Aviva Nuestros Corazones Podcast

Tiempo para lamentar

Nancy DeMoss Wolgemuth:

ANCLADAS EN CRISTO.

Sostenidas por Su Palabra en todo tiempo.

Unidas buscando al Señor para ser animadas a permanecer firmes sobre la Roca.

Únete a nosotras y sé refrescada, alentada en tu fe para correr la carrera con tus ojos puestos en Cristo.

HOY asegúrate de participar junto a miles de mujeres alrededor del mundo, de la Conferencia Mujer Verdadera 2020. Infórmate de cómo puedes ser parte, en MujerVerdadera20.com. Reúne a un grupo de hermanas para que participen juntas. ¡Crezcamos en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo y arraiguemos nuestras vidas en Él!

Annamarie Sauter: Sentirse cómodo con el pecado es como estar en una casa ardiendo en llamas. Los que están dentro necesitan una advertencia fuerte e inmediata. 

Nancy: Si estás en una casa que se está incendiando, debes clamar, dolerte y llorar por lo que esto le hace a tu vida y a las vidas de tus hijos y nietos, a las generaciones futuras, a los que te rodean, y a la cultura.

Somos parte de esto. Debemos asumir nuestra responsabilidad delante de Dios y clamar ante Él.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

La lectura de hoy de la Biblia es Jueces capítulos 7 al 9.

Ayer escuchamos la primera parte de un mensaje titulado, «Un llamado de alerta», el cual Nancy enseñó luego de una tragedia ocurrida en Estados Unidos. Fue una masacre en una escuela secundaria, en la que murieron varios estudiantes y un maestro, muchos quedaron heridos y el atacante cometió suicidio luego de sus actos. Ese evento, así como otros que han sucedido en nuestras naciones, dejan marcas indelebles en muchos corazones.

El mensaje que escucharemos hoy es relevante aún para nuestros días. Si no escuchaste la primera parte, puedes encontrar tanto el audio como la transcripción en AvivaNuestrosCorazones.com. Aquí está Nancy con la continuación.

Nancy: Jeremías es conocido como el profeta llorón, el hombre que derramó su corazón por el pueblo rebelde de Dios. En el capítulo 9, versículo 1, Jeremías dice:

«Quién me diera que mi cabeza se hiciera agua, y mis ojos fuente de lágrimas, para que yo llorara día y noche por los muertos de la hija de mi pueblo».

Cuando leo esas palabras, no puedo evitar pensar en el corazón de nuestro Salvador, de quien leemos en Lucas capítulo 19, mientras Él contemplaba la ciudad y lloraba sobre ella. La palabra llorar aquí es una palabra que significa «sollozar», «gemir en voz alta», «una fuerte expresión de dolor y aflicción, especialmente de luto por los muertos».

Amigas, este no es momento para jugar. No es momento para fiestas, para festejar. Este es un momento de llorar, lamentar y afligirnos por lo que está sucediendo en nuestra nación, en nuestros hogares, en nuestras iglesias. No estamos hablando del problema de otra persona. Tenemos que identificarnos con esto como nuestro problema.

El profeta Oseas nos dice que hay dos tipos diferentes de llanto, y creo que es importante que nos demos cuenta de esto. En Oseas 7:14, Dios dice que estas personas «no claman a mí de corazón cuando gimen en sus lechos».

¿Cuál es la diferencia? Los que simplemente gimen sobre sus lechos sienten remordimiento, pero no están dispuestos a salir de ahi o a cambiar; mientras que aquellos que claman a Dios desde sus corazones están verdaderamente arrepentidos.

Los que gimen en sus lechos claman por alivio, pero aún son desafiantes.Todavía insisten en hacerlo a su manera; mientras que aquellos que claman a Dios desde su corazón claman en rendición.

Los que gimen en sus lechos se centran en su dolor, en su herida, en su problema. Pero aquellos que claman desde sus corazones asumen la responsabilidad personal de su propio pecado. Se dan cuenta de que el tema central de sus vidas no es, en última instancia, sus heridas, sino el haberse distanciado de un Dios santo.

Los que gimen en sus lechos culpan a los demás,pero los que claman de corazón reconocen su propia responsabilidad.

Los que gimen en sus lechos son egocéntricos.Lo que les importa es: «¿Cómo me afecta esto a mí?» Pero aquellos que claman a Dios desde sus corazones están centrados en Dios. Se dan cuenta de que, en última instancia, no importa cómo me afecta, porque no se trata de mí. Se trata de Él. Y se lamentan por la ofensa ante un Dios santo.

Los que gimen en sus lechos claman por alivio, pero los que claman a Dios desde sus corazones claman por misericordia.

¿Sobre qué cosas debemos lamentarnos? ¿Por qué cosas debemos llorar y dolernos?

Bueno, no solo por las consecuencias de nuestro pecado, sino por nuestro pecado en sí mismo. Deberíamos llorar por el pecado en nuestras naciones que se ufanan, que presumen de su maldad, que a lo malo llaman bueno y a lo bueno llaman malo.

No sé cómo la gente puede ver las noticias en la televisión y evitar que sus corazones y mentes se contaminen. Es un mundo perverso, oscuro y corrupto, y se ve en la televisión noche tras noche.

Algunas de nosotras lo hemos escuchado tanto y durante tanto tiempo que nos hemos hecho insensibles. Ni siquiera nos damos cuenta de lo malvado que es todo esto.

Necesitamos:

  • Llorar por la violencia
  • Llorar por la perversión
  • Llorar por la burla y desprecio hacia las cosas de Dios
  • Llorar por nuestras familias
  • Llorar por la rebelión

Una y otra vez recibo tarjetas de oración de mujeres cristianas en iglesias evangélicas que están derramando sus corazones por sus hijos o sus nietos que crecieron en la iglesia pero no tienen un corazón para las cosas de Dios.

En una ocasión hablé en una escuela cristiana con algunos profesores, el personal y los padres. El consejero de la escuela me dijo: «Necesitamos este mensaje porque los niños en esta escuela cristiana», y estas fueron sus palabras, «odian a Dios».

Y era verdad. Escuchamos cosas como: «¿Qué ha sucedido en nuestros hogares—en nuestros hogares cristianos? Hemos producido, no solo unos pocos, sino toda una cosecha de jóvenes que no soportan las cosas de Dios».

Necesitamos llorar por la rebelión en nuestros hogares, la inmoralidad, la cultura del divorcio. No creo que nos demos cuenta de lo que ha traído toda esta cultura del divorcio.

Por primera vez en los últimos años, la tasa de divorcios dentro de la iglesia es más alta que la tasa de divorcios en el mundo secular (al menos en los EEUU). Tenemos que llorar y gemir por el hecho de que hemos roto el pacto hecho con Dios, y delante de Dios.

Necesitamos llorar por nuestras iglesias. Estamos jugando a la iglesia. Estamos tan ocupadas tratando de ser relevantes para el mundo que nos hemos vuelto como el mundo. Y el mundo no está impresionado.

Necesitamos llorar y gemir por nuestro pecado como mujeres cristianas. Sé que esto no es políticamente correcto, pero tenemos que volver a la Palabra de Dios, a lo que es bíblicamente correcto, y decir: «Oh Dios, hemos pecado contra Ti como mujeres cristianas». 

A donde quiera que voy, cuando hablo sobre el tema del perdón, les pregunto a las mujeres: ¿Cuántas de ustedes serían lo suficientemente honestas como para decir: «Hay una raíz de amargura o falta de perdón en mi corazón?»

Invariablemente, entre el 85 y 95 por ciento de las mujeres cristianas allí levantan sus manos. Debemos llorar y gemir por el hecho de que somos mujeres cristianas amargadas, implacables—que no perdonan.

Escucho mujeres cristianas expresar su enojo. Somos un grupo de mujeres enojadas y exigentes. Necesitamos confesarlo y lamentarnos por ello, dolernos por nuestra falta de sumisión a la autoridad de Dios, y a las autoridades que Él ha puesto en nuestras vidas.

Hemos crecido en una generación «enloquecida por sus derechos», y muchas de nosotras hemos caído en la trampa. El enemigo nos ha engañado haciéndonos creer que podemos «hacerlo a nuestra manera», que debemos tener el control de nuestras vidas y de nuestro mundo y de las personas que nos rodean. Así que nos hemos convertido en controladoras y manipuladoras en lugar de tener un espíritu manso, tierno y sereno que confía en Dios, que cede sus derechos.

Necesitamos llorar y gemir por el pecado de la inmodestia, la falta de discreción. Hace apenas una semana recibí una carta de una mujer que decía que hoy en día difícilmente puedes ir a la iglesia sin ver mujeres vestidas como el mundo, inmodestas; no, como dice la Escritura, con pudor y modestia (véase 1 Timoteo 2: 9).

Debemos llorar y gemir por nuestra falta de discreción. Dolernos por el hecho de que hemos sido engañadas; que hemos priorizado las carreras profesionales sobre la familia, sobre ser esposas y madres; que no les hemos enseñado a nuestros hijos los caminos de Dios; que no hemos protegido a nuestros hijos de las influencias impías y profanas que los rodean; que hemos roto promesas, el pacto matrimonial y los votos ante Dios.

Necesitamos lamentarnos no solo por los pecados de las mujeres en general, sino también por nuestros propios pecados, por nuestra propia dureza de corazón. Hay mujeres que nos escuchan —y no sé quién eres, pero sé que Dios te ha estado hablando hoy— mujeres que están involucradas ahora mismo en una relación que es inmoral e impía.

Estás en una casa en llamas y debes llorar y lamentarte por lo que esto te está haciendo a ti y a tus hijos y nietos, a las generaciones futuras y a los que te rodean y a la cultura. Somos parte de esto. Tenemos que asumir la responsabilidad y clamar ante Dios.

En Lamentaciones 2:19, el profeta dice: «Levántate, da voces en la noche al comenzar las vigilias; derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor; alza hacia Él tus manos por la vida de tus pequeños, que desfallecen de hambre en las esquinas de todas las calles». 

Y yo te digo: no podemos fabricar el lamento, el llanto. Pero cuando nos encontramos en la presencia de Dios y luego miramos a nuestro alrededor, Dios causará un gemido, una intensidad, una compulsión en nuestros corazones. No estaremos satisfechas, y pasaremos del júbilo al lamento.

Hace un tiempo, cuando regresaba a casa de una conferencia, estaba sentada en una mesa leyendo las tarjetas de oración. No soy muy llorona, pero me encontré llorando ante el Señor, diciendo: «Oh, Dios, ¿qué está pasando?»

Jesús dijo: «Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados» (Mat. 5: 4). El consuelo llegará. Llegará el momento de regocijarnos. Pero primero el lamento, el tiempo de pedirle a Dios que ponga en nuestros corazones una gran necesidad de llorar y clamar.

No solo debemos despertarnos y pasar de la complacencia a la preocupación; llorar y pasar de la alegría al lamento, sino que, en tercer lugar, dice el profeta, que debemos advertir a los demás. Pasar del aislamiento a la influencia.

Tenemos una influencia tan poderosa como mujeres, y pocas de nosotras nos damos cuenta de lo grandioso que es eso. Los profetas se dieron cuenta. Por eso dijeron que tenemos una gran influencia sobre los hombres y sobre nuestros hijos y sobre los demás. «Que se apresuren y eleven una lamentación por nosotros» (Jer. 9:18).

¿A quién se refiere ese «por nosotros»? A los hombres, «para que derramen lágrimas nuestros ojos y fluya agua de nuestros párpados».

Las mujeres sabemos cómo llorar. El problema es que usamos nuestras lágrimas muchas veces con fines equivocados. Las usamos para manipular cuando no nos salimos con la nuestra. Eso es lo que generalmente me hace llorar, cuando no sucede lo que yo quiero.

Pero el profeta dice: «Llora por las cosas correctas». Llora por el dolor y la ofensa que se ha cometido contra un Dios santo. Entonces los hombres estarán motivados a llorar, a derramar sus corazones ante Dios.

Luego dice: «Oíd, pues, mujeres, la palabra del Señor, y reciba vuestro oído la palabra de su boca» (Jer. 9:20). Debemos convertirnos en mujeres de la Palabra de Dios, mujeres que conocen este Libro y que saben cómo aplicarlo a situaciones de la vida real en esta generación.

Luego él les dice a aquellos que han escuchado la Palabra del Señor, «enseñad la lamentación a vuestras hijas y la endecha cada una a su vecina».

Esa es nuestra influencia: advertir a otros con nuestras lágrimas y nuestra preocupación y tristeza por la condición de nuestras naciones. Nos convertimos así en un medio de influencia sobre los corazones de los demás.

Se necesita valentía. Se necesita valor, porque nuestro mensaje no es uno popular. Puede que no nos crean. Puede que no nos presten atención. Pero tenemos que decirlo de todos modos.

Un gran escritor del siglo pasado dijo lo siguiente:

«La mayor influencia en este mundo, ya sea para bien o para mal, la tiene la mujer. Una comunidad donde la mujer cumple con su misión no será destruida. Porque por el poder de su noble corazón hacia los demás, la levantará de sus ruinas y la restaurará nuevamente a prosperidad y gozo».

Mujeres, hemos sido elegidas no solo para pertenecer a Dios sino para ser instrumentos suyos en medio de una cultura oscura y perversa. La influencia de una mujer, sea para bien o para mal, es muy poderosa.

Lo podemos ver más claramente en las diferencias que hay entre dos mujeres de la Biblia: Eva en el Antiguo Testamento, y María la madre de Jesús en el Nuevo Testamento.

Eva se preguntó: «¿Qué dicen mis sentimientos?», pero María dijo: «¿Qué dice la fe?»

Eva dijo: «¿Qué es lo mejor para mí?», pero María dijo: «¿Qué es lo mejor para los demás?»

Eva dijo: «Quiero hacerlo a mi manera», pero María dijo: «Quiero hacerlo a la manera de Dios».

Eva dijo: «Todo se trata de mí», pero María dijo: «Todo se trata de Él».

Eva se preguntó:«¿Qué quiero?», pero María se preguntó: «¿Qué quiere Dios?»

Eva dijo: «¿Qué se ve bien?», pero María dijo: «¿Qué es bueno?»

Eva dijo: «¿Qué pienso?», pero María dijo: «¿Qué ha dicho Dios?»

¿Cuál fue el resultado? Dos mujeres poderosas e influyentes.Eva condujo a su esposo y a toda la raza humana al pecado y la oscuridad. Pero María, a través del poder de una vida de rendición, se convirtió en el instrumento para traer al Salvador al mundo.

Nuestras vidas son una poderosa influencia para quienes nos rodean. Quisiera que usáramos esa influencia para mostrarle a nuestros esposos, a nuestros hijos, y a otros en el cuerpo de Cristo, la condición tan crítica en la que nos encontramos, para que se unan a nosotros en lamento, en arrepentimiento y en clamor a Dios por misericordia.

Entonces los profetas dicen: «Despierten, levántense». Vuélvanse de la complacencia a la preocupación.

Y luego: «¡Lamenten!». Vuélvanse de la alegría al lamento.

Luego dicen: «Adviertan a los demás». Salgan del aislamiento y traten de influenciar a los que están a su alrededor.

Y finalmente: «Esperen en el Señor». Muévanse del temor a la fe.

El profeta Isaías habla del poder de Dios para transformar aún la situación más desesperada. Él dice que todo comenzará cuando «se derrame sobre nosotros el Espíritu desde lo alto, el desierto (el lugar seco, el lugar árido) se convierta en campo fértil y el campo fértil sea considerado como bosque». (Isa. 32:15). Allí encontraremos justicia y rectitud, paz, quietud y confianza para siempre (véanse los versículos 16-17).

Y luego dice: «Entonces habitará mi pueblo en albergue de paz, en mansiones seguras y en moradas de reposo» (Isa. 32:18). Pasar del temor a la fe.

El continúa en el próximo capítulo con esta oración:

«Oh Señor, ten piedad de nosotros; en ti hemos esperado. Sé nuestra fortaleza cada mañana, también nuestra salvación en tiempo de angustia… Exaltado es el Señor, pues mora en lo alto; ha llenado a Sion de derecho y de justicia. Él será la seguridad de tus tiempos, abundancia de salvación, sabiduría y conocimiento» (Isa. 33: 2, 5-6).

Y, «el temor del Señor es tu tesoro», esa es la clave. Sí, hay esperanza, pero Él es nuestra única esperanza.

Los sociólogos están ocupados tratando de encontrar la respuesta. Él es la respuesta. Entonces debemos orar por un derramamiento del Espíritu de Dios en nuestros días.

Thomas Brooks, un famoso escritor puritano del siglo XVII dijo:

«Después de mucho orar, esperar y llorar, Dios usualmente viene a su pueblo con Sus manos y corazón llenos de misericordia. Le encanta no venir con las manos vacías, hacia aquellos que por mucho tiempo han estado sentados con los ojos llenos de lágrimas frente a la puerta de la misericordia».1

Oremos por un derramamiento del Espíritu en nuestros días.

Y cuando parezca que la espera es larga, no te desanimes. No pierdas la esperanza. Sé fiel. Porque, quiero decirte, Dios ha escrito el capítulo final. Él tendrá la última palabra.

Se acerca el día en que los cielos serán abiertos y veremos a un jinete venir sobre «un caballo blanco. Su nombre es Fiel y Verdadero. Con justicia juzga y hace la guerra. Sus ojos son como fuego ardiente, y en su cabeza hay muchas coronas. Tiene un nombre escrito en Él que nadie conoce sino Él mismo. Está vestido con una túnica bañada en sangre, y su nombre es La Palabra de Dios. Los ejércitos del cielo lo seguían, cabalgando sobre caballos blancos y vestidos de lino fino, blanco y limpio. De su boca sale una espada afilada con la que derriba a las naciones. Los gobernará con un cetro de hierro. Él pisa el lagar de la furia de la ira de Dios Todopoderoso. En su túnica y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES» (Apoc. 19: 11-16).

Él es el gran y eterno Dios, el YO SOY. Amén. El Señor reina. Y en ese día no habrá más oscuridad. No habrá más pecado. No habrá más tristeza. No habrá más lágrimas. No habrá más dolor. La oración se convertirá en alabanza, y la fe se convertirá en vista.

Entonces, mujeres elegidas, esperen en el Señor. Que el temor se torne en fe. 

Y mientras esperamos, permanezcamos despiertas, estemos alerta a nuestra situación actual, alerta al inminente juicio de Dios que viene. Y lamentémonos. El tiempo de regocijo eterno viene, pero aún no ha llegado.

Ahora lloramos. Nos lamentamos. Que la alegría se convierta en lamento. Advirtamos a otros. Pasemos del aislamiento a la influencia. Y esperemos en el Señor, pasando del temor a la fe.

¿Inclinarías tu corazón conmigo en oración?

Santo, Santo, Santo, Padre, grande eres Tú y digno de ser alabado; y en este día te adoramos como Soberano Señor y Gobernante del universo. Levantamos nuestros ojos hacia ti y te decimos: «Oh Dios, te necesitamos desesperadamente en esta hora oscura».

Oramos para que nos des ojos para ver lo que Tú ves y corazones que sientan lo que Tú sientes. Que podamos afligirnos por lo que aflige Tu corazón.

Oramos para que nos despiertes y nos levantes. Algunas de nosotras estamos dormidas detrás del volante, ajenas al hecho de que el automóvil en el que estamos se dirige hacia el juicio.

Despiértanos al hecho de que estamos en una casa ardiendo en llamas y que nuestra tarea aquí en esta tierra como tus mujeres elegidas, es advertir a otros del peligro. Señor, hay mujeres que nos escuchan que necesitan ser advertidas, que necesitan despertar a la situación en que se encuentran en sus propias vidas, en sus propios hogares. 

Danos la compasión, el fervor y la pureza de corazón para llorar, lamentarnos e interesarnos por la condición en la que nos encontramos. Úsanos como mujeres para influir en otras personas y luego haz que esperemos con los ojos fijos en Ti, no para vivir en temor sino para caminar por fe.

Oh Dios, a ti clamamos. Ten piedad de nosotras en este día. Sana, oh Señor nuestros corazones, nuestros hogares, nuestras iglesias y nuestra tierra. Por la causa de Cristo te lo rogamos, amén.

Nancy: Bueno, esa fue la segunda parte de un mensaje que di hace ya varios años, justo después de una masacre en una escuela secundaria en Columbine. La carga que compartí ese día es la misma carga que todavía hoy está en mi corazón. Y tengo que decirte que este no es un mensaje popular hoy en día. No queremos mensajes que nos digan que debemos llorar, lamentarnos, arrepentirnos, esperar en el Señor y clamar a Él.

Pero eso es lo que debemos hacer si queremos experimentar avivamiento, el despertar que nuestra tierra tan desesperadamente necesita. Creo que muchas de nuestras oyentes tienen el mismo deseo y creo que Dios ha puesto esa carga en ellas.

Puede ser que tú seas la única, o una de las pocas en tu familia, en tu iglesia o en tu comunidad. Puede que te sientas muy sola, pero quiero animarte: sigue clamando al Señor. Sigue esperando en Él y sigue pidiéndole que toque a su pueblo con Su poder y Su gloria en nuestros días.

Oh, Señor, oro para que en nuestros días hagas una nueva obra en los corazones de las mujeres; que escuchemos tu llamado, que escuchemos y respondamos y nos arrepintamos; y que seamos mujeres que clamemos a ti a favor de nuestras familias, nuestras iglesias y nuestras naciones. Ruego que escuches desde los cielos, que vengas y nos respondas.

Ruego, Padre, que te glorifiques en nuestros días. En el nombre de Jesús. Amén.

Annamarie: Puede que seas una mujer mayor. Puede que seas una estudiante. Puedes estar casada o soltera. Cualquiera que sea la etapa de la vida en la que te encuentres, cualquiera que sea tu llamado, tu prioridad número uno es buscar al Señor. El lunes, acompáñanos en una serie que te llevará a experimentar el gozo de un avivamiento en la relación personal con Dios. 

¡Te esperamos de nuevo aquí en Aviva Nuestros Corazones, y que Dios obre de manera especial en medio nuestro este fin de semana!

Llamándote a orar por un derramamiento del Espíritu de Dios en tu familia, en tu iglesia y en el mundo, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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