No hay fórmulas
Débora de Rivera: ¿Te identificas principalmente como hija de Dios? Aquí está Nancy DeMoss Wolgemuth.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Amigas, el punto no es si están casadas o solteras, si tienen muchos hijos o ninguno, según la voluntad de Dios.
Esas cosas no son las que las definen. Puede que las definan a los ojos de la cultura, pero a los ojos de Dios, lo que nos define es nuestro corazón, nuestra relación con Él: nuestra fe, nuestra confianza, nuestra entrega a Él.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora del libro «El Cielo gobierna», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 15 de abril de 2026.
Cada celebración del Día de las Madres, mientras muchas mujeres lo celebran, otras experimentan un profundo dolor y anhelan tener un hijo. ¿Sabes lo que se siente? Quizás hayas perdido un …
Débora de Rivera: ¿Te identificas principalmente como hija de Dios? Aquí está Nancy DeMoss Wolgemuth.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Amigas, el punto no es si están casadas o solteras, si tienen muchos hijos o ninguno, según la voluntad de Dios.
Esas cosas no son las que las definen. Puede que las definan a los ojos de la cultura, pero a los ojos de Dios, lo que nos define es nuestro corazón, nuestra relación con Él: nuestra fe, nuestra confianza, nuestra entrega a Él.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora del libro «El Cielo gobierna», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 15 de abril de 2026.
Cada celebración del Día de las Madres, mientras muchas mujeres lo celebran, otras experimentan un profundo dolor y anhelan tener un hijo. ¿Sabes lo que se siente? Quizás hayas perdido un hijo y nadie lo sepa, así que te lamentas en silencio. O quizás estás orando para que tu esposo comparta tu deseo de tener hijos. O tal vez estés luchando con la infertilidad.
La Biblia nos habla de una mujer que comprendió ese dolor. Vamos a echar un vistazo a su vida en esta serie titulada «La oración de Ana y el poder de Dios». Con nosotras, Nancy.
Nancy: Estamos estudiando la vida de una mujer del Antiguo Testamento que se ha convertido en mi personaje bíblico favorito más reciente. Su nombre es Ana. Y su nombre significa «gracia».
Su historia es una historia de maravillosa gracia: la gracia de Dios en su vida y la gracia de Dios al usar su vida para traer gracia a toda una nación. ¡Qué historia tan increíble sobre cómo Dios escoge y usa a una persona poco probable o inadecuada para cumplir propósitos extraordinarios en su generación, tal como lo hace también en la nuestra!
En el último episodio vimos que Ana pertenecía a una familia en la que era amada por su esposo. Su esposo era un adorador devoto y fiel seguidor del Señor, pero había algunos problemas en esta familia.
El primero que vemos está en 1 Samuel, capítulo 1, versículo 2, y vimos que había dos esposas. Elcana (el esposo) «tenía dos mujeres: el nombre de una era Ana y el de la otra, Penina».
Vimos que esto no era el plan de Dios. Dios no autorizó esto. Era contrario a la forma en que Él había establecido el matrimonio, pero Dios puede, incluso a partir de nuestros fracasos, traer gloria a Sí mismo y hacer que Su luz brille en una generación que está en tinieblas. Y estoy tan agradecida por esa gracia redentora de Dios.
Ahora, hay otro problema en esta familia, particularmente en la vida de Ana, y es el tema de su anhelo insatisfecho de tener un hijo. Escucha nuevamente lo que dice el versículo 2 de 1 Samuel, capítulo 1:
«Elcana tenía dos mujeres: el nombre de una era Ana y el de la otra Penina. Penina tenía hijos, pero Ana no los tenía».
Esta es la primera descripción que se da de estas mujeres. Esto es lo que las identificaba y las caracterizaba en aquella época, en la que tener hijos, especialmente varones, para continuar con el apellido familiar era sumamente importante.
Así es como se les identificaba en aquella cultura. Penina tenía hijos. Ana no tenía ninguno. Y, en aquella época y cultura, esto implicaba que Penina era bendecida, pero Ana no. El hecho de no tener hijos era considerado una maldición.
En realidad, esto no era más que una tergiversación de algo que es una verdad en la Palabra de Dios. La Palabra de Dios dice que los hijos son una bendición, y en diferentes pasajes del Antiguo Testamento leemos que Dios dijo a Su pueblo: «Si me obedecen, los haré prosperar, y una de las formas en que los haré prosperar es dándoles hijos».
Eso es una bendición. Es bueno tener hijos. Es el camino de Dios. Es el plan de Dios en Deuteronomio 28, donde dice: «El Señor [si le obedeces] te hará abundar en prosperidad, en el fruto de tu vientre, en el fruto de tu ganado y en el producto de tu suelo» (v. 11).
Entonces el pueblo interpretó eso diciendo: «Si los hijos son una bendición de Dios, si ser fértil es una bendición de Dios, quiere decir que si no puedes tener hijos, si eres estéril, debes estar maldito por Dios. Debes haber pecado y haber desagradado al Señor de alguna manera. Debe haber algo mal en tu vida, y tu esterilidad es una señal de esto».
Ellos interpretaron una promesa de Dios y llegaron a la conclusión de que, si alguien no tenía hijos, estaba maldito por Dios.
En este pasaje no se da ninguna razón por la que Penina tuviera hijos y Ana no. No hay ningún «porqué». No se da ninguna explicación. Simplemente se dice: «Penina tenía hijos y Ana no».
¿Y no es así como suele ser la vida? La vida no es justa. ¿Han dicho esto tus hijos?
«¡Mami, no es justo!».
Y tú le respondes: «La vida no es justa», y eso es cierto.
Pero Dios es justo y nunca comete errores. Él es bueno. Él es justo. Él es santo, pero Dios no trata a todas las personas por igual y, muchas veces, Dios no da una explicación para nuestras aflicciones, al menos no aquí y ahora.
Veremos que esta esterilidad, esta infertilidad, la incapacidad de Ana para concebir hijos, se convirtió en una gran aflicción para ella y le causaba pesar en su corazón.
Pero en ese momento de su vida, no se da ninguna razón. No hubo explicación. La vida no siempre funciona como queremos, o como creemos que debería.
Nos gustan las fórmulas sencillas y claras. «Obedece a Dios y serás bendecida». De acuerdo, ¿pero qué significa «bendición»? En el caso de Ana, ella decía: «Quiero tener hijos. Así que, si obedezco a Dios y lo amo, Él me bendecirá y, por lo tanto, tendré hijos».
¿Cuántas mujeres que no pueden tener hijos se han visto sometidas bajo el peso de la culpa, o de lo que piensan o de lo que otros les han dicho?
«Si confiaras más en Dios… Si oraras más… Si fueras más espiritual». Nadie lo diría así (¡por lo menos eso espero!), pero ¿no es eso lo que suele ocurrir cuando se trata de anhelos insatisfechos?
Pensamos: «Si fuera más piadosa, Dios cumpliría mis anhelos». Puede ser el anhelo de tener un hijo. ¿Qué es lo que anhelas, lo que deseas desesperadamente y nunca has recibido?
¿Un hijo? O quizás sea una pareja. Y no está mal tener anhelos. Los hijos son buenos. Los esposos son buenos. No hay nada malo en anhelar una buena salud. No hay nada malo en anhelar poder pagar tus facturas, que tu esposo tenga un trabajo que te permita hacerlo o, si no eres esposa ni madre, tener un trabajo que te permita tener tu sustento.
Tampoco hay nada de malo en anhelar la salvación de tu pareja, de tus hijos u otros seres queridos, como tus padres. Esos anhelos no son malos. Lo que está mal es cuando nos volvemos exigentes y le decimos a Dios: «Señor, tienes que satisfacer mi anhelo y mi deseo ahora. Te amaré, confiaré en Ti, Te obedeceré si satisfaces mis anhelos, si me das lo que quiero».
Verás, puedes estar obedeciendo a Dios. Puedes estar caminando con Dios. Puedes ser una mujer piadosa y, aun así, tener partes de tu vida que no parecen estar bien, que no encajan, y en las que tus anhelos no se cumplen.
Por lo que sabemos, había una mujer piadosa que no podía concebir hijos, y su rival, que era una mujer cruel, la otra esposa, Penina, tenía muchos hijos.
¿Cómo se explica eso? Pienso que es mejor que ni siquiera lo intentes. No podemos entenderlo, aunque tratemos. Para nosotras no tiene sentido que Dios bendiga a alguien que no es para nada espiritual, con muchos hijos, y que Dios te dé a ti angustia, aflicción y quebranto del corazón, o quizás te da hijos y luego te quita uno o más de esos hijos.
Y entonces te preguntas: «¿Qué hice? ¿En qué me equivoqué?». Ese puede ser el hilo de pensamiento o de cuestionamiento. A veces, lo que Dios hace en nuestras vidas y nuestras decisiones no parecen coherentes con Su Palabra y Sus caminos.
Vas a Deuteronomio 28 y lees que Dios promete que, si le obedecemos, Él nos bendecirá, que nos hará prosperar, que nos hará fértiles.
A veces Dios actúa de maneras que, para nosotras, no parecen ser consistentes con Su propia Palabra. Pero esto se debe a que solo lo estamos viendo desde una perspectiva muy limitada y finita. No tenemos una visión completa.
No sabemos qué está haciendo Dios, y lo que tienes que reconocer es que tu vida, con tus anhelos insatisfechos, es parte de una historia más grande. Es parte de un plan más grande.
El otro día le dije a alguien que me siento como un pequeño renacuajo en el gran plan y los propósitos de Dios, pero nos volvemos tan egocéntricas que empezamos a pensar que la historia trata de nosotras, sobre nosotras. Que es nuestra historia.
Pero no es nuestra historia. Es la historia de Dios, que Él está escribiendo y desarrollando en este mundo. Él nos llama a estar dispuestas a participar en esta historia de redención, esta historia en que la gloria de Dios y Su nombre se extienden por todo el mundo, y Su gloria se da a conocer en la tierra, y la gloria del Señor cubre la tierra como las aguas cubren el mar.
En esto consiste lo que Dios hace. Él te dice: «¿Estás dispuesta a tener un papel secundario en esto? ¿Estás dispuesta a ser descartada? ¿Estás dispuesta a sufrir inconvenientes? ¿Estás dispuesta a tener anhelos insatisfechos, si es necesario, para que Yo pueda cumplir Mis grandes propósitos en tu vida y en nuestro mundo?».
¿A qué nos llama Dios?
Dios nos llama a confiar en su propósito cuando no podemos ver lo que Él está haciendo.
Entonces, ¿qué nos pide Dios que hagamos? Nos pide que confiemos en Su corazón cuando no podemos ver lo que está haciendo. Cuando no podemos entenderlo, Él nos pide que confiemos. «Dios, Tú eres bueno. Sea lo que sea que Tú decidas, Tú eres Dios. Acepto Tu plan. Confío en Ti».
Él nos llama a rendirnos, a aceptar, a renunciar a nuestro control y a entregarnos a Su voluntad tal como Él la revela en nuestras vidas.
Eso no significa que, si te rindes a Dios, ya no tendrás esos anhelos de tener una pareja, un hijo, un trabajo o salud. Significa que sigues entregando tu dolor, ese anhelo o el anhelo insatisfecho.
Sigues entregándolos a Dios como un sacrificio. Y significa que no solo confías y te rindes a Él, sino que encuentras tu lugar en el plan de Dios.
Puede que ahora mismo no lo sepas, ya que Ana, en este punto de la historia, no tenía ni idea de lo que Dios estaba haciendo. Dios tenía un plan para Su pueblo de Israel, y Ana estaba pensando en el pequeño lugar que ella ocupaba en ese plan.
Todo lo que ella veía era que no tenía hijos y los deseaba desesperadamente. Lo que no podía ver era que se estaba desarrollando un plan. Dios tenía un plan, un propósito. Dios tenía una misión. Él estaba orquestando los acontecimientos del planeta, incluido el pequeño papel de Ana, para glorificarse a Sí mismo.
Espero que me acompañes durante toda la historia a medida que se desarrolla, porque no se puede entender todo en un solo episodio, y verás lo que se ha ido desarrollando en mi corazón durante los últimos días mientras estudiaba este pasaje.
Hay una historia aquí. Hay un plan. Hay un propósito. Hay un programa. Dios está detrás de todo esto, y Ana llegará a comprender que incluso su infertilidad es parte de ese plan.
Su desilusión, su desencanto, sus anhelos insatisfechos formaban parte de ese plan. Y cuando la historia termina y se cuenta, entonces podemos ver el panorama completo, y podemos mirar desde arriba lo que antes solo conocíamos como una pequeña parte, y decir: «¡Guau, sí! ¡Eso es lo que Dios estaba haciendo! ¡Sí, Señor! Lo que has hecho es bueno».
Y ya me has escuchado decirlo antes. Alguien dijo que la voluntad de Dios es exactamente lo que tú y yo elegiríamos si supiéramos lo que Dios sabe.
No sabemos lo que Dios sabe. Si lo supiéramos, seríamos Dios. Dios nos reta a recibir y a abrazar Su plan, Su voluntad, Su tiempo para esta etapa de nuestras vidas, sea cual sea.
Entonces, ya hemos visto que Ana era estéril. Era infértil. Y eso ya era bastante duro, y para empeorar las cosas, también tenía que lidiar con la fertilidad, la extrema fertilidad, de la esposa rival, Penina.
Penina no solo tenía hijos, sino que, según el versículo 4, tenía «hijos e hijas». Eso son al menos cuatro hijos. Así que Ana no solo era incapaz de concebir y tener hijos, sino que además vivía en la misma casa con una mujer extremadamente fértil.
Por lo tanto, la comparación entre las dos mujeres era inevitable, no solo en sus propias mentes, sino también en las mentes de otras personas que las observaban.
Para Ana, esto era como echar sal en la herida constantemente. Ya era bastante malo no poder tener hijos, pero además tenía que enfrentarse constantemente a esta mujer que parecía tener hijos sin cesar.
Y como mujer, ya te puedes imaginar el ciclo emocional por el que Ana debió pasar cada mes. Cada mes ella tenía la esperanza de que «quizás este sea el mes en que quede embarazada», solo para volver a sentirse decepcionada una vez más.
Mes tras mes, tras mes, tras mes. Y luego se enteraba de que Penina estaba embarazada otra vez. Imagina que Penina iba a tener un bebé, y tú apretabas los dientes y decías: «Qué maravilloso. Que Dios la bendiga».
Quisieras alegrarte por ella, y algunas de ustedes que no han podido tener hijos o no han podido tenerlos durante un tiempo saben lo que se siente al saber que otras mujeres de su edad están teniendo hijos, muchos hijos, y quisieran alegrarse con ellas, pero es difícil.
Porque la fertilidad de ellas te hace enfrentarte a tu propia infertilidad, y esto puede ocurrir con cualquier tipo de anhelo. Puede que seas una mujer soltera y todas tus amigas se están casando, y todo lo que anhelas no está sucediendo, pero sí le está sucediendo a otras personas a tu alrededor.
Entonces, Ana se enfrentaba a una situación muy real. Ella veía cómo crecía el vientre de Penina. Y quizás, como segunda esposa en el hogar, tenía que ayudar en el parto y el alumbramiento de esta otra esposa, de esta esposa competitiva.
Ella escuchaba llorar al recién nacido de Penina. Ella veía a Penina amamantar y sostener a su bebé, y cada una de estas actividades, una y otra vez, era como una puñalada en el corazón de Ana.
Es como cuando las mujeres solteras van a bodas durante todo el verano y dicen: «Estoy muy feliz por todas estas personas que se casan, pero ¿y yo? ¿Por qué a mí no me pasa esto?».
Hay alegría para ellos, pero hay una herida para ti, la comparación. Así que aquí tenemos a Ana con un corazón de madre, pero con los brazos vacíos, una y otra y otra vez.
Estas eran situaciones sobre las que no tenía control. No podía lograr quedar embarazada. Adondequiera que iba, se enfrentaba a la realidad de su propia esterilidad y a la fertilidad de la esposa rival.
Y, por cierto, es interesante que en este pasaje se describa a estas mujeres solo en términos de su capacidad para tener hijos. «Penina tenía hijos. Ana no tenía ninguno».
¿Y no es interesante que nuestra cultura tienda a definirnos y describirnos en esos términos? «Ella es soltera» o «Ella es casada», o «Ella tiene hijos». «Ella no tiene ninguno». «En su trabajo ella es ejecutiva». «Ella está en el sector administrativo».
Amigas, lo importante no es si están casadas o solteras, si tienen muchos hijos o no tienen ninguno, según la voluntad de Dios. O si tienes un trabajo bien remunerado o no tienes trabajo, si trabajas en casa o en el mercado laboral, o si esta es la etapa de la vida en la que debes hacerlo. Estas no son las cosas que las definen. Puede que a los ojos de la cultura nos definan, pero a los ojos de Dios, lo que nos define es nuestro corazón, nuestra relación con Él: nuestra fe, nuestra confianza y nuestra entrega, rendición, nuestra entrega a Él.
Se trata de los asuntos del corazón, y eso es lo que también debemos tener en cuenta cuando definimos a los demás, que no los encasillemos en pequeñas categorías y digamos: «Así es ella», sino que miremos más profundamente en el corazón.
En 1 Samuel 1, en el versículo 4, dice:
«Cuando llegaba el día en que Elcana ofrecía sacrificio, daba porciones a Penina su mujer y a todos sus hijos e hijas…».
Esto se refiere a aquellas peregrinaciones anuales en las que Elcana llevaba a su familia a Silo, donde se encontraba el tabernáculo en aquella época.
Allí adoraban a Dios. Ofrecían sacrificios y, tal y como Dios había prescrito en la ley del Antiguo Testamento, después de ofrecer ofrendas de paz y ofrendas de agradecimiento, se celebraba una comida de hermandad en la que los adoradores comían una parte de lo que se había sacrificado.
Era una forma de comunión. Era una fiesta de amor. Era un momento en el que se sentaban y participaban juntos en el banquete con una parte del sacrificio que habían hecho. Se suponía que era un momento de alegría y celebración, centrado en su adoración a Dios y en los días festivos.
El versículo 4 sigue diciendo que «el día en que Elcana ofrecía sacrificio, daba porciones a Penina su mujer y a todos sus hijos e hijas; pero a Ana le daba una doble porción» (vv. 4-5).
No sabemos realmente qué significa la palabra «doble». Algunas versiones dicen «una porción especial». No es una palabra clara, pero está claro que él cuidaba de Ana y que la honraba de alguna manera. Dice: «Pues él amaba a Ana, aunque el Señor no le había dado hijos» (v. 5). Esta es una mujer que tiene un esposo que la ama. Está bien cuidada, sus necesidades están cubiertas y forma parte de una familia que adora al Señor.
Tiene mucho, pero no tiene lo único que realmente desea. ¿Y no es propio de nosotras tener muchas cosas y, sin embargo, obsesionarnos, como finalmente hizo Ana, con lo único que Dios no nos permite tener, por razones que solo Él conoce?
Esta es la razón por la que debemos ver la soberanía de Dios en esto. En la última frase del versículo 5 dice: «[Elcana] amaba a Ana, aunque el Señor no le había dado hijos». ¿Por qué Ana no tenía hijos? Porque Dios es quien abre y cierra la matriz; en Su soberanía, Él no había dispuesto, hasta ese momento, darle un hijo.
En resumen, el Señor había cerrado su matriz por razones que Dios no había explicado en ese momento. De igual manera, Dios tiene Sus razones en nuestras vidas acerca de nuestros anhelos insatisfechos, los que Dios tal vez nunca nos explique en esta vida.
Tenemos que llegar al punto en que comprendamos que Dios no nos debe una explicación. Él es Dios, y si Dios quiere darte un esposo, bendícelo. Si Dios quiere darte hijos, bendice al Señor y recibe a los hijos como un regalo de Dios. Si Dios quiere darte buena salud, si Dios quiere darte los recursos económicos suficientes para lo que crees que necesitas, bendice al Señor por eso.
Pero si Dios te niega o retiene algo que tú crees que es bueno, y piensas que si te lo diera, sería bueno, pero te lo niega por un tiempo o de forma permanente, tienes que llegar al punto en el que te inclines ante Su soberanía y estés dispuesta a conformarte con el misterio, y a decir: «No sé por qué. No entiendo por qué, pero viviré con el misterio porque sé que Dios sí sabe».
Esto se repite en el versículo 6, y creo que es para enfatizarlo: «…el Señor no le había dado hijos». Es Dios quien abre y cierra la matriz. Es Dios quien es soberano en estos asuntos de la vida, la muerte y el nacimiento, como veremos en este pasaje.
Todos estos asuntos pertenecen al Señor. Y a medida que continuemos con el relato, veremos que Ana finalmente se rindió a la soberanía de Dios, pero solo después de una lucha prolongada e intensa.
Puede que te resistas, pero tarde o temprano, si quieres tener una relación íntima con Dios, tendrás que llegar al punto en el que ondees la bandera blanca de rendición, que dejes de quejarte, exigir e insistir, y digas: «Dios, Tú eres Dios. Acepto Tu elección soberana, Tu decisión soberana en este asunto».
¿En qué momento de tu vida, Dios, en Su soberanía, ha ordenado algo diferente de lo que tú habrías elegido?
Déjame preguntarte esto: ¿puedes recordar situaciones pasadas en tu vida en las que deseabas algo con todas tus fuerzas y ahora le das gracias al Señor por no habértelo dado en ese momento? Ahora puedes ver lo que entonces no podías ver, que Dios te lo negaba por misericordia, por gracia y por amor hacia ti, que Dios tenía un plan. Dios tenía un propósito, y ahora lo ves claramente.
Dios nos permite ver algunas de esas cosas con el tiempo. Pero, ¿puedes confiar ahora, aunque no puedas ver que Dios tiene un plan y un propósito para el área en la que Su soberanía va en contra de tus anhelos insatisfechos? Dobla tus rodillas, inclina tu corazón y dile: «Señor, abrazo esto. Lo anhelo, pero entrego mis anhelos a Ti. Confío en Ti y sé que estás cumpliendo Tus propósitos, y confío en que lo harás».
Débora: Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha estado guiando a través del proceso de rendirnos a la voluntad de Dios. Ella regresará en un momento para orar.
Antes de este día, ¿habías pensado en lo mucho que significa entregar tus anhelos más profundos a Dios, renunciar a algo que deseas, sabiendo que Él te dará algo mejor? Lo sé, ¡es muy difícil confiar en Dios cuando no puedes ver lo que sucederá!
Por eso, Nancy ora regularmente para que Dios la ayude a caminar por fe y no por vista. Esta frase proviene de 2 Corintios 5, versículo 7. ¿Orarías tú también de esta manera por tu propia vida? «Señor, ayúdame a caminar por fe y no por vista».
En AvivaNuestrosCorazones.com, tenemos muchos recursos relacionados con la oración que creo que, sin duda, puedes aprovechar. Allí también, en la sección de «Contáctanos», hay un espacio en el que puedes enviarnos tu petición de oración.
Cuando te sientes abrumada por las presiones de la vida, ¿cómo respondes? Esa es una pregunta importante, y en el episodio de mañana, aquí en Aviva Nuestros Corazones, descubriremos por qué.
Aquí está Nancy para cerrar en oración.
Nancy: Padre, sé que las cosas que he dicho hoy entran en el terreno del misterio, y que hay muchas más preguntas sin respuesta que las que he respondido.
Y Señor, en medio de esto, queremos ser adoradoras fieles y seguidoras devotas de Jesucristo. Fieles adoradoras si nos provees; fieles adoradoras si nos das lo que queremos. Pero, oh Dios, queremos decirte que no solo te amamos por Tus dones, sino que Te amamos porque eres Dios. No queremos amarte a cambio de algo.
Te pedimos que nos des la gracia para pensar y responder de esa manera. En el nombre de Jesús, amén.
Débora: Trayéndote enseñanza práctica de la Palabra de Dios, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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