Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Annamarie Sauter: Cuando estás lidiando con pecado en tu vida, te preguntas, «¿qué tan cerca puedo estar del límite?»

Nancy DeMoss Wolgemuth: ¿Por qué somos tan propensos a defender las opciones que nos llevan al mismo borde del pecado? ¿Por qué somos tan renuentes a tomar opciones radicales para proteger nuestros corazones y nuestras mentes del pecado?

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

La lectura de hoy de la Biblia es 1 Crónicas capítulos 8 al 10.

Constantemente enfrentamos tentaciones—hoy mismo puedes ser tentada de diferentes maneras. Y no siempre podemos evitarlas pero sí podemos poner cercas de seguridad que nos ayuden a decir «no». Hoy Nancy nos dará algunos consejos para evitar la destrucción que el pecado trae a nuestras vidas. Este programa es parte de la semana seis del estudio titulado, «En busca de Dios».

Nancy: Hemos estado hablando acerca del proceso de la santificación y cómo la mortificación es una parte importante en el proceso –dando muerte a nuestros deseos y apetitos carnales y pecaminosos.

La mortificación involucra más que deshacerse de cosas que son inherentemente pecaminosas. La mortificación también sugiere la disposición de eliminar influencias en nuestras vidas que quizás no son pecaminosas en sí mismas, pero que pueden provocar o alimentar deseos, pensamientos, y comportamientos impíos y por lo tanto llevarnos al pecado.

Implica cortar todos los medios posibles al pecado. La ilustración práctica que me llega a la mente es la siguiente: Si estoy en una dieta, no quiero abastecer mi casa o mi cocina con chocolates, papitas y cosas que me van a tentar a abandonar mi dieta.

Puedo decir, «voy a comprar esas cosas y solo las voy a tener ahí para verlas». Bueno, si las pongo ahí para verlas, voy a ser tentada a comerlas cuando no debo.

El apóstol Pablo lo pone de esta manera en Romanos 13:14: «Vestíos del Señor Jesucristo, y no penséis en proveer para las lujurias de la carne». Quiero enfocarme en esa pequeña frase, «proveer para las lujurias de la carne».

Déjame detenerme aquí para hacer frente a algo que creo que es un gran problema entre los creyentes hoy en día. No me sorprende ver muchos a cristianos profesantes luchar con la lujuria y con el pecado sexual –esto no es solo un problema para los hombres.

Hoy en día esto también es un problema para las mujeres –caen en relaciones inmorales. No me sorprende ver que esto suceda tan frecuentemente, especialmente cuando me entero de cuáles son sus opciones de entretenimiento, por ejemplo; los libros y las revistas populares que leen, la música que escuchan, las películas que ven. Quiero decirles a ustedes mujeres, si pasan tiempo leyendo la mayoría de las novelas románticas o la mayoría de las revistas populares, se están preparando para la tentación moral –y aún para el fracaso.

Estará luchando moralmente cualquiera que invite la cultura secular y sensual por medio de películas y otras formas de entretenimiento que presentan insinuaciones sexuales, escenas sugestivamente inmorales, y mujeres vestidas provocativamente, estará luchando moralmente.

Puedes contar con eso. Acuérdate que esta verdad no es solo para ti, sino también para tus hijos. Una mujer me dijo antes de esta sesión, «esto es duro porque todos los amigos de nuestros hijos están haciendo estas cosas, y ellos dicen, “somos tan raros”».

Yo le dije, «tus hijos se levantarán y te llamarán bienaventurada» (Prov. 31:28, parafraseado). Tienes que hacerlo en un tiempo oportuno con gracia y amor, ternura, sabiduría y discernimiento, pero es importante que tú protejas no solo tu corazón sino el de tus hijos también.

Voy a ser bien franca. No tengo duda que puedo ser atraída a cometer adulterio emocional, y aún hasta físico, a menos que yo continuamente proteja mi corazón –y a ti también te puede suceder.

No soy –ni seré– tan espiritual como para ser inmune al pecado sexual o a cualquier otro tipo de pecado. Por eso, como parte de mi plan de batalla, he resuelto no exponerme a entretenimiento o a cualquier otra cosa que proyecte la inmoralidad como algo favorable o que pueda atraerme hacia deseos pecaminosos.

Tú dirás, «has de ser muy espiritual, que esas cosas no te gustan». ¡NO! El hecho es que temo que puedan gustarme, y por eso es que no lo quiero en mi casa. No lo quiero en mi mente porque siento que soy débil. Soy vulnerable. Mi corazón puede ser atraído a esas cosas. Por eso determiné, por la gracia de Dios, no meterme en situaciones donde puedo ser tentada a pecar moralmente –sea emocional, mental, o físicamente.

Algunas de ustedes me han escuchado decir esto antes, pero cada vez que lo digo en Aviva Nuestros Corazones, la gente regresa y me da las gracias, así que lo voy a decir otra vez. Por eso es que para mí, lo que esto significa –y no estoy diciendo que eso sea lo que implique para ti– para mí, significa no reunirme a solas con hombres casados detrás de puertas cerradas.

Me imagino que si nunca estás a solas con una persona casada del sexo opuesto (a menos que sea tu esposo), nunca tendrás una aventura. Dirás, «eso suena y parece extremo». Escúchame, el resto del mundo no está preocupado por ser santo –pero yo sí.

Eso me importa mucho a mí. De paso, déjame decirte que tu matrimonio me importa a mí también, y esa es una de las razones por las que no voy a estar a solas en un cuarto con tu esposo –no porque no confié en él. Yo no confío en mí misma; no confío en él; no confío en el diablo; no confío en mi carne. No quiero hacer provisión para mi carne –eso prácticamente quiere decir que no viajo ni como a solas nunca con hombres casados.

Significa que no tengo intercambios de tipo social a través de correos electrónicos con hombres, a no ser que sus esposas sean parte del proceso y se les esté copiando en el correo. Significa que si tengo una relación de trabajo con hombres casados, a medida que se desarrolla una amistad, yo involucro la presencia y la participación de las esposas.

Eso es una protección. No es extremo. Eso es inteligente. Es no hacer provisión para mi carne. Esas barandillas no son carga para mí. Han sido de protección. ¡Han sido de bendición! Me han salvado de muchas tentaciones que de otro modo fácilmente pudieron haber atraído mi corazón y desviarme de mi amor por Cristo. En el mundo de hoy esas medidas probablemente parezcan poco realistas –probablemente parezcan excesivas– aun para muchos cristianos.

Pero tú y yo no somos el resto del mundo. Somos santas, y por eso es que tenemos que ser serias en mortificar, darle muerte a nuestra carne pecaminosa, cualquier cosa y todo lo que alimente nuestra carne. Yo sé que cuando hablamos de eso es probable que la palabra legalista surja, pero yo quiero saber, ¿por qué somos tan propensos a defender las opciones que nos llevan justo al borde del pecado?

¿Por qué somos tan renuentes a tomar opciones radicales para proteger nuestros corazones y nuestras mentes del pecado? En el Sermón del Monte, Jesús les dijo a sus oidores que fueran implacables en cortar todas las vías y la seducción al pecado. Jesús dijo: «Y si tu mano derecha te es ocasión de pecar, córtala y échala de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo vaya al infierno» (Mat. 5:30).

Algunas de las áreas en las que tienes que practicar la mortificación –áreas donde necesitas ser cuidadosa de no hacer provisión para tu carne– pueden ser distintas para ti y para mí. Por ejemplo, el comer de más –el término bíblico es glotonería– ha sido un pecado que me ha acosado toda la vida. Continuamente tengo que mortificar mi carne en relación a mi apetito por la comida.

No es malo comer, pero sí es malo comer de más. Es un área donde continuamente tengo que estar consciente de mortificar mi carne. Si no puedes controlar tus hábitos de comer, haz lo que yo he hecho. Pídele a una amiga o a un miembro de tu familia que te ayude a ser responsable de lo que comes y cuándo comes, o niega a tu carne ayunando periódicamente.

La embriaguez no es una tentación con la que yo batallo, pero si esa es un área donde tú eres vulnerable –y estoy encontrando que hoy muchos cristianos son vulnerables en esta área, (más de lo que te imaginas)… mortifica esos deseos al mantenerte lejos de los bares. Prohíbete a ti misma juntarte con gente que toma alcohol. Corta toda oportunidad y ocasión para abusar de la bebida. Proponte en tu corazón el mantenerte lejos de eso. No creas que puedes controlarte tomándote un solo trago.

Si los juegos de computadora constantemente están llamando tu nombre y consumiendo tu tiempo –como encontré por unos periodos de tiempo en mi vida cuando esto comenzó a pasar, causando que perdiera hambre y sed de justicia, haz lo que yo hice. Pídele a una amiga piadosa que te mantenga responsable de cuánto tiempo pasas jugando algunos de esos juegos. O quizás los tendrás que abandonar del todo, si quieres avivar tu amor, tu hambre y tu deseo por Dios.

Si estás siendo atraída, como muchas, muchas, muchas mujeres cristianas a entrar en relaciones no saludables en el internet, establece parámetros para el uso de tu computadora que te dificulten el continuar pecando. Pon tu computadora en la sala de estar donde todos puedan ver la pantalla. Tú dirás, «¡no, entonces verán lo que estoy haciendo!» ¡Ese es el punto! Establece restricciones contra el uso de tu computadora cuando estás sola o muy tarde en la noche.

Yo no veo la televisión cuando estoy sola porque sé que tengo que mortificar mi carne en esa área. Si necesitas hacerlo con tu computadora, ¡entonces hazlo! Si es necesario, desházte de tu servicio de internet o del satélite o del servicio de cable. Haz lo que tengas que hacer para mortificar los apetitos pecaminosos y los deseos de tu carne.

Si las películas románticas te hacen sentir descontenta con tu soltería o insatisfecha con tu compañero o estimulan fantasías sexuales en tu mente, ¡no las veas! No trates de manejarlo. No las veas. Si ciertas revistas o libros siembran pensamientos y deseos o imágenes corrompidas en tu mente, retira tu suscripción. Tira los libros.

Si te sientes tentada a tener intimidad física con la persona que estás saliendo, no salgas en citas a solas. Si necesitas, lleva a tu hermana o a tu amiga o lleva a tu mamá contigo. Si ya has violado las normas bíblicas y la pureza en esa relación, entonces probablemente necesitas romper esa relación completamente.

Tú dirás, «eso es duro». Tienes razón. Sí lo es. La pregunta es: ¿Qué tan seriamente deseas ser pura? Si la santidad te importa, estarás dispuesta a hacer lo que tengas que hacer para proteger tu corazón y protegerte a ti y a otros, de pecar contra Dios.

Si estás siendo atraída emocionalmente a un compañero de trabajo casado o a un miembro de tu iglesia del sexo opuesto o a un consejero que estás viendo –sí, eso puede suceder– sal de esa situación. Solicita una transferencia. Renuncia a tu trabajo. Si necesitas hacerlo, cambia de iglesia. Cancela tu próxima cita con ese consejero. Encuentra a un consejero bíblico del mismo sexo que tú, o a una pareja casada para que te aconsejen juntos.

No hagas provisión para tu carne. Una mujer escribió a nuestro ministerio y compartió que por su deseo de ser santa, tuvo que cambiar de pediatra porque se encontró siendo atraída al doctor de sus hijos y esperaba deseosamente la próxima cita de sus hijos para poder estar con él. Así que ella mortificó su carne. Ella dijo, «no voy a hacer provisión para mi carne».

Estoy hablando de ser determinada e intencional en esta batalla contra el pecado y el retirarte de cualquier cosa que pueda inducirte a pecar o que alimente tu apetito por el pecado o provea una oportunidad, o una ocasión para que tú peques. Estoy hablando de desechar cualquier cosa que adormezca tu sensibilidad espiritual, tu santidad o tu amor por Cristo. Damas, hablo de esto muy en serio, y tú también lo debes tomar muy en serio.

¿Qué otra cosa piensas que Jesús quiso decir cuando Él dijo, «si tu mano derecha te es ocasión de pecar, córtala y échala de ti», si no estaba hablando acerca de tomar medidas extremas cuando sean necesarias para evitar el pecado?

Al principio todo este proceso de mortificación puede parecer muy difícil y muy desagradable. A veces disfrutamos mucho de nuestro pecado como para dejarlo ir. Pensamos que nos sentiríamos miserables si lo dejamos. La verdad es que los deseos de la carne y los actos a los que nos aferramos nos impiden disfrutar la vida para la cual fuimos creadas. A la larga, esas cosas nos pondrán en esclavitud y miseria.

Así que déjame preguntarte, ¿hay algunas maneras en las que estás haciendo provisión para tu carne? ¿Estás involucrada en apetitos o prácticas que puedan aumentar tu apetito por el pecado? ¿Hay alguna fuente de tentación a la que estas aferrada? ¿Estás actualmente en una situación que pueda disminuir tu resistencia al pecado? ¿Hay algo que esté opacando tu sensibilidad espiritual o disminuyendo tu amor por Dios y tu deseo por santidad?

Estoy hablando acerca de opciones de entretenimiento, material de lectura, pasatiempos, lugares a donde vas, amistades con las que te juntas, artículos en tu casa, posesiones, relaciones. ¿Hay algún cambio que necesites hacer para no hacer provisión para tu carne? ¿Existe una relación que necesites romper? ¿Hay algo que necesites tirar o regalar? ¿Hay una decisión difícil que necesites hacer?

«Pues los que son de Cristo», dice Gálatas 5, «han crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (v. 24). Por eso Pablo dice en 2 Corintios 7:1: «Por tanto, amados, teniendo estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad y el temor a Dios». 

Una familia que conozco estaba tratando de vender su casa y la tuvo en venta por más de un año. Esta es una familia que tiene una vida muy ocupada y activa. En ese tiempo tenían 6 hijos viviendo en casa -de diferentes edades- y algunos estaban involucrados en grupos de actividades juveniles y todo tipo de ocupaciones. A veces pasaban semanas sin que alguien quisiera ver la casa. Pero un día, de repente, el vendedor los llamaba y les decía, «¿puedo enseñar tu casa en treinta minutos?»

Te puedes imaginar la carrera loca que seguía, mientras la mamá trataba de poner la casa presentable en esos momentos frenéticos de crisis, se hizo experta en transformar su casa, desde un poco de desorden normal a una casa lista para mostrarla en un tiempo récord. Mientras me explicaba, se reía contándome lo creativa que se hizo. Aprendió a esconder ropa sucia y platos sucios y otros artículos del hogar que estaban fuera de lugar, en lugares donde los potenciales compradores con poca probabilidad verían.

Ella dijo, «¡ellos no verán ahí atrás del vehículo familiar en el garaje!» Ella ponía los platos sucios del fregadero en la parte trasera del vehículo. Para la hora en que el vendedor llegaba con los posibles compradores, la familia no se veía por ningún lado. La casa estaba en excelente forma. Por lo menos, así parecía. La esperanza radicaba en que nadie se fijara detenidamente...

¿Cómo te sentirías si el timbre de tu puerta sonara mañana a las 8 de la mañana, y fueras a la puerta para descubrir que tienes una visita sorpresa de tus familiares distantes, a quienes no has visto en 15 años y están planeando quedarse una semana, y ahora están ansiosos de hacer un recorrido por tu casa? ¿Tendrías que apresurarte para evitar pasar vergüenza? Yo te puedo decir que si tú vinieras a mi casa hoy, ¡yo tendría que apresurarme!

No tendí mi cama esta mañana. Dejé libros y papeles relacionados con esta serie de radio por todos lados, y pienso que no me gustaría que me llegara visita hoy sin aviso.

Probablemente hay algunos armarios y cajones que no quisieras abrir a menos que recién hayas terminado con tu limpieza general anual. Es más probable que estés esperando que tus invitados no vean muy de cerca y vean polvo por todos lados, y el sol entrar por ventanas manchadas o ver telarañas en las esquinas.

Ya sea que tener tu casa lista para una visita sorpresa sea de alta prioridad para ti o no, como cristianos, somos llamados a mantener una vida que pueda ser recorrida por los de afuera en cualquier momento sin que nosotros seamos avergonzados. Un compromiso con la santidad implica tener una vida que esté lista para recibir visita –una vida abierta para ser inspeccionada y que pueda estar preparada para ser escudriñada– no solo en las cosas obvias, pero también en los lugares más recónditos donde la mayoría de la gente no pensaría mirar.

La mayoría de los cristianos han aprendido cómo hacer una «limpieza rápida» en sus vidas cuando otras personas vienen a echar un vistazo. Vamos a la iglesia. Sabemos cómo hacer que nuestra familia y aun nosotros mismos nos veamos bien cuando tenemos que estar en exhibición pública. Hemos aprendido cómo mantener una buena apariencia y vernos bien por fuera. Sabemos cómo actuar y parecer limpios cuando queremos dejar una buena impresión en alguien.

Pero aquí está el verdadero examen. ¿Qué descubrirían otras personas si echaran un vistazo más de cerca a nuestras vidas? ¿Qué encontrarían si comenzaran a abrir los armarios y los cajones de nuestras vidas?

Gálatas capítulo 5, contiene una de varias listas de pecados en el Nuevo Testamento –de pecados de la carne y pecados del espíritu. Es interesante cómo en estas listas halladas en la Escritura encontramos pecados externos junto con pecados del corazón –todos en la misma lista.

Escucha, por ejemplo, Gálatas 5:19: «Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería (y ahí mismo en esa misma lista) enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias (y luego regresa a) borracheras, orgías y cosas semejantes» (vv. 19-21a).

En esa lista Dios no hace ninguna distinción. Él las ve iguales. Algunos de esos pecados son muy obvios. Si estás teniendo ataques de ira, o viviendo un estilo de vida obviamente inmoral o adúltero, eso es muy obvio. Pero Dios dice que en la misma categoría de las obras de la carne también está el enojo, la envidia, un espíritu divisivo –cosas que son relacionadas más con pensamientos y motivaciones. Dios los pone en la misma categoría de estos pecados externos, con los que todas estaríamos de acuerdo que son terribles.

¿Y qué si tú nunca has cometido adulterio físico pero entretienes pensamientos lujuriosos acerca del cónyuge de otra persona o fantasías sexuales? Ahora bien, hay un sentido en el que cometer el acto tiene consecuencias más serias que el tener pensamientos, pero no podemos enorgullecernos de ser santos solo porque no hemos cometido el acto en sí, si en nuestros corazones sí lo estamos cometiendo.

¿Y qué si tú nunca has cometido actos físicos de violencia pero albergas odio contra aquellos que te han dañado? Mentalmente los asesinas. Te distancias emocionalmente.

¿Y qué si nunca considerarías emborracharte, nunca lo has hecho, nunca lo harías, pero te pones fuera de control cuando se trata de la comida o de ir de compras o cualquier otra adicción que «le es lícita a los cristianos»?

El asunto es el corazón. Quizás impartes clases escolares en casa a tus hijos. No los dejas ver basura en la televisión. Estás siempre metida en tu iglesia cuando las puertas están abiertas. Haces las cosas correctas. Te consideras una persona espiritual. Eres una líder cristiana. Eres considerada una buena cristiana. La gente te respeta. Eres autosuficiente. Pero tu corazón está lleno de orgullo, celos, ira y autojusticia.

¿Acaso no te puedes llevar bien con alguien en tu iglesia porque han surgido entre ustedes unos asuntillos no resueltos? ¿Comparaciones pecaminosas? ¿Ves cómo justificamos todos estos pecados «aceptables» –estas cosas que nos llenan como cristianos– y que pasan en nuestras iglesias? A menudo ni pensamos dos veces acerca de ellos; realmente no pensamos de ellos como pecados.

Jesús dijo: «Esto verdaderamente importa. El corazón del problema es lo que importa». Porque la verdadera santidad va más allá de nuestro comportamiento visible y de la parte de nuestras vidas que es conocida por los demás, e incluye aquellas partes más íntimas de nuestros corazones que solo Dios puede ver.

Annamarie: Nancy DeMoss Wolgemuth regresará en un momento para orar.

Todas nosotras somos tentadas a hacer que nuestro exterior luzca mejor que el interior. Y todas necesitamos recordar que la santidad empieza en el corazón. Te animo a no dejar pasar este día sin tomar decisiones concretas para vivir en santidad.

El mensaje que escuchamos hoy es parte de la serie acerca del avivamiento personal titulada, «En busca de Dios». Durante las últimas semanas hemos visto temas como el arrepentimiento, la gracia y esta semana hemos estado hablando acerca de la santidad. 

Mañana no te pierdas la oportunidad de orar por avivamiento junto a un grupo de hombres sabios y piadosos. Aquí está Nancy para concluir este programa en oración. 

Nancy: Oh Padre, te pido que Tú nos ayudes a tomar en serio estos problemas de mortificación y santificación. Mientras perseguimos la santidad, danos sabiduría y discernimiento para saber donde podemos estar haciendo provisión para nuestra carne.

Ayúdanos a colocarnos al Señor Jesucristo; a vestirnos de Él y de Su justicia; a quitar cualquier cosa y todo lo que opaque nuestro amor por Él o lo que disminuya nuestra sensibilidad al pecado.

Señor, ayúdanos a amar la santidad, a odiar el pecado, y a tener una relación íntima de amor contigo. Estamos escogiendo caminar en el camino de santidad. En el nombre de Jesús yo oro, ¡amén!

Annamarie: Llamándote a reflejar la belleza del evangelio al mundo que te rodea, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio (Aviva Nuestros Corazones, Revive Our Hearts y Seeking Him).

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

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