Podcast Aviva Nuestros Corazones

Fortalecida a través de los cánticos

Annamarie Sauter: En la Biblia vemos que Elisabet enfrentó desilusiones y retos, pero reconoció que…

Nancy DeMoss de Wolgemuth: (...que no se trataba de ella…) Realmente no era la historia de Elisabet, ella ciertamente no lo veía de esa manera. Era la historia de Dios. ¿Y no es esto cierto también para nuestras vidas?

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

¿Recuerdas alguna ocasión en la que Dios usó a una amiga para fortalecer tu fe en momentos difíciles? Hoy Nancy nos hablará de dos mujeres que fueron de aliento la una para la otra en medio de circunstancias desconcertantes. Este programa es parte de la serie titulada, «Un retrato de Elisabet».

Nancy: Bueno, no sé tú, pero yo he disfrutado el descubrir más sobre la vida de Elisabet en estos últimos días. Y tengo que decirles que solo teníamos un espacio de cuatro días para poder transmitir estos programas, así que teníamos demasiado contenido. Tuve que cortar cosas, dejar cosas fuera. Tal vez estás pensando que te encantaría saber más sobre Elisabet. Hay buenas noticias, tú puedes.

Nuestro equipo ha producido el segundo estudio en una serie sobre Mujeres de la Biblia. La primera fue Abigail, muchas de ustedes usaron ese estudio, y ahora tenemos este, Elisabet: Lidiando con la desilusión, y ya está disponible. Es una oportunidad para que profundices en el estudio de esta mujer de la Biblia durante seis semanas, o seis sesiones. Es una oportunidad también para memorizar las Escrituras, responder preguntas, y también hay preguntas de discusión. Puedes hacer esto con una amiga o en un grupo pequeño. Puedes hacerlo tú sola. Pero te permitirá seguir meditando en este maravilloso pasaje de las Escrituras, capítulo 1 de Lucas, y podrás explorar más sobre la vida de esta mujer.

La desilusión no fue lo único en la vida de Elisabet. Hablamos de eso a principios de esta semana. Pero también hemos visto cómo esta mujer mayor se invirtió en la vida de una mujer más joven, María.

En el programa anterior hablamos de Henrietta Mears, que era la dueña original de un sombrero que ahora es de mi propiedad, y que puedes ver en una foto que se encuentra en la transcripción. Ella era una sierva del Señor que nunca conocí personalmente, pero le pasó el sombrero a mi amiga, Vonette Bright, quien sirvió al Señor con Bill Bright, su esposo, en la Cruzada Estudiantil para Cristo (Campus Crusade for Christ) durante décadas. Y cuando Vonette falleció y fue a morar con el Señor—ella había tenido un gran impacto en mi vida—su familia me dijo: «Nancy, nos gustaría que tuvieras uno de los sombreros de Henrietta Mears que Vonette tenía en su casa».

Estas dos mujeres de Dios, pasaron las promesas de Dios, el aliento de la Palabra de Dios, de una generación a la siguiente. Cuando empecé con Aviva Nuestros Corazones, con Revive Our Hearts, era una mujer mucho más joven y todavía tenía algunas de esas mujeres mayores en mi vida. Pero ahora la mayoría de esas mujeres mayores ha desaparecido de la escena, y yo soy la mujer mayor. Constantemente me pregunto: «¿Cómo puedo invertir como lo hizo Elisabet, como lo hizo Henrietta Mears, como lo hizo Vonette Bright, como lo ha hecho mi madre durante muchos años? ¿Cómo puedo invertir mi vida en las vidas de las mujeres más jóvenes y animarlas a creer en Dios, así como Elisabet alentó a Maria?»

Ahora, el estudio sobre Elisabet: Cómo Lidiar con la Desilusión, está disponible en nuestro ministerio a través de nuestra página web, AvivaNuestrosCorazones,com. Estaremos encantadas de enviarte un acceso para descargar el libro digital como nuestra manera de agradecimiento, cuando haces una donación para ayudar a apoyar el ministerio de Aviva Nuestros Corazones. O puedes llamar al 1–800–569–5959 e informarnos que te gustaría hacer una donación y que te gustaría descargar la copia del estudio de Elisabet. Puedes ir en línea a AvivaNuestrosCorazones.com, y hacer tu aporte allí, y marcar que deseas recibir el libro digital, «Elisabet: Lidiando con la desilusión».

Espero que miles de mujeres digan: «Queremos saber más sobre la vida de Elisabet. Queremos ser Elisabets en nuestra generación», y te aseguro que este estudio te ayudará a hacerlo.

Ahora, llegamos hoy al último día de esta serie y recordamos lo que precedió a la era de Elisabet, los 400 años de silencio donde no hubo cantos, ni una palabra del Señor, solo un silencio ensordecedor y una profunda oscuridad mientras el pueblo de Dios esperaba, esperaba, esperaba, anhelando, anhelando, anhelando que Dios cumpliera sus promesas, que se encuentran en el último capítulo del Antiguo Testamento… que Él enviaría al Mesías.

«¿Cuándo vendría?»

«¿Vendría en realidad?»

¿Te imaginas si durante 400 años no tuviéramos ningún testimonio del evangelio en absoluto, qué tan oscuras serían las cosas? Pero el pueblo de Dios, el remanente de fieles, creyentes, se aferraron tenazmente, esperanza tras esperanza, a las promesas de Dios.

Entonces, ahora llegamos al capítulo 1 de Lucas. Ha habido un silencio ensordecedor, sin música, ni cantos, ni alegría, solo oscuridad sobre la tierra durante esos 400 años. Pero en el capítulo 1 de Lucas, tenemos tres de los mejores poemas, llámalos cánticos, que encontrarás en cualquier lugar, seguramente en cualquier parte del Nuevo Testamento. Tenemos el cántico de María (el «Magníficat»). Tenemos el cántico de Elisabet (la «Bienaventuranza», que se llama así en la historia de la iglesia) y tenemos el cántico de Zacarías que veremos un poco hoy (el «Benedictus», La Bendición).

La venida de Cristo al mundo trajo alegría. Hubo cánticos otra vez. Hubo música otra vez. Inspiró una explosión de poesía, música y diferentes expresiones. La diferencia entre el final de Malaquías, el final del Antiguo Testamento, y el capítulo 1 de Lucas es como la noche y el día porque era la diferencia entre la noche y el día.

Tenemos cánticos de alegría que brotan del pueblo de Dios, canciones de fe, canciones que dan testimonio del carácter de Dios, de los caminos y del plan de Dios. Y los dos primeros cánticos de esta nueva era de gracia que anhelaba la creación, los dos primeros cánticos de esta nueva era fueron cantados por dos madres que nunca esperaron ser madres en esa época de sus vidas.

María, una joven adolescente, no estaba preparada para ser madre. Ella no estaba casada todavía. Este Hijo iba a ser el Hijo de Dios. Nada así había sucedido ni volvería a repetirse.

Elisabet, ¿has oído en esta serie que era una mujer anciana, avanzada en años? Ella era estéril, ya había pasado los años de tener hijos. Nunca esperó ser madre.

Estas dos mujeres que inesperadamente estaban esperando bebé cantaron estos dos primeros cánticos, estos dos primeros poemas en esta nueva era de la gracia.

Al principio pensé que solo lo diría con mis propias palabras, pero creo que está muy bien expresado por uno de mis comentaristas favoritos de la década de 1900. Su nombre es G. Campbell Morgan. Voy a leer un par de párrafos donde él compara el cántico de Elisabet y María, a la luz del antiguo pacto. En ese momento estaban viviendo la transición del antiguo pacto hacia el nuevo pacto. Aquí tenemos un punto de transición en la historia humana. Él dice:

«Elisabet, la hija de la antigua economía, (recuerda, ella es la anciana, la hija de la familia sacerdotal) fue la primera cantante en la nueva economía. El de ella fue el primer cántico del evangelio; la primera canción de la nueva era que estaba aflorando. Fue la última voz poética de la antigua economía, y le dio la bienvenida a la nueva; la voz de una hija de la línea sacerdotal, (esa fue Elisabet y su voz) cantando sobre el advenimiento de Él (la venida de Él) por quien habían esperado, suspirado, sollozado y buscado. Aquel cuya venida significó el cumplimiento del pasado, y la marcha de Dios hacia adelante en la historia humana para llevar a cabo el fin.

Ahora, esa es una oración grande y larga, pero maravillosa. Él está hablando de esta mujer quien fue producto de esta vieja línea sacerdotal; ella canta este primer cántico del evangelio en anticipación a Aquel que viene para cumplir todas las promesas del antiguo pacto de Dios y para llevar el plan de Dios, Su historia redentora, a la tierra.

Él continúa diciendo:

«De Elisabet tenemos el primer cántico de la nueva era; y de María, extrañamente y bellamente un saludo, por así decirlo, tenemos el último cántico de lo viejo. Yo llamaría a María el cántico del cisne de la antigua dispensación y llamaría a Elisabet el cántico del nacimiento de lo nuevo.

Ahora, por supuesto, ellos no tenían forma de saber todo esto, pero a medida que meditamos en estos salmos, estos cánticos que se encuentran en el capítulo 1 de Lucas, esto es lo que ves. Y lo que vemos es que la alabanza de Elisabet, su cántico, su alegría, fueron contagiosos y animaron a María a ser una mujer de alabanza y fe. La fe de Elisabet fortaleció la fe de María.

Entonces, a medida que continuamos en el capítulo 1 de Lucas, llegamos al versículo 46, donde María canta este cántico, el que conocemos como el «Magnificat». Tomado del versículo 46:

«Entonces María dijo: Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la humilde condición de esta su sierva; pues he aquí, desde ahora en adelante todas las generaciones me tendrán por bienaventurada. Porque grandes cosas me ha hecho el Poderoso; y santo es su nombre. Y DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN ES SU MISERICORDIA PARA LOS QUE LE TEMEN» (vv. 46–50).

No voy a leer todo el pasaje porque nos centraremos principalmente en Elisabet, pero este cántico de alabanza inspirado en el corazón de María, se debe al cántico de alabanza de Elisabet del que hablamos ayer.

El versículo 56 de Lucas 1 nos dice:

«Y María se quedó con Elisabet como tres meses, y después regresó a su casa».

¿De qué crees que hablaron durante esos tres meses? Múltiples décadas las separaban. ¿Qué tenían en común? Quiero decir, ¿alguna vez te sientes, como mujer mayor, que no sabes de qué hablar con estas jóvenes adolescentes? ¿O como adolescente, miras a alguien de mi edad y piensas que es anciana? ¿De qué hablarías con ella?

Estas mujeres durante tres meses estuvieron juntas. Y recuerda que Zacarías, el esposo de Elisabet, no podía hablar, tal vez no podía escuchar, por lo que no fue de mucha ayuda en la conversación. ¿De qué hablaron estas dos mujeres?

En la historia que Dios estaba escribiendo en sus vidas, sus dos hijos, los que llevaban en sus vientres, serían rechazados y morirían. El hijo de Elisabet sería decapitado por Herodes, y el Hijo de María sería crucificado por una multitud enfurecida.

Entonces, ¿qué hicieron estas mujeres que iban hacia un futuro difícil? ¿Qué hicieron durante estos tres meses? Se fortalecieron, se consolaron y se animaron mutuamente.

Es una imagen tan hermosa de la importancia de la comunión de creyentes con un mismo sentir, aquellos que tienen una relación genuina con Dios, y cómo podemos animarnos al gozo las unas a las otras y la obra que Dios está haciendo en nuestros corazones. Nuestra fe se fortalece a medida que tenemos este tipo de relaciones y conversaciones. Rodéate de personas que tienen una obra vibrante de Dios en sus corazones, y encontrarás que tu propio corazón se conmueve, sin importar el tipo de situación que estés atravesando.

Hay personas que cuando me envían mensajes de texto, correos electrónicos o llamadas, me bendicen, me animan. Me animan a creerle a Dios. Mi precioso esposo es así. Sé que estamos hablando de amistades de mujeres aquí, pero qué alentador es él. Incluso cuando hay cosas que son difíciles o que no van como las deseamos o que desconocemos, él es muy bueno alentando mi corazón en el Señor.

  • Puedes hacer eso en tu matrimonio
  • Puedes hacer eso con tus hijos
  • Puedes hacerlo con tus nietos
  • Puedes hacerlo con tu grupo pequeño
  • Puedes hacerlo con la esposa de tu pastor
  • Puedes hacerlo con tu mamá, con tus hermanas, con tus hijas

Animarse unas a otras, estimularse unas a otras al amor y a las buenas obras.
Como dijimos hace un momento, Zacarías y Elisabet vivieron y sirvieron en esa coyuntura de la historia humana, ese momento en que se eliminó el antiguo pacto y se inauguró el nuevo pacto. Todo lo que representaba el sacerdocio —recuerda que Zacarías y Elisabet descendían de una larga línea sacerdotal— sacerdotes que apuntaban a Jesús. Ahora que Él estaba aquí en la tierra, tan pronto fuera a la cruz como el Cordero sacrificial de Dios, su obra habría terminado.

Se cumpliria todo lo que Dios quiso que ese grupo, esa época, llevara a cabo. A diferencia de los líderes de los sacerdotes en sus días, que estaban siguiendo las actividades y rituales y pensaban que esto se trataba de ellos, Zacarías y Elisabet representaban al remanente de creyentes verdaderos que cumplió lo que Dios le puso allí para hacer. Luego, desaparecen de la escena porque el que venía era más grande que ellos. No se trataba de ellos. Se trataba de Él.

Dios usó a Zacarías, a Elisabet y a su hijo Juan: «Dios recuerda», «el juramento de Dios» y «la gracia de Dios», eso es lo que significaban sus nombres, ¿recuerdas? Lo vimos en los primeros programas, para vincular lo antiguo con lo nuevo. Hasta este punto, «Dios había hablado a su pueblo en varias ocasiones y de varias maneras a través de los profetas», nos dice Hebreos 1, «pero ahora Dios iba a hablar a través de su Hijo».

Y estaban emocionados por esto. Esto es por lo que habían vivido. Esto es lo que habían anhelado. No se aferraron a lo viejo. Sabían que la ley no podía salvar a nadie. Conocían los sacrificios, el incienso del Antiguo Testamento y todas esas ofrendas quemadas, sabían que no podían salvar a nadie porque nadie podía guardar toda la ley.

La sangre de ovejas, de cabras y de machos cabríos derramada sobre el altar en el templo, no era suficiente para salvar. Las personas depositaban su fe en las promesas de Dios en anticipación al Cordero de Dios que vendría y daría su vida en lugar de los pecadores.

Entonces, cuando esos animales eran sacrificados en esa antigua economía, ellos ponían sus manos sobre esos animales y decían: «El animal muere en mi lugar», pero no era el animal el que los salvaba. No era la sangre del animal. Era la anticipación de la sangre derramada por Jesús.

Así que Zacarías y Elisabet abrazaron con entusiasmo la nueva obra que Dios estaba haciendo para traer la salvación al mundo.

Bueno, el versículo 57 de Lucas 1 nos dice:

«Cuando a Elisabet se le cumplió el tiempo de su alumbramiento, dio a luz un hijo. Y sus vecinos y parientes oyeron que el Señor había demostrado su gran misericordia hacia ella; y se regocijaban con ella» (vv. 57–58).

Ahora, recuerda que en el versículo 25, cuando descubrió que iba a tener un hijo, dijo: «Así ha obrado el Señor conmigo en los días en que se dignó mirarme para quitar mi afrenta entre los hombres». Ella había sentido ese escarnio, ese desprecio, ese reproche, esa humillación de lo que otros pensaron en aquellos años pasados cuando ella era estéril. Aquellos que la conocían habían asumido que su falta de hijos era una evidencia de la desaprobación de Dios. Le habían reprochado. Pero cuando vieron Su gran misericordia y Su gracia en la vida de esta mujer, y este niño que nació, ya no le reprocharon. ¿Qué hicieron? Se regocijaron con ella.

Versículo 59: «Y al octavo día vinieron para circuncidar al niño…»
Esto era según la ley de Moisés lo que se mandaba, que al octavo día este bebé debería ser circuncidado y se le debía poner un nombre. Ellos estaban obedeciendo fielmente la Palabra de Dios, aunque no se haya escuchado nada de Él durante 400 años. Todavía esta pareja se aferraba a la Palabra de Dios y Su verdad.

Y el versículo 59 continúa diciendo:

«...y lo iban a llamar Zacarías según el nombre de su padre. (Eso es lo que la multitud asumió que sería el caso) Pero la madre respondió, (¿por qué está respondiendo? Porque Zacarías no puede hablar. ¿Correcto? Su madre respondió: «¡Creo que Zacarías es un nombre maravilloso!» ¡No! Eso no fue lo que ella dijo. Ella dijo: «no; se llamará Juan». (Honrando la Palabra que el Señor había dicho a su esposo).

«Y le dijeron: No hay nadie en tu familia que tenga ese nombre. Entonces preguntaban por señas al padre, cómo lo quería llamar. Y él pidió una tablilla y escribió lo siguiente: Su nombre es Juan (La gracia de Dios). Y todos se maravillaron. . .»

Algunas de las traducciones dicen: «Todos estaban estupefactos» o «Todos estaban asombrados».

La razón para el nombre era clara: Dios había dicho: «Este es el nombre del niño».

Así que Elisabet es amable, pero es audaz. Ella sigue siendo obediente a la voluntad revelada de Dios y no está guiada por la aprobación de los demás o por lo que pensarán acerca de esta elección del nombre. Todos hemos visto cómo es cuando alguien le pone nombre a su bebé algo que todos dicen: «¡¿Cómo ?! ¿Le pusiste cual nombre?» Probablemente ella recibió algo como eso, pero confiaba en lo que Dios había dicho. Y qué nombre tan precioso: Juan, la gracia de Dios. Verdaderamente Dios había mostrado gracia.

Versículo 64, Lucas 1,
«Al instante le fue abierta su boca y suelta su lengua, y comenzó a hablar dando alabanza a Dios. (Las primeras palabras que salen de su boca, no fueron: «¡Qué niño tan asombroso!» Sino, «¡qué Dios tan asombroso!»). Y vino temor sobre todos los que vivían a su alrededor; y todas estas cosas se comentaban en toda la región montañosa de Judea. Y todos los que las oían las guardaban en su corazón, diciendo: ¿Qué, pues, llegará a ser este niño? Porque la mano del Señor ciertamente estaba con él» (vv. 64–66).

Y ahora después de nueve meses de silencio, el poder del habla se restauró en Zacarías. Versículo 67:

«Y su padre Zacarías fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó diciendo: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque nos ha visitado y ha efectuado redención para su pueblo, y nos ha levantado un cuerno de salvación en la casa de David su siervo, tal como lo anunció por boca de sus santos profetas desde los tiempos antiguos...» (vv. 67–70).

No leeré todo el cántico de Zacarías, pero quiero animarte a leerlo porque es una descripción poderosa de cómo este niño preparará el camino para la venida del Mesías, la venida del Salvador del mundo.

Versículo 79: «Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pies en el camino de paz.

Versículo 80: «Y el niño (Juan, Juan el Bautista) crecía y se fortalecía en espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que apareció en público a Israel» (vv. 79–80).

Jesús dijo a sus seguidores en el capítulo 7 de Lucas: «Os digo que entre los nacidos de mujer, no hay nadie mayor que Juan» (v. 28).

Juan fue un gran hombre, pero no fue el más grande. El Hijo de Dios eclipsó el nacimiento de Juan.
No sabemos cuánto tiempo vivieron Zacarías y Elisabet después del nacimiento de su hijo. Recuerda que vimos en Lucas que ambos eran ancianos. La tradición dice que Zacarías murió poco después de que nació Juan, y que Elisabet tampoco vivió mucho más. No lo sabemos. No sabemos cuántos años tenía Juan cuando murieron, pero sí sabemos que su madre dejó una huella indeleble en su vida, y probablemente también la fe y la historia de su padre.

Ella dejó una huella en su vida. Lo vemos

  • En la forma en Juan que buscó al Señor
  • En la manera en que obedeció los mandamientos del Señor
  • En la forma en que amaba la santidad
  • En la forma en que sirvió al Señor incluso cuando era costoso
  • En la forma en que fue valiente y audaz al proclamar la verdad de Dios como un profeta de Dios
  • En su fe, su celo, su sensibilidad a la guía del Espíritu
  • En la forma en que buscaba solo la aprobación de Dios y no estaba atado por el temor al hombre

Estas son todas las características que hemos visto de su madre Elisabet. Puede que no haya tenido muchos años con él, pero dejó una huella en su vida.

Elisabet tuvo años, décadas de vida fiel y obediente, sin nada realmente digno de mención o de interés en su vida. Para cuando ella entra en escena, cuando la vemos en las Escrituras, ya es una anciana. No se dice nada acerca de toda su vida antes de eso, nada que realmente llame la atención. Y de hecho, durante esos años experimentó desilusiones, anhelos insatisfechos y reproches como una mujer estéril y sin hijos.

Luego llega este momento milagroso. Ella tiene este hijo, sobrenaturalmente dado a ella y a Zacarías, y luego desaparece de la escena otra vez. No escuchamos nada más acerca de Elisabet en ninguna parte de las Escrituras. Su historia termina justo cuando la historia del nuevo pacto comienza a desarrollarse.

Ahora, sabemos que cualquiera que haya sido el tiempo que vivió, después del parto llegó el tiempo de la crianza. Su hijo era, sin duda, diferente a otros niños, y la vida de ella era ciertamente diferente a la vida de las otras mujeres, porque probablemente todas tenían hijos y nietos y bisnietos mientras ella está meciendo (para dormir) a este bebé de dos meses. Así que su vida no encaja con la historia de todos los demás a su alrededor.

Pero aquí es donde se nos recuerda que puedes confiar en Dios para escribir tu historia. Él es el que la escribe. Dios encontró en Zacarías, Elisabet y María, y algunos otros en esa época, aquellos que caminaban con Él por fe, cuando no podían ver las huellas de Dios hacia donde Él los estaba guiando, aquellos que estaban dispuestos a nadar contra la corriente para creer en Dios. Había un pequeño grupo de creyentes en esos días, verdaderos creyentes, y no había otros como ellos humanamente hablando, por la corrupción generalizada y la locura del mundo que los rodeaba.

Pero Dios los escogió. Dios los llamó. Dios los visitó. Dios los usó como instrumentos a través de los cuales preparó el camino para la llegada de su Hijo a la tierra. Y en cada caso, incluida Elisabet, todos sabían que esta no era su historia. Esta era Su historia. La historia de Dios.

Y estaban satisfechos, contentos de tener cualquier parte, pequeña, grande, corta o larga, cualquiera que fuera la parte que Dios tenía para ellos, estaban satisfechos de ser parte de ello.

Elisabet no era el centro de esta historia. No era realmente la historia de Elisabet. Ella ciertamente no se veía de esa manera. Era Su historia, ¿y no es eso cierto también para nosotras?

Dios no nos va a usar de la misma manera en que Él usó a Elisabet o a María, para esos nacimientos únicos, de Juan el Bautista o Jesús el Mesías, pero Él está escribiendo nuestra historia. Él ha escrito una historia para cada una de nosotras. Él tiene Sus caminos, y quiere usarte.

Y pensamos: «Nuestras historias son tan pequeñas y tan frágiles e insignificantes en el contexto de todo lo que sucede en nuestro mundo, ¿qué podría importar si caminamos con Dios, si creemos en Dios, si creemos en Su Palabra, si nos negamos a rendirnos a la corrupción de nuestro mundo, y en cambio decimos que vamos a caminar firmemente con Dios y a seguirlo y obedecerlo sin importar el costo. ¿Qué pasa si le creemos a Dios?

Y piensas: «Nadie va a saber mi nombre. Nadie sabrá cómo obedecí fielmente a Dios en esto o en aquello a lo que Dios me ha llamado».

¿Sabes qué? Nadie necesita saber mi nombre. Necesitan saber el nombre de Jesús.

Dios usó a Elisabet para ser una pieza del rompecabezas de esa imagen que se estaba pintando y que estaba apuntando a Cristo, para que Él fuera visto, conocido, adorado y amado, y una imagen de Él, ejerciendo su derecho a salvar y a gobernar en este mundo. Y Dios quiere usar tu vida. Él quiere usar mi vida en formas —y no importa si parecen significativas o no. Importan porque Él importa y porque Él es digno de nuestra adoración y de nuestra alabanza, nuestra lealtad y nuestra fe.

Si alguien lo ve o lo alaba, nosotras cantamos. Cantamos cánticos del evangelio. Cantamos el canto de los redimidos. Cantamos las canciones de gozo y alegría que son el fruto de los creyentes de este lado de la cruz, de caminar con Él y decir: «Todas Sus promesas son verdaderas, Dios no lo ha olvidado. Dios guarda Su Palabra. Y el Señor ha sido bueno con nosotras».

Así que junto a Elisabet, María y Zacarías y algunos otros en estos primeros capítulos de Lucas, cantamos, alabamos, estamos gozosas y somos parte de la historia que Dios está escribiendo en este mundo. Y eso es suficiente, ¿no es así? ¿Qué podría ser más maravilloso?

Annamarie: Nancy DeMoss de Wolgemuth te ha estado mostrando por qué encuentras consuelo en saber que Dios es el autor de tu historia. Ella regresará para orar con nosotras.

Esta breve serie sobre Elisabet nos ha retado a confiar en Dios y su plan para nuestras vidas. Creo que estamos listas para profundizar en este estudio. Lo haremos por medio del recurso titulado, «Elisabet: Cómo lidiar con la desilusión». Es el segundo estudio bíblico en nuestra serie, «Mujeres de la Biblia». Ya vimos a profundidad la historia de Abigail, y ahora continuaremos con la historia de Elisabet.

Adquiere el libro digital, «Elisabet: Cómo lidiar con la desilusión», a través de nuestro sitio web, AvivaNuestrosCorazones.com. Te enviaremos el acceso para descargarlo por tu donación.

Una de las porciones de la Escritura que nos da esperanza es el Salmo 107. En nuestra próxima serie, Nancy nos traerá enseñanzas de este salmo para ayudarnos a buscar al Señor y estar satisfechas en Él aún en medio de tiempos de dificultad.

Ahora ella regresa con unas últimas palabras y para cerrar esta serie en oración.

Nancy: Elisabet había aprendido cómo vivir sin hijos, pero Dios tenía una nueva temporada para ella.
En mi caso, aprendí a vivir soltera durante cincuenta y siete años.
Una rutina no siempre es algo malo. Es un patrón, un hábito. Hay cosas sobre las que aprendes a ser fiel.
Y luego llegó el matrimonio, una nueva temporada, asombrosa, maravillosa en mi vida, pero trajo muchos ajustes, y se necesitó de mucha confianza en el Señor para todas estas nuevas formas.

Proverbios 31 dice de esta mujer virtuosa: «Fuerza y dignidad son su vestidura, y sonríe al futuro» o «se ríe de lo porvenir». Sonríe al futuro porque sabe—no porque está dispuesta, o porque es fuerte, o porque ella sabe lo que hace, o porque ella lo ha comprendido. Sonríe porque sabe que Dios está haciendo una obra nueva, Dios está haciendo algo nuevo, y ella lo acepta.

Entonces es la capacidad de mirar hacia el futuro con cualquier cambio que pueda implicar.

Las dificultades nos dejan ver el poder y la fidelidad de Dios que cumple sus promesas y que recuerda. Él no olvida. En cualquier época de la vida en la que estés, Él no olvida. Él recuerda. Él es el Dios del juramento, el Dios que hace y mantiene las promesas, y el Dios que es bueno, bondadoso y bienhechor.

Y de verdad, eso es suficiente para que atravesemos esa situación difícil, para que podamos superar cualquier cosa que podamos imaginar de este lado del cielo, ¿no es así? Por más difícil que sea, tan llenos como nuestros ojos estén de lágrimas en medio de eso, podemos superar la situación

La historia se trata de Dios, y hermosamente Dios se preocupa por nosotras, y nosotras magnificamos al Señor, y Él nos bendice. Así que nuestro mayor gozo y satisfacción en el tiempo y la eternidad viene no reclamar o exigir esto o aquello para nosotras mismas, sino de prestar atención y darle la gloria a Dios. Daniel habla de los que brillarán como estrellas en el firmamento. Habrá recompensas, habrá gozo. Habrá gozo interminable para nosotras, no porque lo hayamos buscado sino porque buscamos bendecirlo, exaltarlo, y sin embargo, Él viene como un Siervo que viene y lava los pies de sus siervos, los bendice y les da gozo.

Así que no es una forma de perder. En última instancia es una forma de ganar. Buscamos Su ganancia, y Su obrar nos trae gozo y deleite. ¡Cuán dulce es eso!

Gracias, Señor por las diferentes temporadas que traes a nuestras vidas. Gracias por los momentos de desilusión. Gracias por los tiempos de pérdida. Gracias por los tiempos de esterilidad, los tiempos de escasez, de sentirnos solas o malentendidas o reprochadas. Y te agradezco que en todo esto Tú recuerdas, cumples Tus promesas, y eres bueno.

Gracias porque de este lado del calvario, de este lado luego que Cristo estuvo aquí en la tierra, miramos hacia atrás y celebramos Tu Cristo en esta tierra. Celebramos el hecho de que Tú, Jesús, estás realmente vivo hoy, y estás obrando en este mundo. Estás redimiendo, renovando y haciendo nuevas todas las cosas. Estás transformando vidas, y estás obrando por el poder de tu Espíritu Santo, y estás obrando para hacer que todo este mundo sea nuevo.

Y nosotras decimos: Señor, somos tus siervas. Que se haga en nosotras según tu voluntad. Úsanos, llénanos con tu Espíritu. Haz lo que quieras dentro y por medio de nosotras para Tu gloria y para Tu reino».

Úsanos como mujeres en la vida de las demás para alentar y bendecir e inspirar fe. Ayúdanos a mirar a nuestro alrededor y saber quién necesita ser alentada, quién necesita que se le pase ese batón de fe. Ayúdanos como mujeres mayores a amar a las mujeres más jóvenes que nos rodean, y ayúdalas a ellas a mirar a las mujeres mayores y decir: «Necesito ánimo».

Oh Señor, te pido que las lecciones de la vida de Elisabet vayan con nosotras, y que Tú levantes un ejército de Elisabets, Marías y Zacarías en nuestros días que confíen en Ti y caminen contigo. Y que Cristo sea exaltado y magnificado a través de cada una de nuestras vidas. Oramos en el nombre de Jesús, amén.

Annamarie: Adornando el evangelio juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras fueron tomadas de la Biblia de las Américas a menos que se indique otra fuente.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.