Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Annamarie Sauter: Tus relaciones importan. Estas le dicen al mundo algo acerca de la gloria de Dios.

Nancy DeMoss Wolgemuth: Las relaciones pueden ser afectadas por el egoísmo natural que hay en nosotras y por nuestros pecados. El pecado levanta murallas. El pecado nos separa de Dios y también pone barreras entre nosotras y los demás. A medida que caminamos en santidad, necesitamos trabajar para que nuestras relaciones sean sanas, piadosas, fuertes, amorosas y comprometidas.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

La lectura de hoy de la Biblia es Ester, capítulos 4 al 7.

Nos encontramos en la semana número nueve del estudio titulado, «En busca de Dios». En las últimas semanas de este estudio hemos hablado sobre cómo el avivamiento impacta nuestras relaciones con los que nos rodean, y esta semana estamos viendo el tema el perdón. 

Si te perdiste alguno de los programas anteriores puedes encontrarlo en AvivaNuestrosCorazones.com. Allí también encontrarás información acerca del libro de estudio en el que se basa esta serie, también titulado, «En busca de Dios», escrito por Nancy y por Tim Grissom. 

Aquí está Nancy con nosotras.

Nancy: Déjenme pedirles que abran sus biblias en el libro de Filemón. Filemón es un libro pequeño de un solo capítulo que se encuentra justo antes de Hebreos, casi al final del Nuevo Testamento. En lo que ustedes lo buscan, déjenme hacerles una descripción del argumento ya que este capítulo relata una historia. 

Filemón era un hombre que vivía en la ciudad de Colosas. Aparentemente era rico e influyente. Él y el apóstol Pablo eran amigos. Filemón había conocido al Señor unos años antes bajo el ministerio de Pablo. Era un creyente devoto. Fue elogiado por Pablo en esta carta por su amor, y la iglesia en Colosas se reunía en casa de Filemón. Él era un hombre devoto de Dios.

Ahora bien, uno de los esclavos de Filemón, llamado Onésimo, había huido y aparentemente le había robado a Filemón antes de irse. Escapó de Colosas a Roma (aproximadamente un recorrido de 1,200 millas) para perderse entre la muchedumbre, como lo hacían miles de esclavos en aquella época.

De alguna manera, Pablo —quien estaba en Roma bajo arresto domiciliario y esperando juicio— conoció a Onésimo, quien había huido a Roma. Después de haberse conocido, Pablo llevó a Onésimo a los pies de Cristo, y Onésimo pasó a ser, no solo un asistente eficiente, sino un buen amigo de Pablo.

Ahora, Pablo sabía que Onésimo era un esclavo fugitivo y que tenía una responsabilidad para con su amo anterior, Filemón. Necesitaba devolver lo que había robado por lo que envió a Onésimo de regreso a Filemón. Para Onésimo era muy peligroso ir solo. Como los buscadores de esclavos podían matarlo antes de que llegara a Colosas, Pablo lo envió junto a un hombre llamado Tíquico. Éste llevaba cartas del apóstol a las iglesias de Éfeso y Colosas.

Pablo también le envió una carta a Filemón relatándole lo que había sucedido, y exhortando a Filemón para que hiciese algo sumamente radical en esa cultura —como lo es en la nuestra— y eso era el perdonar a un hombre que le había robado y ofendido. Perder a un empleado, perder a un esclavo, era perder algo valioso. Ese es un poco del trasfondo de la historia. 

Vayamos al texto y leamos desde el versículo diez. Pablo dice: «te ruego (Filemón) por mi hijo Onésimo, a quien he engendrado en prisiones, (soy su padre espiritual, lo llevé a Cristo) el cual en otro tiempo te era inútil, pero ahora nos es útil a ti y a mí».

«Y te lo he vuelto a enviar en persona, es decir, como si fuera mi propio corazón, a quien hubiera querido retener conmigo, para que me sirviera en lugar tuyo en mis prisiones por el evangelio; pero no quise hacer nada sin tu consentimiento, para que tu bondad no fuera como por obligación, sino por tu propia voluntad. 

Porque quizá por esto se apartó de ti por algún tiempo, para que lo volvieras a recibir para siempre, no ya como esclavo, sino como más que un esclavo, como un hermano amado, especialmente para mí, pero cuánto más para ti, tanto en la carne como en el Señor».

Por lo que (versículo 17): «Si me tienes pues por compañero, acéptalo (le dice a Filemón) como me aceptarías a mí. Y si te ha perjudicado en alguna forma, o te debe algo, cárgalo a mi cuenta. Yo, Pablo, escribo esto con mi propia mano; yo lo pagaré (por no decirte que aun tú mismo te me debes a mí)». Ahora, saltamos el versículo 20 y en el 21 leemos: «Te escribo confiado en tu obediencia, sabiendo que harás aun más de lo que digo». 

Tenemos tres personajes principales en esta historia. Está el ofensor. Ese es Onésimo, el hombre que le robó a su amo y huyó. Está la persona que fue ofendida. Ese es Filemón y está el pacificador. Ese es Pablo, quien busca reconciliar a estas dos personas. 

En algún momento de tu vida, es probable que hayas estado o aun estés en una de esas tres categorías. Algunas veces puedes ser la persona ofendida. Algunas veces puedes ser la ofensora. En otras, puedes ser la intermediaria que trata de conciliar la tirantez de una relación. 

¿No te parece interesante que cuando ha habido un distanciamiento es difícil distinguir entre quién es la persona ofendida y quién es el ofensor? Porque si escoges hablar con una de las dos, siempre te dirá que es la parte ofendida. Y si hablas con la otra te dice que no, que ella es la parte ofendida. Por lo que, generalmente, no estamos en la disposición de llamarnos «ofensores». Usualmente pensamos que la otra persona es la ofensora y nosotras las ofendidas. 

En cualquier caso, ya sea que te hayan ofendido o que tú hayas ofendido o que seas la pacificadora, tienes algunas responsabilidades. El ofensor, en este caso, Onésimo, era responsable de tomar la iniciativa, regresar y buscar, humildemente, el perdón.

A él le tocaba hacer restitución. 

Tenía que aceptar las consecuencias de su pecado, aunque ese pecado se hubiera cometido antes de haberse hecho cristiano. Tenía que volver y arreglarlo. Esa era su responsabilidad, y cuando tú eres la ofensora, estas son tus responsabilidades:

  • Tomar la iniciativa
  • Buscar el perdón 
  • Buscar la reconciliación 
  • Restituir cada vez que sea posible

En este caso le tocó a Filemón ser el ofendido. ¿Cuál era su responsabilidad? Perdonar, pero no solo perdonar, sino restaurar a quien lo ofendió. Tenía que estar dispuesto a absorber la pérdida, el mal que se le había hecho como patrón. Él tenía que estar dispuesto a mirar a su esclavo fugitivo bajo una luz diferente, verlo a través del amor y los ojos de Cristo, verlo ahora como a un hermano en Cristo. 

¿Cuál era la responsabilidad de Pablo entre estas dos personas? Él era responsable de hacer todo lo posible para mediar y conciliar el distanciamiento entre estos dos hermanos. Por lo que él retó al ofensor para que se arrepintiera y buscara el perdón. Él retó al ofendido a perdonar, sin tomar en cuenta el costo a sí mismo, como lo dice el versículo 18: «Y si te ha perjudicado en alguna forma, o te debe algo, cárgalo a mi cuenta».

Puede ser muy costoso ser el hacedor de paz, ¿o no? Él dice: «Yo estoy dispuesto a pagar el precio con tal de ayudar a reconciliar a estos dos». Por lo que, ¿en cuál de estas tres categorías te ha encontrado Dios hoy? Quizás hasta en más de una.

¿Hay alguien a quien le hayas hecho daño u ofendido? Piensa en esa relación que está distanciada, que te hice recordar al principio de este programa. ¿Has sido responsable por la ofensa en esa relación? Quizás pienses: «Ellos son los que me ofendieron, pero Dios te está preguntando si hay alguna forma en que tú has creado la ofensa. Has ofendido a esa persona? ¿Qué necesitas hacer para restituir, para buscar la reconciliación con esa persona? Necesitas tomar responsabilidad por tu parte en el rompimiento de esa relación, ya sea en tu matrimonio, amistad o cualquiera que sea. Si has ofendido a esa persona, si le has hecho daño, ve y arréglalo. 

Ahora bien, quizás alguien te ha hecho daño a ti, lo cual es más fácil de pensar. ¿Qué haces si alguien te ha hecho un mal? Te preguntas, «¿qué puedo hacer para mostrarle la gracia y la misericordia de Dios a esa persona?» Por cierto, no esperes a que venga a ti. Mira a ver si eres quien da el primer paso hacia la cruz y buscas una reconciliación. ¿Qué puedes hacer para subsanar las heridas entre tú y esa persona?

Es cierto que no siempre será posible. Dice Romanos 12:18: «Si es posible, en cuanto de vosotros dependa, estad en paz con todos los hombres», pero si es posible. Pienso que en algunas ocasiones lo es y no lo hacemos. No hacemos el esfuerzo de buscar una reconciliación.

¿Conoces a otras dos personas que necesiten reconciliarse la una con la otra? Pregúntate esto, «¿qué puedo hacer para acercar a estas dos personas?» Como pudiste ver, Pablo sabía cuánto Dios le había perdonado y sabía cuánto había perdonado a Filemón. Él sabía que Dios había perdonado a Onésimo y sabía la importancia de que ellos dos se extendieran gracia y misericordia. 

Quiero sugerirles esto: la vida cristiana se trata de relaciones, de nuestra relación con Dios y nuestra relación con los demás. No hay una fe cristiana sin el elemento relacional. De hecho, busca conmigo —en el libro de Filemón— y mira cuántas palabras tienen que ver con «las relaciones». 

Versículo 1: «Pablo, prisionero de Cristo Jesús, y el hermano Timoteo: A Filemón nuestro amado hermano y colaborador». Éstas son palabras que hablan de relación. «Y a la hermana Apia, y a Arquipo, nuestro compañero de milicia y a la iglesia que está en tu casa» (v.2).

Mira el versículo 7: «Pues he llegado a tener mucho gozo y consuelo en tu amor, porque los corazones de los santos han sido confortados por ti, hermano». Esos son términos que implican «relación», gente que tienen relaciones positivas, sanas y santas en el Señor. 

Mira el versículo 10: «Te ruego por mi hijo Onésimo, a quien he engendrado en mis prisiones». La vida cristiana es una vida basada en las relaciones entre hijos, padres, hermanos, amados, compañeros de trabajo, compañeros de servicio.

En el versículo 20, Pablo llama a Filemón su hermano y le dice, «recrea mi corazón en Cristo». Versículo 23: «Te saluda Epafras, mi compañero de prisión en Cristo Jesús,» «también Marcos, Aristarco, Demas y Lucas, mis colaboradores» (v.24). Los amigos de Pablo. Él los consideraba compañeros en el ministerio y hasta en su encarcelamiento «mis compañeros de prisión, mis hermanos, aquellos a quienes quiero profundamente». 

Solamente dando este pequeño vistazo a la carta Filemón —sin tomar en cuenta el resto de las Escrituras— diría que las relaciones son importantes para Dios y deben importarnos a nosotras por igual. Dios nunca tuvo la intención de que fueras una cristiana tipo llanero solitario. Tienes la necesidad, como yo, de cultivar y nutrir tus relaciones con otros creyentes, y salvaguardarlas y protegerlas de un rompimiento. 

Las relaciones pueden ser afectadas por el egoísmo natural que hay en nosotras y por nuestros pecados. El pecado levanta murallas. El pecado nos separa de Dios y también pone barreras entre nosotras y los demás. A medida que caminamos en santidad, necesitamos trabajar para que nuestras relaciones sean sanas, piadosas, fuertes, amorosas y comprometidas. 

El hecho es que se producen distanciamientos en las relaciones. El hecho es que pecamos en perjuicio de otras personas. Ellas pecan contra nosotras, pero a medida que vemos la historia de Filemón, vemos varios principios en todo este asunto de las relaciones, que empezamos a ver en el programa anterior. El primero es muy obvio para mí y es que Dios es un Dios redentor, restaurador y perdonador. 

¿No te alegra? ¡Él es un Dios redentor y perdonador! Siempre busca la reconciliación tanto vertical como horizontalmente. Él quiere asegurarse de que estemos bien con Él y de que estemos bien entre nosotros. Como hijas de Dios e imitadoras de Dios, se supone que debemos hacer lo mismo que Él: perseguir activa y proactivamente la relación, y cuando lo amerite, perseguir la reconciliación si hay un rompimiento. 

¿Cuál es nuestro rol cuando Dios nos trae —a nuestras vidas— personas con relaciones rotas y distanciadas? ¿Cuál es nuestra responsabilidad? Es hacer lo que Pablo hizo con la relación entre Filemón y Onésimo. Es ayudar para que se produzca un restablecimiento y reconciliación entre dichas personas. 

Ahora bien, hay que tener en cuenta que es necesario que estas personas estén dispuestas a hacerlo. No podemos responsabilizarnos por eso, pero sí hacer todo lo posible para que se produzca. Esto fue algo que Pablo practicó mucho en su vida y ministerio.

Recuerden el pasaje en Filipenses, capítulo 4, en el que Pablo dice: «Ruego a Evodia y a Síntique, que vivan en armonía en el Señor» (v.2). Aparentemente, dos mujeres en la iglesia de Filipos no se estaban llevando bien. Como pueden ver, las dos estaban activas en el ministerio. Pablo les dice: «En verdad, fiel compañero, también te ruego que ayudes a estas mujeres que han compartido mis luchas en la causa del evangelio, ayúdalas a que se lleven bien» (v.3, parafraseado).

No podría decirles cuántas veces me he encontrado en iglesias y ministerios —en plena misión ministerial— personas que no se están llevando bien entre ellas; creyentes que trabajan en el mismo ministerio y en la misma misión. Estas personas dicen que uno de los problemas más grandes —en el campo de misión— son misioneros que en ocasiones no se llevan bien. 

Ese es uno de los problemas más grandes en nuestras iglesias, y les puedo decir que es una tragedia aún mayor cuando los tenemos en nuestras casas: esposo y esposa, padres e hijos, hermanos que no se pueden llevar bien. ¿Cómo podríamos esperar que las personas vengan a Cristo, el gran Pacificador, cuando no nos estamos llevando bien entre nosotros? 

Tenemos la responsabilidad de ayudar a aquellos que tienen relaciones rotas y que, permítanme decirles, aplica a todo lo que tiene que ver con matrimonio. En otras palabras, debemos decidirnos a remangarnos y trabajar duro para ayudar a otros durante todo el largo recorrido de la carrera cristiana. 

He estado involucrada con una pareja desde hace año y medio. Su matrimonio se estaba deshaciendo. Había adulterio envuelto y solo por la gracia de Dios hoy están juntos. No me tomo ningún crédito por eso, pero otros que aman a esa pareja y yo, los abordamos y les dijimos: «No importa el tiempo que dure, lo difícil que sea y todo lo que se requiera, pero vamos a estar junto a ustedes porque el diablo no va a desbaratar este matrimonio». 

Eso es lo que tenemos que hacer en el cuerpo de Cristo. Y hay personas que dicen: ¿Y qué importa un divorcio más? Importa y mucho porque Dios es un Dios reconciliador y no podemos cruzarnos de brazos y dejar que esos matrimonios fracasen igual que en el mundo. No podemos hacerlo. Tenemos que perseguir la reconciliación porque es lo que Dios desea en su corazón. 

Ahora bien, la restauración empieza con nuestra relación con Dios. Antes de estar bien con los demás, tenemos que estar bien con Dios. Antes de que Onésimo se pudiera reconciliar con Filemón, tenía que estar bien con Dios, ahí es que se inicia, necesitamos ayudar a las personas a estar bien con Dios y recuerden que Dios, va a tomar todas las medidas que sean necesarias para lograr una reconciliación. 

Piensa en la historia de Onésimo y Filemón. Onésimo huyó a Roma, algunas 1,200 millas de viaje, pensando en que podía huir de su situación, solo para conocer al apóstol Pablo —bajo arresto domiciliario en Roma— quien lo llevó a los pies de Cristo. Dio la casualidad de que el apóstol Pablo conocía a Filemón, quien fuera amo de Onésimo y a quien Pablo llevó a los pies de Cristo también. Pablo dijo: «Voy a enviarte de regreso para que ustedes se reconcilien». O sea, ¿quién más que Dios pudo orquestar una historia como esta?

La pregunta es: ¿qué tan lejos estás dispuesta a ir con tal de que se produzca una reconciliación? O sea, piensa en Onésimo. Tuvo que viajar 1,200 millas —no había jets en esa época— para poderse reconciliar con su antiguo amo, para poder hacer restitución para buscar el perdón. ¡Qué precio!

Él sabía la seriedad de su crimen ante las leyes romanas. Quiero decir, pudo haber caído preso. Pudo haber sido vendido. Pudo haber sido asesinado, pero estuvo dispuesto a regresar porque había conocido a Cristo. Estuvo dispuesto a decir, «ese hombre, a quien antes odié, es ahora mi hermano y quiero hacer las paces con él». 

Necesitas estar dispuesta a volver y darle la cara a las personas que has ofendido y a las que te han ofendido aunque no sepas cuál va a ser el resultado. Podría ser riesgoso. Podría ser costoso. Necesitas recurrir a tu fe porque podrían no perdonarte, pero si sigues los pasos que Dios quiere que sigas, vas a ser libre. 

No puedes estar bien con Dios si no lo estás en la medida en que dependa de ti, si no estás bien con otro ser humano. No puedes estar bien con Dios —y estar distanciada de tu marido— a menos que hayas hecho todo lo posible para reconciliarte. Ahora bien, si él no te corresponde, Dios lo hace responsable de eso, pero tienes que haber hecho todo el esfuerzo posible en cualquier relación rota para lograr una reconciliación. Eso si quieres estar bien con Dios. 

El fin de semana pasado, hablé con una mujer quien había pecado en gran manera contra su marido, pero él todavía no lo sabía. Ella temía decirle la verdad de lo que había hecho y yo le dije, «no vas a estar bien con Dios hasta que no busques perdón y reconciliación». 

Déjenme cerrar diciéndoles que Dios es un Dios que puede restaurar los años que la langosta devoró y hacerlo todo mejor que antes. Esa es la esperanza que tenemos. En el versículo 16, Pablo le dice a Filemón: «recíbelo ahora, no ya como esclavo, sino como más que un esclavo, como un hermano amado». Vas a regresar, pero las cosas no van a ser como antes. Él dice, «Dios es un Dios capaz de redimir esta situación y hacerla más maravillosa aún de lo que antes pudo haber sido». 

Dios puede restaurar a tu marido. Dios puede restaurar ese hijo o hija, ese padre, esa persona con la que trabajas, esa compañera de habitación. Dios puede restaurar a esa persona. Dios puede restaurarte no importa lo que hayas hecho, o cómo o cuánto hayas pecado u ofendido a otros. Dios puede producir abundancia como nunca lo soñaste. 

¿Qué se necesita?

  • Se necesita que el ofensor esté dispuesto a reconciliarse y a pedir perdón
  • Se necesita que la persona ofendida esté dispuesta a conceder misericordia, gracia y perdón
  • Se necesitan pacificadores que estén ministrando reconciliaciones 

¿Y sabes qué? Nunca serás más como Jesús ni más como Dios que cuando perdonas y buscas una reconciliación. 

Annamarie: Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha estado ayudando a ver el valor de las relaciones. Para profundizar más en este tema del perdón te recomiendo que adquieras el libro «Escoja perdonar», escrito por Nancy. Encuentra más información acerca de este en nuestro sitio web, AvivaNuestrosCorazones.com.

Aquí en Aviva Nuestros Corazones queremos ayudarte a permanecer firme en Cristo. En un tiempo en el que muchos están buscando respuestas, continuamos produciendo estos programas diarios y utilizando plataformas digitales para recordarte que solo Cristo es nuestra esperanza segura.

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En ocasiones, perdonar parece imposible. Sí, suena como una buena idea, pero hay asuntos prácticos que considerar. Mañana, escucha una conversación que te ayudará a dar pasos prácticos. Hoy, simplemente recuerda que las relaciones saludables glorifican a Dios.

Aquí está Nancy para orar que tengamos relaciones así.

Nancy: Oh, Padre, oro porque lleves esta verdad a nuestros corazones, para que nos conviertas en pacificadoras. Señor, perdónanos por permitir que estas relaciones distantes y rotas hayan infestado nuestras comunidades cristianas. Perdónanos por lo indiferentes que muchas veces somos ante estas relaciones distantes entre hermanos. Oh, Dios, ayúdanos a perseguir la paz con nuestros semejantes, a ser perdonadoras, a ser humildes, a buscar el perdón, a tener nuestras conciencias tranquilas, para ser perdonadoras que podamos mostrarle al mundo este evangelio de gracia, este evangelio de perdón, este evangelio de reconciliación. 

Oh, Dios, creo que si empezamos a vivir bajo el principio del perdón en nuestras iglesias y en nuestras casas, veremos rápidamente el avivamiento que anhelamos y que pedimos nos envíes. En el nombre de Jesús, amén. 

Annamarie: Buscando a Dios juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

Acerca del orador

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a …

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