Podcast Aviva Nuestros Corazones

La envidia es tu enemigo

Annamarie Sauter: ¿Cómo está tu vida amorosa? Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, autora del libro, «Escoja perdonar», en la voz de Patricia de Saladín.

Nancy DeMoss de Wolgemuth: ¿Cómo tú respondes cuando tu pareja recibe toda la atención, el honor o los halagos, cuando tú sabes muy bien (porque vives con él), que realmente no los merece? ¿Sientes celos? ¿Te encuentras a ti misma queriendo corregir lo que se ha dicho, para que quede todo claro? Cuando estamos celosas muy a menudo criticamos a otros para de esta forma nosotras vernos mejor.

Annamarie: «El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante». Ayer comenzamos a estudiar la primera parte de este versículo. Es el número 4 del capítulo 13 de la primera carta a los Corintios. Hoy Nancy continúa  escudriñando la siguiente porción, como continuación de esta serie titulada, «¿Cómo está tu vida amorosa?». Aquí está Nancy,

Nancy: Estamos tomando un pequeño examen para evaluar el amor en nuestras vidas.  Y las Escrituras nos alientan a ponernos bajo el lente, bajo la lupa de la Palabra de Dios y ver si hay cualquier pequeño defecto en el diamante de nuestro amor hacia el Señor y hacia los demás.

Estamos estudiando este gran himno de amor, 1 Corintios, capítulo 13. Quiero animarte otra vez para que leas este pasaje todos los días al menos por 30 días y también que memorices los versículos del 4-7, justo en medio de este pasaje. Déjame leerte el pasaje de nuevo.

Yo creo que es muy importante escuchar estas características una y otra vez. Puedo decirte lo que me ha estado ocurriendo mientras he ido dejando que este pasaje escudriñe mi corazón. Dios ha estado descubriendo áreas de mi vida que estaban carentes de amor, y yo ni siquiera me había percatado o había visto. Me he puesto de acuerdo con Dios y le he dicho, «esto es correcto. Esa soy yo y necesito que Tú me cambies. Necesito que me llenes con Tu amor».

Primera a los Corintios 13 nos dice que si no tenemos este tipo de amor, no importa qué más hagamos, no importa cuánto sepamos o qué tan activas estemos en el servicio al Señor; nuestro servicio y nuestro conocimiento no valen de nada si nosotras no tenemos este tipo de amor.

¿Cuáles son las características del amor? El amor es sufrido, es benigno. Hemos visto estas dos características. Hemos visto que el amor es paciente; que el amor no se desquita, no toma venganza. No paga mal por mal y es bondadoso, obra amablemente, en espíritu y en palabras.

Déjame agregar un pequeño paréntesis aquí. Recuerdo haber escuchado a un joven esposo decirme no hace mucho tiempo esto: «Una de las cosas más grandes y que más está bendiciendo nuestro matrimonio es que mi esposa es de un espíritu bondadoso, y habla palabras de bondad». Puedo decirte que lo más probable esto no le sale a ella naturalmente, como tampoco a mí, pero el Espíritu de Dios es capaz de hacernos bondadosas. Ahora, el pasaje de 1 Corintios 13 continúa diciendo,

«Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo. El amor jamás dejará de existir» (13:4-8, DHH).

Ahora, con toda seguridad el amor humano deja de ser, pero el amor de Dios continúa y continúa, y no tiene fin. Es permanente, lo soporta todo.

Estamos viendo hoy la tercera característica del amor en esta prueba de amor. El amor no tiene envidia, el amor no es celoso. El amor no es envidioso de las posesiones de otros. De hecho, se alegra con aquellos que tienen recursos mayores, mayores posiciones, o mayores habilidades.

Yo creo que uno de los mandamientos más difíciles de obedecer en la Palabra de Dios, y uno de los que más relegamos, es el mandamiento de regocijarnos con los que se regocijan. Ahora, algunas de ustedes, mujeres, tienen corazones verdaderamente tiernos y no se necesita mucho para hacerlas llorar. Cuando una persona tiene un pesar o una necesidad, están allí mostrando misericordia y benignidad y llorando con aquellos que lloran. ¿Pero podríamos decir que nos regocijamos con los que se regocijan?

Tu vecino obtiene un carro nuevo y tú todavía estás conduciendo una chatarra que apenas corre. ¿Te alegras del hecho de que tu vecino tiene un buen carro nuevo? ¿O es más natural la tendencia de querer criticar y menospreciar a otros porque estamos celosas, porque nos estamos comparando?

El amor y los celos son mutuamente excluyentes. Si tenemos amor, no tenemos celos. No estaríamos celosas por lo que los demás tienen. 

Ahora, los celos se manifiestan de diversas formas. A veces es la actitud de querer lo que alguien más tiene. Tienen algo que yo no tengo, deseo poder obtenerlo, y entonces siento celos por ello. Pero a veces no es que queramos lo que ellos tienen, sino que deseamos que no lo tuvieran. De manera que, o quiero lo que otro tiene, o no quiero que el otro tenga lo que tiene. Por el contrario, el amor no es posesivo. Dios nos ha dado a todos bendiciones materiales, u otro tipo de bendiciones, tiempo, recursos de diferentes tipos. El verdadero amor no se aferra, o no se aferra celosamente a mis posesiones, sino que está dispuesto a compartir, a dar, a compartir con otros.

El verdadero amor, en lugar de sentir celos, tiene contentamiento por tener las necesidades básicas cubiertas; está satisfecho con tener las necesidades básicas de la vida, y satisfecho de tener, por supuesto, lo más importante que pudiéramos tener, y es una correcta relación con Dios. Si tengo una buena relación con Dios, si Jesucristo es mi Salvador y vive en mi vida, y si tengo una conciencia tranquila hacia Dios, ¿entonces, qué más necesito?

Pero somos tan cortas de vista. Deseamos y envidiamos y deseamos las cosas que otros tienen que son temporales, pero el verdadero amor se alegra de que los demás sean bendecidos con cosas que quizás nosotras no tenemos.

Hemos estado hablando en esta serie acerca de la iglesia de Corinto y como Pablo escribió este capítulo del amor para atender muchos de los problemas y las necesidades y los problemas que había en esa iglesia. Los corintios tenían muchos dones espirituales diferentes. Dios les había dado a ellos todos estos dones espirituales. De hecho, las Escrituras dicen que Dios da dones espirituales a cada creyente en Cristo. Si tú estás en Cristo, tú tienes un don espiritual. El problema era que los corintios estaban tomando sus dones espirituales y los estaban usando solo para impresionarse unos a otros. Y también estaban diciendo que ciertos dones eran más importantes que otros. 

Ahora bien, ellos elegían  los dones que más llamaban la atención, los dones más espectaculares, los que llamaban más la atención hacia ellos mismos. Algunos decían, «yo tengo este talento, ¿tú no?» Luego otros estaban celosos porque alguien más tenía un don que ellos no tenían y querían tenerlo.

Y Pablo les dice: ¿Cuál es la clave para tratar con este problema de celos, de comparación, de los conflictos que resultan de estos celos? La clave es vivir una vida de amor, la clave es vestirse de amor, aprender a amar a la manera de Dios. El amor no es envidioso. No es celoso. Cuando el amor ve a otra persona que es más popular, más exitosa, más hermosa, más talentosa que yo, entonces, si tengo un corazón de amor estaré contenta por esa persona, no estaré celosa o envidiosa.

Santiago, capítulo 3, habla acerca de lo destructivo que es el pecado de la envidia y de los celos. Santiago dice: «(Si alguien) es sabio y entendido… que muestre por su buena conducta sus obras en mansedumbre de sabiduría. Pero si tenéis (esto) celos amargos y (esto) ambición personal en vuestro corazón (por cierto, estas dos siempre van juntas, envidia y ambición egoísta, buscando más para mí misma), dice, «no seáis arrogantes y así mintáis contra la verdad. Esta sabiduría no es la que viene de lo alto (no es de Dios), sino que es terrenal, natural, diabólica» (vv. 13-15).

La traducción dice, «diabólica». Es diabólico tener este tipo de ambición egoísta y de envidia. La  envidia no es un simple problemita. La envidia es algo que viene de las profundidades del infierno. 

Entonces Santiago dice en el capítulo 3 versículo 16: «Porque donde hay celos y ambición personal, allí hay confusión y toda cosa mala.»

¿No es esta una descripción de lo que estaba pasando en la iglesia de Corinto? Había desorden. Había contención. Había confusión en los servicios de comunión. «Tenían confusión y toda cosa mala». En esa iglesia había un hombre que tenía una relación incestuosa con la mujer de su padre. Hablando de obras de maldad… ¡y la iglesia lo toleraba! ¿De dónde vino esto? Pablo dice en su carta a los Corintios, que eso viene de la falta de amor. «Ustedes envidian; hay celos entre ustedes».

Santiago continúa diciendo en este pasaje: «Pero la sabiduría de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, condescendiente, llena de misericordia y de buenos frutos, sin vacilación, ni hipocresía» (v. 17).

En su libro, «La música de sus promesas» (disponible en inglés), Elizabeth Elliot escribió algo maravilloso acerca de esta parte de la prueba del amor. Esto es lo que ella tiene que decir sobre esto:

«Si yo me imagino que amo a mi prójimo, déjame evaluar mi amor al preguntarme cuán contenta estoy de que él haya conseguido todo lo que yo fui incapaz de obtener; que él ha podido conseguir todo lo que yo siempre he deseado obtener; que él es amado por alguien o por muchos de alguna manera que a mi nunca me han amado».

Por cierto, déjame agregar unas palabras aquí. Aquellas de ustedes que son solteras, ¿se sienten celosas de sus amigas que se están casando? Ahora ellas tienen una pareja; tienen un esposo. Quizás tú eres una mujer que ya está casada, pero no has podido tener hijos. ¿Te sientes celosa de las que sí han podido tener hijos porque es una bendición que no te ha sido concedida a ti? Elizabeth continúa diciendo,

«¿Me regocijo porque mi prójimo tiene razones para regocijarse que me han sido negadas a mi? ¿Puedo honestamente alabar a Dios por Su bondad hacia mi prójimo? ¿Puedes alabarlo de corazón por Sus dones para mí? Si amo a mi prójimo como a mi misma, no debe haber ni la más mínima pizca de celos, porque estaré igual de contenta de que él tenga lo que yo siempre he deseado, igual que si lo hubiese obtenido yo» (p 139-140).

Entonces, mientras nos evaluamos, quiero hacerte las siguientes preguntas:

  • ¿Me regocijo con aquellos que se regocijan?
  • ¿Te alegras cuando otros reciben bendiciones y beneficios que tú no has recibido?
  • ¿Te alegras genuinamente cuando otra persona es ascendida en el trabajo o recibe un aumento o es reconocida, elogiada por sus esfuerzos y a ti no se te toma en cuenta?
  • ¿Cómo respondes cuando tu pareja recibe la atención y el honor o los halagos, que tú sabes, porque vives con él, que él realmente no merece?

¿Te da celos? ¿Has querido corregir algunas aseveraciones para dejarlo todo claro? Ves, cuando estamos celosas, muy a menudo, decimos comentarios críticos para menospreciar a otros para poder enaltecernos a nosotras mismas.

  • ¿Qué tal cuando los hijos de tus amigas son excelentes en los deportes, en la música, académicamente, en todo, y esa mamá se asegura de que todos lo sepan? ¿Puedes regocijarte de la bendición, de lo bien que le va a este niño?
  • ¿Qué tal cuando a algunos de nuestros parientes, hermanos, hermanas, les va muy bien y sus familias están prosperando, mientras la tuya está luchando para suplir las necesidades más básicas? ¿Te has sentido celosa, o te regocijas con los que se regocijan?

Padre, cuando Tú has sido tan bondadoso con nosotras, es verdaderamente un gran pecado contra Tu gracia el estar envidiando Tu bondad en las vidas de otras personas. Pienso en la parábola donde Jesús dijo a aquellos que escuchaban, «¿Estás celoso porque tu dueño, tu señor, ha hecho algo bueno a alguien más? ¿Te molesta eso?» Señor, te confesamos que muy a menudo, en nuestro egoísmo, estamos celosas, estamos envidiando a otros. Gracias que Tú has sido tan bondadoso con nosotras. Has suplido todas nuestras necesidades y podemos tener contentamiento. Llénanos con Tu amor para que verdaderamente nos regocijemos con aquellos que se regocijan. Oro en el nombre de Jesús, amén.

Annamarie: Amén. Hemos sido recordadas de que nuestro amor falla, pero el amor de Dios es permanente. Él es la Fuente del verdadero amor.

Ciertamente todas somos tentadas por los celos. Es increíble lo sutil que estos pueden ser. Es bueno que evaluemos nuestro amor y nos preguntemos: «¿Cómo está mi vida amorosa?». Así se titula esta serie, y hoy Nancy nos ha estado enseñando cómo los celos y el amor verdadero son mutuamente excluyentes. 

Si no pudiste copiar la evaluación que Nancy compartió con nosotras, te invito a imprimirla. Solo visítanos en AvivaNuestrosCorazones.com, allí encontrarás un artículo que lleva el mismo título de esta serie, «¿Cómo está tu vida amorosa?». Este es un inventario espiritual basado en el texto de la Escritura que estamos estudiando. Lo puedes descargar como PDF, imprimirlo y llenarlo en la medida en que escuchas esta serie.

Al momento de grabar estas enseñanzas, algunas mujeres estaban escuchando. Estaremos oyendo de una de ellas, Bobbie. Ella está aquí para compartir con nosotras su historia amorosa, y cómo la Palabra de Dios la animó en su camino.

Bobbie: Fui criada en un hogar adoptivo desde el tiempo en que cumplí tres años de edad. Mi madre y mi padre se divorciaron. Crecí en un ambiente donde nunca conocí el amor de manera personal. Me cuidaban. Tenían que cuidarme. El estado pagaba para que me vistieran y me alimentaran y todo lo demás.

Pero mi casa adoptiva consistía de una madre soltera a quien su esposo se le había muerto de cáncer. Ella me cuidaba porque necesitaba el dinero. Mi papá quien era muy, muy capaz de cuidarnos, no lo hizo. Él era un ingeniero mecánico y simplemente no lo hizo.

Había otras tres hermanas y a través del curso del tiempo, todas terminamos en la misma casa adoptiva. Mi papá tenía derecho para visitarnos por dos semanas, y mi madre estaba en una institución mental, entonces, por supuesto, nunca la conocí como mamá, nunca supe lo que era tener una madre que me amara, o un papá.

Durante mi último año en la escuela secundaria o preparatoria, un domingo por la noche o un miércoles por la noche, no puedo recordar exactamente, como de la nada vino un pastor a predicar el evangelio. El Espíritu Santo me trajo convicción de que yo estaba perdida. Era como si Dios me alcanzara desde los cielos, en medio de todo, y me hubiera halado hacia arriba. Viendo hacia atrás veo que fue realmente como un milagro. Simplemente Dios me mostró que estaba perdida.

¿Has visto esos pasillos que hay en las iglesias? Pues bien, caminé hacia el frente.  Había hecho la confirmación y todos esos ritos de la iglesia. La gente creía que yo iba a aconsejar a alguien y nadie me habló. Así que me fui a casa y solo me arrodillé delante de mi cama y le dije al Señor que necesitaba que me salvara. Desde ese momento en adelante Dios empezó a trabajar en mi vida.

Pero nada, el asunto es que nunca recibí amor. Nunca supe lo que era tener a alguien que viniera a mí y me abrazara y me dijera: «Te amo».  Entonces solo pensé, «lo que sea que venga a mi vida, no voy a permitir que nadie se interponga en mi camino y en lo que yo quiero hacer con mi vida». Como una bebé cristiana en ese tiempo, no entendía que lo que estaba haciendo era cerrándome a todo lo que pudiera lastimarme.

Una de esas cosas fue el hacerme vulnerable para el amor. Fui a una universidad cristiana y conocí a un hombre cristiano, y hoy me doy cuenta, al mirar atrás, que él fue la primera persona que me amó. Solo dije, Dios, este tiene que ser. Él me ama. Me voy a casar con alguien que me ama.

Bueno, eso sucedió en tiempos pasados, en la época donde no se hablaba de las cosas que habían ocurrido en tu pasado. Mi esposo creció en un hogar abusivo donde su madre y padre lo dejaron, lo abandonaron. Su madre lo había abusado, y él no sabía nada del amor. Él era cristiano, pero un bebé cristiano. Él acababa de ser salvo.  Entonces aquí estaba yo, buscando amor en una persona que tampoco sabía lo que era amor, y él estaba buscando amor en mí que tampoco lo conocía. Ahora, te aconsejan no hacer esto porque es un suicidio marital. Pero nosotros en ese tiempo, no sabíamos nada de esto. No tuvimos nada de consejería. No tuvimos a nadie que nos dijera: «No debes de hacer esto. Esto no va a funcionar».

Entonces los primeros años de nuestro matrimonio fueron muy, muy difíciles. Dios me trajo a un lugar donde me di cuenta que realmente todo lo que me importaba en esta vida era, «¿quién me va a amar?  Eso, era realmente lo que yo estaba haciendo.  Estaba esperando que mi esposo me amara para suplir toda la necesidad de amor que había tenido en los años anteriores. Dios me trajo al lugar donde me di cuenta que yo no sabía nada del amor. Ni siquiera sabía cómo amarlo a él.

Un día me puse de rodillas ante Dios, y en mi corazón le dije, «Señor, tú vas a tener que enseñarme como amar», porque sabía que lo que mi esposo necesitaba era el amor de Dios en su vida. Él no necesitaba una esposa que se aferrara a él buscando el tipo de amor que nunca tuvo.

Entonces el Señor me guió a las Escrituras y empecé a leer el Evangelio de Lucas. Solamente le pedía que me mostrara cómo el Señor Jesús ama. Busqué a través de los evangelios y empecé a tomar ejemplos de cómo Dios nos ama a través de Su hijo.  Empecé a tomar notas acerca de esto y empecé a orar a Dios que me ayudara a amar a mi esposo en la forma en que Él nos ama.

En ese tiempo yo también estaba trabajando con mucha gente. Es asombroso como tú puedes estar en posiciones de liderazgo y no ser una persona amorosa. Me di cuenta de que tampoco estaba amando al pueblo de Dios como debía hacerlo. Entonces todo esto comenzó a tener sentido y ha revolucionado mi vida. Me ha cambiado por completo. Ahora cuando veo las circunstancias y situaciones, pienso, «Dios, ¿cómo amas Tú a esta persona? ¿Qué harías Tú en una situación como esta? ¿Qué tipo de amor les mostrarías a ellos?»

Varias semanas atrás, aún no me había dado cuenta del impacto que esto había tenido en mi esposo; ambos trabajábamos juntos. Un domingo él se acercó al púlpito para decir que él había aprendido sobre el amor de Cristo a través de mi vida. Y yo pensé: «El Señor lo hizo».

Fue simplemente aplicar la Palabra de Dios a mi vida y decir, «Señor, ¿cómo puedo amar a otras personas en lugar de esperar que otras personas me amen a mí?»

Si ves al Señor Jesús, Él es el mayor ejemplo de amor que tenemos. Las personas a nuestro alrededor no nos amarán como esperamos. Ni siquiera tiene que ser un esposo. Puede ser un amigo o puede ser una madre o un padre. Nadie ama como lo hace el Señor Jesús, y cuando despertamos y nos damos cuenta, y comenzamos a beber del amor de Cristo por nosotros, nos alimentamos de Su amor y esto cambia las vidas de las personas a nuestro alrededor. Primero nos cambia a nosotras, y luego cambia a los demás.

Nancy: Bobbie ha regresado a lo que hemos estado diciendo una y otra y otra vez, mientras hemos venido escuchando historias acerca de cómo aprender a amar con el amor de Cristo, y es que no tenemos ese tipo de amor de manera natural en nosotras. No podemos amar separadas de Cristo, particularmente, si nunca hemos visto el amor de Cristo o hemos experimentado Su amor a través de otros seres humanos hacia nosotras. Quizás te des cuenta de que necesitas pedirle al Señor que te de este tipo de amor. Si te falta, pídele a Él que te lo dé, y luego empieza a amar por la fe. No esperes sentirlo. Empieza a amar con Su amor que está en ti, y a dejar que ese amor sobreabunde, y tú solo practícalo y actúa en amor.

Habla de manera bondadosa.

Comunícate aun cuando no sientas deseos de comunicarte.

Sirve cuando quieras ser servida.

Da cuando tú quieras recibir.

Niégate a ti misma, a tu carne, y di «Sí» a la cruz.

Te darás cuenta de que el amor siempre te llevará de regreso a la cruz. Jesús dijo, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame» (Luc. 9:23).

Para que cualquier matrimonio funcione, no importa cuál de los dos esté deseando que funcione, va a requerir que vayan a la cruz. Esa es la demostración más completa del amor de Dios. Se ve allí mismo en el Calvario.

Tú dices, «estoy dispuesta a morir a mis propios derechos, a morir a mis propias necesidades». La Palabra de Dios ha dicho que si somos Sus hijos y si necesitamos algo, que Él suplirá lo que necesitamos (ver Fil. 4:19). No puedo esperar que otras personas llenen mis necesidades.

Piensa en esa persona a quien es difícil  amar, esa persona que has estado esperando que te ame, y que no ha llenado tus expectativas. Primero que nada, déjalo ir. Y no me refiero a que lo mandes lejos de ti. Lo que quiero decir es que lo liberes de la prisión de tus expectativas.

En mi propia vida pienso en una persona que me ha sido muy difícil amar. Un punto de cambio para mí llegó cuando estuve dispuesta a liberar esa persona de la sala de juzgado, de la prisión de mi propia mente donde la estaba sometiendo a expectativas sobre cómo debía amarme. Entonces fui capaz de comenzar a ver maneras en las que yo había fallado al amar a esa persona. Hasta esa experiencia con esa persona, yo solo estaba consciente de cuando alguien había fallado en amarme, o cómo yo me había sentido si no habían llenado mis necesidades.

Fue entonces que Dios me llevó a un lugar, como lo hizo con Bobbie, de arrepentimiento, de reconocer, «yo soy la que no sabe cómo amar».  Yo era la que estaba pidiendo, demandando. Nunca había dado, y realmente yo herí el espíritu de esta persona a causa de mi egoísmo y de mi orgullo y de los muros que levanté, esperando que ella cruzara esas paredes y me amara. Cuando comencé a arrepentirme, a quebrantar ese egoísmo, Dios empezó a liberarme para amar con Su amor.

Ahora veo esa relación y veo que Dios ha hecho algo increíble en mí al darme amor. El amor es de Dios. Dios me ha dado amor por esa persona. Esa persona ha aprendido a comunicar amor de formas que yo nunca pensé que era capaz de dar y no era capaz de dar. Yo tampoco lo era. Ninguna de nosotras lo es. El amor es de Dios. Hay una sanidad que ocurre. Hay una libertad que se da en la relación. Es sobrenatural. No es fácil. La cruz no es fácil. A veces es doloroso, pero más allá de la cruz se abre paso a la libertad, a la vida.

Annamarie: Esta es Nancy DeMoss de Wolgemuth llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo.

Nos encontramos en el cuarto día de la serie, «¿Cómo está tu vida amorosa?». Lo que hemos escuchado hoy, tanto de Nancy como de Bobbie, nos deja ver que cualquiera puede aprender a crecer en amor.

Y si has sido ministrada por este programa, puedes compartirlo fácilmente con algunas de tus amigas a través de nuestra página web, AvivaNuestrosCorazones.com. Allí también puedes escuchar o leer la transcripción de este y de programas anteriores.

¿Cómo defines la palabra rudo o descortés? ¿Crees que esta palabra podría describir la forma en que servimos a otras personas? Usualmente escucho esa palabra para describir a un personal que no ofrece un buen servicio. Bueno, si estamos aprendiendo a amar como Cristo ama, tenemos que evaluar nuestro servicio. Eso será en nuestro próximo programa, aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Espero que compartas con amor genuino con hermanos en tu iglesia local en el día del Señor.

Procurando alcanzar el amor juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

Voz adicional: Bobbie, en la voz de Manuela González.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la serie de radio.

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