Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

La parábola

Annamarie Sauter: ¿Alguna vez has pensado cómo el perdón de Cristo lo cambia todo en tu vida?

Nancy DeMoss Wolgemuth: El amor que ella le mostró a Cristo demostró que verdaderamente su vida había sido cambiada. Ella era una nueva persona. Ahora tenía diferentes valores. Ella ahora iba a usar ese aceite para un propósito muy diferente del que le hubiera dado en otro tiempo.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

¿Quién ama más? Este es el título de nuestra serie actual. Aquí está Nancy continuando con su enseñanza.

Nancy: Hoy nos encontramos en el día tres de cinco en esta serie sobre la mujer pecadora de Lucas 7. Si te perdiste los primeros dos programas, asegúrate de ir a nuestra página web AvivaNuestrosCorazones.com. Ahí encontrarás las transcripciones o puedes escuchar el audio de los últimos dos días, nos encantaría que siguieras la historia completa. Hoy haremos un pequeño resumen, pero no quisiera que te pierdas lo que vimos en los días anteriores.

Entonces, si aún no te encuentras ahí, te invito a ir a Lucas capítulo 7, siempre digo –cada vez que enseño o cuando escuchen enseñar la Palabra a alguien más– si te encuentras en un lugar donde tengas acceso a una Biblia, ya sea en tu teléfono…bueno, yo nunca salgo sin mi Biblia. No digo que eso me haga más espiritual. Me refiero a que siempre la quiero conmigo. Las animo a que si pueden sigan la lectura directamente de la Biblia. 

Comenzaremos en el versículo 36 de Lucas capítulo 7. Ahora, ¿recuerdan los tres personajes principales de la historia? Simón el fariseo, la mujer que era pecadora, probablemente una prostituta y –gracias a Dios– un Salvador. Su nombre es Jesús. 

Déjenme detenerme, antes de entrar en el pasaje, y pidamos a Dios que nos ayude. Señor Jesús, gracias porque Tú estás aquí con nosotras hoy, y Tú eres el Salvador del mundo. Tú eres el que rescata tanto a fariseos como a prostitutas, a todo y a todos –sin importar cuál es su historia. (Esa es nuestra audiencia hoy, esas somos nosotras) los dos tipos de personajes, y estamos tan agradecidas de esa sublime gracia y que es admirable sin importar de dónde venimos, lo que hemos hecho o sea cual sea nuestra necesidad. Todas necesitamos un Salvador.

Así que gracias por Tu Palabra. Gracias por Tu poder. Gracias porque estás en proceso de liberar mujeres, así como liberaste a la mujer de esta historia. Danos oídos para oír, corazones para recibir todo lo que tienes para nosotras en estos momentos. Oro en el nombre de Jesús, amén. 

Versículo 36, Lucas 7: «Uno de los fariseos le pedía que comiera con él; y entrando en la casa del fariseo, se sentó a la mesa».

Esto fue algo especialmente bueno para el fariseo, el que Jesús aceptara su invitación, porque tendría la oportunidad de ver al Salvador en acción y de ver el poder de una vida transformada. ¿No es increíble? –para mí lo es– que Jesús escogiera a esta prostituta para ilustrar el poder del evangelio a este teólogo, a este líder religioso. Él tendría que hacerse como un niño, como un pecador, para poder ver su propia necesidad y experimentar la salvación. 

Versículo 37: «Y he aquí, había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y poniéndose detrás de Él a sus pies, llorando, (lágrimas del corazón, una lluvia, un diluvio, una inundación de llanto) comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies…» Dijimos que persistía, besándolos y aferrándose. No lo hizo solo por un momento. Ella lo hacía de forma intensa, besando insistentemente Sus pies «…y los ungía con el perfume» (vv. 37-38).

Ahora, déjenme hacer una pausa aquí antes de pasar al versículo 39. Encontré un sermón de Charles Haddon Spurgeon –yo lo llamo mi amigo Charles Spurgeon– quien predicó en los 1800 un sermón acerca de esta mujer. Ahora, déjenme leerles una porción de ese sermón donde describe esta escena. Creo que es una bella descripción. Él dice: «La mujer, casi sin ser percibida, se acercó a Él, y al darse cuenta de que el fariseo le había negado las cortesías básicas de lavarle los pies, y que todos ellos estaban sucios y cansados de sus largos viajes de amor, ella comenzó a llorar, y sus lágrimas cayeron tan abundantemente, que incluso lavaron Sus pies. 

Esta era agua bendita de una verdadera fuente. Un cristal de penitencia cayendo en forma de gotas, cada una tan preciosa como el diamante. Nunca hubo otros pies empapados con un agua tan preciosa como la que estos ojos penitentes lavaron.

Después, deshaciendo esas trenzas de lujo que habían sido para ella como una red que Satanás había usado para atrapar almas, limpió aquellos pies santos. Su cabello abundante, el cual antes había sido su vanidad, ahora era humillado y a la vez exaltado haciendo el servicio más bajo. 

Después, ella empezó a besar aquellos pies, mostrando humildemente reverencia ante aquellas extremidades sagradas. ¡No habló una sola palabra, pero que elocuentes fueron sus acciones! Mejor que salmos o himnos, fueron estas acciones de devoción.

Pensó en ese frasco de alabastro que contenía aceite perfumado, aceite que como cualquier otra mujer de oriente, usaría el aroma para su propio placer y aumentar su belleza, y ahora, al abrirlo, derrama la cosa más costosa que tenía sobre estos pies benditos. 

Pienso que ninguna palabra salió de ella; y hermanos, preferimos un solo amante de Jesús sin palabras, actuando como ella lo hizo, que diez mil haciendo ruido con sus palabras sin corazón, sin ofrenda, sin lágrimas».

¿No te encanta esto? Déjenme leer esta última frase, y esto incluye hombres y mujeres. «Preferimos un solo amante de Jesús actuando como ella lo hizo, que diez mil haciendo ruido con sus palabras sin corazón, sin ofrenda, sin lágrimas»

Tal vez sientes que no sabes qué palabras decir. Tal vez eres una nueva creyente. O estás enfrentando un problema de adicción…y ahí estás, escuchando este mensaje, y te cuesta trabajo expresar lo que Dios ha hecho. 

Spurgeon dice: Preferimos a un solo amante de Jesús sin palabras que actúe como ella lo hizo, que diez mil haciendo ruido con sus palabras –personas que pueden hablar de religión, del cristianismo y de Jesús– sin ofrenda, sin corazón, sin lágrimas.

Versículo 39: «Pero al ver esto el fariseo que le había invitado, dijo para sí: (esto es lo que estaba pensando) Si este fuera un profeta, (quien dice ser, quien está implicando ser, lo que Él dice ser) sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, (como diciendo, ¡esto es un escándalo!) que es una pecadora».

Así es que él está siendo juez, jurado y verdugo. Todo en un solo fariseo. Él está diciendo, en esencia, «no hay forma de que Jesús sepa la clase de mujer que es esta, lo que ha hecho, su estilo de vida pecaminoso; porque si lo supiera, no dejaría que lo tocara ni que lo contaminara de esta manera».

Así que su conclusión es: «No ha de ser quien dice que es –un profeta. Debe ser simplemente un hombre común y corriente, o si de verdad sabe quién es ella y la clase de mujer que es, entonces, bueno, hay un problema, porque aparentemente Él no tiene inconveniente en que esta mujer lo toque de esa forma tan vergonzosa». 

Así es que de cualquier manera, Jesús es un perdedor a los ojos de este hombre. Ahora, notemos que este fariseo juzgó y condenó a esta mujer por sus pecados –«ella es una pecadora»– estando totalmente cegado a sus propios pecados. Él vió los pecados de ella a través de una lupa, y no vió su propio pecado en absoluto.

Verás, esto es lo que los fariseos hacen. Es lo que nosotras hacemos cuando somos fariseas, o cuando actuamos como fariseas. Ellos se exaltan y se endiosan a sí mismos. Solo Dios puede saber lo que hay en el corazón de alguien, y el fariseo decidió que él sabía lo que había en el corazón de esta mujer, cómo era ella, quién era, lo que había hecho y lo que Jesús estaba haciendo. Así es que se exaltó y endiosó a sí mismo como si fuera Dios. 

Los fariseos rebajan y humanizan a Dios. Eso fue lo que Simón hizo con Jesús. «Este hombre no puede ser un profeta. Él sabría esto». Así es que se estaba exaltando a sí mismo por encima de Jesús, quien es Dios mismo. Estaba humanizando a Dios. 

Luego, los fariseos deshacen y critican a otras personas hechas a la imagen de Dios. Así que por todos lados, su conjunto de valores, el precio o el valor que se ponen ellos mismos, a Dios y a otros, está invertido.

Ahora, Jesús no solo sabía quién era esta mujer y lo que había hecho, sino que también sabía lo que Simón estaba pensando. Como para probar que realmente era un profeta…recuerden, Simón, no dijo nada en voz alta. Solo lo pensó. Se lo dijo a sí mismo. Pero Jesús, en el versículo 40… Imagina qué susto se llevó Simón. Él está ahí en medio de sus pensamientos criticando a Jesús, criticando a la mujer. Y por supuesto, él es muy santo y espiritual. 

«Y respondiendo Jesús…»; porque Jesús responde a nuestros pensamientos. Sabe lo que estamos pensando. Tal vez no digamos cosas como las que Simón dijo –él no las dijo en voz alta– pero las pensamos. ¿Qué tipo de mujer es esta? «Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. Y él dijo: “Di, Maestro”». Lo que pienso que es interesante, porque claramente vemos que no estaba interesado en que le enseñaran. Él pensaba en sí mismo como el maestro. Jesús es este hombre que dice ser profeta, pero en verdad, no puede serlo. 

Y a continuación Jesús dice una parábola diseñada para ilustrar la verdad acerca del perdón, la humanidad, la piedad y el reino de Dios. Dice en el versículo 41: «Cierto prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta…»

Ahora, solo para ayudarnos un poco, ya que usemos dólares, pesos, u otro tipo de moneda, pero no denarios. El denario en ese tiempo era en promedio el salario de un día de trabajo de un trabajador promedio. Así que cincuenta denarios era como el salario de dos meses; 500 denarios era aproximadamente el salario de un año y medio de trabajo. Así que una deuda era considerablemente mayor que la otra. 

Ahora, Simón está entendiendo, lo que tú también estás entendiendo al escuchar esto. Dios es el prestamista y hay dos deudores en la habitación. Está Simón el fariseo, y la mujer, la prostituta, la mujer pecadora. Simón sentía que esta mujer era mucho más pecadora que él. Y viéndolo externamente, razonando humanamente, pudo haber sido el caso. Sé que tal vez estoy diciendo mucho en contra de los fariseos, pero debes entender que en aquella época eran los líderes religiosos más altamente respetados dentro del pueblo de Dios. 

Jesús nos dijo, y la Escritura nos dice mucho acerca de la actitud en sus corazones. Pero la gente no entendía eso. Ellos pensaban que los fariseos eran las personas buenas, respetables. Personas como esta mujer, representaban a la gente mala. Y es la conclusión de Simón. Pero el hecho es, como dice Jesús en esta parábola, que ninguno de los dos podía pagar. Ambos tenían una deuda que no podían pagar. Así que si no puedes pagar, ¿realmente importa si son cincuenta o quinientos? No tienes esperanza de poder pagarlo. 

Simón no podía pagar la deuda que le debía a Dios por su pecado, de igual manera que la mujer pecadora tampoco podía pagar la deuda que debía a Dios por su pecado. Ambos estaban endeudados. Ambos eran incapaces de pagar. Ambos estaban a merced de aquel con quien estaban endeudados. 

Así que en el versículo 42 dice: «Y no teniendo ellos con qué pagar…» Está muy claro. Esta no era una deuda pequeña de centavos. Esta era una deuda que no podían pagar. Así que, ¿qué es lo que hace el prestamista? Cancela la deuda…de quién? De ambos. Ahora, algunas de sus traducciones dicen que «perdonó amablemente a los dos», en lugar de decir que «canceló la deuda». Otras traducciones dicen «perdonó amablemente». Él la canceló. Él perdonó generosamente. Él perdonó libremente la deuda de ambos. 

Ahora, solo imagina. ¿Así no es como trabajan los prestamistas cierto? Tratas de pagar el saldo que debes de tu carro o la deuda de la escuela, o la tarjeta de crédito. Cada mes apartas y ahorras, apenas te alcanza para poder pagar esas deudas, aunque sea un poquito a la vez. Es como un lazo alrededor de tu cuello. Es una esclavitud. Es difícil, además piensas en eso constantemente. 

Y en eso llaman del banco y te dicen, «todo está perdonado. Su deuda ha sido cancelada. Le estamos perdonando la deuda. Está libre de esa deuda. No tiene que preocuparse más por ella». ¿Conoces algún banco que haga eso? ¡De ninguna manera! ¡Este tipo de perdón es inimaginable! 

La palabra que se usa aquí para cancelar la deuda en griego, es un término usado frecuentemente en el ámbito de los negocios, para describir precisamente, la cancelación de la deuda de negocio. Pero es la misma palabra usada más adelante en el Nuevo Testamento para describir el regalo gratuito de la gracia de Dios y el perdón que se otorga a los creyentes en Cristo

Lo vemos en versículos como estos: 

Efesios 4:32: «…perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo».

Colosenses 2:13: «…habiéndonos perdonado todos los delitos, habiendo cancelado el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros».

Un término de negocios se convierte en un término que describe lo que pasa en este glorioso intercambio de la salvación. Tenemos una deuda que no podemos pagar. Así que cincuenta o quinientos denarios, realmente no importa si no puedes pagar tu deuda. Y Jesús dice que el prestamista ha perdonado ambas deudas. 

Esa palabra griega usada aquí, parte de esa palabra es la palabra charis. Es una palabra griega para gracia. El prestamista les concedió gracia para sus deudas. Ahora, quizás me preguntes, «¿pero por qué esto es gracia? Él pudo simplemente borrarlas». No, el prestamista, una vez que concede gracia a esas deudas, no recupera ese dinero. Tomó la deuda sobre sí mismo. Tenía que pagar la deuda él mismo. No existe tal cosa como «perdón gratuito». Hay un perdón gratuito para nosotros, pero alguien, el prestamista, con quien estamos endeudados, tiene que pagar la deuda. Así que el prestamista concedió gracia a ambas deudas. Tuvo misericordia de ambos. 

Jesús le pregunta a Simón, «¿cuál de estos dos le amará más?» Observa la palabra amar, porque aparece otra vez en este pasaje. Me di cuenta en estos últimos dos días mientras continuaba meditando en este pasaje, que el centro de esta historia es el amor. Es el centro de este incidente. Era lo que le faltaba a Simón. Era lo que esta mujer tenía en abundancia, porque ella había sido perdonada en abundancia. Y vamos a ver que hay una correlación entre el tamaño de la deuda que nos ha sido perdonada y nuestra capacidad de amar a aquel con quien estamos endeudadas.

Entonces, «¿quién lo amará más?» Él no dice, «¿quién lo amará?» Me imagino que el que debía cincuenta denarios lo amaba algo. Pero a aquel a quien se le perdonó la deuda de 500 denarios, el salario de un año y medio, lo ama más. ¿Verdad? ¿Por qué? Porque esa persona tenía una deuda más grande. Así que el perdón es más grande, por lo tanto el amor es más grande. 

Simón respondió, versículo 43, y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y puse en mis notas, ¡dah! ¡Por supuesto! Casi puedes ver a Simón retorciéndose aquí, como diciendo, ¿qué está pasando?» Creo que tiene temor a ser puesto en evidencia, y lo está siendo, por esta mujer pecadora. Y Jesús le responde: «Has juzgado correctamente».

«Entendiste la parábola. Entendiste la historia. Pero no has entendido la historia de Mi gracia. Has juzgado este asunto correctamente, pero no has juzgado a esta mujer, ni a ti mismo ni a Dios justamente. No entendiste».

«Y volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón…» ¡Me encanta esto! Está viendo a la mujer, pero hablándole a Simón. No sabemos si Simón estaba justo enfrente de Él o a un lado. No creo que Simón haya estado cerca de la mujer. Solo pienso que le hablaba a Simón mientras veía a la mujer, «y le dijo a Simón, “¿ves a esta mujer?”» (v. 44).

Ahora, ¿qué tipo de pregunta es esta? ¡Por supuesto que Simón vio a la mujer! Por eso están teniendo esta conversación, porque Simón vio a la mujer. Pero ¿realmente la vio? Y ¿qué fue lo que vio cuando la miró? Veamos, Simón vio a esta mujer con ojos de un hombre recto y justo a sus propios ojos. Vio sus fracasos, su culpa, su vergüenza. La vio como indigna, inmerecedora de estar cerca de un rabino o de estar en su casa. 

¿Qué fue lo que vio Jesús al mirar a esta mujer? Vio una mujer que –a diferencia de Simón el fariseo, el justo en sus propios ojos– que era una adoradora, una mujer humilde, una mujer agradecida, una mujer sin miedo a expresar su amor. 

Así que Jesús compara lo que acaba de suceder con ella, con el fracaso de Simón como anfitrión. Y le dice a Simón: «Yo entré a tu casa y no me diste agua para los pies…» Esto era una cortesía común hacia un invitado, cualquier invitado, mucho más para un invitado especial –el limpiar los pies sucios de la gente que venía de la calle a esta cena especial. «No me diste agua para los pies, pero ella ha regado mis pies con sus lágrimas…» Su diluvio de lágrimas. Lo que quiero decir es que estas no fueron unas cuantas lágrimas. Esto fue una inundación de lágrimas. «Ella ha regado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos» (v.44).

Versículo 45: «No me diste beso»; y otra vez, esto puede sonar un poco extraño para ti, ¿por qué le daría Simón un beso a Jesús al entrar en su casa? Esto era algo cultural, como un apretón de manos, como una bienvenida. Es como si hubiera ignorado a Jesús por completo. «Sí, puedes venir a mi casa, pero no eres nada especial». El Señor le dice: «No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies».

¡Qué contraste tan grande entre estos dos! Versículo 46: «No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ungió mis pies con perfume».

«Ella ha tomado el lugar del sirviente más bajo. Ella me ha amado. Ella me ha honrado, y tú no has hecho nada de esto».

Simón no mostró ninguna de estas cortesías básicas a Jesús, pero esta pecadora sin nombre, hizo muchísimo más de lo esperado para honrarlo. No hizo nada a cuenta gotas. No retuvo absolutamente nada. Lo dio todo. Ella era una adoradora. Ella amaba a Jesús. Ella estaba sobrecogida de gratitud por Su perdón. El amor que ella le mostró a Cristo demuestra que verdaderamente su vida había sido cambiada. Ella era una nueva persona. Ahora tenía diferentes valores. Ahora tenía un propósito muy diferente para ese aceite al que ella, en otro tiempo, le habría dado un uso muy distinto. 

Las cosas que eran importantes para ella habían cambiado. Todo había cambiado. ¿No te encanta el hecho de que Jesús recibió su amor, su ofrenda, su devoción? Él no solo estaba ahí sentado, pensando, ni mucho menos diciendo, «¿qué pensará Simón?» A Jesús no le importaba lo que Simón pensara. De hecho, probablemente Jesús estaba feliz de saber lo que Simón estaba pensando, porque de esa manera podía llegar al problema del corazón de Simón, porque él también necesitaba un salvador. 

Pero escucha, cuando tú vienes a Jesús en humildad, quebrantada, perdonada, limpia, en amor y con una actitud de adoración –tal vez no tengas todos los términos teológicos; tal vez no hagas las cosas de la manera socialmente correcta; lo que hagas tal vez se vea extraño o extremo, fuera de lo ordinario o radical –pero a Jesús le encanta. Él recibió de la mujer su regalo, su amor, su devoción. 

Así que Jesús dice en el versículo 47: «Por lo cual te digo (Simón), que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama». Ahora, vamos a hablar en la siguiente sesión acerca de este tema del perdón, como se ve aquí, y este versículo, pero déjenme decir que aquí Jesús no está sugiriendo que Simón no había pecado mucho, y que esta mujer era la única gran pecadora en el cuarto. Él no estaba diciendo, «ella tiene muchos pecados, pero tú no». No estaba diciendo que los pecados de Simón eran insignificantes o que fueran más triviales o que importaran menos que los pecados de la mujer. 

Él no estaba diciendo que Simón no necesitaba que se le perdonara mucho. Pero sí estaba diciendo que la razón por la que a Simón se le estaba perdonando poco, era porque él no tenía ni idea de lo grande de su propio pecado y de lo mucho que necesitaba ser perdonado. Por lo tanto, tenía poco amor por Aquel que podía perdonar pecados. ¿Entiendes esto?

John MacArthur dice en un sermón de este pasaje:

El peor pecador de todos, el más difícil de redimir es aquel que piensa que no es pecador, que no necesita redención, que cree que Dios se complace en su forma de ser. Este es el peor de los pecadores. El apóstol Pablo era uno de ellos y es por eso que se llamó a sí mismo «el primero de los pecadores».

Ese era Simón. Pero esta mujer reconocía cuántos y cuán grandes eran sus pecados en contra de un Dios santo. Ella sabía cuanto necesitaba de su perdón. Y por eso su amor sobreabundaba. 

Frecuentemente hay una gran diferencia entre aquellos que hemos crecido en la iglesia y no hemos conocido otra cosa más que seguir a Jesús, y el estar rodeados de otros que siguen a Jesús, y entre algunos que han salido de vidas llenas de pecado. Ahora esto no significa, que a menos que hayas salido de la prostitución o la adicción a drogas, no puedes amar a Jesús. Pero significa que algunas veces es más difícil para nosotros darnos cuenta de cuánto necesitamos y hemos sido perdonadas. 

Permítanme regresar con mi amigo Spurgeon quien dice:

¡Oh, si tuviera más amor como este! Si pudiera orar sola una oración (mientras cierra su sermón de este pasaje, él dice) creo que sería que la ardiente llama del amor de Jesús entrara a cada uno de nuestros corazones, y que toda nuestra pasión arda en llamas de amor por Él. 

¿Sabes cómo pasaría esto? Al entrar en la presencia de un Dios santo y vernos a nosotras mismas, no como Simón que se vio bueno, sin ninguna necesidad, justo, sino vernos desesperadamente necesitadas, que hemos pecado mucho y en gran manera en contra de la gracia de Dios. Cuando clamamos a Él, en Su misericordia Dios dice, «tus pecados, que son muchos, han sido perdonados». Y ante esa luz, ante ese entendimiento, nuestro amor, nuestra adoración y nuestra gratitud sobreabundarán

Oh, Dios, toma a aquellas de nosotras que somos cómo Simón y enséñanos lo grande que es nuestro pecado, cuán grande es nuestra necesidad de Tu perdón. Y déjanos experimentar las riquezas de Tu gracia y que caigamos postradas ante Ti, como esta mujer lo hizo, y como Simón lo pudo haber hecho y debió haber hecho, para alabarte, adorarte y darte gracias. Oro en el nombre de Jesús, amén. 

Annamarie: ¿Has experimentado la riqueza de la gracia de Cristo? ¿O has pensado que hay pecado más grande que Su perdón? Entender el valor de la obra redentora de Cristo cambiará tu vida completamente. 

Creo que todas nosotras somos tentadas a ser cómo Simon algunas veces, viendo a los demás por debajo de nosotras e ignorando nuestro propio pecado y nuestra propia necesidad. Mañana Nancy DeMoss Wolgemuth continuará ayudándonos a examinar nuestros corazones a la luz de la Escritura. 

Aunque la historia de «la mujer pecadora» estaba llena de dolor, su enfoque dejó de estar en los pecados cometidos contra ella y pasó a estar en el perdón que había recibido por sus pecados. Regresa para un próximo episodio de Aviva Nuestros Corazones en el que hablaremos más acerca de esto.

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La lectura para hoy en el Reto Mujer Verdadera 365 es Mateo capítulos 19 y 20.

Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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