De la amargura a la esperanza
Débora de Rivera: Si exprimes un limón, ¿qué sale? Por supuesto que, jugo de limón. Nancy DeMoss Wolgemuth dice que nosotras también podemos ser así.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Cuando somos exprimidas por un período de tiempo, lo que sale de nosotras nos muestra lo que realmente hay dentro de nosotras. Y a veces no es una imagen muy bonita, ¿verdad? Empezamos a ver lo feo de nuestro corazón.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora del libro «El Cielo gobierna», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 16 de abril de 2026.
Imagina que te muestras vulnerable y le cuentas a una amiga una lucha personal real. En lugar de consolarte, ella solo se ríe. Bueno, hoy estudiaremos el caso de una mujer que se enfrentó a burlas y provocaciones en medio de su dolor. Aquí está Nancy para …
Débora de Rivera: Si exprimes un limón, ¿qué sale? Por supuesto que, jugo de limón. Nancy DeMoss Wolgemuth dice que nosotras también podemos ser así.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Cuando somos exprimidas por un período de tiempo, lo que sale de nosotras nos muestra lo que realmente hay dentro de nosotras. Y a veces no es una imagen muy bonita, ¿verdad? Empezamos a ver lo feo de nuestro corazón.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora del libro «El Cielo gobierna», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 16 de abril de 2026.
Imagina que te muestras vulnerable y le cuentas a una amiga una lucha personal real. En lugar de consolarte, ella solo se ríe. Bueno, hoy estudiaremos el caso de una mujer que se enfrentó a burlas y provocaciones en medio de su dolor. Aquí está Nancy para continuar con la serie titulada «La oración de Ana y el poder de Dios».
Nancy: ¿Cuántas de ustedes tienen a alguien en su vida que es una fuente constante de irritación, frustración y con quien es muy, muy difícil convivir, pero con quien tienen que pasar mucho tiempo? Probablemente muchas de ustedes tengan su mano alzada. Y bueno, si esa persona es tu suegra y está sentada a tu lado, quizás no quieras levantar la mano. Pero creo que todas hemos tenido personas en nuestras vidas que son una fuente constante de dificultades y de retos.
Hemos estado viendo la vida de Ana. Si tienes tu Biblia, permíteme pedirte que la abras en 1 Samuel, capítulo 1. Una vez más, quiero decirles que sé que a veces algunas de ustedes están escuchando en un lugar donde no pueden seguir el texto en su Biblia, ya sea porque están conduciendo o porque están en el trabajo. Pero si estás en un lugar donde puedes hacerlo, te recomiendo que abras tu Biblia y sigas el texto para que puedas observar lo que estamos viendo en él mientras estudiamos este pasaje.
Estamos en el primer libro de Samuel, en el capítulo 1. Hemos visto los primeros cinco versículos y hoy pasaremos al versículo 6. Ya vimos que Ana, aunque tenía un esposo que la amaba, tenía una segunda esposa que se llamaba Penina. Ella era la esposa rival, y vamos a ver el impacto que tuvo esta segunda esposa en Ana, en este matrimonio bígamo.
Ahora, la situación aquí, como ya vimos en el versículo anterior, es que Ana era estéril. No podía tener hijos, lo que probablemente fue la razón por la que su esposo, Elcana, tomó una segunda esposa, como era a menudo la costumbre en aquellos días. Pero Dios no aprobaba esto. No era Su propósito ni Su voluntad que las personas tuvieran más de una esposa al mismo tiempo o consecutivamente, pero así era como se hacían las cosas en aquella época.
En este caso, como Ana era estéril y su rival era extremadamente fértil, las Escrituras dicen que Penina tenía hijos e hijas, lo que significa que tenía al menos cuatro hijos, o tal vez más. Y veremos en el versículo 6 que Penina usaba la bendición de Dios para atormentar a Ana.
Y no sabemos por qué, pero puede que fuera porque Penina sentía que Ana era la esposa favorita. Puede que Penina estuviera luchando por conseguir el afecto y la devoción de Elcana. Tal vez no quería ser solo la esposa que le daba hijos. Ella quería ser aceptada y amada como su esposa. Pero la verdad es que no sabemos por qué era así.
Pero lo que sí sabemos, según el versículo 6, es que:
«…su rival, Penina, [fíjate que aquí se le llama rival] la provocaba amargamente, para irritarla, porque el Señor no le había dado hijos. [versículo 7:] Esto sucedía año tras año; siempre que ella subía a la casa del Señor, Penina la provocaba…».
Y, para empeorar las cosas, no solo sabemos que Ana era estéril y que Penina era fértil, sino que además Penina era una mujer cruel con Ana. Ella la provocaba. Y la palabra «rival», Penina es llamada rival aquí; esa es una palabra que significa «provocadora, alguien que molesta». De hecho, es una palabra que en el Antiguo Testamento se suele traducir como «problema».
Penina era una provocadora. Ella molestaba a Ana y lo hacía a propósito. Se propuso provocarla. La palabra «provocar» es un sentimiento que surge por un trato inmerecido. Es un sentimiento que tienes dentro de ti porque alguien te trata injustamente. Así que Penina intentaba provocar la ira de Ana. La provocaba amargamente para irritarla.
Y esa es una palabra que significa «hacer que ella truene». No creo que Ana estuviera tronando exteriormente. Realmente no lo sabemos. Pero sin duda estaba tronando interiormente. Solo hay que pensar en el estruendo de un trueno y en cómo hay algunas personas y algunas circunstancias en tu vida que te hacen agitarte, retumbar y tronar por dentro, aunque nunca los manifiestes exteriormente. Es una palabra que significa «agitar interiormente, provocar conmoción interior».
Al leer este pasaje y releerlo una y otra vez, puedo recordar algunas de esas temporadas de mi vida en las que había alguna circunstancia, algo que sucedía en mi vida, alguna persona con la que era difícil lidiar y que me hacía tronar por dentro. Incluso puedo sentirlo ahora mientras lo pienso, y puede que tú también te identifiques con esto.
Puede que en tu vida haya alguna persona que causa conmoción interior en tu propia vida, que te está provocando, o puede que esté intentando provocarte. Hay personas que pueden provocarte sin siquiera intentarlo. Esta persona puede estar muy cerca de tu vida: puede ser un hijo o tu pareja. Quizás sea un padre o tu suegra. Puede ser tu jefe. Puede ser una compañera de trabajo; alguien que te provoca, te altera, que te hace explotar por dentro.
Y quiero que recuerdes esa palabra «tronar» o «irritar», «provocar», tal y como aparece en la versión que estoy utilizando, porque más adelante en esta serie volveremos a esa palabra y veremos cómo incluso esta experiencia que tuvo Ana fue algo que Dios iba a utilizar en su vida para darle una comprensión más profunda del corazón y de los caminos de Dios.
El versículo 7 nos dice que esto sucedía «año tras año, siempre que ella subía a la casa del Señor», lo cual, como hemos visto anteriormente en este pasaje, era cada año, al menos una vez al año. Ellos subían juntos en su peregrinación anual, y cada vez que lo hacían, Penina solía provocar a Ana.
Entonces, se trataba de un problema persistente. Un problema prolongado. Penina no se va. Ella sigue teniendo hijos. Siempre está ahí. Siempre provocando, año tras año. Es una provocación constante, un antagonismo implacable, durante años y años.
A medida que avanza este pasaje, veremos que Dios usa el sufrimiento en nuestras vidas, pero también usa el sufrimiento prolongado. Hay algo relacionado con el tiempo. No nos gusta tener que sufrir, y si tenemos que sufrir, queremos que sea breve. Queremos que termine rápidamente.
Pero Dios a veces permite que nos metamos en situaciones, o incluso Él nos pone en situaciones, en las que el sufrimiento se prolonga. Continúa año tras año, tras año, tras año, y no parece que haya un final a la vista.
Dios usa el sufrimiento prolongado para hacer varias cosas en nuestras vidas. Y quisiera mencionarlas aquí, y luego veremos que esto es lo que ocurrió en la vida de Ana a medida que avanza la historia. Dios utiliza el sufrimiento prolongado para exponer lo que hay en nuestros corazones, para mostrarnos cómo somos realmente por dentro. Cualquiera puede soportar un momento de irritación, pero años de irritación comienzan a exponer cómo somos realmente.
Podemos ser amables ante una provocación durante cinco minutos, diez minutos, quizá cinco horas o cinco días, pero cuando la situación se prolonga, sale a la luz lo que realmente hay dentro de nosotras. Nos exprime. Y cuando exprimes un limón, ¿qué sale? Jugo de limón. De la misma manera, cuando nos exprimen durante mucho tiempo, lo que sale nos muestra lo que realmente hay dentro. Y a veces no es una imagen muy bonita, ¿verdad? Empezamos a ver lo feo que es nuestro corazón.
Para algunas de ustedes que tienen hijos, puede que sea el tercer hijo el que las esté exprimiendo. Los dos primeros eran unos angelitos: dormían toda la noche, eran tranquilos, dóciles y obedientes. Pero luego llegó el tercero y no hay ningún libro de texto para saber cómo tratar con este niño. No es un niño que tengas y al cabo de tres años el problema haya desaparecido. Y con esto me refiero a que algunos de estos hijos saben cómo provocarte día tras día.
Bueno, Dios utilizará a ese niño o a quienquiera que sea tu «rival», quienquiera que se proponga provocarte. Puede que sea un adolescente, o quizá pienses en una persona específica. Dios utilizará a esa persona para sacar a la luz lo que realmente hay en tu corazón. Y lo primero que pensamos es: Yo no soy así. Yo no soy así. Soy una mujer dulce, amable, cariñosa, bondadosa y mansa. Fue este niño, esta persona, que me obligó a hacer esto.
Pero tenemos que darnos cuenta de que «no, esto es lo que realmente había en mi corazón todo el tiempo, y solo hizo falta este niño o este rival para sacarlo a la luz». Dios utiliza a esa persona para provocarte con el propósito de que puedas ver lo que hay en tu propio corazón. Dios lo sabía desde el principio. Pero a veces nosotras no lo sabemos hasta que somos expuestas.
Y veremos que lo que Dios expuso en el corazón de Ana fue su egocentrismo. En ese momento, todo su mundo giraba en torno a su deseo de tener un hijo. El sufrimiento prolongado expone nuestros motivos: por qué queremos lo que queremos. ¿Lo queremos para la gloria de Dios, o lo queremos para nuestro propio placer y conveniencia personal?
El sufrimiento prolongado pone de manifiesto nuestra exigencia; exigimos que Dios satisfaga nuestros deseos. Revela si tenemos un corazón estrecho y una visión limitada. Si solo miramos nuestro pequeño mundo y no vemos los propósitos más grandes y elevados de Dios, esto revela lo que hay en nuestros corazones. Esto ocurre con el tiempo.
Dios también utiliza el sufrimiento prolongado no solo para revelar lo que hay en nuestros corazones, sino para purificarlos y limpiarlos, para purgarnos de las cosas que hay en ellos que no le agradan. A través de esta historia veremos que Dios estaba utilizando este sufrimiento prolongado, y los años no solo de esterilidad, sino también de antagonismo por parte de la esposa rival.
Dios estaba usando eso en la vida de Ana para purificar su corazón, para llevarla a un lugar de sumisión a la voluntad y los propósitos de Dios, para llevarla a un lugar centrado en Dios, en lugar de centrada en sí misma.
Escucha, el tiempo es uno de los ingredientes que Dios usa para cumplir Sus propósitos en y a través de nuestras vidas. Durante esos años, Dios estaba cambiando a Ana. Dios la estaba purificando. Dios la estaba santificando, y Dios utiliza el sufrimiento como una de sus herramientas para hacer lo mismo en nuestras vidas.
Luego hay otra cosa que Dios hace en el sufrimiento prolongado. Dios lo utiliza para exponer nuestros corazones, para purificarlos, y luego lo utiliza para prepararlos para una mayor abundancia y para guiar nuestros corazones en la forma en que Él quiere utilizarnos.
Dios tenía un plan para Ana que era más grande, más amplio y más maravilloso de lo que ella podía imaginar. Ella solo quería un hijo, pero Dios quería más que eso para ella. Dios estaba preparando su corazón y dirigiéndolo para poder usarla.
Ahora, ¿qué sucedía año tras año cuando Ana iba con su esposo y su rival al templo del Señor? ¿Qué veía? Veía lo que sucedía en el templo, en el tabernáculo, como se le llamaba en ese momento. Veía la codicia, la inmoralidad, los excesos, la falta de integridad. ¿Y qué producía esto dentro de Ana?
Su carga estaba cambiando y creciendo. Seguía queriendo un hijo, pero ahora se daba cuenta de que había problemas más grandes y más graves en la nación que su esterilidad. Estaba empezando a ver el corazón de Dios, el dolor de Dios por lo que estaba sucediendo en la nación. Su visión se estaba ampliando, más allá de sí misma, más allá de su pequeño mundo y de sus anhelos.
Y así continuamos viendo el dolor, la angustia de Ana porque anhelaba tener un hijo. Pero no podía tenerlo y se enfrentaba constantemente a esta segunda esposa que era tan fértil. El versículo 7 sigue diciendo:
«…por lo que Ana lloraba y no comía».
Anteriormente, vimos en este pasaje que cuando los hombres y sus familias iban al tabernáculo, en ese momento se encontraba en Silo, a unos veinticuatro kilómetros de la casa de Ana y Elcana. Iban al menos una vez al año, tal vez tres veces al año, para ofrecer sacrificios al Señor. Y después de ofrecer sus sacrificios, tenían una comida familiar, un banquete en el que comían las partes sobrantes del sacrificio.
Se sentaban a la mesa y era un momento de celebración, banquete y alegría, pero Ana no podía participar. Al menos en esta ocasión, en particular, le costaba mucho hacerlo. Estaba consumida por el anhelo, el dolor y la frustración que le causaba la esposa rival, que no dejaba de molestarla y atormentarla constantemente.
Ya hemos dicho que no sabemos por qué Penina hacía eso. Al parecer, Penina tenía todo lo que podía desear, pero quizá le faltaba lo único que quería, que era el afecto de Elcana, quien, como sabemos, amaba a Ana. Así que había esta competencia, una rivalidad, unos celos, y eso afectaba a Ana.
En realidad, estos son los síntomas clásicos de la depresión. Ella estaba afligida. No quiso comer. No tenía hambre y lloraba. Y su esposo, en el versículo 8, y esto es muy típico, le dice: «Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué lloras? ¿Qué te pasa?» (parafraseado).
Y me imagino a Ana respondiendo: «¿En serio me estás preguntando qué me pasa? ¿No sabes lo que pasa?». No sé cómo reaccionó ella, pero estoy usando un poco de imaginación santificada con las Escrituras. Elcana amaba a Ana. Él intentaba comprender su sufrimiento. Se preocupaba por ella. Estaba interesado, pero no podía entender completamente por lo que ella estaba pasando. No estaba en su lugar. Así que le dijo:
«Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué está triste tu corazón? ¿No soy yo para ti mejor que diez hijos?» (v. 8).
«¿No soy suficiente para ti?». Ahora, ese es un buen recordatorio para Ana, o para cualquier esposa o mujer que esté luchando con anhelos insatisfechos, para que se concentre en lo que sí tiene, porque perdemos de vista lo que tenemos cuando nos quejamos y lamentamos por lo que no tenemos.
Las palabras de Elcana fueron realmente muy sabias. «¿No soy yo para ti mejor que diez hijos?». Él la amaba. Él le estaba diciendo que se centrara en lo que tenía. Que tuviera un espíritu agradecido.
En ese momento, Ana no estaba preparada para recibir ese mensaje. Su respuesta inicial fue dejarse consumir por ese anhelo. No podía ocultar su dolor. Y a lo largo de todo este pasaje se pueden ver palabras que muestran la magnitud de su pena y su dolor.
Fíjate lo que dice el versículo 10: «Ella [estaba] muy angustiada… y lloraba amargamente». Y luego, más adelante en el versículo 15, ella le dice al sacerdote: «…soy una mujer muy angustiada en espíritu». Algunas versiones en inglés dicen: «…soy una mujer con un espíritu afligido». Y en el versículo 16 ella habla de «mi gran congoja y aflicción».
Estas son palabras fuertes. Esta es una mujer que estaba profundamente afligida. Estaba muy triste. Estaba de duelo. Su esposo la amaba y él intentaba consolarla, pero esta fue una de esas ocasiones en las que realmente no podía comprenderla del todo. No podía compartir su dolor. ¿Te ha pasado eso alguna vez? Que nadie pueda comprender realmente lo que estás pasando.
Ana hizo lo que, en última instancia, todos tenemos que hacer cuando estamos tristes y afligidos. Tras años de provocaciones y años de tormento por parte de su rival, el versículo 9 nos dice lo siguiente:
«Pero Ana se levantó después de haber comido y bebido estando en Silo, y mientras el sacerdote Elí estaba sentado en la silla junto al poste de la puerta del templo del Señor, ella, muy angustiada, oraba al Señor y lloraba amargamente» (vv. 9-10).
Esa palabra «angustiada» es la palabra mara. ¿Recuerdas esa palabra en el Antiguo Testamento? Cuando que Noemí dijo: «No me llamen Noemí, llámenme Mara» (Rut 1:20), que significa «amargada». Es la misma palabra. Ella tenía amargura en su alma. Estaba experimentando un dolor insoportable. ¿Y qué hizo? Ella oró al Señor. Oró al Señor.
Y supongo que había orado antes; que había orado muchas veces antes, aunque el texto no nos lo dice. Probablemente oró durante años, mientras anhelaba tener un hijo. Mes tras mes tras mes, deseando concebir, pero el Señor había cerrado su matriz. Pero hay aquí un sentido en el que Ana oraba con más fervor, quizás con más intensidad que nunca antes.
En última instancia, la aflicción y la angustia de Ana, su esterilidad, la crueldad de su rival, su aflicción, hicieron que Ana se volviera hacia el Señor. Ella oró al Señor. Y estoy segura de que había hablado de esto con Elcana, su esposo, muchas veces. Pero llegó un momento en que Elcana no pudo hacer nada. No había ningún amigo, ningún consejero, ningún terapeuta, ninguna amiga, nadie que pudiera satisfacer su necesidad más profunda, así que ella oró al Señor.
Un escritor dijo que su aflicción se convirtió en una escuela de oración para ella. La llevó a orar, le enseñó lo que realmente es la oración y le enseñó a orar. ¿Y no es cierto que Dios utiliza la aflicción para llevarnos a la oración, para que se convierta en una escuela de oración para nosotras? Aquellas de ustedes que son madres saben lo que es tener un hijo que les causa constantes dolores de cabeza a ustedes y a su familia. Pero, ¿no es eso lo que, en última instancia, las lleva al Señor? Por eso vuelvo una y otra vez y les digo a las mujeres que cualquier cosa que nos haga necesitar a Dios es una bendición. En última instancia, si nos conduce a Dios, es una bendición.
Pienso en otros pasajes de las Escrituras en los que se nos habla de la aflicción que nos lleva a la oración. En el Salmo 130, versículo 1, el salmista dice: «Desde lo más profundo, oh Señor, he clamado a Ti». Cuando no tienes adónde ir, cuando la profundidad es tal que sabes que no puedes salir por ti misma, ¿qué puedes hacer? Clamar al Señor. Clamarle a Él.
En Santiago, capítulo 5, en el versículo 13, dice: «¿Sufre alguien entre ustedes?». O, como dice otra versión: «¿Está alguno entre vosotros afligido?». ¿Qué debe hacer? «Que haga oración». Y más adelante dice que llamen a los ancianos para que oren por él. Pero primero tú debes orar. ¿Estás afligida? ¿Estás sufriendo? Ora. Habla con el Señor al respecto.
Si alguien más hubiera podido consolar a Ana en ese momento, tal vez nunca habría llegado al punto de clamar al Señor. Por eso necesitamos momentos en nuestras vidas en los que no haya nadie ni nada que pueda ayudarnos, excepto el Señor.
Si sus anhelos o deseos se hubieran cumplido antes, si hubiera tenido un hijo cuando quería tenerlo, si hubiera podido concebir antes, tal vez nunca habría llegado a este punto de desesperación total y absoluta, y de dependencia del Señor.
El Señor sabe que necesitamos llegar a un punto en nuestras vidas en el que nos entreguemos por completo a Él; en el que nada ni nadie pueda ayudarnos. Y Dios sabe que, para llevarnos a ese punto, a menudo tiene que retrasar la respuesta y ponernos en una situación en la que nadie pueda consolarnos, nadie pueda ayudarnos, excepto Él.
Elisha Hoffman fue pastor a principios del siglo pasado, y también fue compositor. Él escribió más de dos mil himnos, incluidos algunos que te resultarán familiares, como «Dulce comunión». Él cuenta la historia de «una mujer que sufrió mucho dolor y aflicción de la mano del Señor».
Él dijo:
«Al llegar a su casa un día [porque él la visitaba como pastor], la encontré muy desanimada. Se desahogó y concluyó con la pregunta: “Hermano Hoffman, ¿qué debo hacer?”. [Se frotó sus manos desesperada]. Le cité la Palabra y luego añadí: “No hay nada mejor que llevarle todas tus tristezas a Cristo. Debes contárselas a Cristo”.
Por un momento, ella pareció perdida en sus pensamientos. Pero luego, sus ojos se iluminaron y exclamó: “Sí, debo decírselo a Cristo”. Al salir de su casa, tuve una visión de ese rostro iluminado por la alegría… y escuché a lo largo de mi camino el eco: “Debo decírselo a Cristo. Debo decírselo a Cristo”».
Después de que Elisha Hoffman regresó a su casa, escribió estas palabras, y algunas de ustedes reconocerán este antiguo himno. Es uno de mis favoritos. Lo he cantado muchas veces a lo largo de los años. Dice así:
Diré a Cristo todas mis pruebas
Solo yo no las puedo llevar;
En mis angustias Cristo me ayuda
El de los suyos sabe cuidar.
Diré a Cristo toda mi angustia,
¡Cuán bondadoso Amigo y tan fiel!
Me librará si yo se lo pido.
Disipará mis angustias, Él.
Diré a Cristo, diré a Cristo
No puedo yo mi carga llevar.
Diré a Cristo, diré a Cristo,
Pues Él tan solo puede ayudar.
Débora: Quizás te identifiques con ese himno. Si hay algún problema prolongado en tu vida y no ves ninguna ayuda terrenal a la vista, espero que la enseñanza de hoy de Nancy DeMoss Wolgemuth te haya animado. Ella volverá enseguida para concluir el episodio de hoy.
Quizás estés pasando por una temporada tranquila en tu vida en la que todo parece ir bastante bien. No deseches la enseñanza de hoy; en algún momento necesitarás lo que has aprendido. Y probablemente conozcas a alguien a quien le vendría bien esta enseñanza de hoy. No dudes en compartir este episodio con esa persona. Puedes encontrar el audio y la transcripción en AvivaNuestrosCorazones.com o en la aplicación Aviva Nuestros Corazones.
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En el próximo episodio, veremos el poder de una madre que ora. Espero que te unas a nosotras para eso.
Ahora, para concluir, aquí está Nancy.
Nancy: En la quietud de este momento, ¿por qué no se lo dices a Cristo Jesús? Cuéntale lo que hay en tu corazón. ¿Cuál es la situación, la carga, la persona, la relación, la prueba que te está afligiendo? Con unas pocas palabras, desde tu corazón al Suyo, dile: «Señor, quiero contarte esto. Te necesito. No puedo soportar esta carga yo sola». Cuéntaselo a Cristo.
Luego, imagínate transfiriendo esa carga de tus propios hombros, de tus propias manos, y entregándosela al Señor, «echando toda su ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de [ti]» (1 Pe. 5:7).
Gracias, Señor Jesús, porque Tus hombros son lo suficientemente grandes como para llevar toda carga, y por eso echamos nuestras ansiedades sobre Ti en este día, agradeciéndote por cómo usas la aflicción para convertirla en una escuela de oración para nosotros. Ayúdanos, Señor, en nuestra angustia, a contarte, a volvernos a Ti y a encontrar en Ti a ese Amigo, ese confidente, ese consejero, ese sostén que nadie más puede ser sino Tú. Oro en el nombre de Jesús, amén.
Débora: Buscando a Dios juntas, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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