Aviva Nuestros Corazones Podcast

No puedes (por tu cuenta) convertirte en una mujer verdadera

Annamarie Sauter: ¿Te frustra no vivir como quisieras vivir?

Nancy DeMoss de Wolgemuth: Cristo es el único que alguna vez pudo vivir la vida cristiana exitosamente y a plenitud. No hay forma de vivir la vida cristiana separadas de Él.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

En ocasiones, tratar de vivir como una mujer verdadera me ha dejado exhausta… ¿y a ti? Hoy Nancy nos explicará por qué esto no es de sorprenderse, en la continuación de la serie, «El Manifiesto de la Mujer Verdadera: Afirmaciones, parte 1».

Nancy: Me alegra que te unas a nosotras para este estudio punto por punto, a través del Manifiesto de la Mujer Verdadera, mientras tratamos de entender lo que significa, y cómo podemos vivir el llamado de Dios para nuestras vidas como mujeres. Estamos viendo una serie de afirmaciones que se encuentran en el manifiesto. Y la primera afirmación que hemos visto es que Dios nos ha dado Su Palabra para mostrarnos cómo debemos honrarlo como mujeres.

Debemos continuar regresando a esa verdad específicamente, porque si no la tenemos como el fundamento, entonces algunos de los otros puntos a los que llegaremos, serán muy difíciles de digerir si no comenzamos poniendo nuestras vidas bajo la autoridad, bajo el fundamento de la Palabra de Dios.

Luego vimos la siguiente afirmación, y es que glorificamos a Dios y experimentamos Su bendición cuando aceptamos y gozosamente abrazamos Su diseño de creación, funciones y orden para nuestras vidas.

Y ahora, a lo largo de los próximos días, vamos a ver en más detalle como se ve esa vida, la vida de la mujer verdadera. Pero antes de que lo hagamos, necesitamos entender esta próxima afirmación. Porque si no captas este próximo punto, terminarás frustrada, exhausta y desanimada tratando de ser esa mujer verdadera que yo sé que quieres ser. Y aquí está la afirmación número tres:

Afirmamos que como pecadoras redimidas, no podemos vivir a plenitud la belleza de nuestra feminidad bíblica separadas de la obra santificadora del evangelio y el poder del Espíritu Santo que mora en nosotras.

Ahora bien, como hicimos con las afirmaciones anteriores, vamos a separar esta afirmación frase por frase y veamos qué tiene que decirnos. En primer lugar: «Afirmamos que como pecadoras redimidas». Esta primera frase habla de quienes somos y en especial esas dos palabras, «pecadoras redimidas», contienen en sí mismas buenas y malas noticias. Nos dicen dos cosas importantes acerca de nosotras.

Primero nos dice que somos pecadoras. Y eso nos lleva de vuelta a Génesis capítulo 3, que describe lo que los teólogos llaman la caída del hombre. Ahora, tengo un amigo que es pastor, y él me ha dicho que no hablará más ya de la caída. Que desde ahora en adelante, él comenzará a llamarla la gran rebelión, porque de hecho eso es lo que fue.

Porque cuando tú dices, «la caída», suena como: «Oops, me tropecé y caí. No lo pude evitar. Alguien puso algo en mi camino». ¿Y acaso no fue eso lo que ocurrió en Génesis capítulo 3? Todos estaban culpándose unos a otros. «No fue mi culpa. Fue alguien que me hizo hacerlo. El diablo me tentó y me hizo hacerlo. La mujer que Tú me diste, ella me hizo hacerlo» (Ver vv. 12-13).

Y entonces, cuando decimos, la caída, podemos pensar como que quizás es la culpa de alguien más quizás. Pero no fue la culpa de los demás. Fue nuestra culpa. Fue una gran rebelión. Lo que ocurrió como resultado de esa gran rebelión, es que el hombre y la mujer desde el tiempo de Adán y Eva han estado en una condición caída.

La caída del hombre, la gran rebelión, dio muerte a nuestros espíritus. Y nos separó de la vida que está en Dios. Y trajo como resultado que tengamos esta inhabilidad total de agradar a Dios, la impotencia del esfuerzo humano, la carne humana, la habilidad humana. No podemos obedecer a Dios en nuestra condición caída. No podemos agradar a Dios. Eso es lo que significa ser depravadas. Eso es lo que significa ser una pecadora.

Jeremías capítulo 13 dice: «¿Puede el etíope mudar su piel, o el leopardo sus manchas?» (v. 23). Y es una pregunta retórica implicando que «por supuesto que no». Esa es su naturaleza. Esa es la forma en que fueron hechos, en que fueron creados. No pueden cambiar. Eso es así.

Y Jeremías dice: «Así vosotros, podréis hacer el bien 
estando acostumbrados a hacer el mal?» De la misma manera que el leopardo no puede cambiar sus manchas, tampoco tú, acostumbrada a hacer el mal, que tienes una naturaleza pecadora, caída, rebelde, no puedes hacer el bien. No está en tu naturaleza hacer el bien. No puedes agradar a Dios.

Debemos ser regeneradas por el Espíritu de Dios, debemos recibir un nuevo corazón, recibir una nueva naturaleza, la vida de Dios debe ser colocada dentro de nosotras. Y entonces decimos en esta afirmación del manifiesto, que «somos pecadoras redimidas». Y esa última palabra es la buena noticia. Somos pecadoras que hemos sido redimidas por Jesucristo. Somos una nueva creación viva en Cristo. Esto significa que aquellas de nosotras que nos hemos arrepentido de nuestros pecados y hemos puesto nuestra fe en Jesucristo para que nos salve por lo que Él hizo en la cruz, no por ningún mérito propio, Él ha venido y nos ha dado vida a nosotras que estábamos espiritualmente muertas.

Y como pecadoras redimidas, la imagen de Dios ha sido restaurada en nosotras. Es una redención que nos permite ser completamente humanas, como fuimos creadas para serlo, conectadas a la vida de Dios. Y ahora tenemos la capacidad de obedecer a Dios, de agradarle, de vivir como Sus mujeres verdaderas redimidas. Entonces somos pecadoras redimidas -–pecadoras, pero redimidas– aquellas de nosotras que estamos en Cristo.

Ahora, la pregunta es, si ese es el caso, si hemos sido redimidas y ahora tenemos esta capacidad para obedecer a Dios:

  • ¿Por qué pecamos todavía?
  • ¿Por qué todavía nos encontramos cediendo ante la tentación?
  • ¿Por qué luchamos para obedecer a Dios?
  • ¿Por qué luchamos para ser la mujer que Él diseñó que fuéramos?
  • ¿Por qué luchamos con nuestra carne, con nuestra lengua, con tener un espíritu afable y apacible, con someternos a la autoridad ordenada por Dios?
  • ¿Por qué luchamos con amar y perdonar a los miembros de la familia, o a los amigos o aun a nuestros enemigos?
  • ¿Por qué es tanta lucha ser una mujer verdadera de Dios?

Bueno, Romanos capítulo 7, nos habla acerca de esta batalla. Es una batalla con nuestra carne. Es una batalla con el pecado remanente que mora en nosotras. El apóstol Pablo experimentó esto, esta cosa que nos inclina, que nos aleja de Dios y de Su ley, esto que tiene la tendencia a ir en su propio camino. Y esa es nuestra carne pecaminosa, el pecado que mora en nosotros.

Y esa es la razón por la que el apóstol Pablo dice en Romanos capítulo 7, versículo 18:

«Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno; porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no».

¿Te puedes identificar con eso? ¡Sí claro, sé que lo haces! ¡Y yo también! «Yo quiero agradarte Señor. Yo no quiero hablarle de esa forma a la gente con la que vivo. Y no quiero actuar de esta manera. No quiero enojarme tanto. No quiero ser una mujer controladora y dominante. Yo quiero ser Tu mujer. Tengo ese deseo de hacer lo correcto, pero no tengo la habilidad para llevarlo a cabo».

Y ahora Pablo continúa diciendo que hay dentro de él una nueva vida, un nuevo poder, el poder del Espíritu Santo que mora en él, el poder de Cristo. Pero en realidad me estoy adelantando. Primero debemos llegar a darnos cuenta del hecho crítico de que dejadas por nuestra cuenta, no podemos vivir la belleza de la feminidad bíblica. No lo podemos hacer. ¿Tú crees eso? ¿Realmente crees eso? ¿Lo has reconocido de manera consciente?

Porque quiero decirles a ustedes, amigas, que este es uno de los descubrimientos más importantes y liberadores que alguna vez podrán hacer. Ahora, suena un poco como a derrota el decir, «no puedo vivir esta vida de una mujer cristiana». Pero en realidad es el lugar del comienzo de un descubrimiento maravilloso y gozoso de cómo sí la puedes vivir.

Así que solo quiero que digas esto: «Por mi cuenta no puedo ser la mujer que Dios quiere que sea». Ahora debes recordarte esto a ti misma con frecuencia. «Por mi cuenta no puedo ser la mujer que Dios quiere que sea».

Pero aquí te tengo las buenas noticias. Dios nos ha dado los recursos que nos permiten llevar a cabo Su llamado a ser mujeres verdaderas. Y en los próximos minutos quiero enfocarme sobre cuáles son estos recursos. 2 Pedro capítulo 1, nos dice que:

«Por su divino poder, Él nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia» (y a propósito, eso es lo que significa ser una mujer verdadera, una mujer que refleja la gloria y la excelencia de Dios y a través del conocimiento de Él, que nos llamó para eso), pero sigue diciendo, «por medio de las cuales nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que por ellas lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia» (vv. 3-4).

Ahora, esta es una oración larga y no la vamos a desarrollar toda. Pero dice que nosotras tenemos el poder divino de Dios. Tenemos Sus promesas. Tenemos el conocimiento de Él. Y a través de estas cosas, tenemos entonces los recursos para apropiarnos de esa naturaleza divina, y transformarnos en mujeres que reflejan la imagen y la gloria de Dios.

Ahora, esta afirmación del manifiesto que estamos mirando, dice que no podemos vivir a plenitud la belleza de la feminidad bíblica, aparte de la obra santificadora del evangelio y del poder del Espíritu Santo. Y quiero que hablemos un poco de ambas cosas. La obra santificadora del evangelio –cuando decimos santificadora, nos estamos refiriendo a un proceso de santificación, un proceso de ser transformadas a la imagen de Cristo. Y necesitamos recordar esto.

Cuando tú te encuentras en el medio del día actuando como una mujer que no conoce a Jesucristo, y te sientes vencida y desanimada, recuerda que estás en un proceso de ser transformada, de ser conformada a la imagen de Cristo. No hay una varita mágica que haga, ¡poof! y de repente eres esta mujer verdadera piadosa. No ocurre de la noche a la mañana. Hay una obra continua del Espíritu Santo mientras Él aplica el evangelio de Cristo a nuestros corazones y nos conforma a la imagen de Cristo.

Ahora, todas sabemos que es necesario creer en el evangelio para ser salvas. Pero encuentro que la mayoría de los cristianos no se dan cuenta que debemos seguir creyendo en el evangelio, el evangelio de la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo para vivir la vida cristiana una vez que hemos sido salvas. No como necesitaba el evangelio hace años, cuando fui salva, cuando era una niña de 4 años, y entonces ahora vivo de alguna otra manera. No. Todavía vivimos por el evangelio de Cristo mientras estamos siendo santificadas.

El hecho es que vas a fallar. Cada vez que lo eches a perder, cada vez que me equivoque, eso se transforma en una oportunidad de predicarnos el evangelio a nosotras mismas una vez más. No es una oportunidad para luchar y esforzarnos y tratar de hacerlo mejor la próxima vez, «yo seré una mujer verdadera, yo voy a ser una buena mujer cristiana, ¡aun si me mata!», ¡porque te puede matar! Pero sin embargo, mira a Cristo, Cristo crucificado, sepultado y resucitado para nuestra justificación y para nuestra santificación.

Cada vez que lo echamos a perder, cada vez que fallamos, es una oportunidad de reconocer nuestra total incapacidad y desesperanza fuera de Cristo. Es una oportunidad para arrepentirnos y entregarnos a nosotras mismas de nuevo a Cristo y a Su misericordia y a lo que Él hizo por nosotras en la cruz. Cada vez que nos equivocamos, cada vez que lo arruinamos, es una oportunidad para demostrar el evangelio también a los que nos rodean –a tus hijos que te escucharon gritar a todo pulmón. Es una oportunidad de mostrarles el evangelio.

Así que necesitamos ese obrar santificador del evangelio en nuestras vidas, y también necesitamos el poder del Espíritu Santo que mora en nosotras. Desde el momento en que te convertiste en una hija de Dios, a través de la fe en Jesucristo, el Espíritu Santo vino a morar dentro de ti. No necesitas una segunda gran experiencia para tener el Espíritu Santo. El Espíritu Santo vino a vivir, a morar en ti, en el mismo momento en que te convertiste en una hija de Dios.

El Espíritu vive ahí, vive en ti para capacitarte y para darte el poder para obedecer a Dios y hacer lo que Él te ha llamado a hacer. Es el poder del Espíritu dentro de nosotros que nos permite ser mujeres verdaderas de Dios. Pablo les dijo a los gálatas: «Habiendo comenzado por el Espíritu», habiendo venido a Cristo por el Espíritu de Dios, «¿ustedes ahora pretenden perfeccionarse a través de esfuerzos humanos?» (2:3). El punto es, ¿estás tratando de hacer por ti misma, lo que solo el Espíritu de Dios puede hacer en ti?

En la última sesión del manifiesto, hice referencia a Lucas capítulo 1, a la historia de María de Nazaret, cuando el ángel vino a ella y le dijo: «Tú quedarás embarazada del Hijo de Dios». Y este es uno de mis pasajes favoritos en toda la Palabra de Dios, porque María respondió de una manera en la que yo misma he respondido tantas veces, cuando veo los requerimientos de la Palabra, Su llamado para mi vida, lo que Él quiere que haga y lo que Él quiere que sea. Y respondo casi de la misma manera en que lo hizo María.

Ella le dijo al ángel en Lucas capítulo 1: «¿Cómo puede ser esto dado que soy virgen y no conozco varón?» Lo que ella estaba diciendo en esencia es, «esto es imposible. Yo no puedo hacer esto. Esto no es médica ni científicamente posible, que una virgen pueda tener un bebé».

Y muchas veces yo miro al Señor y le digo, «no me es posible hacer lo que me has llamado a hacer. Soy demasiado débil, inadecuada. No tengo el poder. Mi carne es demasiado fuerte. El pecado dentro de mí es demasiado fuerte. No puedo ser esa mujer suave, mansa, amorosa, compasiva, amable, de corazón tierno, pensativa, esa mujer verdadera piadosa, llena de gracia. No puedo serlo». Esto es lo que dijo María. «No puedo hacer esto»

Pero me encanta la respuesta del ángel. «El ángel le contestó: el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá» (vv. 34-35).

«Tienes razón, no lo puedes hacer pero tienes el don del Espíritu Santo».

Solo podemos vivir la vida cristiana y servir a Dios a través del poder de Su Espíritu Santo. ¡Y gloria a Dios por el Espíritu Santo! Tan pronto como pensamos que lo podemos manejar nosotras solas, nos hemos hecho inútiles para Dios. Así que tenemos que estar dispuestas, día tras día, momento a momento, a reconocer nuestra incapacidad, nuestra inhabilidad, a dejar a Dios tomar el control y dejar que Él nos cubra con su sombra por el poder de Su Espíritu Santo.

Y de lo que estamos hablando es de vivir una vida de total y absoluta dependencia de la gracia de Dios. La alternativa es mi propio esfuerzo, el moralismo, las luchas, los intentos, y tratar cada vez más. ¡No! La alternativa es una vida de fe. Es una vida de dependencia de la gracia de Dios. Somos salvas por la gracia de Dios.

«Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Ef. 2:8-9).

Pero no solo somos salvas por la gracia de Dios, también vivimos y servimos por la gracia de Dios. Pablo dice, en 1 Corintios, capítulo 15:

«Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no resultó vana; antes bien he trabajado mucho más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí».

2 Corintios 9:8:

«Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para vosotros, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abundéis para toda buena obra».

Nosotras nos convertimos en mujeres verdaderas de Dios por la gracia de Dios.

¿Estás viviendo y sirviendo al Señor a través de tus esfuerzos humanos o en dependencia de la gracia de Dios? Pablo dice: «Porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito» (Fil. 2:13).

Escucha, la vida cristiana no es difícil; es imposible. Cristo es el único que alguna vez tuvo éxito en vivir la vida cristiana a plenitud y no hay forma de vivir la vida cristiana apartadas de Él.

Hannah Whitall Smith, fue una autora británica de los años 1800, y su libro más famoso fue, The Christian Secret of a Happy Life (El secreto cristiano para una vida feliz).

Y ella dice: «Nuestra principal capacidad está en nuestra total incapacidad. Nuestra fortaleza se perfecciona, no en nuestra fuerza sino en nuestra debilidad. Nuestra fortaleza solo es un obstáculo». [1]

Y luego, ella da una fabulosa ilustración. Y ella habla acerca de una visita que hizo a un hogar para niños con discapacidad mental. Y ella vio a estos niños en una clase de ejercicios, como de gimnasia, usando pesas de mano y esforzándose por coordinar sus movimientos con la música. Y ella dice:

«Ellos hacían todo tipo de movimientos extraños. Cada tanto, por una feliz coincidencia, hacían un movimiento en armonía con la música y con las indicaciones de la maestra, pero la mayor parte del tiempo, estaba todo fuera de armonía.

Sin embargo, noté una niña pequeña, que hacía los movimientos perfectos. Nada alteraba la armonía de sus ejercicios. Y la razón no era porque ella tuviera más fuerza que los otros, sino que no tenía fuerza alguna. Ella no podía siquiera cerrar sus manos sobre las pesas o levantar sus brazos y el instructor tenía que permanecer detrás de ella y hacerlo todo.

Ella entregaba sus miembros a él como instrumentos, y su «fuerza se perfeccionó» en su debilidad. Él sabía cómo hacer todos esos ejercicios, pues él mismo lo había planeado; y por lo tanto cuando él lo hacía, lo hacía bien. Y ella no hacía más que entregarse enteramente en sus manos y él lo hacía todo.

Su parte era la entrega; la responsabilidad era del maestro. No era su habilidad que era necesaria para hacer los movimientos armoniosos, era solo la de él. La pregunta no era su capacidad sino la de él. Su total debilidad fue su mayor fortaleza». [2]

Amigas, nuestra total debilidad es nuestra mayor fortaleza. El llamado a ser una mujer verdadera de Dios es un llamado a una vida de total dependencia y humildad, reconociendo que no podemos vivir a plenitud la hermosura de la feminidad bíblica, aparte de la obra santificadora del evangelio y del poder del Espíritu Santo. Pablo dice en Gálatas 2:20:

«Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí».

Jesús dijo en Juan capítulo 15:

«Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer» (vv. 4-5).

Ahora, esta es la otra cosa que quiero que digas: «A través de Cristo yo puedo hacer cualquier cosa que Él me llame a hacer. A través de Cristo yo puedo ser una mujer verdadera de Dios».

Hemos estado viendo estas afirmaciones, y las afirmaciones representan la forma en la que pensamos. Y la forma en la que pensamos, afectará la manera en la que vivimos. Lo que creemos afecta nuestro comportamiento. Y debemos realmente creer que no podemos ser mujeres verdaderas separadas de Cristo. Si no lo crees, terminarás agotada, desanimada, derrotada y sin gozo en tus intentos. Separada de Cristo, tú podrías hacer alguna obra religiosa, pero no darás fruto espiritual.

Tratar de vivir la vida cristiana aparte de Cristo y lo que Él ha hecho por nosotras en la cruz, tendrá uno de dos resultados.

  • O vivirás perpetuamente derrotada, sintiéndote como un fracaso, sin poder alcanzar la medida, luchas, te esfuerzas y lo intentas para hacerlo cada vez mejor.
  • O por otro lado, te transformarás en una farisea orgullosa, y volverás locos a todos los demás. Y vas a ser rígida, tensa, prejuiciosa, y crítica de otros que no alcanzan el nivel; orgullosa, y mirando desde tu posición encumbrada a otros que son menos espirituales.

En el día de hoy tenemos muchas mujeres cristianas que han sido entrenadas espiritualmente en el hogar. Saben cómo hacer lo correcto, cómo decir lo correcto y cómo vivir de la forma correcta. Pero están vacías; y no están llenas de Cristo. Y otras personas las ven y sus hijos las miran o sus compañeras de trabajo las miran y piensan, «¡uy! ¿y quién quiere ser una mujer verdadera?»

Déjame decirte que esa no es una mujer verdadera. Una mujer verdadera es una mujer llena del Espíritu de Cristo. Es Cristo en mí viviendo la belleza de la feminidad bíblica. Este no es un estilo de vida legalista, tenso. Es un estilo de vida hermoso. Y se supone que debemos estar haciendo a Cristo deseable para otras.

¿Crea tu vida una sed en otras de conocer a Dios? ¿Adorna tu vida el evangelio de Dios? Lo harás, si estás viviendo, permaneciendo en Cristo y dependiendo de Su fuerza.

«Y a Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a Él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones» (Ef. 3:20-21).

¿Amén? Amén.

Annamarie: Amén. Si has tratado de vivir como una mujer verdadera o hacer cualquier cosa en tus propias fuerzas, no va a funcionar. Nancy DeMoss de Wolgemuth nos ha estado mostrando de dónde viene el poder que necesitamos.

Este mensaje es parte de la serie, «El Manifiesto de la Mujer Verdadera: Afirmaciones, parte 1». El Manifiesto se divide en varias secciones: fundamento, afirmaciones y declaraciones. Vamos a explorar cada una de estas este año aquí en Aviva Nuestros Corazones. Te recuerdo que puedes acceder tanto al audio como a las transcripciones de estos programas en AvivaNuestrosCorazones.com, y allí en la transcripción, te proporcionamos acceso a los recursos relacionados al programa del día.

Bien, mañana, consideremos juntas la imagen que vemos en la Biblia acerca de la mujer. Estoy segura que no te querrás perder este próximo programa de Aviva Nuestros Corazones.

Diciendo: «Sí, Señor», juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

  1. Hannah Whitall Smith. The Christian's Secret of a Happy Life. Uhrichsville, OH: Barbour and Company, Inc. 1985. p. 197-8.
  2. Hannah Whitall Smith. The Christian's Secret of a Happy Life. Uhrichsville, OH: Barbour and Company, Inc. 1985.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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