Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Annamarie Sauter: ¿Has llegado a pensar que lo que has hecho en tu vida cristiana ha sido por tu fuerza?

Nancy DeMoss Wolgemuth: Tratamos de hacer de la victoria sobre el pecado un hábito, tratamos de lidiar con situaciones en nuestras vidas, y nos olvidamos de que es el poder del Espíritu Santo el que nos capacita para triunfar por encima de la fuerza gravitacional del pecado en nuestras vidas.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

La porción de la Escritura para hoy es Salmos 9 al 17.

Las tentaciones están ahí, pero eso no quiere decir que tenemos que ceder porque el Espíritu Santo mora en nosotras. Esto es algo asombroso, y Nancy está aquí para ayudarnos a entenderlo mejor.

Nancy: Hemos estado hablando durante estos últimos programas acerca de la obra y el ministerio del Espíritu Santo de Dios, y como dije ayer, tenemos por lo tanto, que llegar a conocerle. Tenemos que darle gracias a Dios por darnos el regalo del Espíritu Santo, y por todas las cosas que hace en nosotras, a través de nosotras y por nosotras. 

Él es un regalo increíble. Hoy quiero enfocarme en un aspecto particular del ministerio del Espíritu Santo que encuentro alentador —pienso que tú también lo encontrarás. Es el hecho de que el Espíritu Santo de manera sobrenatural nos capacita y permite que sirvamos a Dios. 

Quiero revisar rápidamente algunos versículos de la Biblia; que veamos algunas imágenes de aquí y de allá, de cómo el Espíritu de Dios capacita a las personas para servirle a Dios. Luego de leerlos, creo que te darás cuenta de que Él puede capacitarte a ti para hacer lo que Dios te ha llamado a hacer. 

¿Recuerdas cuando en el libro de Éxodo Dios le dijo a Moisés que construyera un tabernáculo? Dios le dio a Moisés patrones y modelos increíblemente detallados, le dio un plano: «Constrúyelo de esta forma».

Pero el Señor, sabiendo que Moisés no tenía ninguna experiencia construyendo tabernáculos, le dice en Éxodo 31: «Mira, he llamado por nombre a Bezaleel, hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá. Y lo he llenado del Espíritu de Dios en sabiduría, en inteligencia, en conocimiento y en toda clase de arte» (v.2-3). 

Dios dijo: «Te he dado una tarea y para ayudarte a realizarla he llamado a un hombre. Su nombre es Bezaleel y lo he llenado con mi Espíritu para que tenga la habilidad, la inteligencia, el conocimiento y el arte para hacer todo lo que se necesita hacer —no solo en la construcción del tabernáculo, sino en enseñar a otros a cómo ayudarle». Fue el poder del Espíritu que capacitó a Bezaleel para hacer todo eso. 

Entonces llegamos a la era de los jueces. Aquí es donde hemos leído, en más de una ocasión, que Dios le da el poder sobrenatural a un juez específico para que haga su obra en conquistar naciones enemigas y guiar personas hacia Dios.

Por ejemplo, en Jueces 3, leemos en el versículo 10: «Y vino sobre él el Espíritu del Señor (sobre Otoniel), y juzgó a Israel. Cuando salió a la guerra, el Señor entregó en su mano a Cusán-risataim, rey de Mesopotamia, y su poder prevaleció sobre Cusán-risataim». La batalla es del Señor. Otoniel era un hombre ordinario, como pienso que lo era Bezaleel. 

Sansón era otro juez. Aunque su caso es distinto porque su historia –a pesar del hecho de que él tenía acceso al poder del Espíritu de Dios– contiene muchas partes tristes. Lo que la hace especialmente trágica. La historia de Sansón no tenía por qué haber terminado así. En Jueces 13, la Escritura dice que desde temprano «el Espíritu del Señor comenzó a manifestarse en él» (v. 25).

¿De qué te acuerdas cuando piensas en Sansón y en sus características más conocidas? El hombre más fuerte que alguna vez vivió, ¿cierto? Sansón no era fuerte separado del poder del Espíritu Santo. Fue cuando fue ungido por el Espíritu de Dios que obtuvo la fuerza. 

En Jueces 14, leemos en el versículo 6: «Y el Espíritu del SEÑOR vino sobre él con gran poder, y lo despedazó como se despedaza un cabrito, aunque no tenía nada en su mano...» Versículo 19: «Entonces el Espíritu del SEÑOR vino sobre él con gran poder, y descendió a Ascalón y mató a treinta de ellos tomando sus despojos».

Ese poder sobrenatural, ¿de dónde venía? del Espíritu de Dios. Lo volvemos a ver en Jueces 15, cuando los Filisteos fueron a encontrarse con Sansón: «Y el Espíritu de DIOS vino sobre él con poder, y las sogas que estaban en sus brazos fueron como lino quemado con fuego y las ataduras cayeron de sus manos. Y halló una quijada de asno fresca aún, y extendiendo su mano, la tomó y mató a 1,000 hombres con ella» (vv.14-15).

¿De dónde venía ese poder? De la capacitación divina —era el poder del Espíritu Santo.

Ahora nos movemos a la era de los reyes en el Antiguo Testamento. Cuando el primer rey —Saúl— fue ungido por Samuel, leemos que le dice: «Entonces el Espíritu del SEÑOR vendrá sobre ti con gran poder, profetizarás con ellos y serás cambiado en otro hombre» (1 Sam.10:6).

Me gusta esa frase porque creo que describe lo que el Espíritu Santo hace cuando nos llena. Nos transforma en algo y en alguien que nunca hubiéramos sido separados de Él. 

Lo mismo cuando David fue ungido para ser rey. Desde ese día en adelante, el Espíritu del Señor vino a David con poder. 

Y luego llegamos a la vida de Jesús. Leemos profecías en el Antiguo Testamento a la espera de la venida del Mesías. En Isaías 11, leemos en el versículo 2: «Y reposará sobre él el Espíritu del SEÑOR».

Jesús sabía la importancia del ministerio del Espíritu Santo. Recuerden que en Lucas, capítulo 3, cuando Jesús fue bautizado, leemos: «Y aconteció que cuando todo el pueblo era bautizado, Jesús también fue bautizado: y mientras Él oraba, el cielo se abrió, y el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma corporal, como una paloma...» (vv.21-22).

Y justo después de Su bautismo —después de que el Espíritu Santo viniese sobre Él— leemos en Lucas 4:1: «Jesús lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto». Jesús nos dejó con su ejemplo la importancia de la obra y del ministerio del Espíritu Santo. 

Luego de salir del desierto, Lucas 4:

«Jesús regresó a Galilea en el poder del Espíritu... y llegó a Nazaret... y según su costumbre, entró en la sinagoga el día de reposo, y se levantó a leer. Le dieron el libro del profeta Isaías y abriendo el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos...» (vv.16-18).

Amigas, ustedes no pueden hacer que los ciegos vean. No pueden liberar prisioneros por ustedes mismas. Nadie puede, pero Dios puede. Podrás decir, «ese no es el ministerio al que Dios me ha llamado. Dios me ha llamado a criar tres hijos». 

¿Sabes qué? No puedes hacerlo tú sola. Necesitas ser ministrada, necesitas el poder y la capacitación del Espíritu Santo para amar a esos niños, para ser paciente con ellos, para enseñarlos, para moldearlos de acuerdo al modelo de Cristo. Tú necesitas que el Espíritu Santo haga lo que Dios te ha llamado a hacer —de la misma manera en que Jesús dependía del poder del Espíritu Santo para poder cumplir la misión que Dios le había dado. 

Esa es la razón por la que, antes de que Jesús regresara al cielo, les dijo a sus discípulos en Hechos 1, «pero recibiréis poder», Jesús había demostrado ese poder, las personas del Antiguo Testamento habían demostrado ese poder, pero Jesús dijo: «recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros y me seréis testigos...» (v.8). Díganle a otros sobre mí.

¿Recuerdas cómo eran esos primeros creyentes antes de la venida del Espíritu Santo? Estaban asustados, algo así como Gedeón en el Antiguo Testamento. Se estaban escondiendo en el aposento alto por miedo a los líderes judíos. 

Pero cuando el Espíritu Santo vino sobre ellos, Pedro —quien había negado aun conocer a Jesús —ahora se levanta en el día de Pentecostés y predica un mensaje. Luego, lo llevan prisión y cuando sale libre vuelve a predicar a Jesús. 

¿De dónde sacó esa audacia? ¿Dónde puedo obtener la audacia y el poder de compartir a Cristo en el trabajo? Es por el poder del Espíritu Santo. En Hechos 4 —de hecho a lo largo de todo el libro de los Hechos— vemos la predominancia del poder del Espíritu Santo en la iglesia primitiva. 

En Hechos 4, tenemos esta ilustración en el versículo 31: «Después que oraron, el lugar donde estaban reunidos tembló, y todos fueron llenos del Espíritu Santo y predicaban la palabra de Dios con valor».

No puedes hacer nada que tenga valor espiritual separada del poder y de la abundancia del Espíritu Santo que mora en ti. Tampoco yo. Y déjame decirte esto también: con la capacitación y el poder sobrenatural que te da el Espíritu Santo no hay nada, dentro la voluntad de Dios, que no puedas hacer. 

Puedes amar a tu esposo. Puedes perdonar a esa hermana que te ha herido profundamente. Puedes honrar a esos padres que nunca fueron los padres que debieron ser. Si es la voluntad de Dios, por el poder del Espíritu Santo que mora en ti, puedes obedecer a Dios. Su Espíritu Santo te va a capacitar —de manera sobrenatural— para que no dependas de tus fuerzas ni de tus habilidades, sino de las de Él. 

El mismo Espíritu Santo que capacitó poderosamente a aquellos creyentes del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento —el poder del mismo Espíritu Santo que capacitó a Jesús para cumplir su ministerio en esta tierra— vive en ti. 

¿No es increíble? Y Él te va a capacitar y te va a dar el poder de servirle a Dios, para hacer las cosas que no podrías hacer sin Su poder sobrenatural. 

Por lo que le servimos, no por lo que podamos hacer con nuestra capacidad, fuerza e inteligencia. En realidad somos comunes, ordinarias, débiles, frágiles e inadecuadas, pero Dios vive en nosotras por el poder de Su Espíritu.

Hay tantos cristianos con los que me he encontrado hoy —gente que me ha escrito o que conozco personalmente— que están esforzándose, tratando y luchando para obtener la victoria sobre su carne. 

¿Y sabes cómo lo puedo identificar en otras personas? Porque he estado ahí múltiples veces. Tratamos de hacer de la victoria sobre el pecado un hábito, tratamos de lidiar con situaciones en nuestras vidas, y nos olvidamos de que es el poder del Espíritu Santo el que nos capacita para triunfar por encima de la fuerza gravitacional del pecado en nuestras vidas.

Es el Espíritu Santo que vence el llamado de la carne. Déjenme pedirles que abran sus biblias en el libro de Romanos, capítulo 7. Quiero que veamos todo lo que tenga que ver con la lucha entre la carne, el Espíritu y el porqué somos tan dependientes del Espíritu de Dios para poder obtener la victoria sobre el pecado y sobre la carne. 

Quiero decirles que para algunas de ustedes, esta podría ser la verdad más transformadora que hayan encontrado, la que puede cambiar sus vidas. Algunas pueden haberlo escuchado antes, pero necesitan que se les recuerde. 

Si tú estás luchando y esforzándote para obtener la victoria sobre la carne a través del poder del Espíritu Santo, vamos a empezar en Romanos 7 donde el apóstol Pablo dice algo con lo que todas nos podemos identificar. 

Él afirma en Romanos 7, en el versículo 15: «Porque lo que hago, no lo entiendo, porque no practico lo que quiero hacer, sino lo que aborrezco, eso hago». Versículo 18: «Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno; porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien no». ¿Puedes sentirte identificada con estas palabras? Yo de seguro sí. 

Continúa en el versículo 19: «Pues no hago el bien que deseo, sino que el mal que no quiero, eso practico». Versículo 21 y 22: «Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo la ley de que el mal está presente en mí. Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios».

Dirás, «pero quiero obedecer Su ley desde la profundidad de mi ser» —esa es la evidencia de que eres una hija de Dios. 

Versículo 23: «pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros». 

Por lo que Pablo dice, «hay una parte de mí que quiere agradar a Dios, pero hay algo (parecido a la ley de la gravedad) que me sigue halando hacia abajo». Él la llama la ley del pecado y dice, «vive en mí y me encuentro rindiéndome ante la ley del pecado y no entregándosela al Espíritu de Dios. ¿Cuál es el problema?

Versículo 24: «¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?»

Bueno, vamos a ir a Romanos capítulo 8. Allí veremos un pasaje maravilloso que increíblemente nos ayuda para vencer el llamado de la carne. 

Romanos 8, versículo 1: «Por consiguiente, no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. Versículo 2: «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte».

¿Qué es lo que está diciendo? Que la ley del pecado es poderosa, pero hay una ley mucho más poderosa —esa es la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús. Mira lo que dice en los versículos del 5 al 8: «Porque los que viven conforme a la carne, ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz, ya que la mente puesta en la carne es enemiga de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, y los que están en la carne no pueden agradar a Dios.

Una persona perdida no puede complacer a Dios. Puede que sea moral y ética, pero no puede complacer a Dios. Esa persona está viviendo en la carne. 

Versículo 9: «pero Tú, por el contrario, no estás en la carne sino en el Espíritu —si de hecho el Espíritu de Dios mora en ti. Si Cristo está en ti, aunque el cuerpo esté muerto por el pecado, Su Espíritu te da vida.

Y luego —hay un principio poderoso aquí: «Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros» (v.11).

¿Qué tanto poder crees que se tomó el resucitar a Jesús de entre los muertos? Mucho. Poder sobrenatural —el mismo Espíritu (que resucitó a Jesús de los muertos) vive en ti y te va a dar el poder sobre el pecado, la carne y el enemigo. 

Versículo 12: «Así que, hermanos, somos deudores, no a la carne, para vivir conforme a la carne». No tenemos que vivir de acuerdo a la carne. No tenemos que rendirnos ante las demandas de nuestra carne. Esa es una de las verdades más liberadoras en toda la Palabra de Dios.

El hecho es este: yo no tengo que pecar si soy hija de Dios. Esto no quiere decir que no lo harás, pero el hecho es que no tienes que hacerlo. El que está perdido no puede hacer nada excepto pecar, pero el hijo de Dios no tiene por qué hacerlo. Ha sido liberado del dominio y del poder del pecado. 

Si pecamos, amigas, como hijas de Dios, es porque escogemos pecar. Por lo que dice en el versículo 13 que: «no somos deudoras a la carne, porque si vivís conforme a la carne, habréis de morir pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» (parafraseado). 

Tenemos que entender que es por el poder del Espíritu de Dios que podemos vencer nuestra carne, vencer nuestro pecado, vencer a Satanás.

Estas dos leyes que estamos leyendo en Romanos 7 y 8, tienen dos leyes físicas que les son paralelas: una es la ley de la gravedad y la otra es la ley de la aerodinámica. 

¿Te has sentado alguna vez en uno de esos jets (un Boeing 747) y has pensado —justo antes del despegue— en que no es verdad que ese avión va a volar y a superar la ley de la gravedad llevándote al otro lado del continente?

La ley de la gravedad es poderosa. Es por eso que ese jet está en el suelo. La ley de la gravedad lo mantiene en el suelo. Entonces te preguntas ¿cómo es que se va a elevar?

Por lo que te amarras el cinturón. Estás nerviosa y te pones más nerviosa aún cuando ese avión se empieza a mover y a correr por toda la pista. Acelera y va aumentado la velocidad hasta que llega el momento justo y —antes de lo que te imaginas— el avión despega del suelo, se mueve hacia arriba y comienza a volar. 

Durante todo este tiempo, y mientras el avión llega a ese punto, la ley de gravedad está tratando de que el avión se mantenga en el suelo y hasta piensas que es mejor que se quede ahí. Pero hay otra ley —que es la que levanta el avión del suelo— que lo hala hacia arriba y lo ayuda a desafiar la ley de la gravedad. Esa es la ley de la aerodinámica. 

La ley de la aerodinámica capacita al avión para que se libere de la ley de la gravedad y que pueda viajar a 600 millas por hora bien arriba en el cielo. La ley de gravedad todavía está presente. Está halando el avión hacia abajo mientras que la ley de la aerodinámica lo ayuda a vencer esa fuerza de gravedad. El avión se puede liberar de sus ataduras terrenales y volar a 35,000 pies por encima de la tierra.

Ahora bien, no tienes que entender cómo trabaja la ley de la aerodinámica para apreciarla y servirte de ella. Te garantizo que te he dicho más de lo que realmente conozco acerca de la ley de la aerodinámica. No entiendo nada de cómo es que funciona. 

Pero vuelo todo el tiempo. Confío en que la ley de la aerodinámica va a vencer la ley de la gravedad. Por lo que me monto en un avión, me amarro el cinturón, subo, llego a la próxima ciudad. ¿Cómo ocurre? No lo sé. 

¿Cómo es que el Espíritu de Dios nos da la victoria sobre la carne? No lo sé. No lo entiendo. No lo puedes ver. No lo puedes explicar, pero sí te digo lo que he aprendido: Podemos ejercitar la fe en la ley del Espíritu para que nos levante por encima de la ley del pecado y de la muerte, para que podamos vencer las demandas de la carne, para superar la tentación. 

La ley del Espíritu en Cristo Jesús nos libera de la ley del pecado y de la muerte. Eso es exactamente lo que afirmó Pablo cuando les dijo a los hermanos en Gálatas, capítulo 5: «Digo pues: andad por el Espíritu, y no cumpliréis el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, el del Espíritu es contra la carne, pues estos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis» (vv.16-17).

La carne dice, «pierde los estribos». El Espíritu dice, «déjame controlarlo por ti». La carne dice, «come». El Espíritu dice, «restríngete». La carne dice, «dale tu corazón a esa persona que no es tu pareja». El Espíritu te dice, «sé moralmente pura». 

Y la carne te hala con fuerza. La ley de la gravedad es real. Es poderosa, pero el Espíritu se opone a la carne. Estas dos se oponen entre ellas para mantenerte haciendo las cosas que quieres hacer. 

Ahora, Pablo pasa a enumerar los pecados de la carne: inmoralidad sexual, impureza, sensualidad, etc., pero el fruto del Espíritu Santo es: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, fidelidad, gentileza, autocontrol (vv. 22-24, parafraseados).

Podrás decir, «quiero esas cualidades en mi vida. Ese es el tipo de persona que quiero ser, pero tengo esta ley del pecado, esta ley de mi carne, esta ley de gravedad halándome hacia abajo».

¿Qué es lo que dice el apóstol Pablo? Camina en el Espíritu. La ley de la aerodinámica supera la ley de la gravedad; igualmente la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús supera el llamado de nuestra carne. 

Camina por fe. Camina por el Espíritu. Cree que el Espíritu de Dios puede darte el poder de vencer la ley de la carne, hoy. Puede ayudarte a superar cada tentación y cada pecado por Su poder. 

Annamarie: Si te has sentido desanimada por tu pecado y debilidad, espero que hayas sido animada con lo que has escuchado hoy. Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha estado ayudando a entender mejor el ministerio del Espíritu Santo como parte del estudio de doce semanas titulado, «En busca de Dios».

Si aún estás algo confundida respecto a lo que nos dice la Biblia sobre el Espíritu Santo, escucha el programa mañana. El pastor Bill Elliff estará con nosotras para ayudarnos a entender más.

Diciendo: «Sí, Señor» juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

Colabora con nosotras

Tenemos el privilegio de proporcionar las transcripciones de estos mensajes vivificantes. Si el Señor ha usado Aviva Nuestros Corazones para bendecir tu vida, ¿considerarías donar hoy para ayudar a cubrir los costos y expander el mensaje?

Donar $5

Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio (Aviva Nuestros Corazones, Revive Our Hearts y Seeking Him).

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

Únete a la conversación