Aviva Nuestros Corazones Podcast

El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti

Annamarie Sauter: De acuerdo a la Biblia, debemos pedirle a Dios que haga resplandecer su rostro sobre su pueblo. Aquí en Aviva Nuestros Corazones, esa es nuestra oración por cada una de nuestras oyentes. Nancy DeMoss de Wolgemuth nos lee lo que Adriana nos escribió.

Nancy: Saludos, mis hermanas. Quiero compartir con ustedes lo que Cristo está haciendo en mi corazón, y su ministerio tiene mucho que ver, ya que al oirlas me acerca más a Él. Soy cristiana desde hace once años, pero siempre he sentido que no estaba completamente llena, y le pedí al Señor que me ayudara a cambiar, sin que algo pasara.

Así llevo mi vida cristiana, entre caídas, temores, malos pensamientos, desesperada. Pero Dios me ha estado buscando como ese amante amoroso, y llegué a su página y me alentaron a leer Su Palabra. Los videos de Dámaris donde nos insta a leer la Biblia me hablaron tanto al corazón, y Patricia, su voz me parece la de Cristo, tan dulce…

Son sin duda, todas, un reflejo de Cristo. Dios las bendiga siempre y les dé aún más para compartir. Soy de Mérida, Yucatán, comparto y animo a más hermanas a que escuchen y lean los recursos que ofrecen. Un abrazo a todas.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Nancy: Tú y todas las oyentes juegan un papel crucial cuando donan a Aviva Nuestros Corazones. Cada oyente tiene una historia particular y los programas contribuyen a fortalecerles y a ministrarles en las diversas situaciones. Este ministerio se hace una realidad debido a la fidelidad de muchos oyentes que contribuyen mensualmente para ayudarnos a distribuir los mensajes internacionalmente. Te animamos a contribuir financieramente con nuestro ministerio. Puedes hacerlo por internet visitando AvivaNuestrosCorazones.com, o llamando al 1-800-5695959 desde los Estados Unidos y Canadá. Tu participación en este ministerio es muy valiosa para nosotros. Puedes convertirte en una de nuestras colaboradoras regulares, cooperando con una cantidad fija cada mes, o puedes simplemente dar una ofrenda. Anímate y sé parte de lo que Dios está haciendo en las vidas y en los corazones de las mujeres, a través de este ministerio.

Annamarie: Gracias Nancy.

Ahora continuemos con la serie, «El Señor te bendiga y te guarde», basada en Números capítulo 6. En el programa anterior, Nancy comenzó a definir lo que es una bendición.

Nancy: Mientras pienso en bendiciones, me doy cuenta que con frecuencia lo que considero como bendiciones, no son realmente las mayores bendiciones.

Estamos viendo la bendición sacerdotal en Números capítulo 6, comenzando en el versículo 24: «El Señor te bendiga y te guarde», y es una oración con la que estamos tan familiarizadas. Estamos comenzando hoy a ver algunas bendiciones y peticiones específicas que Dios le pide al sacerdote que las ore sobre las personas.

Mientras vemos estas bendiciones particulares que se piden, se darán cuenta de que en esta oración no se incluyen algunas de las cosas que usualmente consideramos bendiciones.

Aquí no se pide nada material. No se ora por buena salud, por dinero, o por una casa más grande. Algunas considerarían una bendición el tener un esposo y quizás digan, «esa es una bendición que realmente me gustaría tener».

Algunas que ya tienen el esposo modificarían esto y dirían, «bueno, lo que me gustaría tener es un esposo que sea un hombre de Dios»; esa es una bendición que me gustaría tener. Esas cosas son bendiciones, y no hay nada de malo en tenerlas.

Y no está mal pedir estas cosas, pero es interesante que las bendiciones anheladas aquí en Números capítulo 6, son más significativas que aquellas que son terrenales, que son bendiciones temporales.

Yo creo que en esta oración, en esta bendición, hay varias peticiones que de obtenerlas, pudiéramos seguir adelante sin necesitar otras muchas bendiciones.

Dios nos da otras bendiciones, y gracias a Él por esto. No hay nada de malo en disfrutar las bendiciones del Señor. Debemos disfrutarlas, pero lo que vemos en esta bendición, en esta oración, es el corazón de Dios en términos de lo que realmente importa, de lo que son las prioridades.

Déjenme leerles, entonces, las bendiciones, y luego vamos a ver la primera petición.

Entonces el Señor habló a Moisés, diciendo: «Habla a Aarón y a sus hijos, y diles: “Así bendeciréis a los hijos de Israel. Les diréis: ‘El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; el Señor alce sobre ti su rostro, y te dé paz’. Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré”» (Núm. 6:22-27).

Al hacer estas peticiones, y pedir estas bendiciones; estamos pidiéndole al Yo Soy quien es quien puede complacer estas peticiones. Eso te lo garantizo. No puedes hacerle a nadie más en la tierra estas peticiones y esperar recibirlas.

Tu esposo no puede hacer estas cosas por ti. Tu mejor amigo, tu pastor, consejero, no puede, en última instancia, hacer estas cosas por ti. Si quieres estas bendiciones, tienes que pedírselas al Señor.

Por eso empieza diciendo: «El Señor te bendiga». Y entonces la primera petición específica: «El Señor te guarde».

Esta es una petición de protección del mal, de protección del maligno. Es interesante aquí, al mirar la frase entera, «el Señor te bendiga y te guarde», ver que por un lado, Dios está proveyendo bendiciones para Su pueblo; «el Señor te bendiga…», y por el otro lado, «el Señor te guarde»; se le pide que nos cuide, que nos guarde y nos proteja del enemigo que nos quiere robar las bendiciones. Es decir que el Señor nos da Sus bendiciones, y entonces el Señor mismo nos guarda. Que el Señor provea protección para nosotras del maligno y de aquellos que pudieran tratar de robarnos las bendiciones.

El propósito de esta protección era guardar a Israel en su relación de pacto con Dios, de guardarles de caer, mantenerlos en alto, sostenerlos, protegerlos. Vemos en las Escrituras que el Señor era el guardador de Israel, así como el Señor es nuestro guardador.

El pasaje que viene a mi mente cuando pienso en que soy guardada por el Señor, es el Salmo 121, en los versículos del 4 al 8:

«He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel. El Señor es tu guardador…. El Señor te protegerá de todo mal; Él guardará tu alma. El Señor guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre».

Esto nos dice a nosotras que el Señor es quien nos guarda. Amigas, les diré que mientras más crezco en el Señor, mientras más camino en la vida, más consciente estoy de que no puedo cuidarme a mí misma. El hecho de que hoy continúe siendo una hija de Dios no es porque yo me haya aferrado a Él.

Es porque Él es quien me guarda, y esto debe hacernos sentir seguras y debe confortar nuestros corazones cuando estemos en medio de esas etapas de la vida y pensemos, «no puedo sostenerme”. A fin de cuentas, tu salvación, tu preservación no depende de que te mantengas. Depende de que el Señor es tu guardador, el Señor te sostiene.

No puedes depender de otros para que te guarden. No tienes la seguridad de que tu esposo siempre caminará con el Señor. No puedes saber si tu pastor siempre caminará con el Señor. Nuestra confianza tiene que estar en el Señor que nos guarda. El Señor es nuestro guardador.

Esa palabra guardar es una palabra que significa, «mantener a salvo; conservar; preservar cuidadosamente».

No importa las circunstancias en que te puedas encontrar, así como los hijos de Israel cuando se encontraron por años deambulando por el desierto. Dios está atento.

  • Él es un centinela
  • Él está despierto
  • Él sabe lo que está sucediendo
  • Él es siempre nuestro guardador

Al llegar a esta magnífica oración sacerdotal del Señor Jesús en el Evangelio de Juan en el capítulo 17, vemos este tema del Señor protegiéndonos.

Jesús ora mientras se prepara para ir a la cruz, Él ora por Sus discípulos, y Él ora por nosotros, y ¿qué es lo que Él ora?

Nuestro gran sumo Sacerdote ora por estas mismas bendiciones para nosotras, «el Señor te guarde». Jesús dice en Juan capítulo 17 en el versículo 9: «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has dado; porque son tuyos».

Versículo 11: «Ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Jesús dijo, «voy al cielo», pero ellos tendrán que quedarse aquí y lidiar con este mundo malo. Y Jesús ora, «Yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en Tu Nombre».

Versículo 12:

«Cuando estaba con ellos, los guardaba en tu nombre, el nombre que me diste; y los guardé y ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliera».

Versículo 15, Jesús le dice a Su Padre, «no te ruego que los saques del mundo (mientras estén en el mundo), sino que los guardes del maligno». Protégelos. No solo que les des una ruta de escape, sino que mientras estén en este mundo malo, Tú los cubras. Protege sus almas. Guarda sus corazones.

Y Él dice, «no ruego solo por estos», es decir, por los discípulos que vivían entonces, –y personalmente me encanta esta parte– «sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos» (v. 20). ¿Quiénes son estos? Estos somos nosotras.

Jesús oró por nosotras. Él oró, «Padre, guárdalos en Tu Nombre. Guárdalos a salvo. Mantenlos fieles. Mantelos protegidos. Guárdalos de pecar.

Y entonces Él oró, «guárdalos de este mundo malo». De Satanás; Satanás es como un león rugiente, siempre acechando, buscando a quien devorar. Él está activo, él está vivo. Él ya ha sido vencido, pero él no lo ha admitido todavía.

Hay muchas ocasiones, particularmente cuando me estoy preparando para enseñar un material nuevo, que libro una lucha interna en mi corazón por varias razones. Algunas veces, cuando la verdad que me preparo para exponer es muy importante, me siento como si estuviera en medio de una batalla espiritual, porque voy a tratar con algo tan vital, tan clave para ayudar a las mujeres a ser libres, que tengo la impresión algunas veces, que el maligno está haciendo todo lo que puede para hacerme caer, para hacerme pecar, para inhabilitarme para exponer esta verdad y no poder enseñarla efectivamente.

Cuando me doy cuenta de esto, resulta ser tan alentador saber que Jesús oró para que yo fuera guardada del maligno, que Él ha puesto un cerco de protección alrededor de mí, y que el maligno, Satanás, así como es de poderoso, no me puede tocar porque estoy protegida por Dios.

Estoy protegida. «El Señor te bendiga y te guarde». Y pienso en esa bendición en el libro de Judas cuando dice: «Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída» (v. 24). ¡Oh cuán agradecida estoy por esto!

Si Dios no me guardara de caer, todo lo que haría sería caerme. Pero Él puede guardarme. Él puede protegernos de caer y presentarnos sin falta, sin mancha, delante de la presencia de Su gloria con gran gozo.

Al único sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria, dominio, y poder por siempre. Al mirar hacia toda la eternidad y a la perspectiva de pasarnos la eternidad con Cristo, lo que nos mantiene desde ahora y hasta entonces es el poder de Dios.

«El Señor te bendiga. El Señor te guarde». Entonces venimos a esta petición, o a este par de peticiones, en el versículo 25 de Números capítulo 6.

«El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; el Señor alce sobre ti su rostro». En esta oración para que Dios nos guarde, para que Dios nos proteja, vemos una oración por protección. «El Señor te bendiga y te guarde». El Señor te proteja del maligno. El Señor te proteja del mal.

Ahora vemos una petición por la presencia de Dios, no solo Su protección, sino también por Su presencia. «El Señor haga resplandecer Su rostro sobre ti», y entonces la frase paralela en el versículo 26, «el Señor alce sobre ti su rostro».

Recuerden en el libro de Éxodo cuando Dios le dijo a Moisés, «quiero que guíes a los hijos de Israel a la tierra prometida, y yo les daré provisión; yo les protegeré».

Dios le dio una lista de cosas; «Yo les enviaré Mi ángel para que vaya con ustedes», y Moisés le dijo, «espera un minuto, Señor, ¿Y qué de Tu presencia?»

«Si tenemos todos Tus regalos y todas Tus bendiciones, pero no te tenemos a Ti, no quiero ir. Tengo que saber, Señor, que Tú estás con nosotros en esto».

Es tan importante para nosotras pedirle al Señor, por nosotros y por los demás, que la presencia de Dios esté en nuestras vidas. Este es el concepto que es presentado aquí cuando dice, «el Señor haga resplandecer Su rostro sobre ti».

El «rostro de Dios» significa la presencia de Dios. Cuando el rostro de Dios «brilla sobre Su pueblo», eso significa que Dios se complace en Su pueblo.

Matthew Henry dijo, «esto parece aludir a la sonrisa de un padre sobre su hijo». Vemos a estos jóvenes atletas, en estos juegos de básquetbol de las escuelas secundarias, donde los muchachos anotan los primeros dos puntos de su vida.

Y este joven ha estado sentado en el banco por tres años, y ahora está en su último año de bachillerato, y finalmente entra en el último cuarto del juego, hace un canasto y anota. ¿Hacia dónde él mira? Él mira a su entrenador o mira a su papá sentado en los bancos. Él quiere ver la sonrisa de su papá.

Nos pasamos gran parte de nuestras vidas mirando las caras de las personas en quienes buscamos aprobación para ver si la hemos ganado.

Porque la cara de una persona nos dice tanto. Proverbios capítulo 16 en el versículo 15 dice que, «en el resplandor del rostro del rey hay vida, y su favor es como nube de lluvia tardía».

Queremos ver a aquellos en autoridad, aquellos que son importantes para nosotros, y queremos ver en sus caras que todo está bien. «Tú eres aceptada. Tú puedes entrar en mi presencia».

La petición de esta oración no es por satisfacción de ningún rostro humano, sino para la satisfacción del rostro de Dios, saber que Dios nos mira, y que Dios se ha complacido, que Él se sonríe con nosotros, con Su pueblo como un padre se sonríe con su hijo.

Leemos en el libro de Éxodo que Dios habló a Moisés cara a cara, como un hombre habla con un amigo. Esto es una señal de que, «Tú eres bienvenido. Ven ante Mi presencia. Yo te doy la bienvenida para estar aquí».

Y mientras pensamos en el rostro de Dios, nos damos cuenta que en esta vida, siendo lo que es, a veces tenemos que lidiar con el ceño fruncido o con la desaprobación de los demás.

Puede que algunos nos rechacen. Puede ser que nuestros padres nunca nos hayan mirado con gracia en sus rostros, y esto puede ser un recuerdo o una imagen que guardamos hasta estos días.

Puede ser que sus esposos no les sonrían, no les miren con aprobación. Pero quiero decirles algo: Si tienen la sonrisa de Dios, pueden sobrevivir las malas caras y el rechazo de cualquier figura humana.

Ahora bien, esto no quiere decir que no importa. No significa que esto no duela, pero en última instancia, la complacencia, la aceptación que necesitamos buscar, la bendición que necesitamos, es la sonrisa de Dios. La amistad con Dios. Piensen en este versículo en 2 Corintios capítulo 4 en el versículo 6 que nos dice,

«…Dios, quien dijo, de las tinieblas resplandecerá la luz, es el que ha brillado en nuestros corazones para darnos la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo».

Como verán, cuando Jesús vino a esta tierra, Dios se hizo hombre. Pudiéramos decir que Él estaba poniéndole un rostro humano a Dios. En la cara de Cristo, vimos la gloria de Dios. Jesús era Dios sonriéndole a Su pueblo y haciéndose carne para que pudiéramos ver las bendiciones y el favor de Dios.

Déjenme decirles que el rostro de Dios también puede ser algo aterrador. El Salmo 104 el versículo 29 dice: «Escondes tu rostro, se turban». Cuando Dios esconde Su rostro… Pensamos en el rostro de Dios como brillante, santo, y luminoso, ¿y qué le hace la luz a la oscuridad? La expone.

Al encender la luz en un lugar oscuro, podemos comenzar a ver los insectos y los gusanos y todo lo que sale arrastrándose, corriendo para esconderse.

A algunas cosas no les gusta que las expongan a la luz. Cuando pienso en el rostro de Dios, en sentido humano, es como esos amigos que casi pueden ver a través de ti. En esos casos nos sentimos como que, «ellos saben lo que estamos pensando».

Bueno, pues estamos lidiando con Uno, que puede ver a través de nosotras, delante de quien todas las cosas están desnudas y al descubierto a Su vista, dice en Hebreos capítulo 4 en el versículo 13. El estar delante de la presencia de Dios, si nuestros corazones no son puros, es algo aterrador.

¿Recuerdan en el huerto del Edén después de que Adán y Eva pecaron contra Dios, qué hicieron ellos? Ellos se escondieron de la presencia del Señor Dios. Esta palabra presencia es la misma palabra que se usa en Números capítulo 6 y que es traducida como, «rostro o semblante». Ellos se escondieron del rostro de Dios.

«No nos mires. No podemos soportar tu mirada». Han visto esto, tal vez con sus hijos cuando han hecho algo malo, y no quieren mirarles a los ojos.

Y tú les dices, «mira a mami a los ojos», pero tienen miedo, porque son culpables. Ellos lo saben. Cuando nosotros somos culpables delante de Dios, cuando experimentamos lo que dice el Salmo 90 en el versículo 8: «Has puesto nuestras iniquidades delante de ti, nuestros pecados secretos a la luz de tu presencia», estar en esa situación resulta algo aterrador.

Por eso es que necesitamos la siguiente petición dentro de esta bendición. «El Señor haga resplandecer Su rostro sobre ti» (Núm. 6:25). Me recuerda el Salmo 67 el versículo 1 donde tenemos una oración similar, «Dios tenga piedad de nosotros y nos bendiga, y haga resplandecer su rostro sobre nosotros».

Entonces habiendo ya orado por la protección y por la presencia de Dios, y porque el rostro de Dios brille sobre nosotros, ahora la oración es por el perdón de Dios, por perdón de nuestros pecados que han sido expuestos a la luz de Su rostro. Que «Dios tenga piedad de nosotros».

Como cuando decimos la oración que Jesús nos enseñó a orar, «perdona nuestras ofensas» (Mat. 6:12). «Ten misericordia de nosotros pecadores. Necesitamos de Tu gracia». Y la gracia en su naturaleza misma es inmerecida.

No la merecemos. No la podemos ganar. El resultado de la satisfacción de Dios es Su gracia. Su pacto de misericordia es fundamental para nuestra salvación, el darnos cuenta que Dios ha hecho resplandecer Su rostro sobre nosotros. Necesitamos que Su misericordia y Su gracia vengan sobre nosotras.

Pienso en ese pasaje del león, la bruja, y el ropero donde Aslan es el gran león, el poderoso y feroz león. Él es el rey de las bestias; él es el señor de los bosques. En esta historia, Lucy, la niña, le pregunta al Sr. y a la Sra. Castor la primera vez que escucha hablar de Aslan, «¿es seguro estar con él?»

El Sr. Castor le respondió, «¿quién dijo algo acerca de seguro? Claro que no. Pero él es bueno. Él es el rey. Eso sí te digo». Qué retrato de la gracia de Dios. ¿Es Él seguro? Bueno, si los pecadores vienen ante Su presencia y está sobre ellos el juicio, la ira y el terror del Señor, esto debería aterrarnos si estamos separadas o apartadas de Su gracia.

Pero cantamos de esa gracia, hablamos sobre ella, pero ¿realmente nos apropiamos de ella?

Por su gracia miro que pequé y su ley divina quebranté, mi alma entonces contempló por fe al Salvador, mi alma allí divina gracia halló, Dios allí perdón y paz me dio, del pecado allí me libertó, el Salvador.

Cantamos acerca del Calvario, que es donde esa gracia fue derramada.

Maravillosa gracia vino Jesús a dar, más alta que los cielos, más honda que la mar, más grande que mis culpas, clavadas en la cruz, es la maravillosa gracia de Jesús… (Maravillosa gracia)

¿Dónde? En el Calvario. Allí fue que Dios hizo que Su rostro resplandeciera sobre nosotros.

El terror de Su rostro eventualmente se transformó en la sonrisa y el favor de Su rostro que estuvieron en la cruz de Cristo donde Él nos mostró Su gracia. Allí fue donde Él dijo, «Yo soy el Dios de toda gracia, y quiero bendecirles con esta gracia».

Enséñanos, Padre, a conocer acerca del terror del Señor y lo que significa vivir bajo el escrutinio de tu mirada que todo lo encuentra y que todo lo sabe.

Y entonces, por Tu gracia, que Tu ceño de justicia sea transformado en Tu sonrisa de justicia. Y así oramos Señor, bendícenos y guárdanos y haz que Tu rostro resplandezca sobre nosotros y que Tu gracia sea sobre nosotros. En el nombre y por la causa de Cristo oramos esto, amén.

Annamarie: Nancy DeMoss de Wolgemuth nos ha estado hablando acerca de una gran oración: «El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti». Esta es nuestra oración por cada una de nuestras oyentes.

Si todo el mundo está buscando la paz, ¿por qué es tan difícil de encontrar? Hablaremos acerca de esto el lunes, aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras fueron tomadas de la Biblia de Las Américas de no ser que se indique lo contrario.

*Offers available only during the broadcast of the podcast season.

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