Podcast Aviva Nuestros Corazones

Él levanta del polvo al pobre

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PDF «Citas de Charles Spurgeon sobre la alabanza»

Annamarie Sauter: ¿Alguna vez te has preguntado, o te han preguntado...?

Nancy DeMoss de Wolgemuth: «¿Dónde estaba Dios cuando…?»

Te diré dónde Él estaba. Dios está en el mismo lugar en que se encontraba cuando envió a Su Hijo a morir en aquella cruz, para que aquellos que estaban deprimidos, desalentados, y destrozados, aquellos que estaban atados, encadenados a sus pecados y eran unos fracasados, pudieran estar sentados en los lugares celestiales con Cristo. ¡Ahí es donde está Dios!

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Hoy continuamos con la serie titulada, «Aleluya: Una celebración de alabanza».

Nancy: Hemos estado estudiando el Salmo 113 hace ya varios días, y ustedes recordarán que este es el primer salmo de una serie de seis salmos conocidos como el Hallel Egipcio, o el Hallel Judío. Estos son los salmos de Aleluya. La palabra Aleluya aparece también en otros salmos, pero estos son una serie de salmos que los judíos usan especialmente cerca de la celebración de la Pascua.

Ellos cantan los dos primeros salmos (este, el 113 y el siguiente) al principio de la cena de la Pascua y los últimos cuatro salmos al final de ella. Hoy veremos por qué esto es un hecho tan significativo. Estos salmos son de celebración, ellos conmemoran a Dios salvando a Su pueblo, sacándolos de la esclavitud, fuera de Egipto.

Los judíos eran esclavos de Faraón, y ahora se habían convertido en siervos de Dios. Y, ¿qué es lo que deben hacer los siervos de Dios? Deben adorarle a Él, adorar el nombre del Señor.

Por cierto, cuando estudias la Palabra de Dios, no tienes que tener un doctorado en teología, no tienes que ir a un seminario, no tienes que conocer hebreo y griego, o los idiomas originales. Una de las cosas que simplemente puedes hacer es meditar en el pasaje, una y otra vez, (como he estado haciendo en las semanas pasadas).

Presta atención a las palabras y frases que se repiten. ¿Cuál es la palabra que obviamente se repite en este salmo?

¡Aleluya! Hallel, que significa alabar; Jah, que se refiere a Jehová (Yahveh). ¡Alaben a Jehová! Lo vemos al comienzo del salmo y lo vemos al final. Veremos la importancia de esto. Luego analizaremos el énfasis en el nombre del Señor a lo largo del salmo; quién es Él, qué ha hecho y cómo es Él. Todo esto es motivo para alabarle.

Si no sabes cómo alabar al Señor, comienza prestando atención a Sus nombres. Estudia Sus nombres y lo que ellos nos dicen sobre Él.

Permítanme leer el Salmo 113 otra vez. Como hemos visto, tiene tres estrofas. Hoy nos enfocaremos en la tercera estrofa. Para ver el contexto, veamos el salmo completo. Lo leeré completo y luego comentaré por partes. En los primeros tres versículos, la primera estrofa, se convoca a los siervos de Dios a alabarle.

Salmo 113, dice así:

«¡Aleluya!

Alabad, siervos del Señor,

Alabad el nombre del Señor.

Bendito sea el nombre del Señor

Desde ahora y para siempre.

Desde el nacimiento del sol hasta su ocaso,
(desde el este al oeste, alrededor del mundo, desde el comienzo del día hasta su fin, todo el día, en todas partes)

Alabado sea el nombre del Señor» (vv. 1-3).

Así que nosotras somos convocadas para alabar a Dios. Luego, en el versículo 4, se nos dice por qué debemos alabar al Señor. Primero vemos que el Señor está en lo alto. Vemos Su grandeza y Su exaltación.

«Excelso sobre todas las naciones es el Señor;

Su gloria está sobre los cielos.

¿Quién es como el Señor nuestro Dios,

Que está sentado en las alturas, (aquí vemos que Dios es excelso y que está sentado; Él está exaltado, pero vemos que Él no solamente está sentado en las alturas sino que también que se inclina a mirar hacia abajo),

Que se humilla para mirar

Lo que hay en el cielo y en la tierra?» ( vv. 4-6)

O como algunas de sus traducciones dicen, «y se digna contemplar los cielos y la tierra». Otra traducción del versículo 6 dice: «…que se humilla a mirar en el cielo y en la tierra» (RVR60). Eso nos dice un par de cosas sobre Dios. Vimos esto en la sección pasada.

Primero, la Escritura dice que Él está tan alto, tan exaltado, tan trascendente en Su grandeza, que para Él poder ver los cielos y la tierra tiene que descender.

Él tiene que mirar muy abajo, ¡así de excelso es Él! Tú puedes pensar, y con razón, que la tierra está muy lejos de Dios. Sin embargo, también los cielos están lejos de Dios. Él tiene que inclinarse a mirar. Creo que eso es una parte del significado, pero también considero que otra parte es que Él baja para estar con nosotros. Él se digna, Él desciende a nosotros.

Él descendió en forma de bebé, pero descendería aún más. Él se rebajaría aún más. Él iría a la cruz. Vemos esto aquí en esta frase, «Él se inclina; Él mira hacia abajo; Él se humilla».

Ahora, recuerden que Jesús pudo haber cantado estos salmos, comenzando por este Salmo 113, antes de la cena de la Pascua que Él llevó a cabo, observó con Sus discípulos allá en el aposento alto, donde Él instituyó la Cena del Señor (la Última Cena) que observamos en nuestros días.

Él salió de aquel aposento alto después de cantar un himno y fue hacia Getsemaní. Lloró con tal agonía que sudó grandes gotas de sangre, luego fue arrestado, procesado por seis juicios durante la noche y enviado a ser crucificado al día siguiente.

Los romanos lo crucificaron, los judíos lo crucificaron, la gente religiosa lo crucificó, los paganos lo crucificaron, pero en última instancia, ¡Dios entregó a Su Hijo a la muerte! Jesús se humilló. Entonces aquí, Él alaba, Él canta con Sus discípulos en el aposento alto: «Excelso sobre todas las naciones es el Señor, su gloria está sobre los cielos» (v.4). Ahora, aquí tenemos al Señor de gloria cantando esto.

«Quién es como el Señor nuestro Dios...». Él canta esto con sus discípulos, «...que está sentado en las alturas» (v.5). Jesús había estado en ese asiento a la diestra del trono de Dios, por toda la eternidad pasada. Él estará allí por toda la eternidad futura, pero Él dejó ese asiento. Él dejó ese trono. Él dejó ese lugar alto y excelso. Él bajó, descendido y se humilló. Y durante treinta y tres años Él vivió nuestra vida. Y ahora, en aquel aposento alto, «Él se inclinó, Él se humilló a mirar». Él descendió a lavar los pies de sus criaturas, de los discípulos. ¿Cuán maravilloso es esto?

¡Pero esto no es todo! En las horas siguientes, este Dios de asombrosa e increíble majestad, que ¡tiene que humillarse para mirar los cielos!, que ¡descendió a la tierra!, ¡este mismo Dios uniría majestad y misericordia y se humillaría hasta la cruz! ¡Qué maravilloso es esto!

No en vano decimos: «Aleluya, Alabad siervos del Señor». Bueno, todo esto es solo un repaso del programa pasado. Veamos entonces la tercera estrofa hoy:

«Él levanta al pobre del polvo,

Y al necesitado saca del muladar,

Para sentarlos con príncipes,

Con los príncipes de su pueblo.

Hace habitar en casa a la mujer estéril,

Gozosa de ser madre de hijos.

¡Aleluya!» (vv. 7-9).

Entonces, hemos visto hasta aquí a este Dios que está en lo alto, que es excelso, que se humilla para mirar lo que está en los cielos y en la tierra; vemos a este Dios que se inclina, que desciende, que se humilla tomando la forma de hombre, la forma de Jesucristo. ¿Por qué Él hace esto?

Vemos la respuesta en esta tercera estrofa… para que aquellos que están abatidos, aquellos que están oprimidos, puedan ser elevados. Él está exaltado, está en las alturas y Él mira hacia abajo. Él se inclina y se humilla para levantar a los que están abatidos. Así que nuevamente digamos: ¡Aleluya! ¡Qué gran Salvador!

Aquí tenemos un Dios, al cual hemos visto en este salmo, que es trascendente, es majestuoso. Él no es un Dios distante. Él no es un Dios que se mantiene alejado, distante. Él no está lejos de Su creación corruptay caída como lo están los otros dioses paganos (no te puedes acercar a ellos, no puedes aproximarte a ellos). Sin embargo, aquí hay un Dios que se acerca a nosotros como un Dios personal, que se humilla para estar con nosotros, para ser uno de nosotros, para morir nuestra muerte y para que nosotros podamos tener Su vida. ¡Eso es maravilloso!

Noten en el pasaje que Dios no favorece a aquellos que son poderosos o famosos o ricos.Dios favorece a aquellos que menos se parecen a Él: los pobres, los necesitados, aquellos que viven en el «muladar». La Reina Valera Actualizada utiliza la palabra «basura». Es un lugar de desperdicios, de basura. Es un basurero.

Jesús fue crucificado fuera de las puertas de la ciudad, en el Gólgota. Él viene para aquellos que son pobres y necesitados que viven en basureros. Él viene por la mujer estéril, la mujer que clama, «Señor dame hijos o sino, me muero». Él viene por los necesitados, aquellos que llevan el reproche. El comentarista James Boice, que ya está con el Señor, escribió sobre este salmo:

Lo que asombra al salmista es que este Dios es tan excelso, tan alto que Él tiene que inclinarse, humillarse para ver, no solo la tierra, sino también los cielos, y aun así, al mismo tiempo, Él se preocupa por los humildes.

Él está exaltado, pero Él se humilla a Sí mismo. Y Dios no solo se inclina a mirar hacia abajo, sino que Él desciende a salvar a los pobres y necesitados. Dios está en lo alto, Él es excelso, vemos que su trono está en los cielos, entonces, ¿qué es lo que Él hace por los pobres y necesitados que están aquí debajo? Él los eleva. ¡Él los sienta junto a príncipes para que puedan estar junto a Él! ¿No es esto maravilloso?

La condescendencia de Dios… su humillación… ¡Nunca dejes que alguien te diga que a Dios no le importa! No permitas que nadie te diga, «¿dónde estaba Dios cuando…?» Te diré dónde Él estaba. Dios está en el mismo lugar en que se encontraba cuando envió a Su Hijo a morir en aquella cruz, para que aquellos que estaban deprimidos, desalentados, y destrozados, aquellos que estaban atados, encadenados a sus pecados y eran unos fracasados, pudieran estar sentados en los lugares celestiales con Cristo. ¡Ahí es donde Dios está!

El Salmo 113:7, dice que Dios levanta al pobre del polvo. Eso es bien abajo. Bien abajo en la escala socioeconómica, bajo en el estrato social, alguien que no recibe ningún respeto. Las personas no acuden a los pobres, a los más necesitados en busca de sabiduría, opciones de trabajo o pidiendo ayuda.

Estos son los pobres, los humildes, los necesitados. Ellos no prestan ayuda, ellos la necesitan. Ellos están en el polvo. Con frecuencia puedes ver este concepto en el Salmo 119 cuando la Escritura hace referencia a que el alma está tan abajo, tan abatida, que simplemente está en el polvo. ¿Qué está más abajo que el polvo? «Él levanta al pobre del polvo».

Sin embargo he aquí lo que más me sorprende de esta frase. En otro salmo, el Salmo 22:15, donde Jesús el Mesías exclama una profecía mesiánica, Él le dice a su Padre –que lo ha abandonado en ese momento en la cruz– «Me has puesto en el polvo de la muerte».

Verás, la razón por la que Él puede levantar al pobre del polvo es porque Él bajó hasta el polvo de la muerte. Él dejó que Dios lo pusiera en el polvo de la muerte, a este alto, al Santo. El Hijo dice al Padre en el Salmo 22: «Tú me pones en el polvo de la muerte, y ahí es donde iré». ¿Por qué? Para que Él pueda levantar al pobre del polvo, para que Él pueda levantarnos del polvo.

¿Te recuerda esto a Efesios 2:6, que dice que «Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús»? Ese es el evangelio. Nos encontrábamos en el polvo de la muerte, éramos pobres, estábamos en bancarrota, no teníamos nada que ofrecer a un Dios santo, excepto nuestra pecaminosidad.

Él tomó nuestros pecados, nuestro polvo, nuestra muerte, nuestra humanidad, nuestra estupidez, nuestra maldad. Tomó todo sobre Sí mismo y fue puesto en el polvo de la muerte para que pudiéramos ser exaltadas y llevadas a sentarnos en los lugares celestiales con Cristo Jesús. ¡Esas son buenas noticias! ¡Ese es el evangelio!

El versículo 7 continúa diciendo: «Al necesitado saca del muladar», o como otra traducción: «…al necesitado enaltece desde la basura». Jesús fue al muladar donde fue crucificado, al lugar donde eres abandonada cuando eres echada fuera. No hay nada de valor allí, nada que valga la pena. Es el basurero de la humanidad.

Y Jesús fue allí. Él se convirtió en toda nuestra basura. Tomó toda nuestra basura sobre Sí mismo y el Padre le dio la espalda a Su Hijo, porque Dios no puede observar la maldad. ¿Por qué? Para que Jesús pudiera darnos a nosotras Su justicia. ¡Qué maravilloso, qué glorioso intercambio! Él saca al necesitado de la basura.

Y Él no solo nos salva, Él nos exalta; «para sentarlos con los príncipes, con los príncipes de su pueblo» (v. 8) ¿Quién más está sentado allí? Dios está sentado allí, Jesús está sentado allí. Él nos da un lugar en el cielo, para sentarnos con Él a la diestra del Padre, para ser exaltadas con Él un día, y ahora, por fe, ser resucitadas allí con Él.

Por cierto, tú puedes ver un pasaje similar en 1 Samuel 2:1, donde está Ana, que había sido una mujer estéril y había clamado, llorado a Dios pidiendo hijos; Dios finalmente la bendice con un hijo, Samuel. En su oración de gratitud, ella dice: «¡Mi corazón se regocija en el Señor...en el Señor se exalta!»

Cuando tú has sido levantada del polvo, cuando se ha quitado tu culpa, cuando has sido pobre y necesitada y Dios te ha resucitado, y te ha dado vida, no puedes evitar decir: ¡Aleluya! ¡Alabad, siervos del Señor!

Ana dice, «me regocijo en tu salvación. No hay santo como el Señor; en verdad, no hay otro fuera de ti» (v.2.) Vimos esto en el Salmo 113, cuando el salmista hace la pregunta, «¿Quién es como el Señor nuestro Dios…?» Ana dice en el versículo 7 de 1 Samuel 2,

«El Señor empobrece y enriquece; humilla y también exalta. Levanta del polvo al pobre, del muladar levanta al necesitado para hacerlos sentar con los príncipes, y heredar un sitio de honor; pues las columnas de la tierra son del Señor, y sobre ellas ha colocado el mundo».

Dios es un Dios de todo poder, y Él usa su poder divino para rescatar, para redimir, para levantar a los marginados, aquellos que son mendigos, aquellos que son pobres y necesitados, aquellos que no son nadie, aquellos que son invisibles y nadie se preocupa por ellos ni les presta atención. Aquellas niñas víctimas de la trata sexual que están entre nosotras, aquellas que han sido maltratadas o heridas por su propio pecado o el pecado de otros, aquellas que han sido rechazadas, marginadas. Este es el evangelio que tenemos que ofrecer para aquellos que son pobres y necesitados. Es el mismo evangelio para aquellos que son miserables, indigentes y que están en bancarrota.

Él descendió. Él condescendió. Él se humilló desde Su lugar santo y exaltado para elevarnos a nosotras, para resucitarnos, para darnos un lugar con Él en el cielo. Él nos ha levantado. Él nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios.

¿Entonces cómo podemos los cristianos estar deprimidos? Dime, respóndeme eso. ¿Cómo podemos estar, por cualquier tiempo, sobrecargadas, deprimidas y desalentadas? Claro, yo sé que hay momentos y situaciones difíciles. Hay personas que sufren muchísimo físicamente, hay mujeres que viven matrimonios desgarradores. Hay madres o abuelas que van a dormir entre lágrimas cada día debido a un hijo pródigo o una hija o lloran por su nieta. Entiendo esto perfectamente. No estamos en el cielo todavía; este es un mundo caído y corrompido. Este no es el paraíso.

Pero aun en el aquí y ahora, tenemos la esperanza de que «todavía no hemos llegado a donde vamos», nuestra esperanza que es nuestra fe, la fe en Cristo. Hemos sido resucitadas, sentadas con Cristo, y sabemos a dónde nos dirigimos. Sabemos que lo mejor está aún por llegar. ¡Esto es motivo de alabanza! ¡Esto es motivo de adoración!

¡Alza tus ojos! Pon tus ojos en Cristo y exclama: «¡Aleluya! ¡Alabad al Señor! ¡Qué gran Salvador!»

Bueno, vemos en el versículo 9 del Salmo 113, que continúa hablando de este tema: «Hace habitar en casa a la mujer estéril, gozosa de ser madre de hijos. ¡Aleluya!»

Hablamos del caso de Ana que deseaba un hijo, y Dios finalmente respondió sus oraciones. En Su tiempo Él le dio a Ana no solo un hijo, sino que también le dio a la nación de Israel una voz, un profeta, un hombre que hablaría por Dios y que los guiaría a Dios.

No era solo Ana quien necesitaba un hijo. Israel necesitaba ese niño, y en el cumplimiento del tiempo de Dios, Él envió a ese niño. Lo mismo le ocurrió a Sara. Ella era estéril; ella no tenía hijos. Pero Dios dijo: «El Mesías prometido va a venir a través de tu linaje».

Y Abraham dijo: «¡Pero no puedo concebir! Estamos viejos ya, no podemos tener hijos».

Dios le dijo: «Eso no es problema para mí. Tú tienes cien años, ella noventa y tantos. Ya pasaron la edad para concebir, sus cuerpos están cercanos a la muerte, no hay problema. ¡Formaré vida donde no hay vida!»

«Él hace habitar en casa a la mujer estéril, gozosa de ser madre de hijos. ¡Aleluya!» Raquel dijo: «¡Dame hijos o me muero!» Escuchen amigas, ustedes pueden tener o no hijos biológicos, pero Dios quiere que cada mujer tenga hijos, hijos espirituales, y que estén gozosas con esa responsabilidad.

Él es un Dios en gran manera exaltado, pero Él es también un Dios personal, Él se preocupa por los necesitados (hemos visto eso anteriormente), pero no solo a nivel general, no solo de manera colectiva. Él se preocupa de manera individual, por individuos, por la mujer estéril. ¿Quién es ella?

Quizás es Ana, quizás es Sara, o tal vez es Raquel, quizás eres tú. Quizás no sea esterilidad física (quizás sí), tal vez se está hablando de otro tipo de esterilidad; pero Él se preocupa por ti.

En esa cultura, en la cultura judía del Antiguo Testamento, la esterilidad, el no poder tener hijos, se consideraba una maldición; era un reproche. Aquí vemos a Dios derramando su gracia redentora sobre los menos favorecidos, sobre los más despreciados.

Y esa gracia que Él derrama sobre la vida de mujeres estériles, Él la derrama sobre nuestras vidas, una a la vez, de mujer a mujer. Él cambia nuestras vidas. Él gira nuestro destino por Su gracia. Así la mujer estéril que era excluida ahora tiene un lugar al que pertenecer. Ella estaba sola, pero ahora tiene un hogar, tiene una familia. Ella era estéril; ahora da frutos. Ella estaba triste pero ahora está gozosa, ella no tenía razón para vivir; ahora ella tiene un motivo, ella tiene hijos. ¡Ese es el poder transformador de Dios!

Charles Spurgeon habló sobre esto en uno de sus mensajes, sobre este Dios «quien convierte en belleza las cenizas, quien cambia el llanto por la alegría, quien transforma la muerte en vida, quien exalta al humilde, quien convierte la pobreza en riqueza, quien exalta a los deshonrados». Ese es el poder transformador de Dios.

Así que estos Salmos del Hallel celebraban la liberación del pueblo en Egipto. Esta mujer estéril era un retrato de Israel, que fue liberado de la esclavitud de Egipto y dio frutos en la tierra prometida.

Ves, tenemos un Dios que redime de las circunstancias desalentadoras a Su pueblo, que interviene en sus vidas, que restaura, que rescata, que redime nuestras pérdidas, que levanta personas del basurero; ¡todo porque Cristo, nuestro Cordero de la Pascua, fue sacrificado por nosotros y resucitado de la muerte!

Entonces, cuando leas esta estrofa, espero que recuerdes que Dios te conoce y que Él se preocupa por ti. Él conoce tus necesidades. Él conoce tu pobreza. Él conoce tu aflicción. Él sabe cómo has estado oprimida y desanimada, sabe cómo has sido rechazada, Él sabe cuando has perdido la esperanza. Él sabe qué partes de tu vida están estériles, y Él se preocupa. Él descendió en la persona de Cristo. Él se inclinó, se humilló y Él es capaz de suplir tus necesidades, de levantarte y darte un futuro, una esperanza y un hogar.

Él puede cambiar la esterilidad por fertilidad. Él puede cambiar la desesperación por gozo. Él ha prometido levantar al pobre del polvo, sacar al necesitado de la basura, del muladar, y hacer que la mujer estéril sea fructífera y que esté gozosa. Entonces, desde tu corazón clama al Señor. Dile, «¡oh Señor, yo soy esa persona pobre, estoy necesitada, soy esa persona oprimida. Soy esa mujer estéril. Te necesito! Gracias por haberte humillado para suplir mi necesidad, por satisfacerla contigo mismo».

Recuerda que mientras Dios está realizando una obra transformadora en nuestras vidas ahora, hay un sentido más profundo en el que Él está redimiendo, interviniendo, y transformándonos para que podamos ser elevadas y llevadas a sentarnos con Él.

Ahora, este salmo termina como empezó, con una palabra: «¡Aleluya! Alabad, siervos del Señor». Estas palabras son como las cubiertas de un libro. Quiero terminar esta serie leyendo para ustedes lo que mi amigo, Charles Spurgeon, dijo sobre esto:

¡Alabad siervos del Señor! La música concluye en su nota principal. El salmo es un círculo que termina justo donde comenzó, alabando al Señor desde su primera sílaba hasta la última. Que el salmo de nuestras vidas tenga el mismo carácter, y nunca experimente un receso o concluya. Que sean nuestras vidas un círculo sin fin que ha bendecido al Señor, cuyas misericordias nunca cesan.

Alabemos al Señor en nuestra juventud y mientras tengamos fuerzas; y cuando nos vayamos inclinando ante los años que se acumulan, alabemos aún al Señor, quien no desecha a sus siervos ancianos. No solo alabemos a Dios, sino exhortemos a otras a que lo hagan; y si nos encontramos con algunas de las necesitadas que han sido enriquecidas, o con las estériles que ahora dan frutos, unámonos a ellas y ensalcemos el nombre de Aquel cuyas misericordias son eternas.

Habiendo sido nosotras mismas levantadas de nuestra miseria y esterilidad, no olvidemos nunca nuestra condición pasada ni la gracia que nos ha visitado, sino que por los siglos de los siglos alabemos al Señor. Aleluya.

¡Aleluya!

Annamarie: Has estado escuchando a Nancy DeMoss de Wolgemuth en la conclusión de la serie titulada, «Aleluya: Una celebración de alabanza». Esta serie de enseñanzas ha terminado, pero tu alabanza no debe terminar.

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Escudriñando la Escritura juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

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