¿Has orado por eso?
Débora de Rivera: A menudo nos preocupamos o nos quejamos por nuestras circunstancias o por las decisiones que tenemos que tomar. Nancy DeMoss Wolgemuth nos recuerda que hay una mejor manera de abordar estas situaciones.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Las personas se casan y se divorcian. Cambian de trabajo. Entran y salen de las iglesias porque intentan resolver sus propios problemas. Pero me pregunto qué haría Dios, qué podría hacer, si tan solo esperáramos.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora del libro «El Cielo gobierna», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 17 de abril de 2026.
Como ministerio estamos agradecidas con el Señor porque… ¡ya tenemos fecha para nuestra próxima conferencia!
Este 13 y 14 de noviembre de 2026, en Miami, Florida, celebraremos Mujer Verdadera ’26: «Preparen camino al Señor». La esperanza del regreso de Cristo cambia …
Débora de Rivera: A menudo nos preocupamos o nos quejamos por nuestras circunstancias o por las decisiones que tenemos que tomar. Nancy DeMoss Wolgemuth nos recuerda que hay una mejor manera de abordar estas situaciones.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Las personas se casan y se divorcian. Cambian de trabajo. Entran y salen de las iglesias porque intentan resolver sus propios problemas. Pero me pregunto qué haría Dios, qué podría hacer, si tan solo esperáramos.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora del libro «El Cielo gobierna», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 17 de abril de 2026.
Como ministerio estamos agradecidas con el Señor porque… ¡ya tenemos fecha para nuestra próxima conferencia!
Este 13 y 14 de noviembre de 2026, en Miami, Florida, celebraremos Mujer Verdadera ’26: «Preparen camino al Señor». La esperanza del regreso de Cristo cambia la manera en que vivimos hoy. Preparar Su camino no es solo esperar; es vivir con fidelidad y esperanza en medio de nuestra generación.
Así que separa la fecha y acompáñanos en este llamado a caminar juntas, con claridad, fidelidad y esperanza, mientras esperamos al Rey. Para más información visita AvivaNuestrosCorazones.com y mantente pendiente de nuestras redes sociales.
Piensa en las próximas veinticuatro horas. ¿Qué es lo más importante y lo más intimidante que tienes que hacer? ¿Has orado al respecto? Muy a menudo me pongo en modo resolución de problemas y me olvido de hacer lo más importante: orar. ¿A ti también te pasa? Bueno, hoy Nancy hablará sobre la importancia de la oración, en la continuación de esta serie titulada «La oración de Ana y el poder de Dios». Escuchemos.
Nancy: Quiero que vayamos a 1 Samuel, capítulo 1. Y quiero recordarte, en caso de que no hayas estado con nosotras desde el inicio de esta serie, que había dos esposas en esta familia. No era lo ideal, no era recomendable, no era el plan de Dios, pero así sucedió. ¿Y no es increíble cómo Dios puede y a menudo anula y redime nuestros fracasos, nuestra necedad?
Elcana nunca debió haber tenido una segunda esposa. Fue un medio para tener hijos. Y aunque la segunda esposa tuvo hijos, fue el hijo de la primera esposa al que Dios bendijo y utilizó.
¡Cuántas veces nos precipitamos, intentamos resolver las cosas y manipulamos nuestras circunstancias, y acabamos haciendo un desastre en lugar de esperar a que Dios intervenga y haga lo que Él quiere!
Recuerda que esto fue lo que ocurrió también con Abraham y Sara. Ellos no quisieron esperar a que Dios les diera el hijo prometido. Entonces Sara le dijo a Abraham: «Llégate, te ruego, a mi sierva; quizá por medio de ella yo tenga hijos» (Génesis 16:1-2, parafraseado). Fue una situación muy similar. Y bueno, Agar tuvo un hijo, pero Agar y ese hijo se convirtieron en una fuente de mucho dolor y angustia para Abraham y Sara, porque no pudieron esperar lo mejor que Dios tenía para ellos.
Aparentemente, Ana y Elcana no esperaron lo mejor que Dios tenía para ellos. Dios quería darles un hijo. Ahora, ¿tú crees que Dios sabía que le iba a dar un hijo a Ana? Por supuesto que sí, porque era parte de Su plan eterno.
Y Dios también sabe cómo va a cumplir Sus propósitos y Sus promesas en tu vida. Así que no te adelantes. No tomes el asunto en tus propias manos, como aparentemente hizo Elcana en esta historia.
Las personas se casan y se divorcian. Cambian de trabajo. Entran y salen de las iglesias porque intentan resolver sus propios problemas. Me pregunto qué haría Dios, qué podría hacer, si tan solo esperáramos, si le dejáramos ser Dios y le dejáramos hacer las cosas en Su tiempo.
Bueno, vimos que Ana y su rival, Penina, y su esposo, Elcana, fueron al templo (o al tabernáculo, como se le conocía en aquella época), que estaba situado en Silo. Fueron a adorar al Señor.
Esta era una familia devota. Era una familia que adoraba a Dios. Fueron a ofrecer sacrificios al Señor. Pero Ana estaba sumida en un gran dolor y angustia porque anhelaba tener un hijo.
Y vamos a ver que ella llegó a anhelar algo más que un hijo. Llegó a anhelar que Dios se ocupara de algunos de los grandes males que se estaban cometiendo en la nación en ese momento. Pero ella seguía teniendo ese corazón de madre y esos brazos vacíos, ese anhelo de tener un hijo.
Entonces, el versículo 9 nos dice que: «Pero Ana se levantó después de haber comido y bebido estando en Silo…», esta es la fiesta que siguió a la ofrenda de los sacrificios, y sigue diciendo: «…y mientras el sacerdote Elí estaba sentado en la silla junto al poste de la puerta del templo del Señor…».
Y, por cierto, aquí no se nos dice por qué estaba sentado. Pero hay referencias más adelante en 1 Samuel que nos dicen dos cosas que probablemente nos indican por qué estaba sentado. Una, sabemos que era muy anciano. El capítulo 4 nos lo dice, en los versículos 15 y 18. También sabemos que el hombre tenía mucho sobrepeso. Había sido muy indulgente consigo mismo.
Entonces, él era anciano y tenía sobrepeso, por lo que estaba sentado en la silla junto al poste de la puerta del templo. Versículos 10-11:
«[Su alma estaba llena de amargura] oraba al Señor y lloraba amargamente. Entonces hizo voto y dijo: “Oh Señor de los ejércitos, si te dignas mirar la aflicción de Tu sierva, te acuerdas de mí y no te olvidas de Tu sierva, sino que das un hijo a Tu sierva, yo lo dedicaré al Señor por todos los días de su vida, y nunca pasará navaja sobre su cabeza».
Vamos a ver primero la oración. Durante los años de espera, anhelos insatisfechos, oraciones y provocaciones de su rival, Ana había llegado a conocer a Dios de una manera que probablemente nunca lo habría conocido de no haber sido así.
No lo olvides: a través de tu sufrimiento, a través de tus adversidades, a través de esa persona que te provoca año tras año, puedes llegar a conocer a Dios de una manera que de otro modo nunca podrías llegar a conocerlo.
Ana había llegado a angustiarse por las cosas que afligían el corazón de Dios, y lo veremos en su voto. Pero veamos primero su oración.
Antes que nada, ella dijo: «Oh, Señor de los ejércitos». Ana reconoció a Dios por quién Él es y usó un nombre para Dios que significa «Señor de los ejércitos». Ese nombre en hebreo es Jehová Sabaoth, el Señor de los ejércitos.
Si regresas al versículo 3, verás otra referencia al Señor de los ejércitos. Dice que Elcana, su esposo, solía subir año tras año «a adorar y a sacrificar al Señor de los ejércitos en Silo».
Esa referencia al Señor de los ejércitos, Jehová Sabaoth, en el versículo 3 y luego nuevamente en el versículo 11, son las primeras referencias en la Biblia al Señor de los ejércitos, la primera vez que vemos Jehová Sabaoth. Dios se reveló a esta pareja de una manera que otros no habían conocido al Señor, porque cada nombre de Dios nos dice algo sobre el carácter, sobre Su corazón y sobre los caminos de Dios.
El Señor de los ejércitos: este es el nombre que habla de Su dominio universal y soberano sobre todo. Los ejércitos son las tropas de Israel. Esas tropas eran pocas y estaban mal equipadas en comparación con las de sus enemigos. Pero Dios era Su líder; y a través de Dios, las tropas de Israel podían salir victoriosas. Él es el Señor de los ejércitos.
Pero los ejércitos también pueden referirse a los ejércitos celestiales: el sol, la luna, las estrellas. Dios es el Señor de esos ejércitos celestiales, y Dios es el Señor de los ejércitos angelicales, los ángeles santos y los ángeles caídos, y el mismo Satanás. De todos los ejércitos de la tierra, el cielo y el infierno: Dios es el Señor de todos ellos. Él es Su Comandante. Él es Su Gobernante. Él es el Comandante en Jefe.
Así que Ana oró al Señor de los ejércitos como su esposo le había enseñado a adorar a Jehová Sabaoth. «Tú eres el Señor que lo gobierna todo. Todo en el cielo y en la tierra está bajo Tu control».
Ella se acercó al Señor en adoración, reverencia y sumisión, reconociendo que Él es Dios, que Él es soberano, que Él tiene el control y que Él tiene todo el poder. Él es el Señor de los ejércitos. Es el comandante de todos los ejércitos del cielo y de la tierra. Por lo tanto, Él era el único que podía hacer algo por su aflicción. Él había cerrado su matriz. Él es el Señor de los ejércitos.
Ella acudió a Aquel que podía hacer algo con su problema. Entonces, en primer lugar, ella reconoció a Dios por lo que Él es, el Señor soberano y comandante de todos los ejércitos.
Luego, ella se reconoció a sí misma tal como era. No se exaltó a sí misma. Exaltó a Dios y se vio a ella misma en el lugar que le correspondía. ¿Y cómo se llamó a sí misma ella? «Yo soy tu sierva. Tú eres el Señor de los ejércitos, pero yo soy tu sierva».
Amigas, esa es la postura adecuada para orar. Es la postura adecuada para toda la vida. «Tú eres el Señor de los ejércitos. Me inclino ante Ti como Tu sierva». Y la palabra «sierva» a veces se traduce como «sirvienta». Se refiere a una sirvienta, una mujer, femenino, alguien que cumple los deseos de otra persona. «Yo soy tu sierva, oh Dios».
Ella se dio cuenta de que ella no estaba al mando, que solo era una sierva. Y tenemos que llegar al punto en el que eso sea lo único que nos importe. Señor, tú eres el Señor y yo soy Tu sierva.
Fíjate también en que ella no exigió nada en su oración. Y supongo que ya había tenido antes ese tipo de conversaciones con el Señor. Nosotras también hemos tenido ese tipo de conversaciones. Pero como siervas, no acudimos al Señor de los ejércitos a exigirle nada.
Él es Dios; no le decimos lo que tiene que hacer. Entonces, ¿qué hizo Ana? Ella apeló. Ella suplicó. Ella sabía que Él era Dios y ella no.
Ella dijo: «Señor de los ejércitos, si te dignas mirar la aflicción de Tu sierva y Te acuerdas de mí, y no te olvidas de Tu sierva». Ella le suplicó a Dios. Apeló a Él. Ella fue sincera al respecto, pero reconoció quién era Él y quién era ella.
Luego, fíjate que su petición fue específica. «Señor… si te dignas… [Por favor] dale a Tu sierva un hijo». Ella fue específica. Le dijo a Dios el deseo de su corazón: tener un hijo.
Pienso en ese himno que dice: «¿Andas débil y cargado de cuidados y temor?… Esto es porque no llevamos todo a Dios en oración». Nos quejamos por eso, nos lamentamos por eso, gemimos por eso, protestamos por eso, y se lo contamos a todos los demás.
El fondo de mi laptop dice: «Ora por eso». Quiero trabajar en eso. Quiero cambiarlo. Quiero arreglarlo. Quiero llamar a alguien para hablar de eso. Pero mi computadora me recuerda: «Ora por eso».
Dile a Dios tus peticiones. Sé específica. Y recuerda, Él es Dios. Es Su decisión lo que Él hace con tus peticiones. Pero dile tus peticiones.
Ana fue específica. Se dio cuenta de que los hijos son un regalo de Dios, como lo es todo don bueno y perfecto. Por eso acudió a Aquel que dispensa los dones. Acudió a Aquel que era capaz de satisfacer el deseo de su corazón.
¿Qué hay hoy en tu corazón? ¿Has orado al respecto? Y al orar, ¿lo has hecho con adoración y sumisión, reconociendo que Él es el Señor de los ejércitos? Eso significa que Él es capaz de cumplir tu petición, pero también significa que es Él quien decide si la cumple y cuándo lo hace.
¿Has acudido a Él con sumisión, rendición, adoración y reverencia como Señor de los ejércitos, y le has dicho: «Señor, soy Tu sierva; te lo suplico; te lo pido; ¿concederías el deseo de mi corazón?». Luego, dile cuál es ese deseo y déjalo en sus manos.
Débora: ¿Has dedicado hoy algún tiempo a contarle a Dios los deseos más profundos de tu corazón? Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha mostrado por qué es tan importante hacerlo, y volverá enseguida con la segunda parte del mensaje de hoy.
Estamos en medio de una serie titulada «La oración de Ana y el poder de Dios». A mí me ha retado en mi vida de oración; quizás a ti también. Si te has perdido alguno de los episodios de esta serie o quieres volver a escucharlos, puedes leer las transcripciones o escuchar el audio en AvivaNuestrosCorazones.com o en la aplicación de Aviva Nuestros Corazones.
Aunque Ana oraba sola, no hay nada de malo en invitar a una amiga de confianza a unirse a ti en la oración. Hay un poder especial cuando el pueblo de Dios se une en oración ante Él.
Nos encantaría acompañarte para orar contigo por las cosas que hay en tu corazón. Escríbenos tu petición de oración a AvivaNuestrosCorazones.com/contactanos.
Permíteme preguntarte esto: ¿estás acercándote más a Dios? Quizás sientas que no has cambiado mucho hoy en comparación con el día de ayer. Pero si miras hacia atrás, al último año o a los últimos cinco años, ¿ves alguna diferencia? Aquí está Nancy para hablarnos sobre el crecimiento en este sentido.
Nancy: Me alegra mucho que el Señor tenga misericordia de nosotras mientras estamos en proceso. Ninguna de nosotras ha llegado a la meta en nuestra fe, y todas somos dolorosamente conscientes de ello en nuestras propias vidas. Nos queda mucho camino por recorrer. Caemos, pero la gracia de Dios nos levanta de nuevo. Y Dios es misericordioso al tratar con nosotras mientras estamos en proceso.
Hemos estado estudiando la vida de una mujer; su nombre es Ana. Es un personaje del Antiguo Testamento y era una mujer en proceso. Mientras meditaba y estudiaba este pasaje durante los últimos días, me impresionó el hecho de que Dios fuera paciente con ella durante todo el proceso, al igual que Él es tan bondadoso al ser paciente con nosotras durante nuestros procesos.
Ana había pasado por este proceso de años de esterilidad, de anhelo por tener un hijo, de deseos insatisfechos. Para atormentarla aún más, había una segunda esposa. Su esposo era Elcana, pero su segunda esposa era Penina, que era «el epítome de la fertiidadl».
Una mujer me dijo recientemente: «Mi esposo me mira y quedo embarazada». Bueno, así era más o menos con Penina.Ella podía tener hijos.
Pero Penina era su rival; se burlaba continuamente de Ana por su esterilidad, año tras año. Ana atravesó por etapas de queja, lamento y un estado de ánimo deprimido. Y Dios tuvo misericordia de ella, pero la dejó quedarse ahí. Dios tenía un plan para la nación de Israel en ese momento, y quería que Ana formara parte de ese plan.
Él la estaba moldeando y preparando para que encajara en ese plan. Así que ella tenía que estar dispuesta a perseverar. Y a medida que perseveraba, algo estaba sucediendo dentro de ella. Estaba cambiando.
Cuando miro atrás en mi propia vida, veo que Dios ha usado la adversidad, las dificultades, los anhelos insatisfechos y las personas irritantes para moldear y formar mi vida, para hacerme más como Cristo y para equiparme y prepararme mejor para ser Su instrumento. Dios me está santificando.
Hoy me está utilizando más que hace diez años, porque en los últimos diez años he vivido algunas experiencias vitales. Dios quiere utilizar estas cosas en nuestras vidas para cambiar nuestros planes, nuestra perspectiva, nuestros valores, nuestras actitudes, para cambiarnos a nosotras mismas, porque Él tiene un propósito para nosotras.
A medida que avanza la historia de Ana, no tenemos todos los detalles. Pero al meditar en este pasaje, veo una progresión a través de la cual Ana avanzaba. Ella comenzó con un anhelo y un deseo muy egocéntricos.
Y no hay nada malo con el anhelo y el deseo… hasta que se convierten en una fijación, en una obsesión. «Tengo que tener esto. No puedo vivir sin esto. No puedo seguir adelante sin esto. Voy a actuar de forma depresiva si no consigo lo que quiero. Voy a volverme exigente». Ahí es donde eso podría haberla llevado, y es donde muchas mujeres acaban.
En cambio, Ana dejó que Dios la llevara por un camino diferente, y fue una progresión que la llevó a la fe y a la rendición y, en última instancia, a una abundancia y a unos frutos mayores de la que jamás hubiera podido imaginar.
Y Dios nos está llevando por una progresión, guiándonos a una mayor fe en Su soberanía y Sus promesas, a una mayor rendición a Su soberanía y, en última instancia, a una mayor utilidad en Su reino de la que no hubiéramos podido tener si no pasáramos por este periodo de aflicción y anhelo.
En el último episodio examinamos la oración de Ana. Hoy quisiera que nos enfocáramos en la parte de su oración que fue un voto. Ella se acercó al Señor y le dijo: «Yo soy tu sierva. Por favor, dame un hijo. Y si me das un hijo, yo te lo dedicaré todos los días de su vida, y ninguna navaja pasará por su cabeza».
Es obvio que Ana quería un hijo. Por eso hizo esta oración. Tenía este anhelo insatisfecho. Pero al meditar en este pasaje, creo que en ese momento algo más profundo y completo había sucedido en el corazón de Ana.
Era una progresión continua. Recuerda que ella había estado yendo al templo año tras año con su familia. Su familia era piadosa, devota. Adoraban al Señor, le servían y le ofrecían sacrificios. Eran personas que oraban. Tenían algunos problemas en su familia, pero eran personas que, básicamente, amaban al Señor.
Sin embargo, al acudir al templo (el tabernáculo) año tras año, había sido testigo del declive espiritual de la nación. El culto se había convertido en una farsa para la mayoría de las personas. Había codicia, arrogancia e inmoralidad entre el sacerdocio. Vimos cómo los hijos de los sacerdotes se acostaban con las prostitutas del templo justo a las puertas del mismo.
Ana vio todo esto. Vio cómo, durante todos esos años, la nación había estado en declive espiritual; había caído a su punto más bajo. Creo que durante ese periodo, Dios había estado tocando el corazón de Ana con una preocupación que era más grande que su preocupación personal por tener un hijo.
Ella todavía quería su hijo; anhelaba tener un hijo. Pero en este voto, ella dijo: «Dios, no quiero este hijo solo para mí. Quiero tener un hijo para ti. Quiero tener algo que darte que marque la diferencia en esta nación en este momento crucial». Creo que eso era lo que había detrás de su voto.
Si solo lo hubiera querido para ella misma, ¿por qué habría dicho: «Por favor, dame un hijo y yo te lo dedicaré»? ¿Qué sentido tiene tener un hijo si no te lo vas a quedar? Creo que sus deseos se habían ampliado.
Su dolor y su duelo se habían ampliado más allá de su propio sentimiento de pérdida y tristeza al compartir el dolor y la tristeza que Dios sentía por lo que estaba sucediendo en la nación. Dios estaba ensanchando su corazón en su angustia y dándole Su visión del mundo y un corazón para Su reino.
Así que Ana oró y prometió dedicarle este hijo al Señor. Ella conocía la situación de los hijos del sacerdote Elí, Ofni y Finees. Eran un desastre. Por eso quería un hijo que sirviera al Señor en espíritu y en verdad. Quería darle este hijo a Dios.
Así que dijo: «Dios, si me das este hijo, será Tuyo». Ella hizo lo que conocemos como un voto nazareo en nombre de su hijo. (Si quieres estudiar más sobre el voto nazareo, puedes volver al capítulo 6 del libro de Números, donde se describe este voto).
No se trataba de una oración para pedir algo. No era un regateo con Dios. Era un corazón que intercedía por lo que le preocupaba a Dios. «Dios, Tú necesitas un hombre en esta nación que guíe al pueblo, que sea un sacerdote piadoso; y yo estoy dispuesta a tener ese hijo y entregártelo para ese propósito».
Pienso que ella había llegado al punto en que ya no buscaba esta petición para sí misma, para su propia satisfacción, para su propio placer, sino por amor a Dios y por el reino de Dios. Escucha lo que dice en los versículos 12-13:
«Mientras ella continuaba en oración delante del Señor, Elí le estaba observando la boca. Pero Ana hablaba en su corazón, solo sus labios se movían y su voz no se oía. Elí, pues, pensó que estaba ebria».
Al parecer, no era raro que se produjeran comportamientos libertinos en los alrededores del templo. Elí ni siquiera reconoció a una mujer que estaba orando cuando la vio, debido a la falta de santidad que había reinado durante tanto tiempo en los alrededores del tabernáculo. Versículo 14:
«Entonces Elí le dijo: “¿Hasta cuándo estarás embriagada? Echa de ti tu vino”».
El sacerdote la malinterpretó. Entonces ella respondió, en el versículo 15, y dijo:
«No, señor mío, soy una mujer angustiada en espíritu. [Una versión en inglés dice: “con un espíritu afligido”]. No he bebido vino ni licor, sino que he estado derramando mi alma delante del Señor».
Esta fue una mujer que no recurrió al vino ni a bebidas fuertes (alcohol o drogas) para aliviar el dolor y escapar de sus problemas, como hacen muchas personas hoy en día. En cambio, ella se volvió al Señor y le abrió su corazón. ¿Y no es eso lo que realmente es la oración? Abrir tu corazón al Señor.
Al leer este pasaje, recordé a Cristo en Getsemaní. Las Escrituras dicen en Marcos capítulo 14 que: «Tomó con Él a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a angustiarse mucho [a afligirse profundamente]». Se dirigía al Calvario. «“Mi alma está muy triste, incluso hasta la muerte”, les dijo; “quédense aquí y velen” [mientras voy a orar]» (vv. 33-34).
En Lucas, capítulo 22, el versículo 44 nos dice: «Y estando en agonía, oraba con mucho fervor; y Su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra».
En Isaías 53:12 dice: «Derramó su alma hasta la muerte».
Y en Hebreos 5:7 dice que: «Cristo, en los días de Su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, fue oído a causa de Su temor reverente».
Cristo derramó Su corazón ante el Padre. No se resistió a la voluntad del Padre; no quiso salirse con la Suya. Se sometió a la voluntad del Padre en Su oración. Dijo: «Padre, venga Tu reino, hágase Tu voluntad. Me rindo a Tus propósitos». Y debido a Su sumisión reverente, fue escuchado.
Creo que Ana tuvo esa misma sumisión reverente. Su corazón estaba afligido, estaba desgarrado. Pero no estaba desgarrado solo por sus propios dolores, sino porque estaba asumiendo sobre sí misma los dolores y las aflicciones que había en el corazón de Dios.
Eso es la intercesión. Es llorar y afligirse por los pecados de los demás y por las necesidades espirituales de los demás, derramando tu corazón ante el Señor.
El Salmo 62:8 dice: «Confíen en Él en todo tiempo, oh pueblo; derramen su corazón delante de Él; Dios es nuestro refugio».
Ora por tus problemas. Ora por tus aflicciones. Entrégaselas al Señor, pero hazlo con sumisión reverente, por causa de Su reino, por causa de Su gloria, por los propósitos de Su reino en este mundo.
Débora: Ella es Nancy DeMoss Wolgemuth relatando la historia de Ana, la madre del profeta Samuel. Tú y yo podemos aprender mucho de esta mujer devota. Ella no comenzó con una oración desinteresada, pero su enfoque cambió al pasar tiempo con Dios. Es como si empezara a ver la maldad de la nación de Israel tal como Dios la veía, pero esto ocurrió cuando dejó de obsesionarse con su propio dolor y sufrimiento.
Suena contradictorio, pero ¿sabías que para verte a ti misma desde una perspectiva adecuada, tienes que orar por ti misma? Así es. Hay muchos pasajes en las Escrituras que nos dicen que oremos por sabiduría, por humildad, por amor, etc. Esa es una forma de orar por ti misma que se centra en Dios, y eso es realmente importante.
La oración de Ana cambió su corazón, aunque sus circunstancias siguieron siendo las mismas; y, con el tiempo, sus circunstancias también cambiaron. El próximo lunes hablaremos más acerca de esto. Regresa con nosotras aquí, a Aviva Nuestros Corazones.
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Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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