Aviva Nuestros Corazones Podcast

Annamarie Sauter: De acuerdo a la Escritura, no podemos estar bien con Dios si no estamos bien con los que nos rodean.

Nancy DeMoss Wolgemuth: Es fácil pensar, «he sido tocado por Dios; he experimentado avivamiento... me he arrepentido. Me he humillado, y me paso horas estudiando la Palabra de Dios». 

Pensamos que todo está bien con Dios aunque nuestros esposos y nuestros hijos puedan decir, «estará bien con Dios, pero no con nosotros». No puedes estar bien con Dios si no lo estás con los demás.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

La lectura de hoy de la Biblia es 2 Crónicas capítulos 11-14.

A lo largo de las últimas semanas nos hemos estado sumergiendo en un estudio que ha sido maravilloso. Esta serie se titula, «En busca de Dios», y hemos estado viendo algunas características de un avivamiento personal. Ya vimos la humildad, la honestidad, el arrepentimiento, la gracia y la santidad. Esta semana veremos el tema: Una conciencia limpia.

Si nos estás siguiendo con el libro de estudio a mano, hoy estarás viendo la lección 8, el día 1. Para más información sobre el libro que acompaña esta serie, visítanos en AvivaNuestrosCorazones.com

Aquí está Nancy con la continuación de nuestro estudio.

Nancy: Esta semana les quiero hablar sobre uno de los principios que encuentro más poderosos y prácticos en la Palabra de Dios, y tiene que ver con una conciencia limpia.

Este principio que trataremos durante la semana, nos ayudará a poner en práctica todo lo que hemos estado aprendiendo durante las últimas semanas en la serie.

Hemos hablado de humildad, honestidad, arrepentimiento y obediencia. Éstos son términos teológicos básicos que, en teoría, se oyen muy bien hasta que llega el momento de ponerlos en práctica. El principio de tener una conciencia limpia —ante Dios y los hombres— es lo que nos va a ayudar a poner en práctica esas verdades teológicas, y donde se evidencia la realidad de nuestra fe.

Hasta este momento hemos estado en nuestra serie hablando primariamente de nuestra relación vertical con Dios, y es allí donde comienza el avivamiento. Hemos estado buscándole a Él. Hemos estado tratando con las actitudes del corazón. El tener un corazón puro y una fe sincera asegurándonos de que todo esto nos lleve a tener una relación correcta con Dios.

Esta semana vamos a verlo desde otra perspectiva y lo vamos a enfocar en lo que respecta a nuestras relaciones horizontales. ¿Cómo afecta nuestra relación vertical con Dios nuestras relaciones con los demás? 

¿Cómo afecta la relación con tu pareja, con tus hijos, tus padres, tus amigos, tus compañeros de trabajo, tu jefe o los hermanos de la iglesia? Esas son las relaciones con las que vivimos. 

Es más, te aseguro una cosa, a medida que vayas experimentando un genuino avivamiento espiritual —buscando al Señor para un avivamiento genuino— donde primero se evidenciará es en tu relación con los demás, comenzarán a cambiar; muy probablemente este cambio se manifieste primero hacia las personas que viven contigo, los que viven en las cuatro paredes de tu casa, después con tus hermanos de la iglesia, con tus compañeros de trabajo, etc. 

Alguien ha definido el principio de tener una conciencia limpia como el radar del corazón, el radar del espíritu. Todos hemos visto cómo los radares detectan el mal tiempo; estos pueden determinar dónde comenzó el mal tiempo, dónde está actualmente, y hacia dónde se dirige. 

La conciencia es el «sistema de radar» del corazón. Nos dice qué realmente está pasando y si hay un reporte meteorológico favorable, eso indica que tienes una conciencia limpia. Cuando tienes una conciencia culpable, el radar refleja disturbios en pantalla. Te dice que hay «peligro». 

Pablo dice en Hechos 24:16: «Por esto, yo también me esfuerzo por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres». Hago lo mejor que puedo. Me esfuerzo siempre «por tener una conciencia limpia»; por mantener el cielo despejado ante Dios y los hombres. 

Pablo está hablando primero de la relación vertical —de la que hemos estado hablando en las últimas semanas; de tener una conciencia limpia delante de Dios; pero también de «una conciencia limpia ante todo ser humano». 

Cuando eso sucede, no hay problemas en el radar. Hay una ilustración maravillosa acerca de lo que significa tener una conciencia limpia en 1 Samuel 12. Si tienes una Biblia te invito a que vayas allí. 1 Samuel 12.

Esta es la historia del profeta Samuel. Ya es un anciano —que después de haber ministrado por décadas al pueblo de Israel— los está convocando para darles su discurso de despedida. 

En el versículo uno, leemos: «Entonces Samuel dijo a todo Israel: He aquí, yo he escuchado vuestra voz en todo lo que me dijisteis, y he puesto rey sobre vosotros». Acaba de ungir a Saúl como el nuevo rey de Israel. 

Versículo 2: «Y he aquí, ahora el rey va delante de vosotros. Yo ya soy viejo y lleno de canas, y he aquí mis hijos están con vosotros. Yo he andado delante de vosotros desde mi juventud hasta hoy». Recuerda que esto fue literalmente así, ya que Samuel había sido llevado a vivir al templo justo cuando fue destetado; era un niño pequeño.

Es decir que creció en el templo bajo el sacerdocio de Elí. Creció para ser sacerdote de Dios, y consagró fielmente su vida a Dios y al servicio de Israel por todas esas décadas.

Continúa diciendo en en el versículo 3: «Aquí estoy; (este es su discurso de despedida) testificad contra mí delante del Señor y delante de su ungido (el rey). ¿A quién he quitado buey, o a quién he quitado asno, o a quién he defraudado? ¿A quién he oprimido, o de mano de quién he tomado soborno para cegar mis ojos con él? Testificad y os lo restituiré». 

Se imaginan lo que sería reunir en una asamblea —ya hacia final de sus vidas— a todos sus conocidos para decirles en público: «He buscado obedecerles, servirles y serles de bendición; ahora les pregunto: ¿Hay alguien, entre los presentes, a quien le haya hecho un mal y no lo haya resarcido? 

En caso afirmativo, levante su mano ahora mismo. «Aquí está el micrófono para que me diga lo que hice, porque quiero enmendar lo que hecho mal». ¿Se imaginan lo que sería hacer algo así? Ahora bien, eso no significa que Samuel nunca haya pecado. 

No estoy sugiriendo que es posible llegar al final de sus vidas sin haber hecho mal a nadie. Lo que estoy diciendo es que tú y yo, al final de nuestra vida, podríamos reunir a todos nuestros conocidos en una asamblea y decir: «Hasta donde sé, tengo mi conciencia limpia delante de todos en esta gran asamblea.

De no ser así, me humillo aquí ante ustedes. Vengan y díganmelo. Si les he herido sin darme cuenta, si lo olvidé o lo pasé por alto, vengan y díganmelo porque quiero arreglar las cosas. Quiero hacer restitución.

Ese es el gozo, el poder y el principio de tener una conciencia limpia. El apóstol Pablo tenía la conciencia tranquila. Se mantuvo diciendo repetidamente y a lo largo de todo el Nuevo Testamento, que no le había hecho daño a nadie; que no había corrompido a nadie; que no se había aprovechado de nadie y que no había puesto obstáculos en el camino de nadie. Ese testimonio tenemos… el testimonio de una conciencia limpia porque nos hemos mantenido en santidad y nos hemos comportado con sinceridad.

Ese es un testimonio de vida muy poderoso. El poder afirmar «mi conciencia está tranquila ante Dios y ante todos los hombres». 

Este es el significado de tener la conciencia tranquila, el poder decir con toda honestidad que «no hay nadie, hasta donde sabemos, que pueda afirmar que pecamos contra él: le robamos, mentimos, herimos o engañamos o hemos criticado a sus espaldas. No hay nadie que pueda decir que le hemos dañado y que no hayamos tratado de arreglar las cosas, primero delante Dios y después ante él».

De acuerdo a la Escritura, tú y yo no podemos estar bien con Dios, si no estamos bien con los demás. Es fácil pensar, «he sido tocado por Dios; he experimentado avivamiento y me he arrepentido. Me he humillado y me paso horas estudiando la Palabra de Dios». 

Pensamos que todo está bien con Dios aunque nuestros esposos y nuestros hijos puedan decir: «estará bien con Dios, pero no con nosotros».

No puedes estar bien con Dios si no lo estás con los demás. No puedes estar bien con Dios si no estás bien con tu pareja, tus hijos, tu jefe o tus amigos. Es más, me voy un paso más allá. 

¿Sabías que Dios toma, como una ofensa personal, el daño que le puedas hacer a otro hermano en Cristo? Cuando Pablo se encontró con Jesús, camino a Damasco, una luz brillante que venía del cielo lo iluminó. 

«Cuando Pablo cayó al suelo escuchó una voz que le dijo: ¿Saulo, Saulo por qué me persigues?» (Hechos 9:4) ¿A quién estaba persiguiendo Pablo? A los cristianos y a las iglesias, pero Jesús le dijo a Saulo, o a Pablo, como después se le conocería, por qué me persigues? 

Recuerden que en Mateo 25:40, Jesús dijo: «En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aún a los más pequeños, a mí lo hicisteis». En otras palabras, lo que le hiciste, aunque hayas pecado contra uno de ellos, lo has hecho contra mí. 

De manera que te pregunto, al empezar este importante y maravilloso estudio esta semana… ¿tienes una conciencia limpia? Está limpio el radar de tu corazón hoy? Y no me refiero a hace diez años, un año, ni siquiera un mes atrás. Me refiero al día de hoy. ¿Tienes una conciencia limpia delante Dios? 

¿Está limpia hacia todas las personas? Quizás digas: «no estoy segura». Déjame hacerte algunas preguntas que quizás traigan algunas cosas a tu memoria. 

¿Estás bien con tu pareja? ¿Cómo quedaron las cosas entre ustedes al despedirse esta mañana? Estás bien con tus padres, tus hijos, tus suegros, tus amigos, tu empleador, tus empleados? ¿Tus compañeros de trabajo? ¿Otros miembros de la iglesia? ¿Las personas que conoces y con las cuales te relacionas? Piensa en todas estas categorías de personas.

¿Hay alguna persona a la que estés evitando mirar a los ojos? ¿Por qué? ¿Hay alguna persona con la que no te quieres encontrar por algo que dijiste o hiciste; quizás alguien con quien no te quieres topar en la calle esta tarde? 

¿Tienes pendiente una reconciliación con alguien? ¿Hay alguna ofensa que hayas escondido esperando que nadie se entere? Quizás has hecho algo ilegal. Quizás has pecado contra la ley o el gobierno. ¿Tienes deudas sin pagar o has robado? ¿Has engañado a alguien? ¿Algo que tomaste prestado —quizás en tu trabajo, quizás de un amigo— y no lo devolviste? 

¿Has destruido la reputación de alguna persona con tu lengua? No solo estamos hablando aquí de pecados de comisión, sino también de pecados de omisión. Quizás no serviste o ayudaste o bendijiste a alguna persona en particular y no lo has hecho por orgullo, egoísmo, falta de tiempo, muy ocupada o falta de amor…

Si no tenemos la conciencia limpia, primero con Dios y después con los hombres, experimentaremos consecuencias debilitantes de diversas maneras en nuestras vidas. Pueden ser espirituales, emocionales y hasta consecuencias físicas.

Por ejemplo, si tu conciencia no está limpia y has estado malgastando el tiempo en el trabajo, haraganeando en la oficina, y los demás en la oficina se dan cuenta. Quizás tus compañeros tendrán más carga laboral de la que les corresponde. ¿Qué crees que pensarían estas personas cuando les testifiques y hables de tu relación con Cristo?

Es por eso que Pedro, en 1 de Pedro 3:16 dice: «teniendo buena conciencia, para que en aquello en que sois calumniados, sean avergonzados los que difaman vuestra buena conducta en Cristo». Parafraseando el versículo 16, para que el enemigo no tenga ocasión de chantajearte y callarte la boca.

En el Salmo 32:3-4, después de haber cometido su gran pecado con Betsabé, David habla acerca del tormento físico y emocional que implicó el callar su pecado. Dice: «Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí, mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano». Cuando no se tiene una conciencia tranquila, hasta nuestras articulaciones pueden secarse y perder la lubricación que una vez tuvieron. 

Podrías preguntar, ¿y cómo funciona eso? No lo sé, pero lo que sí sé es que nuestro bienestar físico está conectado con nuestro bienestar espiritual, nuestras emociones, nuestra alma. Nuestra relación con Dios y con los hombres puede hasta afectarnos físicamente.

Han escuchado cómo los doctores han dicho que muchos trastornos gastrointestinales y de otros tipos pueden ser afectados por el estado de nuestras conciencias. Si no estamos bien con Dios, si estamos amargadas, si estamos airadas, si no perdonamos y nuestra conciencia no está limpia, nuestros cuerpos pueden verse afectados. 

De hecho, si no tienes una conciencia limpia, de acuerdo con 1 de Timoteo 1:19, tu fe puede naufragar. Eso es lo que Pablo afirma cuando dice, «guardando la fe y una buena conciencia, que algunos han rechazado y naufragaron en lo que toca a la fe». 

Pablo dice en 1 de Timoteo 1:5, que si no tenemos una conciencia limpia, nuestra capacidad para amar a los demás va a disminuir. Él dice: «Pero el propósito, la meta de nuestra instrucción es el amor nacido de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe sincera». Este amor surge de un corazón que es puro, de una conciencia limpia, y de una fe genuina.

Por lo tanto, es muy importante que nos comprometamos a mantener una conciencia limpia delante de Dios y delante de los hombres.

Jesús destacó la importancia de esto en el Sermón del Monte, en Mateo 5:23-24, cuando dijo: «Por tanto si estás presentando tu ofrenda en el altar, (quizás estás en la iglesia; estás teniendo un tiempo con el Señor, o estás dando una ofrenda o sirviendo de alguna manera; allí estás entregando tu ofrenda al Señor), y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, (quizás un conflicto no resuelto, quizás le has hecho daño a alguien y no te has reconciliado) deja tu ofrenda allí delante del altar, ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda».

¡Detén lo que estás haciendo! ¡Deja de orar! ¡Deja de cantar! ¡Para lo que sea! Quizás solamente te detengas en tu corazón para resolverlo —quizás no salgas literalmente del servicio, pero él dice, «deja tu ofrenda y ve». 

No lo dejes para el año que viene o el mes que viene o cualquier otro momento. No deseches la oportunidad ni resistas la convicción. «Deja tu ofrenda. Ve. Primero reconcíliate con tu hermano. Arregla las cosas con él, y entonces, ven y tráeme tu ofrenda».

Dios dice: «No quiero tus regalos. No quiero tus sacrificios. No quiero que me sirvas mientras tengas pendiente el reconciliarte con tu pareja, tu hijo, un amigo o tu jefe o quien sea. Ve y reconcíliate». 

No puedes estar bien con Dios sin estarlo con el resto. Mientras digo esto, quizás estás pensando en alguien, te viene a la mente una cara, un nombre y quizás hasta más de una persona. 

Podrías estar evocando ocasiones en las que has ofendido a alguien, o estás pensando en gente con quien tuviste o tienes un conflicto. ¿Qué debes hacer? ¡Qué bueno que preguntas! En el tiempo que nos queda, quiero darte algunas pautas prácticas que he aprendido de otros a lo largo de los años, para obtener y mantener una conciencia tranquila.

Empieza por hacer una lista. Pídele al Señor que te muestre, «¿con quién tengo que limpiar mi conciencia? ¿Contra quién he pecado? Remóntate tan lejos como Dios te ayude a recordar, y hazte la pregunta: «¿Contra quién he pecado y no he arreglado las cosas?»

Entonces, arranca. Eso fue lo que dijo Jesús, «deja tu ofrenda delante del altar y ve». Ve a la primera persona que te venga a la mente y reconcíliate. Te recomiendo que resuelvas las situaciones más difíciles primero, porque de no hacerlo así, quizás te encuentres a ti misma dilatando hacerlo; o quizás no vayas del todo. 

Si te ocupas de las más difíciles primero, las demás no te parecerán tan difíciles después. Escuché compartir recientemente de boca de una joven de alrededor de veinte años, cómo ella había sido retada a tener una conciencia limpia. Creo que dijo que tenía alrededor de treinta y tantas personas en su lista. 

Al momento de dar testimonio, solo le quedaba la última persona en su lista. ¿Qué hacer cuando te diriges a la persona? Sé honesta. Confiésale lo más específica y humildemente que puedas, lo que has hecho.

«He pecado contra Dios y contra ti» (Lucas 15:18, parafraseado). Eso fue lo que dijo el hijo pródigo cuando regresó a su casa, ¿verdad? «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti». No tengo limpia mi conciencia y he venido a enmendar lo que hice». 

Después de haber confesado humildemente lo que has hecho y cómo has pecado, entonces pide perdón y busca la reconciliación. Esa es la idea. Déjame darte unas sugerencias prácticas que te ayudarán a ponerlo por obra. 

Las palabras que escojas son muy importantes. Les voy a sugerir lo que se debe decir y lo que no se debe decir. Primero y ante todo, que tus palabras tengan una actitud humilde. Comunica un espíritu de humildad. No es el momento de culpar, defender o racionalizar las cosas, sino solo decir: «Estaba equivocada, ¿me perdonas, por favor? He pecado contra ti». 

Entonces pasa a identificar cómo has pecado contra esa persona. Sé específica acerca de la raíz del problema, no te limites a los frutos de la superficie, sino a la raíz misma: «Dios me ha dado convicción por haber pecado contra ti de tal o cual forma…»

Me dirás, «ellos ya saben de qué se trata». Pero necesitas humillarte y ser específica para que ellos puedan identificar el pecado por el cual estás pidiendo perdón. Después pide perdón.

Al hacer la pregunta, «¿podrías encontrar la manera de perdonarme?», no estás diciendo que mereces ser perdonada. El perdón es inmerecido. Te colocas a merced de su misericordia y le dices: «¿Podrías perdonarme? Quiero que nuestra relación sea restaurada».

Entonces dale la oportunidad de responder. Como vamos a ver en nuestro próximo programa, cuando hacemos esto para limpiar nuestras conciencias, puede darse el caso de que la persona no esté lista para contestar en ese momento, pero dale la oportunidad de hacerlo. 

No culpes a la otra persona, como ya dijimos, y toma la responsabilidad de lo sucedido. Tu objetivo no es limpiar la conciencia de la otra persona, sino la tuya. Hasta con tu pareja o hijos este sería el caso, aun si ellos estaban más errados que tú sobre el asunto, según tu propia perspectiva. 

Independientemente de que estén tan o más equivocados que tú, eso no es importante en ese momento. Lo que debes procurar es no buscar excusas ni hacer acusaciones como: «Perdón porque he sido una esposa espantosa, pero si no hubieses sido un marido tan estúpido, no me habría comportado así». Esa no es la idea. Eso es orgullo. 

La humildad toma el lugar del culpable con un: «Estaba equivocada, por favor, perdóname». No te disculpes solamente con un «lo siento». Ellos dirían, «sí, sé que lo sientes… tú siempre lo sientes». Si quieres que te perdonen, pídelo. No racionalices lo que hiciste. No lo defiendas. 

No te disculpes con diez explicaciones de cómo lo «hubieras hecho diferente» si la persona se hubiese comportado de otra manera. Y otra sugerencia práctica aquí —y esto no es un mandato bíblico absoluto— y es que no debes hacer esto ni por carta ni por correo electrónico. 

Es difícil comunicar por escrito los sentimientos de tu corazón, y las cosas podrían malinterpretarse. Lo ideal es que el encuentro sea cara a cara para que la persona pueda ver tu semblante y percibir tu sinceridad; tu espíritu. 

Si necesitas hacerlo por teléfono, hazlo, pero este tipo de cosas generalmente no deben quedar documentadas en cartas o correos electrónicos. Luego, hay que tener en cuenta qué tanto te vas a extender confesándote. Déjame solo decir algo con respecto a esto.

¿A cuántas personas y qué debes confesar? La magnitud de tu confesión debe ser tan grande, pero solo tan grande, como la magnitud de tu pecado. Si pecaste solo contra Dios, entonces te confiesas directa y solamente con Dios. 

Si lo hiciste en perjuicio de otra persona, entonces confiesas a Dios primero, y luego vas donde la persona y confesas. Si fue a un grupo de personas a quienes heriste u ofendiste —por ejemplo en tu lugar de trabajo (quizás toda la oficina sabe como le hablaste al jefe o la falta de corazón de siervo que manifestaste, o la lengua crítica y chismosa que tuviste)… debes confesar a todos.

Quizás toda la iglesia sabe que has estado envuelta en una relación inmoral, o quizás esto ha afectado a cierto grupo de personas. A menudo, se da el caso de que toda tu familia es afectada por tu propio pecado.

Si eres una esposa, madre o estás creciendo en un hogar con otras personas, puedes ver cómo somos y cómo son los demás. Habrá momentos, como miembro de una familia, en que necesitarás reunir a toda tu familia para decirles, «he pecado contra Dios. He pecado contra ustedes». Quizás tengas que decir esto a la familia, o a la iglesia, si es que lo tienes que decir públicamente, o en tu lugar de trabajo, o ante cualquier otro grupo al que hayas afectado con tu pecado. 

Diles: «He pecado contra Dios. He pecado contra ustedes. Y vengo a preguntarles, ¿podrían perdonarme?»

Annamarie: Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha dado algunas pautas prácticas para tener una conciencia limpia. El programa de hoy es una invitación a experimentar la libertad y el gozo que vienen de esto.

Te recuerdo que puedes recibir el programa de cada día por correo electrónico. Obtendrás acceso tanto al audio como a la transcripción, y podrás ver los puntos principales del programa. Si no lo has hecho, suscríbete a nuestra «Conexión diaria» en AvivaNuestrosCorazones.com, y recibe estos programas cada día directo en la bandeja de entrada de tu correo electrónico.

Mañana Nancy nos ayudará a responder la pregunta: «¿Tengo que limpiar mi conciencia hasta de los asuntos más pequeños?» Asegúrate de acompañarnos aquí, en Aviva Nuestros Corazones.

Invitándote a decir: «Sí, Señor», Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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