Aviva Nuestros Corazones Podcast

Enfrenta tus obstáculos

Carmen Espaillat: Dios llamó a Su pueblo a rodear una ciudad durante siete días para derrotarla. Nancy DeMoss de Wolgemuth nos lleva a esta escena.

Nancy DeMoss de Wolgemuth: Te puedes imaginar a los hijos de Israel en el cuarto día pensando: «Hemos hecho esto de estar caminando alrededor de la ciudad. No funciona. Nada está pasando. Parecemos unos tontos.»

Y regresamos. Recurrimos a nuestros propios planes si no sentimos que el plan de Dios ha «funcionado» de inmediato. Hablo con personas que dicen: «Lo he hecho a la manera de Dios, y nada ha sucedido.» Bueno, ¿sabes cuál es el consejo? Sigue haciéndolo a la manera de Dios.

Carmen: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth en la voz de Patricia de Saladín.

Todas tenemos metas para el futuro, todas enfrentamos obstáculos que amenazan esas metas. Nancy nos mostrará cómo abordar los obstáculos con el poder y la dirección de Dios, al continuar con la serie «Lecciones de la vida de Josué (Parte 9): Derrotando tu Jericó.»

Nancy: ¿Cuántas de ustedes pueden pensar en algún área de sus vidas en la que actualmente están enfrentando oposición espiritual, y se dan cuenta de que «están en una batalla espiritual»? Puede ser en relación a tu matrimonio, tu familia, tu iglesia, tu trabajo, o alguna relación. Puede ser una fortaleza en tu propia vida, un hábito de pecado que es obstinado y que estás luchando para tener la victoria.

Así que de dentro o fuera, cuántas dirían: «Estoy en un lugar donde hay una batalla espiritual. ¿Hay oposición espiritual que estoy enfrentando?» Si yo pidiera que levantaran las manos, prácticamente todas las levantarían. Y si tu mano no está levantada, es porque no te he dado el tiempo suficiente para pensar en ello, porque todas estamos en una batalla espiritual. Efesios 6 nos dice eso.

Pero cuando hago esa pregunta, tal vez estás pensando en las personas y situaciones que son fortalezas –lugares de resistencia, lugares de oposición– con las que estás teniendo que tratar en este momento en tu vida.

Llegamos hoy a Josué capítulo 6 y el encuentro entre los hijos de Israel y la ciudad de Jericó. Ahora, es un poco difícil enseñar esta historia porque todo el mundo está tan familiarizado con ella. Creemos que la conocemos, y tendemos a saltar simplemente sobre esos pasajes y a pensar, he leído eso. Lo he visto. He hecho eso. He estado allí.

Pero es maravilloso regresar a la Escritura, leer estos pasajes que nos son familiares una y otra y otra vez, y pedirle al Señor: «Señor, dame luz. Dame una nueva visión.» Confío en que eso es lo que Él hará en nuestros corazones hoy al ver este relato de cuando «las paredes se derrumbaron,» como solíamos cantar cuando éramos niñas.

La ciudad de Jericó fue el primer obstáculo que enfrentaron los hijos de Israel cuando comenzaron a tomar posesión de la Tierra Prometida. Jericó era una ciudad importante. No podían evitarla. Estaba en la frontera oriental de la tierra, y estaba en un cruce, en una intersección clave, de caminos. Había caminos que iban desde Jericó hacia el sur y hacia el norte.

Así que, si iban a entrar en la Tierra Prometida, tenían que pasar por Jericó. Y si bordeaban Jericó, y de alguna manera lograban evitar la cuidad, pero no la enfrentaban, entonces iban a tener a Jericó en sus espaldas e iban a ser vulnerables. Esta era una ciudad importante que estaba a la entrada de la Tierra Prometida. No podían seguir adelante sin enfrentar esta ciudad.

Puede haber en tu vida un asunto que sea un «Jericó.» Tu «Jericó» puede no ser una persona o una circunstancia. Puede ser algo en tu propia vida que se interpone entre tú y tu capacidad para disfrutar de la herencia completa que Dios tiene para ti como Su hija. Puede ser un «Jericó» dentro de tu propio corazón –el miedo, la ira, la amargura, un pecado que te aflige. Puede ser un problema de impureza sexual. Puede ser un problema con la lengua.

Hasta que Dios no conquiste ese «Jericó» en tu corazón o en tu vida, no vas a ir a ninguna parte. No puedes entrar y tomar posesión del resto de la tierra hasta que te enfrentes con eso. Eso es lo que Jericó fue para los hijos de Israel.

No podían evitarlo, pero por lo mismo, Jericó no era un lugar fácil para empezar. No fue una primera batalla fácil. Fue un desafío formidable. Jericó era una fortaleza militar. Fue construida sobre una colina, como hemos visto, con una pendiente empinada rodeada por un doble anillo de murallas, una de ellas de seis pies de ancho y otra de doce pies de ancho. Era una fortaleza militar imponente, no era un desafío pequeño.

El versículo 1 de Josué capítulo 6 nos dice: «Pero Jericó estaba muy bien cerrada, a causa de los hijos de Israel; nadie salía ni entraba.» En circunstancias normales, esta era una ciudad importante e inexpugnable. Pero ahora esa ciudad había sido cerrada herméticamente, amurallada. Parecía impenetrable. Una vez más quiero decirte que esto puede ser cierto de un área de tu vida. Parece que nada puede penetrar en esa área de tu vida.

Me encanta algo que me comentó una de las mujeres hoy temprano mientras estábamos preparándonos para esta grabación y hablando en privado. Ella me dijo: «Ha habido un área de debilidad en mi vida durante años. Tal vez voy a tener que vivir con esto durante toda mi vida. Pero como he estado escuchando Aviva Nuestros Corazones en los últimos meses y estudiando tus enseñanzas, Dios ha estado lidiando con el enemigo en mi vida. Dios ha estado derritiendo a este enemigo ... Esta semana me di cuenta de que ese enemigo ha sido derrotado.»

Ella no me dijo lo que era. Me alegra que no lo hiciera porque pude usar mi imaginación. Porque todas tenemos diferentes enemigos, diferentes fortalezas en nuestros corazones. Son cosas por las que hemos luchado para tener la victoria y no hemos sido capaces de lograrlo. Y, sin embargo, Dios quiere darnos la tierra, para darnos esta herencia espiritual. Pero tenemos que empezar con «Jericó.»

Así que Dios le recordó a Josué. Ahora, ¿quién habla con Josué en el capítulo 6, versículo 2? Es el mismo que le habló, creo, al final del capítulo 5. El comandante del ejército del Señor continúa hablando con Josué, y le dice: «Mira, he entregado en tu mano a Jericó y a su rey con sus valientes guerreros.»

Josué tuvo que creerle a Dios para seguir adelante. Sin tener fe en la Palabra de Dios y en las promesas de Dios, él nunca habría avanzado para rodear Jericó. Así que cuando Dios le dijo: «He entregado en tu mano a Jericó,» Josué tenía que creer que lo que Dios ha dicho es verdad.

Déjame hacerte una pregunta. A medida que piensas en esa área resistente de tu vida, ese pecado que te acosa, esa debilidad, esa cosa sobre la que no has podido conseguir la victoria, ¿crees que el Señor puede conquistar esa área de tu vida? Tienes que ejercer la fe en que Dios puede conquistar lo que tú no puedes.

Tú dices: «No sé si Él pueda domesticar mi temperamento» o, esta lengua mía, esta adicción a la comida, esta adicción a la pornografía, esta relación sexual, o lo que sea. «Simplemente no creo que pueda parar.»

La pregunta no es si «¿puedes parar?» La pregunta es: «¿Crees que Dios puede derribar los muros de ese "Jericó" en tu vida y darte la victoria?» Hasta que no creas eso –hasta que no creas que Dios puede concederte la victoria sobre el enemigo– probablemente vas a vivir en  derrota. No vas a enfrentarlo. No vas a seguir adelante hasta que no creas que Dios puede darte esa ciudad.

Si Josué hubiera pedido opiniones a sus asesores superiores, sus jefes militares con mucha experiencia, probablemente le habrían dicho: «Aquí hay algunas alternativas. Tal vez lo que tenemos que hacer es construir rampas hasta la parte superior de las murallas. O podemos sentarnos aquí al pie de las murallas fuera de la ciudad. Podemos esperar en la entrada de la ciudad para que no puedan entrar y no puedan salir. En última instancia, tendrán que rendirse o morirse de hambre, pero eso podría llevar meses.»

Pero en este pasaje no hay evidencia de que Josué en medio de esta situación hubiera buscado consejo de alguien diferente a Dios. En este momento, era la Palabra de Dios que era todo lo que necesitaba. El comandante del ejército del Señor ahora le da  las directrices.

Comenzando en el versículo 3 del capítulo 6, Dios le dice a Josué:

«Marcharéis alrededor de la ciudad todos los hombres de guerra rodeando la ciudad una vez. Así lo harás por seis días. Y siete sacerdotes llevarán siete trompetas de cuerno de carnero delante del arca; y al séptimo día marcharéis alrededor de la ciudad siete veces, y los sacerdotes tocarán las trompetas. Y sucederá que cuando toquen un sonido prolongado con el cuerno de carnero, y cuando oigáis el sonido de la trompeta, todo el pueblo gritará a gran voz, y la muralla de la ciudad se vendrá abajo; entonces el pueblo subirá, cada hombre derecho hacia adelante.» (Josué 6: 3-5)

Ahora, puedo garantizarles que ese plan de batalla no habría sido el que los altos asesores militares de Josué hubieran pensado por su cuenta. Eso vino de Dios. Es demasiado inusual, demasiado diferente. Desde una perspectiva humana, nada podría haber sido más fuera de lógica.

No hay manera de que las personas que marchen y toquen trompetas puedan derribar los muros de la ciudad. Quiero decir, no tienes que saber mucho sobre física para saber que esa no es la forma en que los muros  se derrumban. Pero eso fue exactamente lo que pasó.

Ya sabes cómo marcharon alrededor de la ciudad una vez al día durante seis días y luego siete veces en el séptimo día. Entonces gritaron, y las paredes vinieron abajo. El relato completo, con el que la mayoría de nosotras estamos bastante familiarizadas, nos da algunas ideas, creo, sobre la conquista de "Jericó" en nuestras propias vidas. Permítanme señalar algunas de esas ideas.

Número uno, obtén tu plan de batalla del Señor. Que Él te dé su dirección. Él es el comandante del ejército. Y el plan de batalla del Señor, que obtendrás de Su Palabra –ahí es donde Él nos ha dado Su plan– puede que no sea convencional. Puede que parezca sin sentido.

Pero tienes que estar dispuesta a seguir Su plan como nos lo ha dado en Su Palabra, aun si los demás piensan que estás loca. Consigue tu plan del Señor. Eso significa que tienes que estar en Su Libro, en la Palabra de Dios. Ahí es donde conseguirás Su dirección.

Número dos, guarda silencio. Preguntarás: «¿De dónde  sacas eso?» Miren el versículo 10 de Josué capítulo 6. «Josué dio órdenes al pueblo», esto es mientras se están preparando para marchar alrededor en el primer día –«No gritaréis ni dejaréis oír vuestra voz, ni saldrá palabra de vuestra boca, hasta el día que yo os diga: “¡Gritad!”» Ese fue el séptimo día, ¿verdad?  no hasta el septimo dia «Entonces gritaréis.»

Estoy tratando de imaginarme esto. No está claro aquí si fue sólo el ejército que estaba marchando o si eran todos los hijos de Israel. Tiendo a pensar que era sólo el ejército. Pero eso habría sido decenas de miles de hombres. ¿Puedes imaginarte a todos esos hombres, y a toda la gente desde afuera que miraba todo esto, diciendo: «¿No podemos hablar durante seis días? ¿Tenemos que estar callados?»

Déjenme decirte que cuando estás en la batalla espiritual, hay un tiempo para hablar. Hay un tiempo para gritar. Pero también hay un tiempo para callar. Hay un tiempo para no decir nada, y creo que puede ser la orden más difícil de seguir.

Leí una cita de F.B. Meyer del libro de Josué acerca de este versículo. Él dice: «Que nuestra voz no se oiga; que ninguna palabra salga de nuestra boca, debemos expresar nuestras quejas sólo a Dios. Todo esto es ajeno a nuestros hábitos y gustos. Nos gusta sacar nuestras quejas, hablar sobre nuestras dolencias, compararnos con los demás y discutir los remedios más probables.» Pensé: «¿Qué tan cierto es eso?»

Quiero decir, somos mujeres, ¿verdad? Arreglamos las cosas hablando. Así que tu marido entra por la puerta, y quieres hablar de lo que ha estado pasando en tu día. A menudo he dicho que puedo lidiar con cualquier cosa emocionalmente si puedo hablar sobre  ello.

A veces Dios nos da la oportunidad de hablar apropiadamente acerca de cómo obtener Su perspectiva sobre las cosas. Pero a veces sólo necesitamos dejar de hablar y callarnos. No se lo digas a nadie. Llévalo  en tu corazón.

Una mujer compartió conmigo recientemente que estaba compartiendo cómo Dios acaba de intervenir en su matrimonio de una manera significativa. Ella llevaba una carga por su marido. Él era un creyente comprometido, pero había algunos problemas. No entendía lo que eran, pero llevaba meses, sino años, llevando esa carga por él.

Ella dijo: «Estaba tan tentada a hablar con mi madre acerca de lo que pasaba (y su madre es una mujer piadosa), de hablar con mis hermanas sobre esto (y ella es muy habladora)» A ella le hubiera encantado haber hecho esto. Pero ella me dijo: «Algo me llevó a callar y esperar en el Señor, todo el tiempo pensé que sabía cuál era el problema.»

Luego me contó los detalles de la historia. La razón de todo este asunto en la vida de su marido no tenía nada que ver con lo que ella pensaba que era. Podría haber desperdiciado cientos de miles de palabras, mucha respiración, mucha energía, mucha agitación emocional, hablando acerca de este tema con otros. Pero todo lo que hizo fue hablar con el Señor y esperar. Y mientras hablaba con ella, Dios había revelado recientemente a su esposo cuál era el problema. Resulta que fue un problema médico que estaba causando algunos de estos otros problemas. Había podido obtener ayuda y había podido resolver el problema. Ella me dijo: «Estoy muy contenta de que no hablé durante ese tiempo.»

F.B. Meyer continúa diciendo: «Es sólo el corazón quieto el que puede reflejar el cielo del cuidado de Dios, o detectar el menor susurro de Su voz a través de Su atmósfera tranquila, o conocer Su gracia plena y Su poder», un corazón tranquilo. Así que obtén tu plan de batalla del Señor. Y guarda silencio.

Número tres, sigue la dirección de Dios. Obtén tu dirección de Él y luego síguela. Una cosa es saber lo que se supone que debemos hacer, pero otra cosa es hacer lo que sabemos que debemos hacer.

Dios le dio a Josué instrucciones explícitas para la batalla de Jericó. Josué comunicó esas instrucciones al pueblo, y el pueblo hizo exactamente lo que Dios le había dicho que hiciera. Eso se llama obediencia.

Pienso en ese pasaje en 2 Reyes capítulo 5, cuando Naamán, que era el general sirio, tenía lepra (vv. 1-14). ¿Te acuerdas de cómo el rey de Siria lo envió al profeta Eliseo y le dijo: «Él podrá ayudarte»? Y Eliseo envió un mensaje a Naamán diciendo: «Ve y lávate en el Jordán siete veces, y tu carne se te restaurará, y quedarás limpio.»

Dios dijo a Josué: «Marchareis alrededor de la ciudad siete veces.» Dios le dijo a Naamán: «Ve y lávate en el Jordán siete veces.»

Recuerda, a Naamán no le gustó esta idea inicialmente. Recibió la instrucción, pero no estaba seguro de querer seguirla. Así dice en 2 Reyes 5:

«He aquí, yo pensé: “Seguramente él vendrá a mí, y se detendrá e invocará el nombre del Señor su Dios, moverá su mano sobre la parte enferma y curará la lepra"» (v. 11).

Él estaba diciendo, «¡Pensé que él haría algo más dramático!» Y entonces él dice,

«¿No son el Abaná y el Farfar, ríos de Damasco, mejor que todas las aguas de Israel? ¿No pudiera yo lavarme en ellos y ser limpio?» (v. 12).

¿Tenía que hacer este viaje e ir a lavarme en el sucio Río Jordán para deshacerme de la lepra? «He aquí, pensé.» Pensé que Dios lo haría de esa manera. Pensé que ese sería Su plan.

Muchas veces tenemos una mejor idea. Necesitamos obtener dirección de Dios, y entonces necesitamos hacer lo que Él nos ha dicho que hagamos. La dirección de Dios a menudo va en contra de nuestro razonamiento humano natural. A menudo no tiene sentido para nosotras, humanamente hablando. A menudo es humillante. Y a veces puede parecer que hacer lo que Dios nos ha dicho que hagamos, nos va a hacer parecer como tontas.

Dios dice: «Perdona a los que pecan contra ti. Sé misericordiosa. Sé fiel a tu voto matrimonial.» Nos habla sobre el proceso de enfrentar o tratar con un hermano en pecado. Él dice: «No hagáis provisión para tu carne.» «Confesaos vuestros pecados unos a otros para que oréis unos por otros.»

La Escritura está repleta de instrucciones que Dios nos ha dado para vivir la vida cristiana. Algunas de esas instrucciones son tan contrarias a nuestra intuición. Van en contra de lo que tiene sentido para nosotras. ¿Ama a tus enemigos? ¿Qué clase de sentido es ese? Bueno, si quieres que las murallas se vengan abajo, tienes que tener la dirección de Dios, guardar silencio cuando es tiempo de callar y luego seguir la dirección de Dios.

Y luego aquí está la última idea: continúa siguiendo la dirección de Dios, aun cuando parezca que nada está sucediendo. Sabes, a veces encuentro que no es demasiado difícil obedecer a Dios al principio de una situación. Estamos entusiasmadas con lo que Él va a hacer, está la novedad. Vamos a verlo trabajar.

Pero ¿qué pasa cuando obedeces a Dios, cuando haces lo que Él te dijo que hicieras en Su Palabra, y esas  murallas todavía están de pie? Todavía no han caído. Día uno, día dos, día tres. . . Puedo imaginarme a los hijos de Israel en el día cuatro: «Hemos hecho esto de caminar alrededor de la ciudad. No funciona. Nada está pasando. Parecemos  realmente tontos.»

Nos vemos tentadas a renunciar y querer regresar e intentar nuestro propio plan. He perdonado. He amado a este hombre. He intentado tratar con este niño de una manera bíblica. Lo he hecho como Dios dice. Regresamos y recurrimos de nuevo a nuestros propios planes si no sentimos que el plan de Dios ha «funcionado» de inmediato.

Y hablo con personas que han dicho: «Lo he hecho como Dios dice, y nada ha sucedido.» Bueno, ¿sabes cuál es el consejo? Sigue haciéndolo de la manera de Dios. Sigue haciéndolo. «Pero ¿y si tengo que hacer esto toda mi vida?» Entonces hazlo toda tu vida. Sigue haciendo lo que Dios ha dicho que hagas.

Permítanme volver al general sirio Naamán, a quien se le dijo que se sumergiera siete veces en el río Jordán. Puedo imaginarlo. Era un hombre arrogante; su lepra era realmente sólo una expresión externa de una cuestión interna del corazón de  arrogancia. Dios estaba tratando de humillar a este hombre.

Así que Dios dice: «Ve y lávate en el Jordán siete veces.» Ahora, esa no es una cura conocida para la lepra, ¿de acuerdo? Este método nunca había curado la lepra antes; y nunca se ha usado para curar la lepra desde entonces. Fue sólo el medio que Dios eligió en ese momento para humillar el corazón de Naamán –en respuesta Dios lo iba a curar de su lepra.

Imagínense a Naamán yendo al río Jordán. Se lava una vez, y nada sucede; todavía tiene lepra. Se lava una segunda vez, y no pasa nada; todavía tiene lepra. Se lava por tercera vez. Y puedo imaginarlo pensando, «Yo sabía que esto no iba a funcionar. Sabía que era una idea tonta.»

¿Cuántas veces tenía que hacerlo antes de ser sanado? Tantas veces como Dios dijo: siete veces. ¿Cuántas veces los hijos de Israel tuvieron que marchar alrededor de los muros de Jericó? ¿Cuántos días? Siete días antes de que los muros cayeran.

Segundo de Reyes 5 nos habla de Naamán. «Entonces él bajó y se sumergió siete veces en el Jordán conforme a la palabra del hombre de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño pequeño, y quedó limpio» (v.14).

Dices: «Bueno, si fuera sólo siete veces o siete días, tal vez podría vivir con eso.» Pero, ¿cuántas veces Jesús dijo que necesitamos perdonar? ¿Siete veces? ¡No, no siete veces, Pedro! ¡Setenta veces siete! (Ver Mateo 18:21-22.)

Dices, «Oh, sí. Estoy en –lo que sea— ya casi llego a 490, y entonces puedo dejar de perdonar.» No, ese no es el punto, no lo captaste. El punto es que sigas perdonando. Que sigas perdonando. Y sigas perdonando.

No sólo obedece a Dios. Sigue obedeciendo a Dios.

Puede haber una situación en tu vida en la que hayas tratado de obedecer a Dios, pero no parece que nada esté sucediendo. Tu marido no está cambiando. Tus hijos no están cambiando. Tu jefe no está cambiando. Tu iglesia no está cambiando. Dios no está actuando tan rápido como tú esperabas o pensabas que lo haría. Dios no está actuando de la manera que pensaste que lo haría.

Déjenme recordarles: Él es Dios, y no nosotras, tú no eres Dios. Así que no te rindas. No vayas a buscar otro plan. No empieces a apoyarte en el brazo de tu propia carne. No tomes las cosas en tus propias manos, diciendo: «Creo que tengo un plan mejor.» No te rindas.

En el tiempo de Dios y a la manera de Dios, esos muros se vendrán abajo. Se vendrán abajo. Pero persevera.

Como conclusión de estos pensamientos, si eres una hija de Dios, eres una parte de Su ejército, y estás en una batalla espiritual. Hemos hablado de eso durante las últimas sesiones. Sabemos que el enemigo ha establecido fortalezas en nuestra cultura y en nuestras circunstancias alrededor de nosotras. En nosotras hay fortalezas de nuestro pasado, patrones de hábitos que tenemos.

Algunas de esas fortalezas están bien fortificadas. No parece que pudieran ser conquistadas, es como si no pudieran caer. Pero se nos dice que Dios quiere tomar posesión. Él quiere que cada parte de nosotras esté bajo Su reinado y Su gobierno. Él quiere cada parte de este mundo.

«De Jehová es la tierra y su plenitud» (Salmo 24:1 RVR). Todo le pertenece a Él. Un día habrá cielos nuevos y tierra nueva, y Él gobernará corporalmente, físicamente, sobre todo este mundo, sobre todo este universo.

¿Pero cómo? ¿Cómo va a suceder? ¿Cómo podemos entrar y tomar posesión de los «Jericó» en nuestras vidas y en nuestra cultura? Por fe, por la dependencia de Él a través de la oración, siguiendo las instrucciones que Él nos ha dado en Su Palabra.

Es fácil para nosotras mirar nuestra situación y pensar, «necesitamos un nuevo programa en esta iglesia. Necesitamos una nueva estrategia. Necesitamos un nuevo método.»

Quiero decirte que a medida que nos enfrentamos a la maldad en la cultura, la iglesia evangélica se ha visto tentada a abandonar las armas y los recursos que Dios nos ha dado y que han sido utilizados por la iglesia por generaciones.

¿Qué ha pasado con la dependencia en el Espíritu Santo? ¿Qué ha pasado con el poder de la predicación de la Palabra de Dios? La batalla no será ganada hoy en día por la creatividad, la innovación, algún enfoque novedoso, o nuevo tipo de iglesia.

Son las cosas pasadas de moda. No estoy hablando de las canciones que cantamos y el uso de flanelógrafos en lugar de la computadora. No estoy hablando de esas cosas. Estoy hablando de la dependencia del poder del Espíritu Santo de Dios, de la Palabra de Dios predicada, de levantar la cruz, de levantar el nombre de Cristo. De ahí viene el poder. Eso es a lo que Dios responde.

La batalla será ganada por la oración, por la  fe, por la dependencia del Espíritu Santo y por la proclamación fiel de la Palabra de Dios. «Porque las armas de nuestra contienda no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas» (2 Corintios 10:4).

Y ahora quiero cerrar con estas palabras. Si tú no eres una hija de Dios, o si te estás aferrando a algún área de tu vida de la que quieres estar en control, si estás resistiendo Su reinado o Su gobierno en cualquier área de tu vida, tu corazón puede ser amurallado como Jericó. Haz construido una fortaleza allí.

Tal vez no eres una hija de Dios. Tal vez nunca te hayas arrepentido de tu pecado y hayas puesto tu fe en Jesucristo, y tu corazón está amurallado firmemente como Jericó, firmemente cerrado. No dejarás entrar a nadie, incluyendo a Dios y su gobierno.

Necesitas saber –y la historia de Jericó nos lo recuerda– que no puedes resistir a Dios y a sus ejércitos de ángeles celestiales para siempre. Él ganará. Él ganará. Y como murieron todos los que estaban en Jericó, excepto Rahab y su familia, todos los que resisten a Dios morirán un día bajo Su mano de juicio justo. Esa es la lección de Jericó.

Así que ríndete a Él. Eso fue lo que Rahab hizo. Hablamos de ella en una parte anterior de la serie. Ella se rindió, ella creyó, y fue librada. Puedes rendirte hoy, arrepentirte, creer en el evangelio y ser salva.

Carmen: Creo que cada una de nosotras debe preguntarse: «¿Estoy tratando de mantener a Dios fuera de alguna parte de mi vida?» Nancy DeMoss de Wolgemuth nos ha estado mostrando por qué nuestro intento de construir muros y apartarnos de Dios nunca funcionará.

Si fueras Dios, ¿con qué frecuencia le mostrarías misericordia a hijos desobedientes? Mañana exploraremos la capacidad de Dios para mostrar compasión y juicio. Regresa a tu programa Aviva Nuestros Corazones.

 

Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

Muchas de las ideas en este programa fueron obtenidas del libro de James Montgomery Boice Josué: Un Comentario Expositivo (Grand Rapids, Baker Brooks, 2006).

Yo Me Rindo a Él, Su Presencia, Himnos ℗ 2014 Su Presencia Producciones

*Offers available only during the broadcast of the podcast season.

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