cometido contra otros y contra el Señor, Dios está redimiendo y haciendo todas las cosas nuevas. ¡Es maravilloso! Es como la mujer pecadora en Lucas. 

Hoy quiero preguntarte. No sé cuál es tu trasfondo. Tal vez te identifiques con alguno de los personajes en esta historia –el fariseo o la mujer pecadora. (Hablaremos más sobre esto durante los siguientes días, pero independientemente de tu historia…) ¿Te ves como una gran pecadora necesitando al Salvador? ¿Has sido perdonada? O ¿aún cargas el peso de tu pecado?

Si es así, hoy te quiero decir, ¡ven a Jesús! ¡Encuentra descanso para tu alma! Él murió para darte salvación». No tienes que cargar con ese pecado nunca más. Cualquier tipo de pecado que sea; pecado interno de tu espíritu, externo de tu carne… ¡Ven a Cristo para salvación!

Y, por otro lado, si eres seguidora de Cristo, ¿cómo luce tu amor por Él? ¿Cómo está tu adoración? ¿Lo amas y lo adoras como alguien que sabe y entiende cuanto ha sido perdonada?

Oh, Señor, confronta nuestros corazones, escudriña y redarguye nuestras almas en estos días. Ayúdanos, de alguna manera con Tu gracia, a encontrar nuestro lugar como la mujer pecadora –amándote, apreciándote, adorándote, ¡agradeciéndote con todo nuestro corazón! Oro en el nombre de Jesús, amén. 

Annamarie: Y tú, ¿cuándo fue la última vez que lloraste lágrimas de arrepentimiento, de gratitud, de adoración o de amor por Cristo? Si has sido confrontada con este mensaje, este es un buen momento para venir delante de Dios.

Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha estado ayudando a ver nuestra gran necesidad de un Salvador. Y la mujer de la que escuchamos hoy no era bien vista en la sociedad, pero Jesús recibió su humilde adoración. ¿Eres tú como esta mujer, o como el fariseo que la condenó? Acompáñanos mañana para reflexionar acerca de esto.

Ayudándote a contemplar la belleza del evangelio, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.

La lectura para hoy en el Reto Mujer Verdadera 365 es Mateo capítulos 17 y 18.

Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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