Podcast Aviva Nuestros Corazones

Por donde pase el río, día 2

Recursos del Episodio

Libro de Charles Spurgeon El Libro de Cheques del Banco de la Fe

Carmen Espaillat: Dios puede producir fruto aun cuando parece imposible.

Nancy DeMoss de Wolgemuth: Eso es exáctamente lo que Dios hace, eso es lo que el Espíritu hace, eso es lo que Su Palabra hace; cuando fluye libremente, sin impedimentos, llega a los lugares secos y los vivifica.

Carmen: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Hoy Nancy continúa con la serie que inició ayer, titulada, «Por donde pase el río».

Nancy: En el dia de ayer comenzamos a ver uno de los pasajes más difíciles en la Palabra de Dios, pero también uno de los más gratificantes. En ocasiones tendemos a saltar estos pasajes porque pueden ser muy difíciles de entender.

Pero, he tenido el gozo de profundizar en este pasaje ya por algún tiempo, una y otra vez, leyéndolo, contemplándolo, sintiendo lo que expresa, meditando en él, y he regresado a él años después. La Palabra de Dios es tan rica, y el Espíritu de Dios vive en nosotras para ayudarnos a comprender Su verdad.

Realmente no puedo decir que he sondeado las profundidades de este pasaje –siento como si todavía estuviera en la superficie– pero quiero que disfrutes conmigo lo que Dios ha estado diciendo a mi propio corazón mientras estudio Ezequiel capítulo 47, los primeros doce versículos.

En el primer programa dijimos que esta es una parábola profética del progreso, el avance, la propagación del evangelio en el mundo…un retrato de la presencia o de la obra del Espíritu de Dios moviéndose por todo el mundo.

Y no solamente en el mundo, sino también en nuestros propios corazones y en nuestras iglesias. Es una imagen de este río que comienza como una pequeña corriente un chorrito, pero que trae mucha vida y crecimiento, y es fructífero y trae sanidad. Ayer vimos que el lugar, la fuente desde donde comienza este río, es el templo, el altar de Dios, el lugar donde Dios está presente con Su pueblo.

Si algunas de ustedes no estuvieron con nosotras para escuchar el programa de ayer, si te lo perdiste, puedes ir a AvivaNuestrosCorazones.com, escuchar el audio, o leer la transcripción.

Permítanme leer estos versículos en Ezequiel 47:1-2. Dice así la Palabra de Dios:

«Después me hizo volver a la entrada del templo; y he aquí, brotaban aguas de debajo del umbral del templo hacia el oriente, porque la fachada del templo daba hacia el oriente. Y las aguas descendían de debajo, del lado derecho del templo, al sur del altar. Me sacó por la puerta del norte y me hizo dar la vuelta por fuera hasta la puerta exterior, por la puerta que da al oriente. Y he aquí, las aguas fluían del lado sur».

Y así, el agua brota de debajo del umbral del templo –el lugar donde el cielo se une con la tierra, donde Dios y los pecadores son reconciliados, donde está el altar del sacrificio. Y todo nos apunta a Cristo, quien es el templo del Nuevo Testamento. Él es la puerta del templo; Él es el altar; Él es la fuente. Su sacrificio por el pecado es la razón por la que ya no tenemos que ofrecer más sacrificios por el pecado. Es la razón por la que no tenemos que matar corderos, ni ovejas, ni cabras, ni toros, porque el sacrificio ha sido hecho, el precio ha sido pagado.

Al Cristo ascender al cielo y derramar el Espíritu de Dios en el día de Pentecostés, lo que comenzó como una pequeña corriente, como un chorrito de agua, (lo vamos a ver) ahora se incrementa y avanza. Este mensajero angelical lleva a Ezequiel como a media milla, y el agua tiene solo unas pocas pulgadas de profundidad, hasta los tobillos.

Y luego avanza otra distancia y las aguas llegan a las rodillas. Y todavía un poco más, y el agua le llega a la cintura. Y entonces finalmente, en un par de millas, en el versículo 6 dice: llegan a «un río que yo no podía vadear porque las aguas habían crecido, aguas que tenían que pasarse a nado, un río que no se podía vadear» (v.5).

De manera que lo que comenzó como una pequeña corriente, crece en volumen y profundidad hasta convertirse en un riachuelo, luego en un arroyo, y finalmente en un río embravecido.

Luego vemos en los versículos del 7 al 12, que este río se convierte en la fuente en el suministro de vida, de crecimiento…y no solo para un poco de vida y crecimiento, sino para mucha vida y crecimiento. Este pasaje habla de abundancia, habla de plenitud, habla de prosperidad, bendiciones que ocurren mientras la maldición va siendo removida y el Espíritu de Dios toma el control.

Vemos estas bendiciones, esta vida, este crecimiento, en la tierra y también en las aguas. Ezequiel 34:7 (Ezequiel es llevado por la ribera del río) dice: «Y cuando volví, he aquí, en la orilla del río había muchísimos árboles a uno y otro lado».

Estos árboles están creciendo porque hay sustento en el río para alimentar sus raíces, para permitirles crecer. Continuamos en el versículo 8:

«Y me dijo: Estas aguas salen hacia la región oriental y descienden al Arabá (hablaremos sobre esto en unos momentos); luego siguen hacia el mar (el mar Muerto, que queda a unas veintitantas millas al este de Jerusalén) y desembocan en el mar; entonces las aguas del mar quedan purificadas. Y sucederá que dondequiera que pase el río, todo ser viviente que en él se mueve (esto es ahora un poderoso torrente de agua), vivirá. Y habrá muchísimos peces, porque estas aguas van allá, y las otras son purificadas; así vivirá todo por donde pase el río. Y junto a él se pararán los pescadores, y desde En-gadi hasta En-eglaim habrá un lugar para tender las redes. Sus peces serán según sus especies, como los peces del mar Grande (que es el Mar Mediterráneo, al oeste de Jerusalén), numerosísimos (peces en lo que una vez fue el mar Muerto). Pero sus pantanos y marismas no serán purificados; serán dejados para salinas. Junto al río, en su orilla, a uno y otro lado, crecerán toda clase de árboles que den fruto para comer. Sus hojas no se marchitarán, ni faltará su fruto. Cada mes darán fruto porque sus aguas fluyen del santuario; su fruto será para comer y sus hojas para sanar» (vv.8-12).

Vamos a hacer algunas observaciones más respecto a este río, sus características y sus efectos.

En primer lugar, este río fluye en lugares donde no esperarías encontrar agua, vida o crecimiento. Fluye en lugares inesperados. Mira el versículo 8: «Y me dijo: Estas aguas salen hacia la región oriental y descienden al Arabá; luego siguen hacia el mar y desembocan en el mar; entonces las aguas del mar quedan purificadas». Ahora, algunas de sus traducciones dicen, «y descenderán al valle».

Lo vuelves a leer y piensas, ¿qué quiere decir esto? Bueno supongo que seguiré leyendo. En este punto es bueno detenerse y buscar que quiere decir esto. Es fascinante, «descienden al valle (o el Arabá) y entran en el mar (Muerto)».

El valle, el Arabá, es la región desértica del valle del Jordán que está al oriente del templo. Este río corre a través de la región desértica que va al sur desde el mar de Galilea hasta el mar Muerto. Arabá podría traducirse como «desierto» o «tierra deshabitada». El valle, el Arabá, es un lugar seco. El promedio de lluvia anual es de solo dos pulgadas.

Este río fluye en este lugar seco. De hecho, la raíz de esta palabra valle o Arabá viene de «seco», «quemado», «árido». No esperas ver este potente y magnífico río trayendo vida, floreciendo y fructificando en medio de un lugar seco.

Eso es lo que Dios hace, eso es lo que el Espíritu hace, eso es lo que Su Palabra hace, cuando fluye libremente, sin impedimentos, llega a los lugares secos y los vivifica.

No es un lugar seco, ¡es un lugar de muerte! Este río fluye desde el templo, fluye a través del Arabá, a través de esta tierra seca, este valle del Jordán, y va hacia el mar Muerto. Entra en el mar Muerto también conocido como el mar salado.

Las aguas de este mar son veinticinco por ciento sal mineral; contiene seis por ciento más sal que el agua de mar. Tiene tanta sal y tantos minerales que nada (ningún macroorganismo) puede vivir ahí. No tiene desagüe; está estancado y nada vivo puede existir ahí.

De manera que los peces que vienen del mar de Galilea desde el río Jordán hacia el mar Muerto, mueren. Ahí no hay peces. Los pescadores no pescan ahí porque no hay peces que puedan vivir en esa salinidad, Por cierto, los estudiosos piensan que la ciudad de Sodoma, en el libro de Génesis, originalmente estaba ubicada en la ribera del río Jordán.

En un tiempo fue un área fértil. Por eso fue que Lot decidió irse allí cuando se le dio la oportunidad de escoger. Era un lugar próspero, pero el pecado entró en este lugar, y los hombres se volvieron excesivamente malvados. Y la intención de Dios para esta tierra no era que fructificara y prosperara con seres humanos pecaminosos habitando en ella. El pecado es malo y tiene consecuencias sobre el ambiente.

El ambiente muestra las consecuencias del pecado del hombre. Y en última instancia sabes que Dios destruyó la ciudad de Sodoma. Ha sido un lugar seco y árido desde entonces. Todavía es un lugar desértico y estéril. Entonces, la historia que estamos viendo aquí, en Ezequiel 47, esta imagen, esta parábola, es algo que físicamente está por suceder.

Sucederá cuando Cristo regrese a la tierra, remueva la maldición y la tierra fructifique una vez más. Pero espiritualmente, es algo que está en el proceso de suceder en nuestros días. Mira, el Espíritu puede producir vida y crecimiento en lugares que de otra manera serían estériles, donde nada puede vivir a no ser por la presencia de Dios.

A veces pienso que nosotras creemos que necesitamos un escenario ideal que sea propicio a la vida y al crecimiento espiritual. Y decimos cosas como: «Sería una cristiana más avivada, vibrante y fructífera si tan solo tuviera un esposo más espiritual». (Ese no es mi caso, yo no estoy diciendo eso por mí, pero algunas mujeres lo dicen).

«Si tan solo tuviera padres más piadosos; si hubiera tenido una mejor crianza; si tuviéramos una iglesia mejor; si nuestro pastor fuera un mejor predicador; si las personas mayores en nuestra iglesia no fueran tan secas, estériles y muertas, o si la juventud en nuestra iglesia no fuera tan mundana...» Decimos, «yo podría ser mejor si tuviera un mejor ambiente».

Tu desierto puede ser un hogar dificil o una iglesia seca, o un matrimonio o la cultura… un lugar que parece no tener esperanza. No hay posibilidad de vida en ese lugar de trabajo, en ese hogar, en ese lugar donde vives. Pero quiero decirte que aún en ese lugar, Dios puede hacer que seas fértil y fructífera, y prosperar si el río de Su vida, Su Espíritu, Su gracia está fluyendo a través de ti.

Este río viene y fluye a través de los lugares donde menos esperarías encontrarlo. Gracias a Dios por ese lugar seco, ese lugar estéril, esa tierra deshabitada donde estás. Dile, «Señor, esto requiere fe. Tengo que creer que tú vas a hacer lo que yo no puedo».

«Yo no puedo hacer que ríos de agua viva fluyan aquí, pero Tú sí puedes. Y puedes hacerlo en mí, y Tú puedes hacerlo a través de mí en este lugar seco».

Y los resultados de este río de vida ¡son transformadores! Lo cambian todo. Hace que las cosas muertas vuelvan a la vida. Ezequiel 47:9 dice que todo vivirá por dondequiera que pase el río. Y en la tierra, los árboles y la vegetación florecen; están llenos de fruto. En el mar los peces, donde no había vida, donde había tanto contenido de minerales que mataba a los peces, ahora los peces crecen y viven. Las cosas muertas vuelven a la vida. Donde haya agua habrá vida. Puedes esperar eso.

Piensa en las grandes ciudades del mundo, generalmente se desarrollan donde hay agua, alrededor de los ríos. Donde no hay agua físicamente, el crecimiento es difícil o inexistente, o tienes que usar métodos artificiales para traer el agua, acueductos o lo que sea necesario.

Pero donde hay agua, allí habrá vida, habrá prosperidad, habrá comunidad, habrá transformación. Y el evangelio, mientras fluye como un río de vida en nosotras y a través de nosotras hacia el mundo, hace que las personas muertas, vivan. ¡Eso es lo que hace el evangelio!

En Efesios 2, dice: «YÉlos dio vida a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia». Los muertos no pueden ser espirituales, no pueden amar a Dios, no pueden producir el fruto del Espíritu; los muertos no puede hacer nada para tener vida en sí mismos, no pueden traer a su pareja a la vida o a sus hijos. ¡Están muertos!

Pero el Espíritu de Dios hace que las cosas muertas vivan. «…estabais muertos en vuestros delitos y pecados, pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aún cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, nos dio vida juntamente con Cristo» (v.4).

Ese es el río de vida, es el evangelio, es el Espíritu de Dios, es la Palabra de Dios, es el poder de Dios, es la gracia de Dios enviada por Él a nuestros corazones, corriendo por nuestras venas, produciendo vida de la muerte. Es la vida que trae la resurrección. Es la vida resucitada de Cristo fluyendo a través de esos lugares secos, estériles e inútiles de nuestra vida, avivándonos y trayéndonos a la vida. Haciendo que las cosas muertas vivan. Y ese río de vida hace que las cosas que viven, florezcan, crezcan, sean fructíferas y se desarrollen.

Tengo algunos arbustos en mi jardín que en ocasiones no puedo asegurar si están vivos o muertos. Parece que tienen algo de vida, pero no se están desarrollando. A veces me pregunto, ¿debería cortarlos? ¿Debería podarlos? ¿Debería deshacerme de ellos? Bueno, se necesita una persona que sepa la respuesta a esas preguntas. Pero el Espíritu de Dios, la gracia de Dios, el río de vida es el que hace que las cosas que están vivas fructifiquen y se desarrollen.

Veamos en Ezequiel 47:12: «Junto al río, en su orilla, a uno y otro lado, crecerán toda clase de árboles que den fruto para comer… Cada mes darán fruto...» No solo están vivos, también son fructíferos, se están desarrollando. Y así vemos el poder transformador del evangelio. Trae vida donde no había ninguna.

Algunas de ustedes están cargadas porque sus esposos no conocen a Jesús. El martes se me acercó una mujer y me dijo, «por favor ora por mi hijo de quince años». Ella me habló un poco de su problema y lo que le preocupa. Ella no puede darle vida a su alma; no puede traer transformación a su manera de pensar tan torcida y ajena a la Palabra de Dios. Pero sí puede acercarse al trono de Dios, de donde fluye el río de la vida.

Ella puede orar. Puede pedirle a Dios que haga lo imposible; que traiga ese río de vida a fluir a través de ella, fluir a través de otros, fluir en el corazón de este joven y traer vida en ese lugar seco y estéril.

Tú no puedes sacar adelante tu matrimonio, pero el Espíritu Santo de Dios sí puede, con su río de vida fluyendo a través de ti.

Al leer pasajes como estos nos hacemos algunas preguntas. Y quiero preguntarte: ¿Estás espiritualmente viva? ¿Tienes vida espiritual? Me dirás: «Bueno, por supuesto que lo estoy. Soy miembro de esta iglesia». Déjame decirte que tú puedes ser miembro de esa iglesia o de cualquier otra y no estar espiritualmente viva.

De hecho, eso es algo que resulta muy duro para nuestros pastores cuando están tratando de predicar a una congregación de gente muerta, porque la gente muerta no puede entender. No puede oír. Pueden oír físicamente. Pero el pastor puede predicar acerca de la gracia, del amor y la ternura, de la misericordia de Dios, y derramar su corazón…

O puede derramar su corazón hablando acerca del juicio y de la ira de Dios y del terror del Señor –y todo lo demás– y ellos seguirán ahí sentados. No habrá una transformación, no habrá vida, ni gozo, no habrá llenura, ni fruto.

Una de las razones por las que esto es así, una gran probabilidad, es que estén muertos. Necesitan el río de vida fluyendo a través de ellos, para hacer que viva aquello que está muerto.

Dices que estás espiritualmente viva. ¿Cuáles son las señales? ¿Dónde está la evidencia? ¿Hay alguna evidencia de la vida de Cristo fluyendo en y a través de ti? Si no estás segura, pregúntales a tus hijos. Pregúntale a tu esposo, pregúntale a la persona que está sentada junto a ti en el cubículo de trabajo y que no es cristiana.

«¿Hay evidencia de que soy cristiana? O las personas solamente piensan, bueno, sí, ella es religiosa, va a la iglesia. Escucha, si no hay evidencia, si no hay fruto, si no hay vida, tal vez Dios te ha puesto a escuchar este programa hoy para que tengas vida, para que tengas el río de vida fluyendo hacia ti y traiga la vida que viene de la resurrección, para hacerte una hija de Dios.

No solo quiero saber la respuesta a, «¿estás espiritualmente viva?» Quiero saber, ¿estás creciendo espiritualmente? ¿Estás floreciendo? Donde hay vida espiritual, habrá crecimiento. Donde no hay crecimiento existen buenas razones para cuestionar si hay vida.

Hoy día tenemos tanta gente que va con la corriente llenando nuestras iglesias; gente con muchas actividades, son religiosos, sirven, son voluntarios, dan ofrendas ... pero si no hay evidencia real de amor por Cristo y amor por los demás...

Son personas enojadas, amargadas; no están arrepentidas, son adictas a diversos pecados. Ahora, no estoy diciendo que si tienes el río de vida fluyendo a través de ti, nunca vas a pecar. Eso no está de acuerdo con lo que dicen las Escrituras. Pero por donde fluye el río, hay vida, florece, hay crecimiento, hay un deseo, hay un apetito, hay algo que te hace desear ser la persona que Dios quiere que seas.

Y no solo estarás viva y creciendo espiritualmente, sino que te convertirás en una fuente que trae vida a otros. El río de vida fluirá a través tuyo, y por donde el río corre habrá nueva vida, habrá nuevo crecimiento.

Por eso, te pregunto, «¿estás fructificando espiritualmente?» No que solamente estás espiritualmente viva y creciendo espiritualmente, sino que ¿también estás llevando fruto? ¿Eres una inspiración, una fuente de vida y crecimiento para otros?

Donde está el río de vida, todo cambia. Las cosas muertas vuelven a la vida; las cosas que están vivas comienzan a florecer.

Ahora, este río, esta agua de vida, al mirarlo a través de las Escrituras verás que está íntimamente relacionado con el Espíritu de Jesús y con la Palabra de Dios. Esta es el agua, esta es el agua viva, esto es lo que mora en nosotros y trae vida, el Espíritu de Dios.

En Ezequiel 36:25 y 27, un pasaje anterior al que estamos viendo hoy, dice:

«…os rociaré con agua limpia y quedaréis limpios…»

«Pondré dentro de vosotros mi espíritu…» Esta es el agua; el Espíritu que Jesús envió a esta tierra cuando regresó a los cielos.

¿Cómo lo sabemos? En el Nuevo Testamento, Juan 7 nos dice en el versículo 38: «El que cree en mí, (dice Jesús) como ha dicho la Escritura: “De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva”. Pero Él decía esto del Espíritu, que los que habían creído en Él habían de recibir».

Así que este río de agua viva es el Espíritu Santo viviendo en ti, viviendo en mí, viviendo en nosotras, brotando a través de nosotras y trayendo transformación y gracia y cambio y vida, y bendiciones por donde quiera que vayamos. Porque por donde corre el río, por donde sea que fluya, hay vida. Así que el Espíritu mora en nosotras.

Y la Palabra de Dios mora en nosotras. Ves esta imagen en el Salmo 1, comenzando en el versículo 2: «¡...sino que en la ley del SEÑOR está su deleite, y en su ley medita de día y de noche!» El salmista está internalizando las Escrituras, memorizándolas, estudiándolas, meditando en ellas día y noche. Veamos el versículo 3:

«Será como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita; en todo lo que hace, prospera».

¿Puedes ver el paralelo ahí, con Ezequiel capítulo 47? Hay vida; hay crecimiento; hay mucho fruto, porque el Espíritu de Dios y la Palabra de Dios moran en nosotras y están haciendo su obra. Están haciendo una obra, no está estancada. Está viva en nosotras. Eso es lo que nos aviva, nos vivifica y nos convierte en una corriente de agua que da vida a otros.

Nunca experimentarás vida espiritual y crecimiento, ni serás fuente de vida y crecimiento para otros, separada del Espíritu de Dios y de la Palabra de Dios fluyendo en y a través de ti. Y cuando lo seas, todo cambiará, porque por donde el río corre, hay vida.

Carmen: Nancy DeMoss de Wolgemuth regresará en un momento. El programa de hoy es el segundo en la serie titulada, «Por donde pase el río». Nancy está explorando la propagación del evangelio y la expansión del reino de Dios, hasta el día en que Él traiga cielos nuevos y tierra nueva. Unámonos hoy en oración para que el reino de Dios avance poderosamente en nuestros días. Comparte este programa con mujeres en tu círculo de influencia, a través de nuestro sitio web, AvivaNuestrosCorazones.com.

Imagina que estás atravesando una sequía, y de pronto encuentras una planta verde y con fruto. ¿Cómo podría florecer esa planta sin una fuente visible de agua? Tú puedes ser como esa planta, cuando el Espíritu Santo te alimenta aún en tiempos de sequía y tiempos en que enfrentas los retos de la vida. Nancy nos hablará más acerca de esto mañana, aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Aquí está ella para cerrar nuestro tiempo juntas.

Nancy: Estaba leyendo justo en las últimas veinticuatro horas, de mi «amigo», Charles Spurgeon, en su libro, El Libro de Cheques del Banco de la Fe, que es uno que me encanta. Una de sus lecturas habla de este río de vida. Me gustaría leértela, porque incluye una oración que, al leerla, se ha convertido en mi oración mientras leo y medito en este pasaje. Él dice,

Las aguas vivas, en la visión del profeta, fluían al mar Muerto, y eran portadoras de vida, incluso para ese lago estancado. Allí donde llega la gracia, la vida espiritual es la consecuencia inmediata y eterna. La gracia procede soberanamente de conformidad a la voluntad de Dios, tal como el río en todos sus serpenteos sigue su propia y dulce voluntad; y a todas partes donde llega, no espera que la vida venga a él, sino que produce vida mediante su propio flujo vivificador. ¡Oh, que se derramara a lo largo de nuestras calles, e inundara nuestros barrios bajos! ¡Oh, que viniera ahora a mi casa, y se elevara de tal forma que cada habitación tuviera que nadar en él! Señor, concédeme que el agua viva fluya a mi familia y a mis amigos, y que no me pase por alto. Espero haber bebido ya de sus aguas; pero deseo bañarme en él, sí, nadar en él. Oh mi Salvador, necesito vida más abundantemente. Ven a mí, te lo ruego, hasta que cada parte de mi naturaleza esté vívidamente energizada e intensamente activa. Dios vivo, te lo ruego, lléname de Tu propia vida. Yo soy un pobre palo seco; ven y hazme vivir de tal manera que, como la vara de Aarón, pueda reverdecer y florecer y producir fruto para Tu gloria. Vivifícame, por nuestro Señor Jesús. Amén.

Y Señor, te pedimos que dejes que ese río de vida venga y fluya en nosotras, para nosotras y a través de nosotras, para que Tu vida, Tu Espíritu, Tu gracia y Tu poder puedan fluir donde sea que vayan nuestras vidas. Oramos en el nombre de Jesús. Amén.

Carmen: Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.