Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Paz en medio de la tormenta, día 2

Annamarie Sauter: ¿Qué puerta vas a escoger? Con nosotras, Patricia de Saladín.

Patricia de Saladín: En medio de la tormenta nosotras podemos escoger dos puertas hacia la paz. Hay dos opciones: la paz de Cristo o la paz del mundo.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. La lectura para hoy en el reto Mujer Verdadera 365 es la carta a los Colosenses.

Ayer escuchamos la primera parte de una enseñanza de Patricia de Saladín, titulada, «Paz en medio de la tormenta»

Si te perdiste este programa, encuéntralo en AvivaNuestrosCorazones.com. Esta enseñanza se basa en Marcos capítulo 6, versículos 45 al 51, escuchemos el pasaje.

Patricia:

«Enseguida hizo que sus discípulos subieran a la barca y fueran delante de Él al otro lado, a Betsaida, mientras Él despedía a la multitud. Y después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar. Al anochecer, la barca estaba en medio del mar, y Él estaba solo en tierra. Y al verlos remar fatigados, porque el viento les era contrario, como a la cuarta vigilia de la noche, fue hacia ellos andando sobre el mar, y quería pasarles de largo. Pero cuando ellos le vieron andando sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar; porque todos le vieron y se turbaron. Pero enseguida Él habló con ellos y les dijo: ¡Tened ánimo; soy yo, no temáis! Y subió con ellos a la barca, y el viento se calmó; y ellos estaban asombrados en gran manera».

Patricia: Nadie dice, «¡ay, qué bueno! Estoy en medio de esta prueba, a ver si dura un poquito más». No, queremos que la tormenta termine, y si no termina, que podamos experimentar paz en medio de la tormenta.

Él los colocó exactamente donde Él quería y eso me da paz. Si me encuentro en medio de una tormenta y sé que es la voluntad de Dios, digo: «Señor, es necesario que yo pase por esto. Tú me tienes en esto porque me pusiste aquí porque es para mi bien y para Tu gloria».

Parecería, a los ojos humanos, que los discípulos estaban solos y que el Señor no sabía; «wow, el Señor nos puso en la barca en medio de la tormenta y no sabe lo que está sucediendo con nosotros».

Nada estaba más lejos de ser verdad. Él los subió en la barca, los veía en medio de la dificultad y oraba por ellos.

Annamarie: Patricia continúa con la segunda parte de su enseñanza titulada, Paz en medio de la tormenta.

Patricia: Escuchen esta cita de Charles Spurgeon: Jesús estaba más cerca de ellos que nunca y en ese momento sus temores eran los peores. La falta de discernimiento ciega el alma a las más dulces consolaciones. Que no digamos como Jacob, Dios está en este lugar y yo no lo sabía.

Ellos creyeron que Él era un fantasma y se pusieron a gritar, estaban aterrorizados. Y eso me recuerda mucho a nosotras. Porque a veces somos severas con los discípulos y decimos, «bueno, esos discípulos, acaban de ver los panes y los peces multiplicados, habían visto que Él había calmado otra tormenta, habían visto levantar muertos y vemos que no estaban actuando conforme a las cosas que habían visto. No lo reconocieron». 

Pero me atrevería a decir que al igual que ellos, nosotras hemos visto a Dios obrar en nuestras vidas, hemos visto a Dios mostrar Su gloria, pero se nos olvida todo a la hora de la tormenta. Tenemos la fe de los discípulos y dudamos de la cercanía de Dios. Dudamos de que Él responda nuestras oraciones, dudamos de Su fidelidad y sentimos pánico también y nos aterrorizamos.

No gritamos como ellos, ¡un fantasma!, pero casi. Porque los cielos se nos tornan como de bronce y no vemos al Señor en medio de nuestra dificultad. Hemos visto obrar la gloria de Dios una y otra vez, pero ¿qué es lo que nos pasa en la tormenta? Que queda evidenciada nuestra débil fe. Tenemos una fe débil y Dios tiene que traer las tormentas a nuestra vida para que se haga fuerte y valiente y podamos ser instrumentos útiles en Su reino.

Porque en un mismo corazón no pueden habitar juntos la fe y el miedo. Y Dios permite que nos sintamos insuficientes, inadecuadas, desesperadas, y entonces levantamos los ojos y vemos a Jesús, y algunas veces solo podemos ver esa gloria en medio de las tormentas. Dice Nancy DeMoss Wolgemuth, «a veces, en la tormenta, Dios te da vislumbres de Su obrar y de Su corazón, que no podrías ver en otro lugar».

Pero las olas seguían rugiendo, en ese pasaje; y el viento seguía contrario. Y el Señor llega a ellos a la hora perfecta, en el momento perfecto. Ellos no lo reconocen pero Jesús está presente en la tormenta. Y aunque ellos no lo reconocen, Él está ahí. Él es el que ha prometido: «yo nunca te dejaré, nunca te desampararé. Aunque andes en valle de sombra de muerte no tienes por qué temer, porque Yo estoy contigo».

Y entonces Él hace algo maravilloso, les habla. Les dice las palabras más hermosas que pudiéramos escuchar y ser dichas; palabras de paz para que no nos volvamos a la locura, «soy yo, no teman». Cálmense, soy yo, no tengan miedo. Esas palabras pueden transformar tu vida y la mía. Él les está diciendo, el Yo Soy está aquí. El Dios creador de los cielos y de la tierra está aquí. El Dios de Abraham está aquí.

Es como cuando tu niño o tu niña tiene una pesadilla, y grita de noche desesperado llorando y vienes y le dices, «shhh, cálmate, no te preocupes, mami está aquí». Ese yo soy es el que dice, tengan ánimo, no tengan miedo, pero cuando tú y yo decimos esas palabras, tienen un margen muy corto, son muy limitadas. Pero la diferencia es quién es ese yo soy que está diciendo esas palabras. Ese yo soy es el mismo nombre que Dios le reveló a Moisés en la Zarza en Éxodo 3.

En eso, lo que Cristo está declarando es, «Yo, Cristo, soy Dios». Ese es el nombre del Dios de pactos, el Dios que liberó de la esclavitud a Su pueblo, que le dijo a Moisés, «Yo estaré contigo, Yo Soy el que soy, ese es mi nombre para siempre». Y como dice Paul Trip, «la paz en la tormenta es una persona y Su nombre es Yo Soy». El Señor, el que existe por sí mismo, es Su nombre, Su nombre propio, personal. Él es autosuficiente, independiente. Él puede suplir todo lo que necesitas. Es inmutable, no se altera por las circunstancias. Él es la Roca, el Eterno, no tiene principio ni fin, pasado, presente, futuro; ese es el Dios eterno, el que era, el que es y el que ha de venir. Todo eso quiso decir Cristo cuando dijo, «yo soy, no teman». Y el Evangelio de Juan dice unas 24 veces ese yo soy. En algunas ocasiones dice, «Yo, el que habla contigo, soy». Yo soy el Mesías si necesitas un salvador; yo soy el Pan de vida si tienes hambre, yo soy el Agua de vida si tienes sed, yo soy la Luz del mundo si estás en oscuridad, yo soy la Puerta si te encuentras afuera, yo soy el buen Pastor si estás perdida, yo soy la Resurrección y la Vida si estás muerta, yo soy el camino, la verdad y la vida si no sabes a dónde ir, yo soy la Vid verdadera si te sientes estéril, yo soy Jesús, el alfa y la omega, el lucero resplandeciente de la mañana.

Jesús vino a darnos paz, liberación de todas las tormentas, incluyendo la tormenta final que es la muerte. Y finalmente, después de esas palabras, el Señor entra en la barca, la tormenta cesa y llegan a la otra orilla. 

Ahora, el título del taller es Paz en la tormenta, y hay una canción que dice,«sí, puedes tener paz en la tormenta». Saben por qué? Porque Cristo lo dijo. Pero nosotras podemos conocer un refugio y saber que es un refugio seguro, y si no vamos al refugio no vamos a encontrar la protección. Ya dijimos que esa paz en la tormenta es una Persona, Yo Soy, y que la ausencia de esa paz se manifiesta en temor y ansiedad cuando esas emociones toman rienda de nuestras vidas y nos impiden hacer lo que tenemos que hacer, o peor aún, hacemos lo que no debemos hacer, entonces estamos pecando.

Pero existe esa paz. Esa paz a pesar de la tormenta en el exterior. A pesar de que esté rugiendo en nuestros corazones, puede haber paz. Paz perfecta porque la oferta del Señor es precisamente para corazones turbados. Ahora quiero que vayan, en sus biblias, a la segunda parte de este pasaje –la primera parte era la tormenta y ahora la paz en la tormenta– al capítulo 14 del Evangelio de Juan, y vamos a ver cómo el Señor contesta, nos dice cómo podemos hallar esa paz, cómo lo podemos hallar a Él mismo.

El versículo 1 comienza con las mismas palabras, muy parecidas a esas que les dice en la barca: «No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo». Es bueno saber que este pasaje es en el contexto de la oración del aposento alto, son las horas justo antes de las horas más duras de nuestro Señor y Salvador. Y él comienza ese capítulo diciéndoles a los discípulos: «No tengan miedo, no se turbe vuestro corazón», porque Él sabía que esas eran las emociones que ellos iban a sentir. 

Pero a la misma vez, porque Él quería que ellos guardaran su corazón y que esas emociones no los vencieran. Y en esa sección del Evangelio de Juan hay muchas implicaciones, muchísimas cosas que podríamos sacar, pero yo solamente me quiero enfocar en la paz. Si miran el versículo 27, el Señor les dice: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo».

Recordemos que esa hora que le llegaba al Señor era la hora más terrible de la historia y de Su vida. Él quería decirles a los discípulos que Él tenía un regalo especial que darles, un legado. Un legado especial para los suyos. Pero ¿para quiénes es esa paz? No sé si recuerdan que todas las veces que el Señor, después de resucitado, se les apareció a los discípulos, Él se presentaba y les hacía la misma oferta, «paz a vosotros». «La paz sea con ustedes».

O sea que esa paz es un regalo exclusivo para Sus discípulos, porque hay una paz anterior que tenemos que encontrar antes de hallar esta paz. Pero la respuesta es la misma: Cristo es la respuesta. «Cristo es nuestra paz», dice la Palabra de Dios. En la cruz hizo la paz que todos necesitamos. Paz con Dios en primer lugar.

Cuando nosotras estábamos muertas en delitos y pecados, Dios envió a Su Hijo, por amor a nosotros, a derramar Su sangre preciosa en la cruz del calvario, para que pudiéramos tener paz con Él. Él derribó esa pared de separación que había y ahora somos hijas de Dios. Esa paz de perdón de pecados y vida eterna, es necesaria antes de hallar esta otra paz. Necesitamos la paz vertical antes de encontrar este regalo, el regalo de Su paz.

Vemos entonces que es para Sus discípulos, para Sus hijos. Cuáles son las cualidades de esa paz, que es una paz en medio de la tormenta. Bueno, en el mismo versículo dice: «La paz os dejo, mi paz os doy», es la misma paz del Señor, es Su paz personal, la que Él disfrutó aquí en la tierra, es más perfecta, pura, sin contaminación. Aun cuando Su alma estuvo turbada hasta la muerte, Él tuvo esa paz. Y esa paz la podemos ver en Él a través de todo Su ministerio, aun en Su camino hacia el Gólgota, el Señor Jesucristo experimentó esa paz.

Lo que nos dice que no importa cuán oscura sea la hora, cuán agitado esté el mar en la tormenta, esa paz es sobrenatural. Pero ese versículo habla de una falsificación de esa paz. Fíjense que dice: «yo no la doy como el mundo la da». En medio de la tormenta podemos escoger dos puertas hacia la paz. Tenemos dos opciones, la paz de Cristo o la paz del mundo.

Diríamos, «voy a coger la paz de Cristo», pero cuando te la describa, vas a ver que muchas veces queremos correr hacia la paz del mundo y no tener la paz de Cristo. El mundo trata de ofrecernos su paz y un sinónimo de esa paz del mundo es la palabra felicidad. Y la felicidad está ligada a nuestras circunstancias. Y déjenme aclarar que no hay nada malo con ser felices, con los buenos tiempos. Dice la Biblia, «toda cosa buena, toda buena dádiva, todo don perfecto desciende de lo alto».

Amén. Gloria a Dios si disfrutas de paz y felicidad en este momento. Pero el punto es que esa felicidad que está ligada a nuestras circunstancias, es superficial, es momentánea y no llega al corazón. El mundo puede darte descanso, puedes darte unas buenas vacaciones, placer, tú te lo mereces. Bendiciones superficiales, porque todo eso lo puedes obtener en el mundo. Pero la Escritura dice: «el mundo pasa y sus deseos». Esa felicidad depende cien por ciento de los eventos que suceden a nuestro alrededor. Pero Jesús nos ofrece algo sobrenatural, que no es terrenal, es celestial.

El Señor se encarga de decir, «yo no la doy como el mundo la da». La del mundo es temporal, superficial, pasajera, sin raíces. Trabaja en mis emociones y no en mi alma. Es condicional, siempre depende de algo fuera de uno mismo. Es el resultado de algo que no va por encima de lo que está sucediendo. Si todo está bien, entonces tengo paz; si tengo un buen matrimonio, tengo paz; si tengo salud, tengo paz; esa es la paz del mundo. Y muchas veces la disfraza como entretenimiento, como, no pienses mucho, sé feliz.

Pero la paz del Señor es la antítesis de esa paz. Dice que es una paz duradera, una paz profunda que llega a las fibras del alma. Es incondicional, es a pesar de –ciertas cosas en mi vida y está cimentada en la mente de Cristo y en la Palabra de Dios. Es la verdad, conocer la verdad es lo que me traerá esa paz. ¿Recuerdan qué dice ese mismo capítulo de Juan 14 sobre qué es la verdad? «Yo soy el camino, la verdad y la vida». «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en Ti persevera, porque en Ti ha confiado».

«Hermana, dígame, ¿cómo puedo experimentar esa paz? Yo quiero esa paz en mi vida, en mi corazón». Bueno, es un regalo, pero no viene de forma automática. Tenemos una responsabilidad. Como muchas veces en la Escritura hay esa tensión entre algo que soberanamente es Dios, pero nosotras tenemos una parte. Él me la regala pero hay algo que yo hago, aunque sea Él mismo que produce en nosotras tanto el querer como el hacer por Su buena voluntad.

El Señor les dice: «no se turbe vuestro corazón». Ellos no debían dejar que el miedo gobernara sus corazones. Y esa exhortación va por encima de nuestras personalidades. Si eres tranquila, si eres extrovertida o introvertida. Ese «no se turbe vuestro corazón», no te angusties, no tengas miedo.

Y ahí mismo, en Juan 14, al final del versículo 1 se encuentra el punto de partida. ¿Recuerdan que dijimos que al igual que los discípulos tenemos una fe débil? El Señor les dice: «No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo». «Creéis en Dios, creed también en mí». Confíen en Dios, confíen en mí. La ansiedad, el miedo y todos sus derivados, son evidencias de incredulidad en nuestros corazones. Y digo que ese es el punto de partida, que debemos poner nuestra fe en Dios y en Cristo, como ese padre que veía a ese hijo endemoniado, en los evangelios, que le dice, «Señor, si Tú puedes…», o sea iba a sanar su hijo, y el padre responde, «Señor, yo creo, ayuda mi incredulidad».

Tenemos que rogarle al Señor porque Él nos dejó Su Espíritu Santo, la oración, la Palabra, y todos esos medios de gracia para que podamos perseverar en Él, confiar en Él y creer. Para resistir el miedo, la angustia, debo confiar en el Señor de todo corazón y no apoyarme en mi propio razonamiento ni en mi propia prudencia.

El Señor es el que está a cargo de las circunstancias soberanamente. Hay un plan, hay un propósito para mi vida mucho mayor que lo que entiendo, y a menudo habrá vientos contrarios, peligros, pero tenemos que poner nuestra fe en el Yo Soy, en la Palabra de Dios, en las promesas de Dios. Él dijo que nunca te dejará, que nunca te desamparará, que Él está contigo todos los días, que lo que otros intentaron mal contra ti, Dios lo va a encaminar a bien, que todas las cosas obran para bien para aquellos que aman a Dios. «Yo sé los planes que tengo para ti, planes de bien y no de mal».

Podríamos seguir y seguir diciendo promesa tras promesa de la fidelidad de Dios y de Su Palabra. Me encanta –estudiando este pasaje de Juan 14– que en el principio de los versículos él dice, «yo voy a prepararos lugar, y si así no fuera, yo os lo hubiera dicho». Y podríamos ponerle ese, y si así no fuera, yo os lo hubiera dicho, a cada una de esas promesas. Yo tengo planes de bien para ti, y si así no fuera, yo os lo hubiera dicho. Todas las cosas obran para bien para aquellos que aman a Dios, y si así no fuera, yo os lo hubiera dicho.

Eso habla de la certeza de esas promesas y de la veracidad de nuestro Salvador. Si así no fuera, yo te lo hubiera dicho. Confía en mí, no actúes como atea, necesitas contemplar a Dios, confiar en Él, seguir a Cristo. Esa es la verdadera paz del creyente. No es la ausencia de conflicto, es una Persona. Y la fe en esa Persona producirá contentamiento y confianza a pesar de las circunstancias. Entonces, ¿por cuál puerta vamos a entrar a buscar esa paz en la tormenta?

El Yo Soy es quien te está haciendo esta invitación y te está haciendo un regalo. Por Su gracia tenemos paz y esperanza. Pasado, presente y futuro, el Yo Soy está contigo. Él es Dios con nosotros. El Salvador victorioso reina, ríndele tu vida. Él es Dios todopoderoso, Él vive y reina y está contigo. Estás en la voluntad de Dios, Él te puso en esa barca, Él te ve, ora, viene a ti, está contigo y te está diciendo esas mismas palabras que les dijo a Sus discípulos, «no tengas miedo, recibe mi paz».

Él está contigo porque eres Su hija. Y a pesar de lo que nuestros ojos físicos vean, por la fe sabemos que Él dio el regalo mayor en Su Hijo. «El que no escatimó a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?» Dios no quiere dejarte ahí. Él quiere llevarte a una fe fuerte y firme en Él. Él está determinado a hacernos mujeres de fe. «El que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo».

Estas dificultades son una muestra de Su amor transformador. Si escogemos la otra puerta, sabremos que sufriremos pérdida irreparable al darnos cuenta de que todo para lo que vivimos era temporal, movedizo y vulnerable. Pero aquellas que hemos escogido la paz que Cristo nos da y hemos puesto nuestra confianza en Él, la Roca firme, no tenemos nada que temer, porque esa Roca, esa paz que sobrepasa todo entendimiento está ahí para nosotras.

Busca a Cristo, deléitate en Él, en Su Palabra, en Su comunión íntima, Él es nuestra paz. El Señor, al igual que a los discípulos, nos pone en esa barca, en medio de esa tormenta, no para ahogarnos –recuerda eso siempre– no para hundirnos, sino para mostrarnos Su poder, que persevera y preserva en medio de la tormenta. No es navegar con cielos despejados y un día soleado lo que necesitamos. Necesitamos una persona, el Señor Jesucristo, Él nos guiará a través de las tormentas y nos dará Su paz que sobrepasa todo entendimiento.

Soberano Señor, Tú eres nuestra paz, Tú eres la paz en la tormenta. Gracias por Jesucristo, gracias Señor. No entendemos la magnitud de todo lo que tenemos por qué alabarte y darte gracias. Gracias porque Tú eres fiel, Tú permaneces fiel, eres nuestra paz en medio de las tormentas de esta vida, y gracias Padre porque estás con nosotras. Tú nos ves, oras por nosotras, estás a la diestra del Padre intercediendo. Has abierto un camino nuevo y vivo a Tu presencia y aun cuando en medio de la angustia y de la turbación, en medio de las tormentas no sabemos ni siquiera como orar, Tu Espíritu intercede conforme a la voluntad de Dios delante del trono de gracia y misericordia, para que podamos hallar esa paz en medio de la tormenta.

Señor, mira a cada una de estas mujeres, llénalas de Tu Palabra, llénalas de Ti. Muéstrales a través de Tu Espíritu Santo a Cristo. Gracias Padre por esta preciosa oportunidad de compartir juntos Tu Palabra, amén.

Annamarie: Lo que necesitas no es un cielo despejado sino una Persona. Patricia de Saladín te ha estado ayudando a reflexionar acerca de esto en su mensaje, «Paz en medio de la tormenta». Y tú, ¿has estado buscando la paz que el mundo te ofrece, o la paz que Dios te ofrece? ¿Has experimentado la paz fruto del perdón de tus pecados? Hoy, escoge la puerta hacia la paz de Cristo.

Estamos en una época del año en la que es común ver imágenes de ángeles. ¿Crees que las ideas que tenemos de estos vienen de la Biblia o de la televisión? Acompáñanos en la próxima serie para escuchar acerca del rol de los ángeles en nuestras vidas, aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

La Roca Inconmovible, Para Su Gloria, El Fin Desde El Principio ℗ 2018 PSG.

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Acerca del orador

Patricia Acebal de Saladín

Patricia Acebal de Saladín

Patricia vive en Santo Domingo, República Dominicana. Está casada con Eduardo Saladín, pastor de Iglesia Bíblica del Sola Gracia en Santo Domingo. Le apasiona llevar el mensaje de la feminidad …

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