Podcast Aviva Nuestros Corazones

La transfiguración de Cristo

Leslie Basham: Nancy Leigh DeMoss te recuerda la esperanza de la resurrección.

Nancy Leigh DeMoss: Amigas, no pasen demasiado tiempo tratando de encontrar una manera de cambiar externamente la forma de sus cuerpos. Dios va a transformar nuestros cuerpos de humillación para que sean como Su cuerpo glorioso. ¡Uff! ¡Eso me gusta!

Leslie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss en la voz de Patricia de Saladín.

Los evangelios recuentan un incidente en una montaña. La ropa de Jesús comenzó a brillar, y Su gloria fue revelada. ¿Por qué fue ese momento tan significativo? Exploraremos esa pregunta continuando en la serie, El Cristo incomparable.

Nancy: A través de estas últimas sesiones, hemos estado mirando a la persona y la naturaleza de Cristo. Hemos estado viendo algunas enseñanzas doctrinales profundas aquí. Espero que todo esto esté haciendo a Cristo más real y más precioso para ti y que estés alcanzando un  mayor sentido de asombro de quién Él es y por qué vino a este mundo.  

Hoy estaremos viendo una increíble escena en la vida de Cristo—lo que frecuentemente llamamos la transfiguración de Jesús. Si estás siguiendo en tu Biblia, déjame pedirte que vayas al Evangelio de Mateo, al capítulo 16.

Ahora, el recuento de la transfiguración realmente ocurre en Mateo 17, pero quiero darte algo del trasfondo y del contexto que nos ayudará a ver el escenario para este recuento de la transfiguración de Cristo.

Al llegar al capítulo 16, vemos que la gente está confundida acerca de quién es Jesús, así que Jesús pregunta a Sus discípulos, “¿Quién dice la gente que soy yo?” y Le ofrecen varias respuestas, y entonces recuerdas la asombrosa confesión que hace Pedro:  Creo que “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. (v. 16). Pedro tiene razón. Él lo ha entendido. Claro, Jesús dice, “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. (ver v. 17) 

Déjame recordarte de todas las cosas que hemos estado hablando en esta serie acerca de la deidad de Cristo, de la humanidad de Cristo, de la doble naturaleza de Cristo, de la impecabilidad de Cristo; no hay manera de entender todo esto a menos que el Espíritu Santo te lo revele así como lo hizo con Pedro.

Pero entonces, todavía estamos en Mateo capítulo 16, Jesús les explica a Sus discípulos, ahora que ellos se dan cuenta de quien Él es, Él les explica lo que les espera. A la luz del hecho de que Él es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, ellos están diciendo “Tú eres Dios, tú eres el Mesías”. La descripción de Jesús de lo que está por suceder les golpea como un montón de ladrillos. El problema es que hemos leído esto tantas veces, que no sentimos el impacto de cómo ellos se sintieron la primera vez que escucharon esto.

Observa el versículo 21 de Mateo 16. Jesús dice, antes de que pueda haber exaltación, tiene que haber humillación. Él habla acerca de Su humillación en los versículos 21 hasta el versículo 26. Déjenme leer solo una porción de esto.

Desde ese momento Jesús comenzó a mostrar a Sus discípulos  que Él debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas [¿Sufrir? Sí, sufrir muchas cosas] de los ancianos y sumos sacerdotes, ser asesinado, [y esto fue todo lo que ellos oyeron; ellos no oyeron la parte que sigue] y en el tercer día resucitar.

Ellos se quedaron estancados en el sufrimiento y en la muerte, y están pensando, “¡¿Qué?!” Mira el versículo 22:

Y tomándole aparte, Pedro comenzó a reprenderle, diciendo: “¡No lo permita Dios, Señor! Eso nunca te acontecerá”. Pero volviéndose Él, dijo a Pedro: “¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres piedra de tropiezo; porque no estás pensando en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.” (vv. 22-23). 

Así  que, antes de que pueda haber exaltación, debe haber humillación—no solo para el Maestro, como acabamos de leer, sino también para Sus siervos. Mira el versículo 24:

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.” (vv. 24-25).

Así que, primero la humillación, después la vindicación—el regreso de Cristo en gloria y el juicio final. Mira el versículo 27:

“Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de Su Padre con Sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno según su conducta . En verdad os digo que hay algunos de los que están aquí que no probarán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su reino.” (vv. 27-28). 

Ahora, ese es el contexto, el trasfondo para la transfiguración de Jesús, el Monte de la Transfiguración acerca del cual leemos comenzando en Mateo capítulo 17, versículo 1.

“Seis días después [una semana después de toda esta conversación]  Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos; y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.” (vv. 1-2).

Ahora, vamos a caminar a través de este pasaje, y quiero que veamos varias cosas acerca de la transfiguración.

Antes que todo, la transfiguración señala a la gloria de Cristo.

Esta escena parece haber tenido lugar en la noche. Leemos en el relato de Lucas que los discípulos estaban cargados con sueño (9:32). Era de noche. Había oscuridad... Pero aquí está todo brillante y claro y blanco.

Ahora, entiende este cuadro. Esto no es como una luz brillando sobre Jesús. Ésta es la gloria de Dios desde dentro de Cristo brillando hacia fuera a través de su forma humana, Dios mismo dentro de un siervo. Recuerda, Él es el Dios/hombre. Aquí está lo divino brillando a través del velo humano—la gloria de Dios emanando desde adentro.

 El relato de Lucas dice que “su ropa se hizo blanca y resplandeciente” (9:29). Esa palabra resplandeciente, en algunas traducciones más antiguas es brillante. Es una palabra que significa “emitir destellos de luz”. Es como destellos de relámpagos. Eso es lo que está pasando aquí. Así que tenemos esta luz centelleante y esta blancura resplandeciente.

Ahora, mientras reflexionas en este pasaje, trae a tu mente descripciones del Antiguo Testamento en donde la gloria y la presencia de Dios eran manifiestas. ¿Cómo lucía aquello? La manifestación de Dios en el Antiguo Testamento estaba frecuentemente acompañada por luz, fuego y resplandor.

Piensa acerca de cómo Dios se apareció primero a Moisés. ¿Cómo se le apareció? En un arbusto ardiendo en llamas.

Piensa en los Hijos de Israel en el desierto. ¿Cómo les guió Dios? Con una columna de fuego de noche y una brillante, resplandeciente nube de día.

Mientras reflexionaba en esto, tarde, ayer en la noche, mi mente fue hacia Ezequiel capítulo 1. No te pediré que vayas allí, pero hay una visión en Ezequiel de la gloria del Cristo preencarnado. Antes de que Cristo viniera a este mundo, ésta es la descripción. Escucha lo que dice:

“Y sobre el firmamento que estaba por encima de sus cabezas había algo semejante a un trono, de aspecto como de piedra de zafiro; y en lo que se asemejaba a un trono, sobre él, en lo más alto, había una figura con apariencia de hombre. Entonces vi en lo que parecían sus lomos y hacia arriba, algo como metal refulgente que lucía como fuego dentro de ella en derredor, y en lo que parecían sus lomos y hacia abajo vi algo como fuego, y había un resplandor a su alrededor.” Como el aspecto del arcoíris que aparece en las nubes en un día lluvioso, así era el aspecto del resplandor en derredor.

 Podrás darte cuenta del cuadro que se presenta aquí—realmente las palabras se quedan cortas. Había esta brillante,magnífica, esplendorosa visión del Cristo preencarnado. Y Ezequiel dice:  

“Tal era el aspecto de la semejanza de la gloria del SEÑOR. Cuando lo vi, caí rostro en tierra y oí una voz que hablaba.” (Ezequiel 1:28)

A Ezequiel se le dio esta visión, este atisbo de Cristo en Su gloria en el cielo, pero ahora Cristo ha venido a la Tierra. Él está caminando en Palestina. Él sube a esta montaña y lleva a tres de Sus discípulos más cercanos con Él. A ellos se les ha dado este visión de la plenitud de la gloria de Dios, un atisbo del Cristo encarnado en Su gloria.

Esta es una ocasión durante Su vida terrenal en la cual el velo es levantado, el velo de Su humanidad, y ellos ven un atisbo de la gloria que Él tenía antes de venir a esta tierra, y de la gloria que será de Cristo por toda la eternidad.

Juan capítulo 1 lo describe de esta manera: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.” (v. 14).

El hombre que escribió eso estaba ahí en el Monte de la Transfiguración. Ellos han visto Su gloria con sus propios ojos.

Otro de los hombres que fue testigo de esto escribió en 2da Pedro capítulo 1: … “Fuimos testigos oculares de su majestad…estábamos con Él en el monte santo.”(vv.16-18).

Un comentarista dijo algo acerca de esto que pensé que podía ser útil. Él dijo,

“Esencialmente, esto no fue un nuevo milagro, sino el cese temporal de uno que estaba en curso. El verdadero milagro era que Jesús pudiera abstenerse de manifestar Su gloria la mayor parte del tiempo.”

Así que aquí esta Jesús—Él es Dios—pero lo oculta; lo cubre con carne humana durante los 33 años que vivió y caminó en esta tierra excepto por este momento en el monte donde el velo se quita y tenemos la cesación temporal de este milagro que estaba en curso.

Así que la transfiguración señala a la gloria de Cristo. También señala a Su regreso en gloria. 

Jesús les dio a Sus discípulos un anticipo de lo que estaba por venir. Esta es la gloria que ellos habían estado esperando. Esta es la gloria que ellos habían esperado del Mesías. Esto es lo que ellos pensaban que Jesús vendría a la tierra para hacer. Jesús les había dicho que habría sufrimiento, que habría una cruz, que habría traición, que habría muerte…Pero luego de esto, el Hijo del Hombre regresaría a la gloria. Él ya les había dicho eso. Ahora Él les está dando un atisbo de lo que podían esperar después de la cruz.

Y luego esta transfiguración apunta de una manera poderosa a la cruz, a la pasión, a la muerte de Cristo. El versículo 3 nos dice, “Y he aquí, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él”—hablando con Jesús.

Ahora, pudieras preguntarte de qué estaban ellos hablando. Moisés, Elías y Jesús. Y podríamos hacer una serie completa acerca de esta escena, pero solo te daré la versión condensada y resumida hoy. Quiero enfocarme en el Cristo incomparable. ¿De qué estaban ellos hablando? 

El recuento de Lucas de este momento nos dice que ellos “hablaban de la partida de Jesús, que Él estaba a punto de cumplir en Jerusalén” (9:31). Ahora, Jesús les había dicho a Sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén. ¿Y qué pasaría allí? Él sufriría, y sería asesinado.  

Las Escrituras dicen ahora que en Su transfiguración, Jesús estaba hablando con Moisés y Elías acerca de Su partida que ocurriría en Jerusalén. ¿De qué estaban ellos hablando? De Su muerte.

Algunas de sus traducciones más antiguas, en lugar de la palabra “partida”, dicen que ellos estaban hablando acerca de su “fallecimiento”. Algunas veces hablamos de personas que han muerto como que han partido; se han ido.

La palabra griega traducida como “deceso” es la palabra éxodo— “partir”. Piensa en esto. 1400 años antes, cuando los Hijos de Israel estaban en esclavitud, en servidumbre de los crueles capataces egipcios, Dios había levantado un libertador. ¿Cuál fue su nombre? Moisés—para guiar a los hijos de Israel fuera de la esclavitud. ¿Cómo se le llamó a eso? El Éxodo.

Ahora, aquí está Moisés, el libertador, el que presidió el éxodo, humanamente hablando, hablando con Jesús acerca de Su próximo éxodo—la muerte de Cristo—a través de la cual Dios traería liberación a gente que toda su vida había sido esclava, en servidumbre del pecado. Tú ves, el éxodo del Antiguo Testamento, solo apuntaba al éxodo del Nuevo Testamento. La muerte de Cristo, Su partida hizo posible para nosotras el ser libertadas de nuestra esclavitud del pecado.

Tú ves aquí la centralidad de la cruz en la historia de Dios. Acerca de eso era que ellos estaban hablando—de la muerte de Cristo, la cual probaría ser nuestro éxodo, nuestro rescate del pecado. Esa cruz es el punto crucial en toda la historia humana.

Mira el versículo 4:

“Entonces Pedro, tomando la palabra, dijo a Jesús: ‘Señor, bueno es estarnos aquí; si quieres, haré aquí tres enramadas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.’ El versículo 5 nos dice que: Mientras estaba aún hablando, he aquí, una nube luminosa los cubrió; y una voz salió de la nube, diciendo: ‘Este es mi Hijo amado en quien me he complacido; a Él oíd.” (Mateo 17:4-5) Oímos esta misma declaración en el bautismo de Cristo.

Pero mientras Pedro aún estaba hablando, es como si Dios le hubiera dicho “¡Cállate!”  y no quiero decir esto de una forma irreverente. Fue como, “¡Dejen de hablar! Escuchen a Jesús. Escúchenle a Él, este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

Ahora, sabemos que no solo estaba Dios complacido en Su Hijo, el Hijo de Dios sin pecado y sin mancha, sino que yo pienso que Él  también está diciendo que estaba bien complacido con el sacrificio que Jesús se estaba alistando para hacer—el sacrificio de Su propia vida por los pecados de la humanidad.  

Dios estaba diciendo, “Estoy complacido con este sacrificio. Es aceptable para Mí. Aceptaré el sacrificio de Tu vida en lugar de cada humano pecador que hayas redimido de este planeta. Jesús, lo que Tú vas a hacer al dar Tu vida es suficiente. Me satisfará. Satisfará Mi ira justa contra el pecado. Estoy complacido. Yo acepto este sacrificio”.

A menudo lees en el Antiguo Testamento acerca de sacrificios que eran de olor fragante, aceptables para Dios. Ellos apuntaban hacia  Jesús. Y Dios dice, “Estoy complacido con Mi Hijo. Estoy complacido con Su sacrificio”.

“Cuando los discípulos oyeron esto, cayeron sobre sus rostros y tuvieron gran temor [sin duda]. Entonces se les acercó Jesús [Me encanta esto…Él se acercó], y tocándolos, dijo: ‘Levantaos y no temáis’.”  (vv. 6-7). 

¿Ves la misericordia y la bondad de Cristo? Ellos no fueron consumidos por la santidad y la gloria de Dios. ¿Por qué? Ellos eran pecadores. Pero en anticipación del sacrificio que Jesús iba a hacer por su pecado, Jesús los tocó y les dijo “Levantaos y no temáis”.

Si no fuera por Jesús, tú y yo tendríamos que temblar con temor de un Dios justo y santo, todos los días de nuestras vidas y por toda la eternidad. Pero podemos levantarnos y no tener temor porque Cristo ha hecho ese sacrificio.

Y cuando ellos levantaron sus ojos, no vieron a nadie sino solo a Jesús. Y cuando bajaron la montaña, Jesús les mandó diciendo, “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos”.  (vv. 8-9).

Así que vemos en esta escena la sumisión y el sacrificio de Cristo, un asomo de lo que Él dejó a un lado para venir a la tierra. Cuando vemos Su gloria, vemos lo que le costó vestirse de humanidad. Me choca que en ese momento, con el velo de humanidad quitado lo suficiente para que nosotros viéramos la gloria que todo el tiempo había estado ahí, Jesús pudo haber optado simplemente por regresar al cielo en ese momento. Pero en vez de eso (¿no te llena esto de agradecimiento?), Él escogió volver y bajar de la montaña, a tratar con la necesidad humana, con fuerzas demoníacas, con el pecado, la muerte, la enfermedad, y la cruz.

Todo esto señala no solo a la gloria de Cristo, sino también a la cruz de Cristo…pero hay más. La transfiguración señala hacia nuestra transformación a la semejanza de Cristo. ¿Cómo así?

Las Escrituras dicen que Él fue “transfigurado” enfrente de ellos.  Esa no es una palabra que usamos en el lenguaje diario. El lenguaje original, el griego aquí, la transliteración de esa palabra es que Él tuvo una metamorfosis. Una metamorfosis tuvo lugar. Es una palabra que significa que Él cambió totalmente su apariencia. Ellos podían reconocerle aún como Jesús, pero Él se veía totalmente diferente. La gloria era tan grande. La implicación es que la gloria de Dios en nosotros es lo que nos cambiará y nos hará diferentes.

Esta es una palabra que es usada sólo en este relato—de la Transfiguración—y en otros dos lugares en el Nuevo Testamento. Uno es Romanos capítulo 12 que dice, “Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos, (transfigurados, cambiados) mediante la renovación de vuestra mente” (v. 2). Vuélvete una persona nueva, totalmente diferente. No dejes que el mundo te presione en su molde, sino conviértete en una nueva persona, transfigurada; pasa por una metamorfosis.

El segundo uso es en 2da a los Corintios capítulo 3, el versículo 18. Dice,

“Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, [como hicieron los discípulos en ese día] estamos siendo transformados [he aquí la palabra—transfigurado, metamorfosis, cambiado—tanto internamente como externamente—estamos siendo transformados] en la misma imagen de gloria en gloria”.

¡Wao! ¡Qué proceso! Mientras contemplamos al Cristo transfigurado, mientras contemplamos Su gloria, estamos siendo transfiguradas conforme a Su semejanza, transformadas. Esa transformación es un proceso invisible que toma lugar en las vidas de los creyentes durante sus vidas aquí en la tierra. Y nos está preparando para la eternidad en el cielo, donde esa plenitud de nuestra humanidad, redimida, será restaurada, sin pecado. Seremos libres de esa naturaleza pecaminosa, y seremos conformadas a la imagen de Cristo. ¡Wao!

Y una cosa más…espera, ¡hay más! No solo la transfiguración nos señala a nuestra transformación a Su semejanza, sino que también apunta a nuestra gloria futura y a la transformación final de nuestros cuerpos físicos.

Moisés y Elías, quienes habían muerto (o transportados, en el caso de Elías) cientos de años antes, aún existían. Esto era una declaración poderosa para muchos de los judíos en los días de Jesús quienes no creían en la vida después de la muerte. Ellos aún estaban vivos. Esto habla de la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo.

Pero entonces miras el glorioso cuerpo resucitado de Cristo que vemos solo por un momento allí en el Monte de la Transfiguración—ropas radiantes, rostro radiante. Es un cuadro de lo que Dios tiene preparado para nosotros por lo que ha logrado para nosotros a través de Su éxodo. Así leemos en Filipenses capítulo 3:

“Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transformará [es una palabra un poco diferente pero similar. Él transformará . Es una palabra que significa “cambiar la forma externa de”] él transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación [¿no se gozan ustedes con esto?] en conformidad al cuerpo de su gloria” (vv. 20-21).

Amigas, no pasen demasiado tiempo tratando de buscar una manera de cambiar la forma de sus cuerpos externamente.  Porque por un lado, mientras más viejas nos ponemos, más imposible resulta esto, y por otro lado, Dios va a transformar nuestros cuerpos de humillación  para que sean como Su cuerpo glorioso. ¡Uff! ¡Me gusta eso!

Al final de los  tiempos, esa transformación externa y física de nuestros cuerpos tomará lugar. Pero mantén en mente que una transformación, una transfiguración, una metamorfosis se está llevando a cabo  ahora mismo dentro de nosotras, un cambio interno, no solo de apariencia sino también de esencia. Quienes somos está siendo cambiado conforme a Su semejanza mientras contemplamos la gloria de Dios.   Me gusta eso.

Leslie: Nancy Leigh DeMoss te ha estado mostrando por qué la transfiguración de Jesús importa tanto para ti y para mí. Pienso que ese mensaje va a darle esperanza a muchas mujeres hoy.

Cuando las mujeres son confrontadas con la Palabra de Dios, hace una diferencia inmensa en sus casas, en sus emociones, y en sus relaciones. Nancy nos da aquí un ejemplo.

Nancy: Aviva Nuestros Corazones tiene la meta de trata de conectar a las mujeres con la Palabra de Dios.

No hace mucho, una oyente escribió desde Minnesota para contarnos que eso es lo que ha pasado en su vida. Ella dijo, “Yo crecí en la iglesia pero no en la Palabra. Yo solo estaba escuchando pero nunca buscando la Palabra de Dios por mí misma”.

Pero Dios ha usado el ministerio de Aviva Nuestros Corazones para conectar a esta mujer con Su Palabra. Ahora ella está escudriñando las Escrituras por sí misma. Ella escribió, “Gracias  por su programa de radio. Ha sido una bendición en mi vida”.

Ese tipo de conexiones se dan por un trabajo en equipo. Aquellos que apoyan nuestro ministerio financieramente juegan un papel clave en ayudarnos a hablar a oyentes como ella. Así que si aprecias lo que Dios está haciendo a través de Aviva Nuestros Corazones, ¿considerarías ofrendar cualquier monto para hacer posible este ministerio?

Puedes hacer tu donación en línea en AvivaNuestrosCorazones.com, o llamarnos al 1-800-569-5959. Cuando llames déjanos saber que estás donando para el alcance hispano del ministerio, y asegúrate de dejarnos saber cómo llegaste a conocer ANC.

Leslie: ¿Alguna vez has oído personas referirse a Jesús como un profeta? Cuando comprendas un poco la forma de pensar de la gente en el tiempo de Jesús, entenderás porqué Su rol como profeta era un tema tan importante. Nancy hablará de esto mañana en Aviva Nuestros Corazones.

 

Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

Únete a la discusión