Podcast Aviva Nuestros Corazones

Un Salmo de navidad

Annamarie Sauter: Estamos a punto de averiguar, por qué el mundo pierde su encanto cuando la tumba pierde su terror.

Nancy DeMoss de Wolgemuth: La mayoría de las personas viven aferradas a este mundo con todo y lo mal que está. Encuentran uno que otro encanto insignificante y simplemente se aferran a ellos. Piensan en la muerte, y opinan, «¡Eso es terrible!»

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth en la voz de Patricia de Saladín.

¿Cuál es tu canción de Navidad favorita? Nancy está a punto de hablarnos acerca de una de las primeras canciones de Navidad, escrita cuando Jesús aún era un bebé. Hoy continuamos en la serie, «La dedicación del Rey».

Nancy: Hemos llegado hoy a uno de los grandes himnos, uno de los primeros himnos de Navidad, y uno de los grandes himnos de nuestra fe. Estamos viendo en Lucas capítulo dos, la vida de Simeón, quién viene al templo de Jerusalén. Él ha sido guiado por el Espíritu Santo de Dios justo en el momento cuando María y José traen al niño Jesús para presentarlo al Señor.

En ese momento, Simeón entra. Hemos revisado en las últimas sesiones los versículos 25 y 26, donde vemos que Simeón era un hombre que era justo y piadoso. Estaba esperando la consolación de Israel, y le había sido revelado por el Espíritu Santo que él no moriría hasta que ese deseo fuese cumplido; que iba a ver al Mesías antes de que sus ojos se cerraran el día de su muerte.

Entonces vimos en el versículo 27 que Simeón entró al templo, justo en el momento en que María y José llegaron con el bebé. Cuando los padres trajeron al niño Jesús para hacer con Él de acuerdo a las costumbres de la ley, Simeón tomó al niño en sus brazos y bendijo a Dios.

He estado meditando sobre esa frase durante la última semana y ha sido de gran bendición para mí. Antes de llegar al himno de Simeón, permítanme hacer solamente un comentario sobre esta frase. «Él lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios.»

Dos palabras griegas son las que están traducidas en la frase, «tomarlo en sus brazos». Él lo tomó en sus brazos. Es una combinación de palabras que significan «recibir». Él recibió a este bebé en sus brazos.

María y José habían venido al templo a presentar a este bebé a Dios, y ahora Simeón viene a recibir al bebé, quien es Dios. De hecho, Simeón era conocido por la iglesia primitiva como Theodoches.

Ese es el nombre que le dieron. Theo, que significa «Dios» y Doches que es una palabra Griega que significa «Dios receptor». Simeón había estado anhelando, esperando de puntillas, si podemos decirlo así, sentado en el borde de su asiento por no sabemos cuantos años.

Seguramente ya era un hombre viejo, al final de su vida, pero Dios le había dicho, «Tú vas a vivir para ver al Mesías». Así que Simeón entra en el templo.  Él ve a este bebé, el Espíritu lo identifica, «este es». Debe haber sido el Espíritu porque no había aureola sobre la cabeza del bebé.

No había nada que marcara a ese bebé de forma especial. No había ningún brillo que emanara de ese bebé. El Espíritu de Dios dijo, «Este es el que es.  Este es el Cristo», y Simeón se acercó. Y tomó a ese bebé de los brazos de esa madre adolescente, María de Nazaret; lo tomó, no se si eso significa que él lo acercó hacia él o que lo levantó, pero solamente imagínense aquel momento, después de todos estos años de espera y añoranza, cuando él vive ese momento donde recibe el cumplimiento de la promesa de Dios.

Qué momento sagrado tan increíble debe haber sido para él; que su fe haya visto su cumplimiento. La fé se convierte en vista. Él abraza eso por lo que había esperado. Experimentamos ese sentido de asombro y  gozo y satisfacción.

Aquí está un hombre quien ha tenido anhelos insatisfechos por toda su vida, y ahora, ¡todos esos anhelos son cumplidos! Él está satisfecho. Es como, «Señor, es suficiente! Esto es todo lo que siempre quise. Esto es todo lo que siempre necesité. Esto es todo lo que había anhelado, y Tú has cumplido los deseos más íntimos de mi corazón».

Yo pensé sobre esto el pasado domingo mientras me dirigía a la iglesia. Estaba meditando en esa frase: «Él vino en el Espíritu al templo, y lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios.»

Yo dije, «oh Señor, mientras voy a la iglesia, yo quiero ir en el Espíritu, y te quiero tomar en mis brazos y recibirte y bendecirte».

Ahora, yo ya había recibido a Cristo. No estoy hablando de la salvación, aunque para algunos, ese puede ser el primer punto en el cual ellos reciben a este bebé, quién ya no es más un bebé, a este Hijo de Dios. Pero cada vez que somos expuestos a Cristo, ¿no es esa la respuesta que se supone que tengamos, tomarlo en nuestros brazos y bendecir a Dios?

Es como, «Señor, todo lo que necesito eres Tú. Tú eres la satisfacción de todos los anhelos, de la sed y del hambre de mi alma. Todo lo que necesito, eres Tú.  Te bendigo por eso».

Mientras meditaba en este texto, quise ser simplemente una recipiente de Dios, una Theodoches, recibiendo a Cristo con gozo, con fe, con humildad, estando satisfecha, contenta, diciendo, «Señor, es suficiente tener a Cristo».

Me parece que aquí tenemos una imagen de la forma como el Señor quiere que vivamos, como receptores de Dios. Tenemos anhelos, y tenemos anhelos insatisfechos porque nunca, mientras estemos en este cuerpo, tendremos lo que Dios tiene la intención de darnos algún día.

Eso es todavía parte del futuro; así que siempre habrá un sentido de anhelo insatisfecho, y aún así, podemos experimentar ese gozo, esa satisfacción, esa llenura de decir, «yo soy de Cristo y Cristo es mío».

Lo recibo. Este día lo recibo de nuevo. No que me convierto en cristiana de nuevo, sino que de nuevo estoy recibiendo, abrazando y dándole la bienvenida, y diciendo, «Él es la llenura y la satisfacción de todos mis anhelos».

Así que en este momento, Simeón experimentó el cumplimiento de la profecía que Malaquías había hecho 400 años antes.

Malaquías capítulo 3, versículo 1: «He aquí yo envío a mi mensajero, y él preparará el camino delante de mí. Y vendrá de repente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis; y el mensajero del pacto en quien vosotros os complacéis, he aquí, viene, dice el SEÑOR de los ejércitos».

¿No fue eso lo que pasó en este momento? El Señor que Simeón había estado buscando todos estos años, vino a Su templo, y Simeón lo vio, Aquél cuya llegada él esperaba.

Como dijimos en la última sesión, de nuevo vienen a mi mente todas aquellas personas que estaban allí y que estaban tan ajenas a la presencia de Cristo, de pie alrededor, quizás tocándose hombro con hombro, pero no vieron, no supieron, no reconocieron.

Eran judíos que dijeron que estaban esperando al Mesías, pero no estaban realmente esperando. No estaban anhelando. No estaban a la expectativa. No estaban en el Espíritu. No lo reconocieron.

Y otra vez, déjame solamente preguntarte, «¿Estás tú en el Espíritu? ¿Vas a la iglesia en el Espíritu? ¿Estás en tu casa en el Espíritu? ¿Estás en tu lugar de trabajo en el Espíritu, esperando ver a Cristo mientras Él se da a conocer a Sí mismo en la vida diaria a través de Su Palabra?»

Bueno, Simeón tomó a este niño en sus brazos, lo levantó, lo abrazó, no importa lo que hizo, y bendijo a Dios.

Es como si brotara un manantial de agradecimiento y acción de gracias y bendición. La palabra bendición es la palabra griega de donde obtenemos nuestra palabra, «elogio».

Es algo que haces en un funeral. Hablas bien de alguien. No debemos hacerlo únicamente en los funerales. Debemos hacerlo mientras estamos vivos, pero él elogió a Dios. Él habló bien de Dios.

Esto es una respuesta de adoración irresistible. «Dios me ha bendecido. Dios ha satisfecho mis deseos. Bendice al Señor, oh alma mía, y todo lo que está dentro de mí; bendice su Santo nombre. Él ha hecho grandes cosas para mí.»

El Señor quién diariamente nos colma de beneficios, el Señor quién se ha hecho conocer a Sí mismo, quién ha enviado a Cristo para estar entre nosotros, Emmanuel, Dios con nosotros.

Mientras escuchas estas cosas durante la temporada de Navidad, ¿lo tomas en tus brazos y bendices a Dios? ¿Bendices a Dios?

Ambos, Simeón y Ana, como veremos en unos breves instantes, tenían este increíble sentido de gozo y plenitud cuando vieron a Cristo en el templo, como un bebé de 40 días de nacido, menos de seis semanas de edad.

Pero Él era el cumplimiento de todas sus esperanzas y sueños de toda su vida. ¿Te verás movida a alabarlo, a bendecirlo mientras tú contemplas el regalo de Dios esta Navidad?

Ahora, ¿qué dijo Simeón cuando bendijo al Niño?  Lo que continúa en los próximos versículos es un canto de alabanza, y como hemos dicho, este es uno de los himnos de Navidad en la historia original de la Navidad.

Es el quinto himno y el himno final de Navidad en el relato de la encarnación de Lucas. Hay uno en donde Elisabet habla, luego María tiene uno, Zacarías tiene uno. Todos esos están en Lucas capítulo uno.

Luego en Lucas capítulo dos, anteriormente leímos el himno de los ángeles, y ahora tenemos el himno de Simeón.

«Señor», versículo 29, «ahora permite que tu siervo se vaya en paz, conforme a tu palabra; porque mis ojos han visto tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos, luz de revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel» (29-32).

Este himno ha sido conocido a través de la historia de la iglesia como el Nunc Dimittis. Tú dices, «¿qué rayos es eso?» Ese es el latín para la frase de apertura del himno, «Ahora permite», Nunc Dimittis.

Así que la iglesia ha titulado este himno el Nunc Dimittis. Este himno está muy inspirado en el Antiguo Testamento. Hoy solamente vamos a ver la primera parte del mismo, y entonces en la próxima sesión veremos el resto.

Simeón dice, «Señor, ahora estás dejando a tu siervo partir en paz, de acuerdo a tu Palabra, porque mis ojos han visto tu salvación.»

Simeón está diciendo, en efecto, «Señor, Tú prometiste que yo no vería la muerte delante de mis ojos, antes de que mis ojos vieran al Mesías, y has guardado Tu Palabra a Tu siervo y por eso yo te bendigo».

Ahora, la palabra Señor que él usa aquí, no es la palabra que típicamente es utilizada en el Nuevo Testamento cuando las personas hablan de Cristo como el Señor. Es una palabra diferente que no es utilizada frecuentemente.

Es la palabra de donde sacamos nuestra palabra, «déspota». Es alguien que ejerce autoridad absoluta, ilimitada y completa. Simeón se dirige a Dios de esa manera. Él dice: «Señor, mi Maestro, el que está en la autoridad absoluta sobre mi vida y sobre este mundo».

Entonces él se describe a sí mismo como el siervo del Señor, un esclavo. Se describe a sí mismo como del Señor. «Señor, Amo, yo soy tu esclavo, y ahora Tú estás dejando que Tu siervo parta en paz».

Simeón está diciendo «Tú eres el Amo. Yo soy Tu siervo. He estado cumpliendo una asignación. Me has dado un deber, el cual es esperar y ser el rey de los vigilantes, vigilar y esperar por la llegada del Mesías. Ahora he terminado la tarea, y ahora, puedo partir».

¿Qué está diciendo? «Ahora puedo morir. Puedo morir en paz». Es interesante ver la muerte a la que se refiere Simeón cuando habla de la muerte y de partir.

Partir: Es una palabra en el lenguaje original que significa «soltar, soltar algo de una atadura, despachar a un siervo». Ahora, puedes partir. Has completado tu tarea. Eres libre de tu responsabilidad.

La palabra partir en el griego es usada en varios contextos diferentes, y todos nos dan una visión de lo que la muerte realmente es, si eres un creyente en Cristo.

Por ejemplo, la palabra partir es usada para hablar de alguien que se ha librado de una cadena, o de un prisionero que ha sido liberado del cautiverio.

¿No es eso lo que sucede cuando un hijo de Dios muere? Somos librados de este cuerpo físico. Somos soltados de este cuerpo físico. Somos librados de la atadura del pecado y de este mundo pecaminoso. Somos librados del cautiverio en este mundo caído, y nuestros cuerpos son hechos libres.

Somos librados. Algunas veces la palabra partir es usada como una metáfora náutica, esto es de un barco que ha sido desatado y soltado de sus amarras.

¿No es eso lo que sucede cuando morimos? Hemos sido atados a esta tierra, pero ahora somos libres para partir, para dirigirnos al cielo.

Hay un uso militar para la palabra, partir. Hace referencia a un campamento que se desagrega, donde las casas de campaña son bajadas para ser movidas hacia adelante. ¿No es este un cuadro de la muerte?

Pablo habla en 2 Corintios sobre estos cuerpos como si fueran una casa de campaña. No son permanentes. Estamos tomando las estacas y moviéndonos hacia adelante (vv. 1-5).

En Mateo once, Jesús habla de una bestia de carga que se desjuntó, y la muerte para el creyente es estar siendo desjuntado de la carga de esta vida (v. 29).

Ahora, al pedir partir, a Simeón no se le pide ser librado de su Amo, a quien él ama, sino que él está diciendo que él está listo para ser librado de esta asignación terrenal.

Vemos aquí la imagen de un centinela que puede ser liberado de su puesto asignado porque aquel para el cual él tenía que estar al acecho ha llegado. Ahora su trabajo ha terminado. Así que él dice, «Déjame morir, porque mi trabajo, mi llamado, mi tarea en la vida ha terminado».

«Ahora yo puedo partir en paz. Habiendo visto la tan esperada consolación de Israel, Simeón ha sido soltado. Ha sido liberado. Ha sido puesto en libertad para pasar de esta vida a la próxima».

Mientras sostiene este niño en sus brazos, se da cuenta de que morir no es algo aterrador para un receptor de Dios. Morir es ser liberado. Es ser emancipado.  Es estar en libertad, suelto, puesto en libertad de las amarras de este cuerpo y de esta tierra presente.

¿No fue eso lo que Jesús vino a hacer, a librarnos de la muerte y del miedo a la muerte? ¿Cómo hizo eso? Por Su muerte. Así que ahora, tú y yo, cuando llegue nuestro tiempo de morir, y ninguno de nosotros sabe cuán temprano será eso para nosotros, podremos partir en paz si somos hijos de Dios, si hemos puesto nuestra fe en Cristo, podremos partir en paz.

No hay miedo a la muerte. Un comentarista dijo que Simeón «habla como uno para quien la tumba ha perdido su terror y el mundo sus encantos».1

La mayoría de las personas viven aferradas a este mundo con todo y lo mal que está. Encuentran uno que otro encanto insignificante y simplemente se aferran a ellos. Piensan en la muerte, y opinan, «¡eso es terrible!»

Pero Simeón habla como uno para quien la tumba ha perdido su terror y el mundo ha perdido su encanto. «Señor, estoy lista. Estoy lista para ir. Estoy lista para partir, y lo puedo hacer en paz sin miedo».

Así que para el creyente, la muerte no es algo que debemos temer. Simplemente nos suelta y nos libera de las cargas de estos cuerpos caídos, de nuestra carne pecadora, y de este mundo caído.

Eso es lo que el apóstol Pablo habla en 2 Timoteo capítulo cuatro, mientras se alista para morir.  Él dice, «Porque ya yo estoy para ser derramado como una ofrenda de libación, y el tiempo de mi partida ha llegado» (v. 6).

¿A dónde vas Pablo? «Voy hacia otra vida. Voy hacia otro lugar, un mejor lugar.  Este barco está siendo desatado. Las amarras han sido desatadas, y me estoy dirigiendo hacia mi destino final, me está reservada la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me entregará en aquel día».

Así que Simeón dice, «Señor, ahora Tú estás permitiendo que Tu siervo parta en paz». ¿Por qué? Versículo 30, «Porque mis ojos han visto tu salvación.»

Simeón ve a Jesús. Él cree que Jesús es el Mesías, el Salvador, así que dice, «Puedo morir en paz porque he visto Tu salvación.»

Recordemos lo importante que es que cada uno de nosotros vea al Salvador y la salvación de Dios antes de ver la muerte.  Tú no puedes estar preparada para la muerte si no has visto la salvación de Dios.

Solamente aquellos que por fe han experimentado la realidad de un encuentro con Cristo a través del arrepentimiento y de la fe tienen una base en la cual pueden enfrentar la muerte con valor y sin miedo.

Nunca estarás lista para morir hasta que hayas conocido a Cristo, la salvación de Dios. Tengo un libro devocional, que no sé si todavía se publica. Es uno de mis favoritos a través de los años.

Se titula, Oraciones de los mártires. Es una colección de algunas de las oraciones y de las últimas palabras de personas que han sido martirizadas a través de los años por su fe. Tú pensarías que esa sería una lectura que solo puede servir para bajarte el ánimo, pero es todo lo contrario.

Es un libro edificante, porque ves este sentido uniforme de anticipación, la esperanza, la expectación, la libertad del miedo, la ansiedad por conocer a Cristo.

Recuerdo que una de ellas comienza diciendo, «Señor, voy a ir lo más rápido que me sea posible». ¡Me encantó eso! «Señor, yo voy, aún en medio de su pena y de su martirio. Ellos estaban diciendo, «Señor, puedo morir en paz, porque mis ojos han visto Tu salvación.»

Donald Cargill es uno de los pactantes escoceses del siglo 17, muchos de los cuales fueron martirizados por su fe. El año pasado tuve el privilegio de estar en Escocia, visitando algunos de los lugares donde estos escoceses fueron martirizados y perseguidos y donde dieron sus vidas por su fe.

Este hombre que es uno de los pactantes, fue condenado por su gobierno y sentenciado a la horca y a ser decapitado. Creo que fue la noche antes de morir que él escribió lo que él llamó su último discurso y testimonio.

Aquí tengo un poco de lo que él dijo en ese artículo. Él dice,

Esto es lo más gozoso que he visto en mi peregrinaje en la tierra. Mi gozo ha comenzado, lo cual sé que nunca será interrumpido. La muerte para mi no es más que lanzarme en los brazos de mi esposo y recostarme junto a él».

Al día siguiente, el 27 de julio de 1681, mientras iba subiendo los escalones hacia el patíbulo donde sería ahorcado y decapitado, Cargill dio un emotivo mensaje. Es un mensaje largo. Lo puedes encontrar en el internet.

Mientras tanto todos sus perseguidores estaban golpeando los tambores cada vez más alto en un intento de ahogar su voz. Parte de lo que él dijo mientras subía hacia su muerte fue,

Este es el día más dulce y glorioso que mis ojos hayan visto. Adiós a la lectura y a la predicación, a la oración y a la fe. Adiós a la peregrinación, a los reproches y al sufrimiento. Bienvenido sea el gozo, el gozo inefable y glorioso. Bienvenido Padre, Hijo y Espíritu Santo! En Tus manos encomiendo mi espíritu.

Eso es lo que puedo ver en la canción de Simeón, un canto de alabanza.  «Señor, ahora Tú siervo puede partir en paz. Adiós a la tristeza y a la atadura de ser un prisionero aquí en la tierra, y bienvenida sea la libertad, la liberación, la emancipación, el estar suelto, estar liberado».

«Oh Señor, puedo morir en paz, porque mis ojos han visto Tu salvación.»  ¿Describe eso como te sientes sobre la perspectiva de enfrentar la muerte?

Matthew Henry, ese viejo comentarista dijo, «Aquellos que le han dado la bienvenida a Cristo pueden darle la bienvenida a la muerte.»  Si conoces a Cristo y lo has recibido con los brazos de la fe, entonces cuando el tiempo llegue de morir, tú serás capaz de decir, «Señor, Maestro, ahora Tú estás dejando a Tu siervo partir en paz porque mis ojos han visto Tu salvación».

Annamarie: Nancy DeMoss de Wolgemuth regresará para orar. El tema de la Navidad es la esperanza, y Nancy nos ha estado explicando por qué. La enseñanza que escuchamos hoy es parte de la serie titulada, «La dedicación del Rey».

Puede que hayas escuchado la historia de la Navidad durante toda tu vida, pero quizá no habías notado algunos otros eventos importantes del relato que encontramos en el Evangelio según Lucas, en el capítulo 2.

Simeón, el personaje del cual hemos estado aprendiendo hoy, no solamente sabía de Dios en teoría; él llegó a conocer a Jesús. Nosotras también necesitamos experimentar a Dios como Simeón lo hizo. Escucharemos más sobre esto en nuestro próximo programa.

Ahora, oremos con Nancy.

Nancy: Qué cosa tan increíble Señor, imaginar y ser recordadas de que el bebé que María y Simeón cargaron en sus brazos aquel día en el templo,  Aquel cuyo nacimiento celebramos durante esta temporada, se constituyó en nuestra vida y nuestra liberación de la muerte.

Él lo hizo por su propia muerte en la cruz. Gracias, Señor, que nuestros ojos han visto Tu salvación; que nos has hecho conocer a Cristo. Con brazos de fe, lo podemos levantar, recibir, cargar y te bendecimos a Tí, oh Señor.

Decimos, «Oh, Señor, habiendo visto a Cristo, en cualquier momento ahora, Tú puedes dejar que Tu siervo parta en paz. Gracias por esa esperanza».

Oro por algunas oyentes que quizás aún no tienen esa esperanza. Que este pueda ser el día que ellas, a través del arrepentimiento y la fe reciban a Cristo y les sea dada esa esperanza de vida eterna. Oro en el nombre de Jesús, amén.

Fijando nuestros ojos en Jesucristo, juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

1J. C. Ryle. Luke. Vol One. Banner of Truth Trust, 66-67.

Poema de Salvación, Coalo Zamorano, Eres Mi Pasión, ℗ 2006 CanZion Group LP, usada con permiso. 

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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