Podcast Aviva Nuestros Corazones

El silencio majestuoso de Cristo

=Leslie Basham: Aquí está Nancy Leigh DeMoss.

Nancy Leigh DeMoss: Cuando estás segura de quien eres y del llamamiento que has recibido, no necesitas hablar mucho. He visto esta cualidad en pocas personas —no en muchas— pero sí en algunas mujeres cristianas. Ellas no tienen que defender lo que hacen. No necesitan hablar mucho—aun en ocasiones incómodas en que son mal entendidas por miembros de su familia o por sus amigos. Ellas simplemente viven la vida.

Leslie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss, en la voz de Patricia Saladín. Nancy continúa enfocándose en Jesús, en la serie llamada, El Cristo incomparable.

Nancy: En el programa anterior dimos un vistazo al juicio de Jesús—tanto al juicio judío como al juicio romano. Uno de los detalles que más me asombra de esos juicios es la manera en que Jesús se condujo a Sí mismo, con esa increíble calma, dignidad y dominio propio; especialmente cuando lo contrastas con la conducta de Sus acusadores, de Sus oponentes, quienes eran Sus enemigos y estaban enojados, determinados a deshacerse de Él hasta hacerlo morir. El contraste entre ambos es realmente marcado.

Quiero extenderme a otra sesión sobre el juicio de Cristo y simplemente estacionarme en un aspecto del mismo. El juicio fue relevante por las pocas palabras que Jesús dijo, pero lo fue más aun por lo que no dijo. Repetidamente—y me niego a creer que este fuera un incidente fortuito—Los evangelios registran que Jesús permaneció en silencio delante de Sus enemigos—Oswald Sandersen en su libro, El Cristo incomparable lo llama el majestuoso silencio de Cristo.

Permíteme leerte unos pasajes que lo evidencian. Iniciemos en el juicio a Jesús ante las autoridades Judías, estoy leyendo en Marcos capítulo 14

“Y los principales sacerdotes y todo el concilio [esto es el Sanedrín], procuraban obtener testimonio contra Jesús para darle muerte, pero no lo hallaban. Porque muchos daban falso testimonio contra Él, pero sus testimonios no coincidían. Y algunos, levantándose, daban falso testimonio contra Él, diciendo: Nosotros le oímos decir: Yo destruiré este templo hecho por manos, y en tres días edificaré otro no hecho por manos’.  Y ni siquiera en esto coincidía el testimonio de ellos.” (vv. 55-59).

A estas alturas, el sumo sacerdote ve que su caso está como perdido, de manera que él intenta provocar al mismo Jesús para que se incrimine a sí mismo, testificando en Su propia contra; y sin lugar a dudas, el sumo sacerdote lo incita a pesar de saber que su artimaña está prohibida por la ley judía. Sin duda alguna el sumo sacerdote lo sabía.

Así que Marcos capítulo 14 versículo 60 dice,  Entonces el sumo sacerdote levantándose, se puso en medio y le preguntó a Jesús diciendo, ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti? [Esperando que cualquier palabra que respondiera lo incriminara] y he aquí el versículo  61,  Mas Él callaba y nada respondía. . .

Pero ahora avancemos rápidamente a Mateo capítulo 27, el juicio  ante Pilato,

“Y al ser acusado por los principales sacerdotes y los ancianos, nada respondió. Entonces Pilatos le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? [ es como que Pilatos le ruega a Jesús que diga algo en su defensa para liberarlo] Y Jesús no le respondió ni a una sola pregunta, por lo que el gobernador estaba muy asombrado.” (vv. 12-14).

Ya son dos ocasiones, y ahora viene la tercera, Jesús ante Herodes en Lucas capítulo 23.

Al ver a Jesús, Herodes se puso muy contento; porque hacía tiempo que quería verlo por lo que oía acerca de Él, y esperaba presenciar algún milagro que hiciera Jesús [el quería algo de entretenimiento].  Lo acosó con muchas preguntas,(¿quién hablo muchas palabras? Herodes), dice pero Jesús no le contestaba nada. ¿No es eso un contraste aquí? Herodes no puede dejar de hablar, y en cambio Jesús no empieza a hablar. Jesús no responde a sus cuestionamientos. Y  allí estaban también los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley, acusándolo con vehemencia. (vv. 8-10 NVI).

Pienso que a veces, tenemos en mente imágenes preconcebidas sobre cómo pudo haber pasado todo esto del juicio. Podríamos  olvidar que estas no eran audiencias muy tranquilas y muy decorosas. Por el contrario, había una tensión creciente. Había un clamor, ira , gritos, confusión, sangre y más sangre. Jesús, durante este tiempo, había sufrido crueles abusos, golpes, burlas dirigidas en Su contra por los soldados romanos y por una muchedumbre sedienta de sangre. Los acusadores de Jesús estaban airados y fuera de sí. Estaban fuera de control, y por ende al final  se formo un caos, como si el mismo infierno  desatara su furia sobre el inocente Hijo de Dios.

Y es en ese contexto de clamor que el silencio de Jesús es aún más sorprendente. La mayoría de las personas si sienten que sus vidas están amenazadas—justa o injustamente—tienden por lo menos a asustarse, tal vez a sentir terror. Si no les queda nada por hacer, por lo menos hablan en un intento por salvar su pellejo.

Cualquier otra persona que estuviese siendo juzgada por un delito que implicara la pena capital, y sabiéndose inocente, trataría intensamente de presentar su mejor defensa. Habría arrojado toda la evidencia posible de su inocencia. Insistiría en la comprobación del testimonio de los testigos. Habría apelado a cualquier autoridad y corte posible para conseguir una  vindicación.

Al pensar en ello, recuerdo  que de alguna  manera mucho menos intensa, en ocasiones yo he sido atacada y falsamente acusada. Mi impulso natural en esos momentos es el de hablar hasta por los codos para defenderme, si no podía hablar con la persona que me malentendió o que me acusó falsamente, lo haría con todos los demás. Y creo que ustedes saben de lo que estoy hablando.

Pero mira la diferencia de El Cristo incomparable, nadie es como Él. Al poner de manifiesto Su extraordinaria fuerza y Su dignidad, Él no se resiste; Él no grita para defenderse de las falsas acusaciones; no insulta a Sus enemigos; no defiende Su inocencia; no expone las mentiras de Sus acusadores, y no apela a un tribunal superior.

Es increíble cuando lo piensas; que Aquél que es la Palabra, la Palabra Viva, Él que con solo con Su Palabra llamo al mundo a la existencia, El que sostiene al mundo con Su poder, no habló ni una sola palabra para salvar Su propia vida. No tuvo nada malo que decir de Sus enemigos. Él no tuvo nada malo que decir acerca de Su Padre Celestial, cuya voluntad fue que Él sufriera y muriera. Él guardó silencio.

Ahora,  podemos ver a hombres enfrentar la muerte estoicamente. Pero éste no fue un asunto de estoicismo, esto no fue un asunto de ser estoico, ni tampoco fue un silencio de ira o de enojo. Más bien, por lo que  he meditado, lo veo como un silencio de sumisión total a la voluntad del Padre. Tal como lo dice Mathew Henry en su comentario de Isaías capítulo 53, “Él se mantuvo en posesión de Su propia alma”.

Esto es una evidencia de lo que hemos estado hablando en estos días, de la humildad y de la serenidad de Cristo. Aquí las vemos vívidas en todo su esplendor. Él no tuvo que luchar o esforzarse. No peleó por Su derecho a ser tratado como Dios, o al menos a ser tratado con justicia como a cualquier  ser humano.

Cuando estás segura de quien eres y del llamamiento que has recibido, no necesitas hablar mucho. He visto esta dignidad en pocas personas —no realmente en muchas— pero si en algunas mujeres cristianas. Ellas no tienen que defender lo que hacen. No necesitan hablar mucho—aun en ocasiones incómodas en que son mal entendidas por miembros de sus familias o por amigos. Ellas simplemente viven la vida. Y al hacerlo reflejan el corazón y el Espíritu de Cristo.

¿De dónde le vino esa calma y esa serenidad a Jesús mientras permanecía en silencio y de pie en ese juicio? Bueno en las pasadas sesiones  vimos a Jesús angustiado en el Huerto de Getsemaní, suplicar al Padre en oración que lo librara de tener que tomar la copa del pecado, del sufrimiento y de la muerte. Pero luego de haber confirmado que esa era la voluntad de Su Padre, después de haber sido fortalecido a través de la oración, Él sale del huerto sereno, sereno, decidido a no pedir ni una vez más la salvación de Su vida, y nunca perdió el control o golpeó a Sus enemigos.

Pienso en lo diametralmente opuesta que es esa postura a la forma en que usualmente manejamos nuestras tribulaciones. Pasamos poco o casi ningún tiempo hablando con nuestro Padre Celestial al respecto, más bien luchamos con Él para entender Sus propósitos, para lograr alinear nuestro corazón con Su voluntad, y para obtener Su perspectiva. Pero en cambio no cesamos de hablar con cualquiera que nos escuche sobre nuestra aflicción. Escribimos con enojo mensajes de textos y correos electrónicos. Rápidamente les explicamos  a los demás que hemos sido tratadas injustamente. Te lo digo, porque yo lo he hecho. Yo lo he hecho.

Luchamos contra quienes nos mal interpretan o nos difaman, intentando reivindicarnos a nosotras mismas,  exponiendo a nuestros adversarios, y presentándonos de la mejor manera posible. “Mi esposo,” “Mis niños,” “Mi patrón,” “Mi pastor,” “Mi ex” lo que sea— le decimos a los demás, lo que hicieron. Jesús solo le contó Sus preocupaciones a Dios,  las dejó en Sus manos y se fue sereno y decidido a Su juicio.

Me pregunto ¿Qué tan semejante a Cristo reaccionaríamos —serenas y decididas— ante la presencia de la maldad y de la gente malvada si fuéramos primeramente ante Dios y trabajáramos las cosas con Él?

El silencio de Jesús tuvo que haber desconcertado a quienes lo estaban juzgando. Indudablemente, jamás habían experimentado antes algo así. Ellos estaban acostumbrados a que se les rogara y que se arrastraran ante ellos; eso los hacía sentirse en control. Pero el silencio de Cristo fue de hecho un desafío a su autoridad.

Oswald Sanders dice en el libro que hemos estado analizando, “El Cristo incomparable” que

“Tanto por Sus palabras como por Su silencio, Jesús dejó en claro que eran Herodes y los judíos los que estaban ante Él y no Él ante ellos.” Y ellos debieron percibirlo. Yo pienso que por esto fue que Pilatos estuvo tan intranquilo y su esposa estuvo inquieta; porque entendieron “Nosotros no somos quienes lo estamos juzgando, sino Él a nosotros.”

¿Qué hacer con un hombre que no responde a la provocación, que se resiste a defenderse a Sí mismo, o a arremeter contra Sus acusadores? Sabemos que Jesús no estuvo completamente callado durante Su juicio;  Él habló en ocasiones. Por ejemplo en Mateo en el capítulo 26 en el versículo 63.  el sumo sacerdote le hizo una pregunta directa: Te conjuro por el Dios viviente que nos digas ¿si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios? Sabiendo que Jesús estaba bajo juramento santo, y que legalmente estaba obligado a contestar. En 1ra a Timoteo capítulo 6 versículo 13 dice, “. . . de Cristo Jesús, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato. . .” Él nunca negó la verdad por lo que dijo ni por lo que no dijo.

Pero las pocas veces que Jesús habló, estuvo completamente en control. Solamente habló cuando fue mandado por Dios que necesitaba hablar. Él sabía cuándo hablar, y cuándo permanecer en silencio. El problema con nosotras es que nosotras hablamos cuando deberíamos permanecer calladas y nos callamos cuando debiéramos hablar. Creo que un claro indicador de cuándo debemos hablar  cuando somos acosadas o mal entendidas, es determinar  si es nuestro honor o el honor de Dios el que está en juego. Ahí hay una gran diferencia.

Quiero sugerirte algunas de las  razones por las que creo que Jesús permaneció en silencio ante Sus enemigos. Esas razones nos brindarán una mayor comprensión en cuanto al propósito de Su vida y de Su muerte. Nos ayudarán a entender mejor lo que significa ser un seguidor de Cristo y cómo responder cuando somos falsamente acusadas o tratadas injustamente. Las razones por las que Cristo guardó silencio, son primero, 

1. Ya había hablado. Durante tres años había dicho todo lo que necesitaba ser dicho—Su tiempo de enseñar, de entregar mensajes, de compartir la Verdad había pasado. Ahora era el tiempo del silencio. No tenia caso arrojar las perlas de Verdad ante aquellos que no tenían un corazón para la Verdad.

2. Él sabía que era inocente, y que las acusaciones eran falsas. Es como si alguien te dijera que tú eres una rana. Tú te reirías de lo ridículo que es eso. Nada podría estar más lejos de la verdad. Cuando acusaron falsamente a Jesús, fue tan absurdo. Cuando ves las acusaciones falsas desde esta perspectiva, esas acusaciones se tornan inofensivas.

3. Jesús rehusó defenderse a Sí mismo de esas absurdas acusaciones porque en Su corazón reinaba el supremo plan de Dios. Después de todo, Él había declarado en Juan capítulo 10 versículo 18, “Nadie me la quita (mi vida), sino que yo la doy de mi propia voluntad. Jesús sabía que aquí había un plan. Así que en vez de resistirse, Él abrazó el plan de Dios, la voluntad de Dios. Y otra razón por la que Jesus guardó silencio frente a Sus enemigos la vemos en el versículo de Ira de Pedro capítulo 2 que dice que “Cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino (aquí está la razón) que se encomendaba a Aquél que juzga con justicia” (1ra de Pedro 2:23).

Al no arremeter contra Sus acusadores, Jesús estaba diciendo, mi vida no está en sus manos, mi vida esta en las manos de Dios. Él confiaba en que DIOS en última instancia lo reivindicaría con justicia y les traería su recompensa a los hacedores de maldad.

La semana pasada, recibí un correo electrónico de una amiga cuyo esposo acababa de ser despedido de su empleo la noche anterior, después de haber trabajado 35 años en la misma compañía. Desde la perspectiva de mi amiga, el fue tratado injustamente por su empleador. Ella me dijo. Estamos pasando por las circunstancias descritas por Pedro, “. . . que si por causa de la conciencia ante Dios, alguno sobrelleva penalidades sufriendo injustamente. . . para este propósito habéis sido llamados, pues también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis Sus pisadas, (1ra Pedro 2:19 y 21). Ese es el corazón de Cristo. Cristo sufrió sin maldecir, sin amenazar, porque Él se encomendaba a Dios que juzga con justicia.

5. El silencio de Cristo manifestó el cumplimiento de la profecía mesiánica del Antiguo Testamento. En Isaías capítulo 53, tenemos el himno del siervo sufriente. Dice así, el versículo 7 de ese pasaje

“Fue oprimido y afligido [sabemos que Jesús soportó injusticia, humillación e intenso abuso, físico, verbal, mental y espiritual] Él fue oprimido  pero no abrió su boca; como cordero que es llevado al matadero, y como oveja que ante sus trasquiladores permanece muda, no abrió Él su boca.” (v7).

Creo que una de las razones por las que Jesús guardó silencio es que Él siempre deseo que las Escrituras se cumplieran. Al permanecer en silencio, esta profecía del Antiguo Testamento se cumplió.

Este pasaje también habla de la gentil y callada naturaleza de las ovejas. Cristo, el Cordero de Dios, se sometió callada y voluntariamente a la muerte. Era la voluntad del Padre. Era necesario que sufriera y muriera por nuestra redención. Así que encontramos en Juan capítulo 18 versículo 11 encontramos a Jesús diciendo,

 “. . .La copa que El Padre me ha dado, ¿acaso no la he de beber? Hay una mansa y tranquila resignación, a la voluntad de Dios. No solo en el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento, sino también en el hecho de que Él es el Cordero de Dios. Él no abrió Su boca.  Detrás de Su silencio había un corazón tranquilo y sumiso.

Quiero que ahora meditemos en lo que pienso es la causa principal del majestuoso silencio de Cristo. Que se ve en ese versículo previo, en  Isaías capítulo 53 en el versículo 6. Es un versículo conocido por la mayoría de nosotras. Este es el versículo que precede al que menciona que Él no abrió Su boca, que permaneció en silencio cual oveja conducida al matadero. ¿Qué dice el versículo anterior?

Dice, “Todos nosotros nos descarriamos como oveja, nos apartamos —cada cual— por su camino; pero el SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros.”

Y luego dice, “. ..En el versículo 7, no abrió Él su boca.” Esta es la causa de Su silencio. Él Sufría vicariamente, en nuestro lugar, como nuestro sustituto. Él recibió el castigo de este juicio—los latigazos, las burlas, el escarnio, el rechazo, y finalmente la cruz como si las mereciera. Él voluntariamente soportó el castigo por nosotros por nuestros pecados. Como dice el versículo 8 “por la transgresión de mi pueblo, a quien correspondía la herida”. El Señor le cargó a Él, el pecado de todos nosotros.

El silencio con frecuencia se interpreta como la admisión de la culpa. Si tú le preguntas a tu hijo ¿Hiciste esto? Si no responde palabra alguna, sabes que su respuesta es “Sí”, pero no lo quiere confesar ¿Verdad? Y de hecho Jesús guarda silencio porque Él estaba tomando el lugar del culpable. Nuestros pecados fueron depositados sobre Él. Y Él estaba aceptando sobre Sí, delante de DIOS, cada pecado del que Se le estaba acusando, los pecados de los cuales nosotros somos culpables, no Él. Así que el Cordero de DIOS sufrió silenciosamente, como nuestro sustituto. Las iniquidades de todos nosotros fueron puestas sobre Él.  Él sufrió como nuestro representante, como el que llevo nuestros pecados, como el juzgado, el condenado bajo la ira de Dios, como nuestro sustituto, pagando la deuda por nuestro pecado.

Él sufrió de la manera que lo hizo porque Él estaba sufriendo todas las consecuencias y las ramificaciones  de nuestro pecado. Los golpes que recibió estaban destinados a nosotros y los merecíamos. En Su silencio Él estaba cumpliendo Su rol como mediador, representante y Salvador.

¿Qué provoca en tu corazón entender esto? Acaso, te hace decir “Señor, yo debí estar ahí. Yo soy la que merecía sufrir. Gracias. Gracias por soportarlo en silencio por mí.  No solo por haber sido acusado, sino, por haber tomado el lugar del acusado, cargando mi pecado.”

Leslie: Nancy Leigh DeMoss regresara para orar. Jesús guardó silencio ante Sus acusadores. Por siempre tendré una apreciación diferente después de haber escuchado la enseñanza de hoy. Esta enseñanza forma parte de la serie llamada, El Cristo incomparable. Si te has perdido algún programa de esta serie, espero que lo busques en www.AvivaNuestrosCorazones.com puedes escucharlo en línea o descargar el archivo. Ha sido una serie realmente enriquecedora—una serie que puede transformar tu manera de adorar y de agradecer en este tiempo de Pascua.

Algunas de nuestras oyentes le están dando otra dimensión a su enfoque en Cristo este mes. Están memorizando un pasaje de Colosenses 1, que habla de Cristo, el primogénito de entre los muertos. Estas oyentes han encontrado que se les facilita el memorizarlo si lo hacen en comunidad.

La próxima semana será muy especial en  Aviva Nuestros Corazones, pues como parte de la serie, El Cristo incomparable; nos estaremos enfocando en las últimas siete palabras que pronunció Cristo en la cruz. No hay mayor forma de prepararse para el Viernes Santo y la Pascua. Esperamos que aprendas, alabes, y sirvas en tu congregación este fin de semana, y luego vuelvas con nosotras a Aviva Nuestros Corazones. Nancy está de regreso para concluir.

Nancy: Al considerar el majestuoso silencio de Cristo, creo que es conveniente resaltar que Jesús aún hoy permanece callado ante el rostro de quienes le blasfeman. Piensa en todos los ateos que escriben libros, gente que falsamente lo acusan de ser injusto, falto de amor, un DIOS injusto; la gente que niega absolutamente que Jesús  es  Dios. La mayoría de las veces Jesús permanece en silencio, pero un día Él hablará.

También guarda silencio cuando nosotros, Su pueblo, protestamos en contra de Sus propósitos. Él sabe que un día nos vamos a dar cuenta de que Él lo ha hecho todo perfecto. Así que no hay que confundir el silencio actual de Jesús con Su silencio último. Porque Él hablará.

Cuando Jesús vino la primera vez a esta tierra, vino como un cordero a sufrir calladamente, a ofrecer Su vida como ofrenda de sacrificio por los pecadores. Pero quiero decirte que cuando Él vuelva, será como el León de la tribu de Judá, a darle su merecido a todo los hacedores de maldad,  a reinar y gobernar con aquellos que Él ha redimido a través de Su sufrimiento sustitutivo. ¿Amén? ¡Ven pronto, Señor Jesús!

 

Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

León de Judá (Lion of Judah), Paul Wilbur, León de Judá ℗ 2001 Integrity Media, Inc.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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