Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Un fundamento de santidad

Annamarie Sauter: ¿Por qué los creyentes debemos ser diferentes de los incrédulos?

Nancy DeMoss Wolgemuth: Nuestras vidas deben ser tan diferentes del mundo como el día es diferente de la noche. Lo que amamos, cómo pensamos, nuestras prioridades, cómo tratamos a los demás, porque nosotras debemos anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

A lo largo de esta semana hemos estado escuchando algunas de las razones por las que debemos ser santas. Esto no lo alcanzaremos a la perfección aquí en la tierra ni es algo que podemos lograr por nosotras mismas, es una obra de gracia que Dios hace en Sus hijos. Esta obra tiene un gran impacto en las personas que nos rodean, y esto es de lo que Nancy nos hablará hoy como continuación de la serie titulada, ¿Por qué debemos ser santas?

Nancy: Hemos estado hablando sobre las motivaciones para perseguir la santidad. Les he dado seis, y en esta parte del programa quiero darles otra, y es que seremos santas porque el bienestar espiritual de otros, en cierta medida, depende de nuestro compromiso con la santidad.

Robert Murray M’Cheyne fue un predicador escocés del siglo diecinueve que dijo: «La mayor necesidad de aquellos que me rodean es mi santidad personal». Y piensa en eso por un momento… la mayor necesidad de tu pareja, de tus hijos, de tus compañeros de trabajo, de las personas en tu grupo pequeño en la iglesia…su mayor necesidad es ver en ti un reflejo de lo que Dios es, y del poder transformador del evangelio.

Porque nos demos cuenta o no, nuestra santidad o nuestra falta de santidad, tiene un profundo efecto en las vidas de aquellos que nos rodean. Tu vida puede crear hambre y sed por Dios en la vida de otras personas. Tu vida puede ser un instrumento poderoso en las manos del Espíritu Santo para atraer a otros hacia Jesucristo, y lo más probable es que todas nosotras estamos aquí hoy por alguien más que Dios usó para crear en nosotras un apetito, un hambre y una sed por Dios.

Y por otro lado, tu vida puede causar un daño irreparable a los demás. Adán no pudo haber descifrado, no creo, cómo los efectos de su decisión pecaminosa iban repercutir en toda la historia humana. Romanos 5 nos dice que, «muchos murieron por la transgresión de un solo hombre».

Muchos… eso es un eufemismo, ¿no es así? El pecado entró al mundo, y la muerte por el pecado a causa de la elección que un solo hombre hizo. Así que no podemos ni siquiera calcular todas las vidas que pueden volver al mal camino y ser devastadas a través de lo que podríamos considerar como actos de desobediencia sin importancia.

En contraste con la desobediencia de Adán, la obediencia del Señor Jesús a la voluntad de Su Padre, trajo una increíble bendición a toda la raza humana, y eso es lo que Pablo dice en Romanos 5: «A través de la justicia de un hombre, la gracia vino para todos los hombres, lo que resultó en la justificación de vida» (v.18, parafraseado) ¿Ves el contraste aquí, entre la desobediencia de Adán y la obediencia del Señor Jesús?

Jesús dijo en Su oración sacerdotal en Juan capítulo 17: «Y por ellos yo me santifico, para que ellos también sean santificados en la verdad» (v.19). Así que cuando soy tentada a complacer secretamente mi carne con comida o sueño en exceso, o viendo un video que aprueba la inmoralidad… Cuando soy tentada a ser floja en mi trabajo, o a ser dura con mis palabras, o a ceder ante mis emociones egoístas –como todas nosotras somos tentadas– me ayuda el detenerme y pensar en el impacto que tiene mi vida sobre aquellos que me miran como un ejemplo.

Otros creyentes son impactados por nuestras decisiones. Y también aquellos que no son creyentes son impactados. En gran medida, el mundo perdido determina su opinión de Dios basado en las vidas de aquellos que profesan conocerle a Él. Me pregunto cuántas personas han sido disuadidas de creer en Cristo a causa de algo que han escuchado o experimentado de algunas de nosotras que llevamos el nombre de Cristo. 

J.C. Ryle —ya otras veces lo he citado en esta serie– escribió un libro clásico sobre la santidad hace varios años, y dijo:

«Creo que hay mucho más daño hecho por parte de los cristianos no santos e inconsistentes del que nos damos cuenta. Esos hombres están entre los mejores aliados de Satanás. Ellos derriban con sus vidas lo que los ministros construyen con sus labios.

Ellos hacen que las ruedas de las carrozas que llevan el evangelio se sientan muy pesadas. Les proporcionan a los hijos de este mundo una excusa interminable para permanecer como están».

Y ¿a quiénes él se refiere? ¿De quiénes está hablando? Está hablando de cristianos inconsistentes o no santos. Él dice que ellos están entre los más grandes aliados de Satanás.

Primera a los Corintios capítulo 7, por cierto, habla sobre el impacto de las decisiones de la esposa sobre el esposo y de las decisiones del esposo sobre la esposa. Quizás más de lo que te imaginas, el bienestar espiritual y personal de tus hijos es afectado por tu obediencia a Dios.

En Deuteronomio capítulo 12, Moisés dice: «Escucha con cuidado todas estas palabras que te mando, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti» (v. 28). Los padres rara vez se dan cuenta –y sé que estoy hablando aquí a mujeres que tienen hijos que han caminado o están caminando lejos del Señor– pero creo que ellas estarán de acuerdo conmigo en esto, que los padres rara vez se dan cuenta, hasta que es demasiado tarde, cuán determinante es su ejemplo en la vida de sus hijos. Ahora, no estoy diciendo que si vives una vida piadosa, eso es una garantía de que tus hijos lo harán, pero tus hijos ven cuando tú eres cálida y amable, y bondadosa y cariñosa con las personas cuando estás en la iglesia, mientras eres grosera e irritable con las personas en tu propio hogar. Tus hijos ven eso.

Tus hijos oyen cuando llamas al trabajo y dices que estás enferma, cuando ellos saben que en realidad te vas a ir de compras con una amiga. Tus hijos escuchan cuando usas un lenguaje en la casa que nunca usas en público. Ellos oyen cuando menosprecias a tu esposo y que la única vez que abres tu Biblia en casa es cuando estás preparando la lección de escuela dominical.

Ellos saben, ellos ven, ellos saben cuáles son tus estándares morales, no porque les hayas dicho cuáles son tus estándares, sino porque ellos han visto cuáles son realmente. ¿Cómo? Ellos saben el tipo de películas que ves, saben de qué te ríes cuando ves la TV, saben qué tipo de libros y revistas traes a casa.

Ahora, una vez más, no estoy echando la culpa de todos los hijos descarriados a los pies de sus padres, pero si estoy diciendo que no creo que nos demos cuenta de la importancia de nuestro impacto sobre aquellos que nos rodean, que ven lo que somos en realidad.

Recuerdo haber hablado con un hombre que es ahora un obrero cristiano, pero que durante años caminó lejos del Señor. Y él dijo que la primera vez que vio pornografía fue bajo la cama de su papá, quien era un misionero. Ahora eso es extremo, pero ¿sabes qué?, ya realmente no es tan extremo.

El bienestar espiritual de aquellos que conoces y amas se ve afectado, es impactado, por tu elección por la santidad. Y si esos niños, quienes no están viendo a Cristo vivo –pero que están viendo padres que profesan a Cristo, pero no que viven a Cristo– si estos niños crecen amando el mundo y no teniendo hambre, o ningún apetito por las cosas espirituales, ¿sería eso alguna gran sorpresa?

Y no quiero simplemente echar la culpa a los padres. Creo que como una generación de adultos creyentes, compartimos la responsabilidad de lo que pasa en los corazones y en las vidas de nuestros jóvenes. Ellos no solo están viendo a sus padres, ellos nos están viendo a todos nosotros, y están viendo algo que los está haciendo tener un corazón que no tiene hambre por la santidad o por Dios.

¿Estaremos preparados para dar cuenta por la manera en que nuestras vidas han influenciado sus decisiones? En un sentido muy real, nuestro corazón por la santidad, o la falta de ella, está moldeando el corazón y el carácter de la próxima generación.

Helen Roseveare fue una cirujana misionera en los años 1950 en lo que entonces era el Congo Belga. Ella dijo algo que me ha acompañado durante muchos años: «No debe haber nada, absolutamente nada en mi conducta diaria que, copiada por otros, pudiera conducirlos a una falta de santidad».

¿Hay algo en tu vida –algún hábito, algún comportamiento, algún patrón– con el cual no podrías animar a tus amigos, a tu pareja, tus hijos, tus compañeros de trabajo, para que te imiten? Y ¿amas tanto tu pecado que no estás dispuesta a renunciar a él por el bien de los demás?

¿Te preocupas más por complacer tus apetitos carnales, que por el bienestar eterno de aquellos que siguen detrás de ti? Ezequiel 36:23, dice: «Entonces las naciones sabrán que yo soy el Señor —declara el Señor Dios— cuando demuestre mi santidad entre vosotros a la vista de ellas».

Conozco una iglesia que decidió renovar su auditorio, y cuando ellos iban a romper el área de la plataforma, descubrieron una puerta secreta debajo del púlpito. Y debajo de la puerta encontraron –y esta es una historia real– un compartimiento que estaba lleno de revistas pornográficas.

Ellos finalmente investigaron al pastor anterior quien admitió que él había sido adicto a la pornografía y que él había escondido los materiales debajo del púlpito pensando que nadie nunca los iba a encontrar ahí. Semana tras semana, ese pastor se paraba en ese púlpito a proclamar la Palabra de Dios, y semana tras semana él había estado ocultando conscientemente un estilo de vida pecaminoso.

Y cuento esta historia, no para hacer que los pastores se vean mal. Sé de muchos pastores que se paran en sus púlpitos semana tras semana con manos limpias y corazón puro, y con un ferviente y puro amor por Cristo, y estoy muy agradecida de estar en una iglesia con un pastor así.

Pero cuento esta historia porque creo que lo que sucedió en esa iglesia en particular es una imagen gráfica de innumerables individuos que profesan ser creyentes –hombres, mujeres, jóvenes, laicos, empleados cristianos a tiempo completo– que proclaman a Cristo con sus labios y se consideran buenos cristianos, pero están ocultando estilos de vida y actitudes del corazón que son impíos.

Y hemos estado hablando acerca de las motivaciones para perseguir la santidad. ¿Por qué debemos ser intencionales en perseguir la santidad? Y hemos dado varias… Quiero hablarles ahora sobre la octava al concluir esta serie en el día de hoy. Y es que debemos ser santas porque hemos sido apartadas para servir a Dios como sacerdotes. Y aquí estoy hablando sobre –no solo a algunos creyentes seleccionados– sino a cada creyente.

Hemos sido apartadas para servir a Dios como sacerdotes. Primera de Pedro capítulo 2 dice que «somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios». Y cuando pensamos en los sacerdotes, normalmente pensamos acerca de los sacerdotes del Antiguo Testamento, así que hablemos sobre ellos por un momento.

Los sacerdotes del Antiguo Testamento no tenían que ser especialmente talentosos o inteligentes. Ellos no tenían que tener una gran personalidad, pero una cosa tenía que ser cierta –ellos tenían que ser santos. De hecho, antes de iniciar su ministerio, tenían que ser consagrados, limpiados y ungidos. Y luego, cada vez que iban al lugar santo a servir, cada vez que ellos se acercaban al altar –al altar del incienso, el altar de las ofrendas– primero tenían que lavar sus manos y sus pies en la fuente de bronce, en esa piscina de lavado, simbólicamente sugiere que ellos estaban siendo limpiados, consagrados, santificados por un Dios santo.

El sumo sacerdote llevaba una especie de turbante con una placa de oro en la frente, y grabadas en esa placa estaban estas palabras: «Santidad al Señor». ¿Sabes?, cada creyente debería haber grabado en su corazón, a través de su cabeza, su mente, su corazón, su vida, esas palabras, «Santidad al Señor».

Es cierto para todos los creyentes, pero quiero decir una palabra especial para aquellas de nosotras que estamos en el servicio cristiano vocacional, en el ministerio vocacional, quienes tenemos el privilegio de servir al Señor vocacionalmente. Hay un versículo que me ha hablado muchas veces a través de los años. Es Isaías 52:11, que dice: «Purificaos, vosotros que lleváis las vasijas del Señor».

Y eso no es solo para las obreras cristianas vocacionales, es también para aquellas que enseñan en la escuela dominical, para aquellas que lideran un grupo pequeño, quienes sirven en la iglesia en cualquier función, aquellos que son voluntarios en ministerios cristianos: «Purificaos, vosotros que lleváis las vasijas del Señor».

Como siervas de Dios, ya sea que nos paguen por hacerlo, o lo hagamos como voluntarias, como nuestra labor de amor, nuestras vidas deben ser intachables e irreprochables. Y no es suficiente solo medirnos con el estándar de aquellos alrededor de nosotros, debemos estar comprometidas con el estándar de Dios de absoluta pureza.

El nuestro es un llamado supremo, un llamado santo, y exige que abracemos el más alto estándar posible de santidad personal y corporativa. Y permítanme leerles ese versículo otra vez en 1 de Pedro capítulo 2, el versículo 9: «Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios…» ¿Para qué? «...a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable».

¿Qué es lo que eso está diciendo? Y de nuevo, cuando miras a través de 1 de Pedro, ves cómo todo esto se da en las relaciones humanas y en la vida cotidiana. Pedro está diciendo que nuestras vidas deben ser tan diferentes del mundo como el día es diferente de la noche. Lo que amamos, cómo pensamos, cómo perdonamos, nuestras prioridades, cómo tratamos a los demás, nuestros apetitos, nuestros deseos, nuestras decisiones deben ser tan diferentes del mundo como el día lo es de la noche, porque nosotras debemos anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable.

Y deseo sugerir que el caso más convincente de la verdad sobre el evangelio en cualquier época debe ser encontrado en las vidas de aquellos que profesan conocer a Cristo. Eso debería hacer que el mundo se detenga y preste atención al evangelio.

Los no creyentes del primer siglo no podían explicar la diferencia obvia que el evangelio había hecho en las vidas de aquellos que seguían a Cristo. Personas en posiciones altas escribieron sobre eso. Algunos de sus escritos han sido preservados.

Y cito: «No podemos entenderlo, ellos son tan buenos ciudadanos, son trabajadores arduos, no importa lo que les hacemos, no importa cómo los atormentamos o los perseguimos, son honestos, son trabajadores, son fieles a sus matrimonios». Ahí había una diferencia que las personas no podían negar, y que no podían explicar.

Imagínate el efecto si el mundo no creyente de hoy en día pudiera ver a los cristianos y ver que somos personas de palabra, que somos generosos cuando otros acumulan sus recursos, cuidamos de los nuestros… llenamos las necesidades de aquellos que necesitan comida, ropa o refugio… que no estamos ociosos sino que somos diligentes…que tenemos el poder para vencer una conducta pecaminosa… que no nos preocupamos en tiempos de escasez, cuando la bolsa de valores se desploma, sino que confiamos en que Dios puede suplir nuestras necesidades.

  • ¿Y si ellos pudieran vernos y ver que cuando somos tratados injustamente, en vez de tomar represalias o amargarnos, perdonamos?
  • ¿Y si ellos pudieran ver que amamos a nuestros enemigos?
  • ¿Y si ellos pudieran ver que trabajamos para resolver los conflictos, en vez de dejar que se agraven, y que cuando somos provocadas, en vez de devolver mal por mal, somos mansas y devolvemos bien por mal?
  • ¿Y si ellos pudieran ver que los cristianos son moralmente castos, moralmente puros, guardándose a sí mismos para el matrimonio, no cayendo en fantasías sexuales, o comprando películas o materiales pornográficos, y que no viven en la pasión de la concupiscencia como aquellos que no conocen a Dios, como dice Pablo en 1 Tesalonicenses 4?
  • ¿Y si ellos pudieran ver que los cristianos guardan sus votos matrimoniales, para bien o para mal? ¿Y si el mundo pudiera ver eso en aquellos que proclaman conocer a Cristo? Quiero decirte que ese tipo de cristianismo sería persuasivo, y sería contagioso.

No todos se rendirían a la verdad si la vieran, pero ninguno sería capaz de negarla. Como dice Ezequiel capítulo 24: «Y servirás para ellos de señal, y sabrán que yo soy el Señor». Y déjame volver a ese cuadro que pinté hace un momento, esa historia real, sobre la iglesia donde se encontró el escondite de la pornografía debajo del púlpito. Permíteme preguntarte a la luz de esa imagen, cuando te levantas para ministrar la Palabra de Dios, cuando compartes a Cristo con un no creyente, cuando enseñas a tus hijos en tu hogar, o están haciendo el devocional familiar, cuando enseñas una clase de escuela dominical, o cuando diriges un grupo pequeño, cuando diriges un tiempo de oración, cuando estás sirviendo al Señor en tu iglesia o en tu comunidad, o diriges un grupo de discipulado, ¿en qué tipo de fundamento estás parada?

¿Qué hay debajo de ese fundamento? ¿Es un fundamento de pureza y santidad… una vida intachable e irreprochable? ¿O es un fundamento de inmundicia? ¿Cuál es la plataforma en la que estás parada? ¿Respalda eso tu mensaje?

Y me topé con un versículo esta semana en el Evangelio de Lucas capítulo 8, y es el versículo 17, que dice: «Pues no hay nada oculto que no haya de ser manifiesto, ni secreto que no haya de ser conocido y salga a la luz». No sé cuáles son tus cosas secretas. No sé qué hay escondido debajo de tu púlpito. Quizás no sea pornografía, podría ser algo muy diferente.

Nadie más puede saber lo que hay escondido debajo de mi púlpito o de tu púlpito. Puede estar bien escondido, pero una cosa te puedo asegurar. Un día, la verdad será expuesta a la vista de todos. Lo será. Jesús lo dijo: «No hay nada oculto que no haya de ser manifiesto, ni secreto que no haya de ser conocido y salga a la luz».

Por eso es que el salmista oró: «Examíname, oh Dios, conoce mi corazón». Mira debajo de la plataforma de mi púlpito, donde nadie más ve, donde nadie más sabe… las partes más íntimas de mi corazón. Las actitudes, los valores, los pensamientos, la envidia, la amargura, los celos, cosas que se albergan allí… la lujuria, las adicciones, el egoísmo. Oh Señor, examíname, conócelo todo, tráelo todo a la luz, y luego límpiame por la sangre de Jesús.

Ves, si estamos dispuestas a venir a la luz ahora, a ser descubiertas, a ser abiertas, entonces no vamos a tener miedo de ser avergonzadas en aquel día cuando todo sea expuesto. Ymientras oramos, solo quiero preguntarte si hay algo debajo de tu púlpito, oculto a la vista de los demás. Que solo tú y Dios saben… una actitud, un estilo de vida, un comportamiento, una adicción, un patrón de decisiones equivocadas.

Las personas en la iglesia no lo saben, las personas en tu grupo pequeño no lo saben, pero tú lo sabes y Dios lo sabe. Quiero preguntarte si estarías dispuesta en tu corazón, ahora mismo, a abrir esa puerta, esa puerta secreta y venir a la luz con lo que sea que esté allí.

Di, «oh Señor, estoy dispuesta a ser honesta acerca de lo que hay en mi vida. Estoy proclamando a Cristo, estoy profesando algo, pero esta es la realidad –esto es lo que soy realmente soy». Puede que no sea la pornografía, puede ser una lengua criticona, puede ser enojo hacia tus hijos… Sea lo que sea tráelo a la luz, confiésalo, y arrepiéntete con la intención de renunciar al mismo.

Proverbios capítulo 28, versículo 13, dice: «El que encubre sus pecados no prosperará, más el que los confiesa y los abandona hallará misericordia».

Annamarie: Dios nos ha hecho un llamado alto, uno para el que Su gracia suplirá lo que necesitamos mientras nos esforzamos para vivir en santidad. Y tú, ¿sobre cuál fundamento estás parada? Hoy Nancy DeMoss Wolgemuth te ha animado a decir como el salmista: «Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón» (Sal. 139:23).

Puedes profundizar en este tema de la santidad a través del libro escrito por Nancy titulado, «Santidad: El corazón purificado por Dios», en el cual ella te ofrece principios prácticos para vivir una vida santa. A veces pensamos que la santidad es un concepto muy abstracto y sin nada que ver con nuestra vida diaria, pero no es así. Esta no es algo agobiante, el pecado es la verdadera carga pesada. A través del libro, Santidad, embárcate en un viaje que será una experiencia llena de Dios. Adquiérelo a través del acceso que tenemos disponible para ti en la transcripción de este programa en AvivaNuestrosCorazones.com.

La lectura bíblica para hoy en el Reto Mujer Verdadera 365 es Números capítulos 3 y 4. Números es el cuarto libro del conjunto de libros que se llaman El Pentateuco. ¿Por qué son estos relevantes para nuestras vidas? ¿Qué rol tienen estos en la revelación del reino de Dios? En nuestra próxima serie de Aviva Nuestros Corazones estaremos hablando acerca de esto y más. ¡Te esperamos! 

Siendo santificadas juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.

Me Postro, Sovereign Grace Music, El Dios Que Adoramos ℗ 2013 Sovereign Grace Music.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio.

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

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