Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Un clamor, día 3

Temporada:  Un clamor | 0

Annamarie Sauter: Más a menudo de lo que nos gustaría tenemos que atravesar momentos difíciles.

Nancy DeMoss Wolgemuth: El oro tiene que pasar por el calor para ser purificado. Y tal vez piensas: «Este calor parece tomar mucho tiempo y está muy caliente». Pero Dios no permitirá que la intensidad sea mayor o que la duración sea más larga de lo absolutamente necesario para limpiar todas las impurezas y obrar santidad y humildad en nuestros corazones.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. La lectura bíblica para hoy es Lucas capítulos 5 y 6.

Aquí está Nancy con la continuación de la serie titulada, «Un clamor».

Nancy: En los últimos programas hemos estado hablando sobre lo que creo que es uno de los principios más importantes y poderosos de toda la Palabra de Dios. Es el principio de clamar al Señor, de invocar el nombre del Señor. Nos hemos enfocado principalmente en el Salmo 50 versículo 15, que dice: «Invócame en el día de la angustia»; y Dios dice: «Te libraré y tú me honrarás».

Es una promesa que tiene una condición. La condición es que cuando estés en problemas, invoques a Dios. Entonces Él dice: «Yo te escucharé, Yo te libraré». Y el resultado final es que de nuestro corazón agradecido y entregado honraremos a Dios, le daremos alabanza y Él será glorificado.

Ahora, cuando hablamos de clamar al Señor, encontramos todas estas promesas que dicen: «Si clamas, te escucharé y responderé; te libraré».

Leemos en el Salmo 34, cómo el Señor libra a los justos de sus angustias, de sus problemas. Creo que puede ser un poco desconcertante porque dice que los libra de todos sus problemas.

Esa pequeña palabra a veces me desconcierta porque miro mi propia vida y miro las vidas de los demás, y encuentro situaciones en las que parece que eso no es cierto. He tenido problemas de los que no he sido librada, y sé que ustedes han tenido problemas de los que no han sido libradas. Parece que clamamos al Señor y, sin embargo, no parece que haya habido liberación.

Bueno, en primer lugar, debemos darnos cuenta de que Dios no siempre responde en nuestro tiempo. Verás, para nosotras una semana de clamor nos parece mucho tiempo, por no hablar de un mes o un año o años, tal vez incluso décadas; quizás con un matrimonio en problemas clamando al Señor, y sin embargo Dios no ha cambiado el corazón de ese marido. Dios no ha cambiado esa situación.

Para nosotras eso parece una eternidad, pero si pudiéramos adentrarnos en la eternidad y ver el tiempo desde el punto de vista de Dios, nos daríamos cuenta de que incluso las décadas son solo un destello, un punto en esa pantalla, en lo que respecta a la eternidad.

Creo que una de las razones de esto es que sigamos clamando a Dios. Algo así sucedió con los hijos de Israel. Leemos en Éxodo 2: 23-24, que clamaron a Dios cuando eran esclavos en Egipto. Ellos gimieron en su esclavitud. Clamaron al Señor y la Escritura dice que Dios los escuchó y puso en marcha su liberación.

Pero pasó bastante tiempo antes de que realmente experimentaran la liberación. De hecho, su situación empeoró antes de mejorar. Hubo batallas que pelear y la liberación no siempre fue inmediata porque Dios quería que siguieran clamándole.

Verás, desde ahora hasta que lleguemos al cielo, Dios quiere que hagamos del clamor a Él un estilo de vida. En Lucas 18: 7, Jesús dice: «¿Y no hará Dios justicia a Sus escogidos, que claman a Él día y noche? ¿Se tardará mucho en responderles?» 

Hay algunos aspectos de la liberación de Dios que no veremos hasta que hayamos clamado al Señor durante mucho tiempo. También hay momentos en los que parece que Dios no está escuchando en absoluto.

Ahora, creo que una de las ilustraciones más útiles para mí en las Escrituras es el ejemplo del mismo Señor Jesucristo. Sabemos cómo Jesús fue a Getsemaní poco antes de ir a la cruz. Él sabía que iba a la cruz. Sabía que ese era el plan de Dios y el llamado de Dios para Su vida. Por eso había venido a la tierra.

Y, sin embargo, como hombre, sabía todo lo que implicaría estar separado de Dios y llevar —el Hijo de Dios sin pecado— todo el pecado del mundo sobre Sus propios hombros. Sabía qué significaba que se convertiría en pecado por nosotros. Él odia el pecado y ama la justicia, pero iba a tener que asumir toda nuestra corrupción.

Así que clamó en el huerto de Getsemaní: «Dios, si es posible, pasa de mí esta copa». La Escritura dice que oró con tal fervor, que en Su agonía, Su sudor fue como grandes gotas de sangre (Luc. 22: 39-46). Hubo una participación física de Su cuerpo en ese clamor al Señor. Fue un clamor ferviente.

Luego, en la cruz, Él exclamó, gritó… y no parecería —si no lees hasta el final de la historia— que Dios escucharía o respondería Sus clamores. Hay un versículo en el capítulo 5 de Hebreos que nos dice que Dios lo escuchó. Ahora, recuerda que Jesús fue a la cruz, murió, fue enterrado y parecía que el clamor de Jesús no había sido escuchado ni respondido.

Pero Hebreos 5, versículo 7, dice: «Cristo, en los días de Su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, fue oído a causa de Su temor reverente».

Fue escuchado por su temor piadoso. La oración y el clamor de Jesús fueron escuchados, pero Dios no los respondió de la manera o en el tiempo que hubiéramos querido que fueran respondidos si hubiéramos sido los que estábamos en Getsemaní o colgados en esa cruz.

El Salmo 22 es un texto en el Antiguo Testamento que nos da un poco más de detalle sobre este proceso en la vida de Jesús. Creo que arroja mucha luz a nuestro propio proceso. Permítanme seleccionar algunos versículos. Este es un salmo profético del Señor Jesús.

Dice en el versículo 1, (que es un clamor desde la cruz): «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor? Oh, Dios mío, de día clamo y no respondes; y de noche, pero no hay para mí reposo».

Jesús supo lo que fue clamar a Dios de día y de noche y sentir que sus oraciones no estaban siendo respondidas. Seguramente sabes de qué estoy hablando. Algunas de ustedes han clamado al Señor a favor de ese hijo, hija o nieto descarriado durante años, y no han visto la respuesta. Han clamado a Dios por su matrimonio y no han visto el cambio que anhelan ver en su cónyuge.

Luego dice en el versículo 4, Salmo 22: —que recuerda el testimonio de otros– «En ti confiaron nuestros padres; confiaron, y Tú los libraste».

Cuando vemos lo que Dios ha hecho a favor de otros cuando han clamado a Él, nuestros corazones reciben valor y fe para seguir clamando. Por eso dice en el versículo 19 del Salmo 22: «Pero Tú, oh Señor, no estés lejos; fuerza mía, apresúrate a socorrerme».

Sigue clamando. «Oh fuerza mía, apresúrate a socorrerme». El salmista está diciendo, «no voy a dejar de clamar, voy a seguir clamando en mi angustia». 

Ahora, la respuesta a este clamor no se vio hasta la resurrección. La situación parecía desesperada, pero Dios está en Su trono. Dios todavía está obrando. Se acerca la mañana del domingo, y ahí es cuando vendría la resurrección y Dios levantaría a Su Hijo de la tumba, levantaría a Su siervo.

Y entonces Jesús dice: –estamos hablando de Jesús en el Salmo 22– «respóndeme». Es una declaración de fe. Entonces, ¿cuál será el resultado después de haber visto, de que se conozca la liberación? Versículo 22: «Hablaré tu nombre a mis hermanos. En medio de la congregación te alabaré».

Verás, hay alabanza que el clamor trae consigo, un testimonio de la gloria de Dios cuando hemos clamado a Él, y por fe o por experiencia real, hemos visto la liberación del Señor. Hablamos a nuestros hermanos y lo alabamos en medio de la congregación.

Algunas de ustedes, cuyos hijos son mayores, han visto a Dios liberar a sus hijos de ataduras o han visto la transformación en sus corazones. Tienen un testimonio que decirles a algunas de estas mujeres más jóvenes que todavía claman al Señor por sus hijos.

Por eso, en el versículo 24, el salmista dice: «Porque Él no ha despreciado ni aborrecido la aflicción del angustiado, ni le ha escondido su rostro»; aunque parece que lo está haciendo. Pero el salmista continúa diciendo, «sino que cuando clamó al Señor, lo escuchó».

Entonces, ¿cuál es el resultado final? Versículo 27: «Todos los términos de la tierra se acordarán y se volverán al Señor, y todas las familias de las naciones adorarán delante de ti».

Amadas, en última instancia, de lo que se trata es de que tú y yo y este mundo entero, seamos adoradores de Dios. Y para que eso suceda es posible que enfrentemos algunas circunstancias que no se resolverán rápido ni con facilidad.

Cuando parece que Dios no está escuchando o que no está respondiendo, y parece que la cruz es el capítulo final de tu historia, recuerda que no lo es. Después del viernes viene el sábado, y después del sábado viene el domingo. Y el domingo de resurrección llega y Dios será glorificado.

¿Cuál es la circunstancia que estás enfrentando en este momento en la que no parece que Dios esté escuchando o respondiendo? Debes clamar y decir: «Oh Señor, aunque no parezca que estás presente, por fe sé que lo estás. Te he clamado antes, y seguiré clamándote, creyendo por fe que respondes al clamor de tus hijos».

Y quiero que antes de continuar con el programa hagamos una pausa y nos unamos a esta hermana que va a orar, como una de esas situaciones en las que clamamos, clamamos y clamamos, y parecería que el final es la cruz. Pero por fe sabemos que nuestro Dios escucha el clamor y trae liberación. Oremos.

Mujer: Oh, Señor, qué bueno es venir delante de Tu presencia; qué bueno es saber que podemos contar contigo siempre; que bueno es saber que Tú no te cansas ni desmayas y que Tus oídos siempre están atentos al clamor de Tus hijos. Qué bueno es saber que nuestro socorro viene de Jehová que hizo los cielos y la tierra.

Reconocemos que Tú eres el Todopoderoso, que eres misericordioso. Reconocemos Tu grandeza y bondad para con nosotros.

Oh Padre, te queremos presentar a nuestros hijos pródigos, a esos que se han ido de nuestros hogares, que están viviendo sus vidas independientes en este mundo. Te suplicamos por ellos, Padre. Te suplicamos que los salves porque la salvación te pertenece a Ti de principio a fin. Haz Tú lo que nosotros no podemos hacer. Lo que nos queda es clamarte a Ti día y noche, ser vallados entre Tú y nuestros hijos para que no sean destruidos.

Nunca permitas, Señor, que nos cansemos de clamar, nunca debemos cesar de orar por nuestros hijos y familiares, con la esperanza de que Tú nos escuchas y que viniste a buscar lo que se había perdido; que has sido paciente con este mundo en cuanto a tu segunda venida porque no quieres la muerte del que muere, sino quieres que todos los hombres procedan al arrepentimiento.

Seguimos orando y clamándote por ellos para que Tú los estorbes, para que nunca puedan sentirse satisfechos en este mundo, para que esa Palabra que han oído desde niños la hagas germinar en sus corazones y en sus mentes, y ellos miren al cielo y vengan a Cristo en arrepentimiento y fe.

Gracias, Señor, a Ti sea la gloria por siempre, por los siglos de los siglos. Amén y amén. 

Nancy: Bueno, recuerda que una y otra vez en las Escrituras vemos este principio de que cuando clamamos al Señor, cuando invocamos el nombre del Señor, Él nos escucha. Él nos responde, y a Su manera y en Su tiempo nos libera. Algunas de esas promesas se están volviendo muy valiosas para mí, a medida que Dios crea circunstancias en mi vida que no puedo manejar, donde necesito clamarle, tentaciones sobre las que no puedo salir victoriosa, situaciones donde necesito dirección, personas que no puedo cambiar, circunstancias que no puedo controlar que me hacen necesitar al Señor.

Como hemos dicho repetidamente, «todo lo que me haga necesitar al Señor, cualquier cosa que me haga clamar al Señor, es una bendición». Entonces, en lugar de quejarnos, debemos aprender a dar gracias por aquellas cosas que nos hacen clamar a Él.

Hemos estado viendo el Salmo 50 versículo 15. Este es uno de los versículos clave en este tema donde Dios dice: «Invócame en el día de la angustia». «Invócame, (clama a mí) en el día de la angustia. Yo te libraré y tú me honrarás».

Ahora, cuando tu meta en la vida es que Dios sea glorificado, entonces no te importará tanto que Dios cambie tus circunstancias, sino más bien que Dios use tus circunstancias para revelarse a ti y a los demás. Creo que en el proceso de clamar una de las cosas que hace es llevarnos a estar más en sintonía con Su corazón, llevarnos al lugar en el que nos importa más el nombre, la fama de Dios, Su reputación y Su gloria, que el cambio o la solución de nuestras circunstancias. 

Tenemos que estar dispuestas a dejar que Dios nos libre a Su manera. Dios tiene una agenda que es mucho más grande, más elevada y eterna que nuestra agenda. En el receso, durante la grabación, una de las mujeres que estaba allí me estaba contando de una mujer que conocía, cuyo esposo la había abandonado y se había ido con otra mujer. Se había involucrado en todo tipo de inmoralidad, y había dejado a esta mujer justo antes de que esa conferencia comenzara.

Ella llegó a la conferencia con el corazón muy cargado. Seguramente ella había estado clamando al Señor. Ahora ya han pasado dos años y el marido de esta mujer no ha cambiado. Todavía está en una situación inmoral. Sus circunstancias no han cambiado. Pero la mujer me contó esta historia, dice que la vida de aquella mujer fue transformada.

¿Por qué? Porque clamó al Señor en su angustia, y Dios la ha estado encontrando. Dios ha ido transformando su vida –no sus circunstancias– conformándola a la imagen de Jesús y dándole recursos, paz y gracia para afrontar esa circunstancia aunque el marido no haya regresado.

Así que Dios ha provisto y está proveyendo liberación para ella y para muchas de las que me están escuchando en este momento, e incluso para mí, aun cuando Él no necesariamente está cambiando nuestras circunstancias. Nos está cambiando a través de nuestras circunstancias. Así que las Escrituras enseñan que cuando estamos en problemas y clamamos al Señor, Él nos escucha.

Me encanta 2Samuel 22 versículo 7: «En mi angustia invoqué al Señor, sí, clamé a mi Dios; desde Su templo oyó mi voz, y mi clamor llegó a Sus oídos».

No solo Él escucha, sino que como hemos sido recordadas, Él libera. El Salmo 34 versículo 17, dice: «Claman los justos, y el Señor los oye y los libra de todas sus angustias».

Así que recuerda esa promesa. Cuando estés en medio de la prueba, de ese problema que parece una eternidad, aunque tus ojos se llenen de lágrimas, alza tus ojos y tu voz al Señor y da gracias porque serás librada. No te dejes desanimar por lo que estás viendo aquí y ahora. Mira más allá del aquí y ahora, mira a largo plazo a lo que Dios hará.

Job 23: 8, dice que Job en medio de su situación miró a un lado y al otro, y decía: «no lo encuentro. Me adelanto, pero Él no está allí, retrocedo, pero no puedo percibir». Pero él dice: «Pero Él sabe el camino que tomo; cuando me haya probado, saldré como el oro» (v. 10).

Recuerda eso. Dios será glorificado y tú serás santificada. Serás conformada a la imagen de Cristo. El oro tiene que pasar por el calor para purificarse. Quizás estás pensando: «Este calor parece tomar mucho tiempo, y parece muy caliente». Pero Dios no permitirá que la intensidad sea mayor o que la duración sea más larga de lo absolutamente necesario para limpar todas esas impurezas y obrar santidad y humildad en nuestros corazones.

Ahora permítanme seguir adelante y decir que hay algunos lugares en las Escrituras donde se habla de una especie de clamor que Dios no escucha. Creo que debemos señalarlos porque puede ser que, si Dios no escucha tu clamor sea porque estás en una de estas situaciones. No voy a dedicar mucho tiempo a esto y hay otros que podríamos agregar, pero permítanme mencionar tres.

Hay una situación en el capítulo 7 de Oseas, donde la Escritura dice en el versículo 14: «Y no claman a Mí de corazón cuando gimen en sus lechos; por el trigo y el mosto se reúnen, y se alejan de Mí».

Hay una especie de clamor al Señor que simplemente es llorar sobre nuestras camas. Nos sentimos miserables en nuestras circunstancias y queremos alivio, pero no estamos realmente interesadas en que Dios nos cambie o en que Dios sea glorificado a través de nuestras circunstancias. No hay en nosotros un deseo sincero de volvernos a Dios, de arrepentirnos de habernos descarriado. Solo queremos que Dios solucione nuestros problemas. Dios dice, no me interesa tanto arreglar tus problemas como cambiar tu corazón y hacerte santa.

¿Estás dispuesta a soportar el precio que se requerirá para que se produzca en ti ese resultado final?

Hay un segundo tipo de clamor en Malaquías capítulo 2, versículos 13 y 14. Dios dice: «Y esta otra cosa hacéis: cubrís el altar del Señor de lágrimas, llantos y gemidos, porque Él ya no mira la ofrenda ni la acepta con agrado de vuestra mano. Y vosotros decís: “¿Por qué?” (¿Por qué Dios no está escuchando?) Porque el Señor ha sido testigo entre tú y la mujer de tu juventud, contra la cual has obrado deslealmente, aunque ella es tu compañera y la mujer de tu pacto».

Dios está diciendo, si rompes un voto que le has hecho al Señor, y aquí específicamente el voto que Él tiene en mente es el pacto matrimonial, entonces puedes clamar todo lo que quieras, pero Yo no voy a escuchar; no voy a escuchar tu clamor. Verás, a veces nuestro clamor es realmente una excusa para la desobediencia. Es un encubrimiento porque queremos hacer nuestras propias cosas. Queremos hacerlo a nuestra manera. Queremos nuestro placer, nuestra comodidad. No esperes vivir la vida a tu manera y luego clamar a Dios y pensar que Dios vendrá en tu rescate y arreglará tus circunstancias.

Dios dice: «Has roto tu pacto». Regresa y repara ese daño. Regresa y renueva tu voto. Regresa y ríndete de nuevo a Dios y a ese voto, antes de que puedas esperar que Él escuche tu clamor.

Luego otro versículo que ha estado en mi corazón recientemente. Proverbios capítulo 21 versículo 13 nos dice: «El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará y no recibirá respuesta».

Entonces, si nos negamos a escuchar el clamor de otra persona necesitada, nos negamos a hacer cualquier cosa para ayudarla cuando podemos en su desesperación, entonces Dios dice, puede llegar un momento en que clamarás y no serás escuchada.

Por eso Dios dice: «Invócame en el día de la angustia».

Cumple con esto. Clama desde un corazón santo, arrepentido y sincero que desea obedecer a Dios y satisfacer las necesidades de los demás, y entonces Yo te libraré y tú me honrarás.

Entonces, ¿por qué no clamamos al Señor? Bueno, porque somos autosuficientes. Es posible que estemos buscando a otras personas para que nos ayuden. Es posible que hayamos puesto la confianza en las personas en lugar de confiar en el Señor. Es posible que no conozcamos realmente al Señor y Sus caminos y Su carácter. Es posible que no sepamos que Él puede ayudarnos, o que no confiemos en que realmente le importa. Puede que seamos demasiado orgullosas para clamar al Señor. No queremos parecer tontas. O nos es vergonzoso decir: «Tengo una necesidad que no puedo satisfacer», y clamar al Señor.

Tal vez otros hayan ignorado tu grito por ayuda, tal vez un padre que te abandonó, un compañero que te abandonó y no llenó tu necesidad. Te puedo decir que Dios no es como ningún ser humano». Puede que hayas sido abandonada, pero Dios nunca abandonará a Sus hijos.

Quiero decirte que una y otra vez he visto a Dios cumplir esta promesa. Le he clamado; he estado frente al mar Rojo. He estado con el enemigo atacándome interiormente, exteriormente y de diferentes formas. Una y otra vez puedo decirles que cuando clamo al Señor, los ojos del Señor están sobre los justos y Sus oídos atentos a su clamor.

Y para concluir, la Escritura nos dice que hay un clamor que Dios siempre escucha. Leemos sobre ello en el Antiguo y el Nuevo Testamento. El capítulo 2, versículo 32 de Joel dice: «Y todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo».

Luego leemos ese mismo versículo nuevamente en Romanos capítulo 10:13: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo»

Invocar al Señor para la salvación eterna de nuestras almas es reconocer que no tenemos esperanza de vida eterna o de una relación con Dios, sin Jesucristo. Que no podemos salvarnos a nosotras mismas, que nuestra religión, nuestras buenas obras, todos nuestros esfuerzos, todas las cosas buenas que hacemos no pueden agradar ni satisfacer a un Dios santo. Que solo a través de la muerte de Cristo en la cruz por nuestros pecados podemos tener vida eterna, podemos estar bien con Dios.

Entonces, si nunca has invocado el nombre del Señor para salvación, tienes la promesa de Dios de que puedes clamar hoy, debes clamar hoy. No sabes qué traerá el día de mañana. Así que te suplico; te suplico que si nunca has invocado el nombre del Señor para salvación, clames a Él. Dile: «Señor, no puedo salvarme a mí misma. Por favor, ven y sálvame por amor de Jesús». Y tienes Su promesa. «Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo».

Annamarie: Nancy DeMoss Wolgemuth ha mencionado algunas razones por las que Dios no se inclinaría a escuchar y responder nuestras oraciones. También nos ha animado –si hemos pensado o sentido que Dios no escucha nuestras oraciones– a creer lo que Él dice en su Palabra. 

Y si tú nos escuchas hoy y no has clamado a Dios por salvación, ¡este es el momento de clamar! Patricia de Saladín nos trae unas palabras e introducirá un momento de oración.

Patricia de Saladín: Dice el Salmo 30:5: «Por la noche habrá llanto pero a la mañana vendrá el grito de alegría». Este tiempo pasará y miraremos hacia atrás, y veremos cómo Dios escuchó nuestro clamor y cosecharemos los frutos de nuestras lágrimas y gritos. Dios será glorificado y obrará todas las cosas conforme a Su voluntad y para Su gloria. El Señor no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres, antes si aflige se compadece conforme a la multitud de Su misericordia. Hay propósito en Dios, cada lágrima de los ojos de sus elegidos será enjugada por Él, y están en Su redoma. Y sabemos que Dios es bueno y siempre tiene planes de bien y no se vuelve atrás de hacernos el bien, como dice Su Palabra, podemos clamar con expectativa por la salvación de aquellos que amamos. Podemos clamar sabiendo que a Su tiempo Él librará y salvará. Porque Él no quiere la muerte del que muere. Él está siendo paciente con todos, queriendo que todos vengan al arrepentimiento. Y en ese sentido, vamos a terminar escuchando esta oración por la salvación de los perdidos.

Mujer: Qué bueno, Señor, que podemos acercarnos a Ti confiadamente, sabiendo que nos escuchas; y Tú mismo dices que nos acerquemos esperando recibir misericordia y oportuno socorro. Señor, ¿a quién tenemos en los cielos sino a Ti?

Venimos también considerando Tu gran misericordia y bondad. Tu misericordia para todos en cuanto a la salvación que otorgas a quien quieres. ¡Despiértanos por favor! Tenemos que pedirte perdón porque muchas veces hemos sido indiferentes, Señor. Gracias porque sabemos que Tú eres lento para la ira y grande en misericordia y en verdad. Te suplicamos que nunca permitas que nos cansemos. Te suplicamos, en el nombre de Cristo, que seamos fieles en orar y clamar cada día con el sentido de que todo aquel que muere sin Ti despierta en el infierno.

Pon ese sentido de urgencia en nuestras mentes y en nuestros corazones para clamarte día y noche por la salvación de los perdidos. Que salgamos a buscarlos, oh Señor nuestro, para cumplir con esa gran comisión. ¿Cómo se salvarán si no hay quién les predique? Tenemos que salir a predicarles porque el evangelio no está preso, aun en medio de esta pandemia. Que hagas prosperar Tu Palabra para que así cumpla el propósito para el cual la has enviado y no regrese a Ti vacía. Todo esto te lo suplicamos en el nombre precioso y bendito de nuestro gran Dios y salvador Jesucristo. Amén y amén.

Annamarie: Unidas en un clamor, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

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Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio (Aviva Nuestros Corazones, Revive Our Hearts y Seeking Him).

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

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