Un servicio razonable
Débora: ¿Qué significa vivir una vida de rendición? Nancy DeMoss Wolgemuth nos habla de algunas personas impías que, irónicamente, nos dieron una imagen de cómo se ve la entrega total.
Nancy DeMoss Wolgemuth: En el año 1900, diecisiete años antes de la Revolución Bolchevique, Lenin escribió en un periódico del Partido Socialista: «Debemos formar hombres y mujeres que dediquen a la revolución no solo sus noches libres, sino toda su vida».
Débora: Ya que conocemos la verdad, ¿cuánto más nosotras deberíamos vivir en rendición?
Nancy: Dios está llamando, en Su «revolución», por causa de Su gran reino, a hombres y mujeres dispuestos a dedicar a Su reino no solo sus ratos libres, sus noches libres, no solo las pocas horas que creen poder apartar, sino toda su vida.
Eso es lo que significa ser parte del reino de Dios, ser ciudadanas de Su Reino, ser hijas …
Débora: ¿Qué significa vivir una vida de rendición? Nancy DeMoss Wolgemuth nos habla de algunas personas impías que, irónicamente, nos dieron una imagen de cómo se ve la entrega total.
Nancy DeMoss Wolgemuth: En el año 1900, diecisiete años antes de la Revolución Bolchevique, Lenin escribió en un periódico del Partido Socialista: «Debemos formar hombres y mujeres que dediquen a la revolución no solo sus noches libres, sino toda su vida».
Débora: Ya que conocemos la verdad, ¿cuánto más nosotras deberíamos vivir en rendición?
Nancy: Dios está llamando, en Su «revolución», por causa de Su gran reino, a hombres y mujeres dispuestos a dedicar a Su reino no solo sus ratos libres, sus noches libres, no solo las pocas horas que creen poder apartar, sino toda su vida.
Eso es lo que significa ser parte del reino de Dios, ser ciudadanas de Su Reino, ser hijas de Dios. Significa que le hemos entregado toda nuestra vida, no solo una parte, sino el todo. Si queremos ver el avance del reino de Dios en esta tierra y, por cierto, para eso se supone que vivimos, para que la gloria de Dios cubra la tierra como las aguas cubren el mar. Ese es nuestro propósito: ver Su Nombre reverenciado, santificado, ver que Su reino venga, ver que Su voluntad se hace aquí en la tierra como en el cielo. ¡Para eso vivimos!
Si queremos ser parte de esa «revolución», necesitamos ser hombres y mujeres que dediquemos al reino de Cristo no solo nuestras noches libres, sino la totalidad de nuestras vidas.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora de «Rendición: El corazón en paz con Dios» en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 12 de junio de 2026.
El episodio que escucharás el día de hoy, Nancy lo grabó antes de casarse, así que la escucharás referirse a no estar casada. Aquí está ella para continuar con la serie «Rendición: Un corazón en paz con Dios».
Nancy: Al hablar del sacrificio total de nuestras vidas para Dios, de ofrecernos como un sacrificio vivo, ¿alguna vez has sentido que lo que Dios pide es demasiado? Debo confesarte que yo me he sentido así. Amo al Señor, amo Su reino, amo servirle, pero, siendo honesta, hay momentos en los que siento que lo que Dios me está pidiendo es simplemente ¡demasiado!
Y no es que Él no sea digno de todo, pero lo que suelo hacer es comparar lo que Él me pide a mí con lo que parece que les pide a otros. Y hay ocasiones en las que me pregunto: «Señor, ¿podrías permitirme tener una vida un poco más normal, más ordinaria? ¿Tengo que estar siempre sirviendo, siempre dando, siempre sacrificándome?».
Y no me siento orgullosa de admitir que a veces pienso así. Y muchas veces ni siquiera se trata de un sacrificio enorme. A veces es una cosa pequeña que, en ese momento, me pesa. Pienso, por ejemplo, en cuando el Señor me ha pedido invertir económicamente, siendo una mujer soltera, para ayudar a proveer educación cristiana para los hijos de matrimonios en el ministerio a tiempo completo.
En ciertos momentos siento: «Si Dios no me pidiera esto, hay tantas otras cosas que podría hacer con ese dinero». Y aunque no me gusta admitirlo, en ese instante me parece que es mucho lo que Dios me pide. Pero en el reino de Dios estamos llamadas a relacionar cada decisión y cada detalle de nuestra vida con aquello que agrada a Dios y que permite el avance de Sus propósitos y de Su reino.
En esos momentos, cuando sentimos que Dios está pidiendo demasiado, nuestras emociones gritan: «¡Ya he dado demasiado! ¡Ya no puedo dar más!». Es entonces cuando necesitamos hacer un viaje al Calvario y mirar a los ojos de un Salvador que lo entregó absolutamente todo para reconciliarnos consigo mismo, sin reservas, sin límites.
Por eso el apóstol Pablo dice, como hemos estado viendo en Romanos 12:1: «Les ruego por las misericordias de Dios…», es decir, a la luz de las grandes, ilimitadas, infinitas, inagotables misericordias y compasiones de Dios, renovadas día tras día, «les ruego… que presenten sus cuerpos como sacrificio…». ¡Paga el precio! Ofrece tu cuerpo, no solo tus ratos libres, sino todo lo que eres y todo lo que tienes, como sacrificio vivo para Dios. «… porque es el culto racional».
La palabra «racional» es muy interesante. Proviene del término griego del cual obtenemos nuestra palabra lógico. Es decir: es razonable, es lógico hacer este sacrificio. ¿Por qué? Por la increíble compasión y misericordia que Dios nos ha mostrado: Sus misericordias pasadas, Sus misericordias presentes y las misericordias futuras que aún esperamos, porque Dios es un Dios misericordioso y nunca dejará de serlo.
Así que, a la luz de esas grandes misericordias derramadas sobre nosotras, es totalmente razonable, totalmente lógico, que Él pueda pedirnos lo que Él quiera… y que nosotras respondamos: «¡Sí, Señor!».
De hecho, este versículo, Romanos 12:1, es justo al final final de los primeros once capítulos de Romanos, que han sido una exposición gloriosa acerca de las misericordias de Dios en la salvación: cómo Él nos tomó siendo pecadoras caídas, depravadas, alejadas, sin esperanza; cómo, cuando no teníamos ningún deseo por Él, ni interés alguno en Él, Dios atrajo nuestros corazones, nos acercó a Sí mismo y abrió nuestros corazones para recibir Su misericordia. Nos dio a Jesucristo.
Entonces, a la luz de todo lo que Pablo ha expuesto en esos primeros once capítulos, es absolutamente lógico, totalmente razonable, que Dios diga: «Entrégame tu vida como sacrificio».
Hace un tiempo estuve acompañando a una pareja que estaba luchando con un sacrificio que sentían que Dios les estaba pidiendo hacer. Mientras orábamos juntos, recuerdo al esposo, a este papá, sollozando, derramando su corazón delante del Señor. Casi era difícil entenderle cuando dijo: «Oh Señor, oh Jesús, ¡a la luz de lo que Tú has hecho por nosotros en la cruz, esto no es demasiado para que Tú lo pidas! Y estamos dispuestos a decir: “¡Sí, Señor!”».
En el último episodio cité a Helen Roseveare y permíteme citarla nuevamente de su libro A Living Sacrifice, donde ella dice:
«Hoy parecería que los cristianos preferimos hablar de “cierto grado de compromiso”, de hasta dónde estamos dispuestos a involucrarnos, en lugar de hablar de la profundidad del amor inconmensurable de Dios en el cual anhelamos ser sumergidos.
La entrega despreocupada de amor que marcó los sacrificios del apóstol Pablo, de los cristianos del segundo siglo, de los misioneros del siglo XIX… esa entrega parece tristemente ausente hoy. Hoy calculamos cuánto podemos permitirnos darle. En aquellos días, ellos sabían que no podían permitirse darle menos que todo».
Puede que conozcas el nombre de David Livingstone, un misionero y estadista del siglo XIX en África, quien a menudo es presentado como un ejemplo inusual de una vida extraordinariamente sacrificial. Pero, desde su perspectiva, lo que hizo no era un sacrificio en absoluto cuando se veía a la luz de lo que Cristo ha hecho por nosotros.
David Livingstone dijo:
«La gente habla del sacrificio que he hecho al pasar tantos años de mi vida en África. ¿Puede llamarse sacrificio a algo que simplemente se devuelve como una pequeña parte de la enorme deuda que le debemos a nuestro Dios y que nunca podremos pagar? ¡Fuera tal palabra, tal perspectiva y tal pensamiento!
No es, enfáticamente, ningún sacrificio. ¡Digan más bien que es un privilegio! La ansiedad, la enfermedad, el sufrimiento o el peligro de vez en cuando, junto con renunciar a las comodidades comunes de esta vida… todo eso nos hace detenernos y puede hacer que el espíritu vacile y desfallezca. Pero que sea solo por un momento. Nada de eso es comparable con la gloria que será revelada después en nosotros y para nosotros. [Él dijo:] Jamás hice un sacrificio. De esto no deberíamos hablar cuando recordamos el gran sacrificio que Él hizo, quien dejó el trono de Su Padre en lo alto para entregarse por nosotros».
Puede que Dios nunca te llame a un campo misionero en el extranjero, pero sí te pide que ofrezcas tu vida y tus circunstancias, sean cuales sean, como un sacrificio vivo, como una ofrenda quemada, un holocausto que simbolice tu consagración total y tu entrega al Salvador que dio Su vida por ti.
¿Podría decirse de ti que has consagrado a Cristo toda tu vida? ¿O sería más cierto que solo le entregas tus ratos libres? ¿Acaso Él no es digno de la totalidad de nuestra vida? En las palabras del himno inmortal de Isaac Watts:
El mundo entero no será
dávida digna de ofrecer
amor tan grande y sin igual
en cambio exige todo el ser.
Padre, por favor, perdóname por todas las veces en que he pensado que estaba haciendo un sacrificio demasiado grande. Y aun mientras comparto estas palabras, recuerdo el sacrificio incomparable que Tú hiciste por nosotras.
Señor, Tú eres digno, no solo de lo que creemos que podemos permitirnos dar, sino de esa entrega completa, de ese abandono total del que hemos leído, de rendir la totalidad de nuestras vidas por causa del Señor Jesús y de Tu gran reino. Amén.
Débora: Nancy DeMoss Wolgemuth te ha estado mostrando cómo se ve una vida rendida al Señor.
Para concluir nuestra serie sobre la rendición, vamos a escuchar una historia de vida poderosa que ilustra todo lo que hemos estado viendo. Cuando Revive Our Hearts salió al aire por primera vez, Nancy entrevistó a una joven que estaba en pleno proceso de decir «Sí, Señor». Estaba preparándose para viajar al extranjero y servir en un país en vías de desarrollo.
Por motivos de seguridad, utilizaremos un seudónimo y nos referiremos a ella como «Tina». Escuchemos esa conversación entre Nancy y Tina. Estoy segura de que su historia te animará a buscar al Señor por todo lo que Él quiere para tu vida y a rendirte plenamente a Su plan.
Nancy: He disfrutado mucho la oportunidad, en estas últimas semanas, de conocerte un poco más, de escuchar tu historia y ver cómo Dios te ha guiado en este peregrinaje que ahora te lleva al campo misionero. Cuéntanos un poco de cómo llegaste a conocer al Señor.
Tina: Bueno, estoy muy agradecida de haber nacido en una familia con padres que amaban al Señor, que nos criaron en el temor del Señor y que, desde muy pequeña, comenzaron a enseñarnos la Palabra de Dios y a discipularnos en Sus caminos.
Pienso especialmente en mi mamá, quien fue muy diligente en hacerlo cada día. Teníamos tiempos en la Palabra, memorizando versículos, aprendiendo a orar cuando yo era apenas una niña. Así que, realmente, he sido criada en los caminos del Señor, y estoy muy agradecida por esa herencia familiar.
Nancy: Entonces, ¿pusiste tu fe en Cristo siendo una niña pequeña?
Tina: Sí. En realidad, no recuerdo un día o un momento específico, pero sí recuerdo que, cuando era pequeña, me arrodillé junto a mi cama con mi mamá después de ver por televisión un mensaje evangelístico, y ella oró conmigo para recibir al Señor. Antes de ese momento yo siempre me preguntaba: «¿Realmente he aceptado al Señor?». Pero después de aquella noche, arrodillada junto a mi mamá, tuve la seguridad de salvación y no volví a dudar desde ese entonces.
Nancy: Y ahora te diriges al campo misionero para entregar tu vida en servicio vocacional al Señor. Cuéntanos qué estarás haciendo allí.
Tina: Bueno, hay un par de maneras de responder eso. Vocacionalmente, soy enfermera practicante. Tengo una especialidad en obstetricia y ginecología, así que trabajo con mujeres. En el campo misionero, esa es mi vía de entrada a este país en Asia, que es un país de acceso restringido. La manera en que puedo entrar es teniendo algún tipo de labor valiosa que realizar allá.
Así que estaré trabajando como enfermera practicante, atendiendo a mujeres embarazadas y ayudando en partos. Ese será mi trabajo. Pero voy a ese país porque quiero que hombres y mujeres, específicamente mujeres y niños, conozcan al Señor. Tengo muy arraigado en mi corazón el discipulado de mujeres y niños, y esa es realmente la razón por la que voy al campo misionero.
Nancy: ¿Siempre supiste que querías ser misionera? ¿En qué momento de tu vida comenzaste a sentir que esta podía ser la dirección de Dios para ti?
Tina: La semilla para la obra misionera fue plantada en mi corazón cuando era adolescente. En nuestra iglesia había una pareja que eran misioneros en China. Durante su año sabático vinieron a hablarle a nuestro grupo de jóvenes. Recuerdo que la esposa de este matrimonio misionero nos animó a comenzar a leer biografías misioneras. Y también nos animaron a comenzar con el libro titulado La sombra del Todopoderoso, que es el libro de Elisabeth Elliot y que básicamente contiene los diarios del que fue su esposo, de Jim Elliot.
Así que empecé a leer sobre Jim Elliot. Nunca había conocido a alguien como él, cuya vida literalmente latía por el Señor. Eso me resultó tan atractivo en aquellos años de mi adolescencia, y desde entonces comencé a devorar biografías misioneras y a leer prácticamente todo lo que Elisabeth Elliot había escrito.
Luego leí sobre Hudson Taylor, William Carey y, finalmente, Amy Carmichael. Y eso lo selló en mi corazón, y dije: «Esto es lo que quiero hacer con mi vida. Quiero tener este tipo de relación de amor con el Señor y, desde ahí, quiero contarle al mundo acerca de Él». Así fue como la semilla para las misiones quedó plantada en mí.
Nancy: Eso es interesante, porque puedo recordar que, cuando era una niña pequeña, uno de los primeros libros que leí fue The Shoemaker Who Gave India The Bible (en español sería El zapatero que le dio la Biblia a la India), que es una versión infantil de la historia de William Carey, uno de los primeros misioneros. Esos relatos también tuvieron un enorme impacto en mi propia vida, en mi corazón para el Señor y en mi corazón para las misiones.
Creo que esta es un área donde las mamás realmente pueden influir en sus hijos mientras están creciendo: asegurarse de poner en sus manos este tipo de historias, relatos verídicos de hombres y mujeres que Dios ha usado. Y en mi caso, como lo fue en el tuyo, eso tuvo el efecto de encender en mí una pasión, de comprender lo que significa amar al Señor con todo el corazón y de sentirme atraída a entregar mi vida al Señor en servicio para Él. Así que esta es una manera muy práctica en que los padres pueden criar a sus hijos con un corazón para Dios.
Bueno, entonces cuando eras una adolescente, leías estos libros que te estaban inspirando a ir al campo misionero. Cuando saliste de la secundaria y te fuiste a la universidad, ¿en ese momento dijiste: «Voy a ser misionera. Voy a prepararme para eso»?
Tina: Sí, definitivamente. Mi plan era estudiar medicina y luego ir al campo misionero como misionera médica. Sin embargo, mi primera experiencia transcultural fuera del país ocurrió después de mi primer año en la universidad, cuando fui con un grupo de nuestra iglesia a Papúa Nueva Guinea.
Nancy: ¿Qué tipo de experiencia fue esa para ti?
Tina: Bueno, en Papúa Nueva Guinea realmente empecé a pensar: ¡Quizás tomé la decisión de ir a misiones demasiado rápido! Si alguna vez has visto una revista de National Geographic, así era literalmente Papúa Nueva Guinea. Vivíamos en medio de la selva, a orillas del río Sepik, en chozas de bambú elevadas a varios metros del suelo; nos bañábamos en un pequeño arroyo que descendía de la montaña; comíamos lo que pescábamos en el río; vivíamos bajo mosquiteros y utilizábamos letrinas.
Y me acuerdo que pensé: «¡Esto no es el sueño americano! Como estadounidense, sé qué tan buena puede ser la vida… y, Señor, no sé si quiero pasar mi vida haciendo algo así».
Nancy: ¿Entonces regresaste de esa experiencia pensando que quizá no querías pasar el resto de tu vida viviendo en condiciones tan rudimentarias?
Tina: ¡Exactamente! Pensé: «Señor, quizá puedo hacer misiones a corto plazo. Mmm, sí, ¡creo que eso es lo que voy a hacer!».
Nancy: ¿Y habías hablado con tus padres sobre tu deseo de ser misionera? ¿Cómo se sentían ellos con respecto a todo esto?
Tina: Sí, lo había hecho, durante mis años de secundaria y mis primeros años en la universidad. En ese entonces ellos me animaron mucho, y creo que probablemente pensaron: «Bueno, todavía faltan muchos años; las cosas pueden cambiar con el tiempo». Pero siempre me apoyaron.
Nancy: Lo cual es realmente una bendición, cuando piensas en cuántos padres hoy desaniman a sus hijos de seguir verdaderamente al Señor. Qué bendición que tanto tú como yo hayamos tenido padres que dijeran: «Sí, te vamos a extrañar, pero queremos que hagas aquello para lo cual Dios te ha llamado».
Tina: Así es.
Nancy: Ahora, ¿cómo te volvió a encaminar el Señor? Tuviste esta experiencia en el extranjero, en Papúa Nueva Guinea, y luego regresaste diciendo: «¡No estoy segura de que esto sea para mí!». ¿Cómo te animó el Señor a seguir avanzando en esta dirección?
Tina: El Señor fue muy paciente conmigo, como siempre lo es. Ahora, al mirar atrás, veo que durante mis años universitarios había un hilo conductor muy evidente: misionero tras misionero con quienes me encontraba, sermón tras sermón que tocaba el tema de misiones; las misiones estaban constantemente delante de mí durante esos años.
Uno de los puntos de transición llegó en mi último año de universidad. Estaba estudiando en Europa, y en ese momento vivía en Alemania y asistía a una iglesia alemana. Una amiga alemana, a quien acababa de conocer, me invitó a almorzar. Tenía más o menos mi edad, unos veintitantos años.
Ella me contó que Dios la había llamado al campo misionero y que dentro de un año estaría saliendo para servir en misiones en el extranjero. Y yo le dije: «Sí, en un momento también pensé en hacerlo». Entonces le compartí mi experiencia en Papúa Nueva Guinea y cómo había cambiado de opinión.
Y nunca olvidaré lo que ocurrió: ella me miró directamente a los ojos y me dijo, con mucha firmeza: «Tina, tus razones para cambiar de opinión cuando Dios había comenzado a llamarte a las misiones desde que eras adolescente no son razones piadosas. Necesitas ponerte de rodillas y preguntarle a Dios qué quiere hacer con tu vida. Y cuando Él te lo muestre, necesitas pedirle la gracia para obedecerle en lo que sea que Él te pida».
¡Eso me dejó sin aliento! Nos conocíamos desde hacía apenas dos horas, y su valentía para hablarme… ¡la verdad fue increíble! Recuerdo haber pensado: Tina, tienes que escuchar esto. Este es el Espíritu Santo guiándote, animándote a orar y a abrir de nuevo tu vida al Señor para ver qué quiere hacer contigo. Sí, tienes que hacerlo, Tina. Y así lo hice.
Nancy: Así que parece que esa experiencia realmente te ayudó a verlo todo en perspectiva; que esto no se trataba de lo que fuese cómodo, conveniente o más agradable para ti, sino de cuál era la voluntad de Dios y de tu obediencia a esa voluntad.
Tina, creo que ese es realmente el corazón del asunto para todas nosotras: mujeres, hombres, casadas, solteras, con hijos o sin hijos, ya sea como misioneras o sirviendo aquí en casa. Sea lo que sea a lo que Dios nos llame, el punto es descubrir: «¿Cuál es la voluntad de Dios para mi vida?». Como tú dijiste, eso implica meterse en Su Palabra, postrarse ante el Señor y decir: «Señor, ¿para qué me creaste? ¿A qué me has llamado?».
Y luego, simplemente ondear esa bandera blanca de rendición y decir: «Sí, Señor. Tú eres el Señor. Haz Tu voluntad». Y eso puede significar, como en tu caso, que vayas al campo misionero.
Hubo un tiempo en mi niñez en que pensé que quizá esa sería también la dirección del Señor para mí. Pero he descubierto que la voluntad de Dios no es tanto un lugar o un trabajo específico, sino un corazón, un estilo de vida; es caminar diciendo: «Sí, Señor».
Y para algunas mujeres, eso significa ser madre de tres niños pequeños y dedicarse al cuidado y la formación de esos hijos, con todo lo que eso implica. En otra etapa de la vida, puede significar ser estudiante y estar rendida a la voluntad de Dios en todo lo que conlleva ser estudiante.
Para otras, puede implicar estar involucrada en un campo profesional o en una carrera. Pero sea lo que sea que Dios nos esté diciendo, en cada uno de nuestros roles como mujer, esposa, madre, hija, amiga, como hijas de Dios, mujer de Dios, significa decir: «Señor, abrazo Tu voluntad para mi vida. Y no voy a determinar Tu voluntad basándome en si me gusta o no, si se siente bien o no, o si es fácil o no».
Una de las declaraciones que Dios ha usado profundamente en mi vida, en esta misma línea, proviene de un gran misionero y hombre de Dios, David Livingstone, quien oró así: «Señor, envíame a cualquier parte, con tal de que Tú vayas conmigo. Coloca sobre mí cualquier carga, con tal de que Tú me sostengas. Y corta todo lazo, excepto aquel que me une a Tu servicio y a Tu corazón».
De eso es de lo que realmente estamos hablando, de decir: «Señor, haz Tu voluntad con mi vida. Sea lo que sea, lo recibo con gozo». Y ese es, en verdad, el camino hacia el verdadero gozo, la plenitud más profunda y la verdadera abundancia.
Tina: Todas conocemos muy bien Mateo 28:18–20, que hablan del mandato de la Gran Comisión. Pero lo que muchas veces no alcanzamos a reconocer es que esto fue un mandato de Cristo. No fue una sugerencia. No fue «escojan si quieren hacer esto o aquello». [¡No! Él dijo: «Vayan por todo el mundo y hagan discípulos de todas las naciones».
Cuando entendemos que este es el mandato de Dios para todos nosotros como cuerpo de Cristo, tenemos que reconocer que tenemos un papel que desempeñar. Puede que Dios no llame a cada una de las oyentes hoy a ir al campo misionero. Pero necesitamos también a quienes envían a las que van.
Lo más importante es reconocer que sí tenemos una parte en el cumplimiento de la Gran Comisión. Así que la pregunta que tuve que hacer fue: «Señor, ¿qué parte quieres que yo desempeñe?». Y para mí, la respuesta fue: «Tina, tú eres una de las que deben ir». Esa no será la respuesta para todas.
Pero el desafío es hacer la pregunta, y cuando la hacemos, debemos tener oídos abiertos, ojos abiertos, manos abiertas, y decir: «Señor, lo que Tú quieras que haga para Tu gloria y para Tu reino, yo estoy dispuesta».
Débora: Esta joven, a quien estamos llamando «Tina», estuvo conversando con Nancy DeMoss Wolgemuth sobre lo que significa rendirlo todo al Señor. Esa entrevista fue grabada en el año 2001, y desde entonces Tina se casó con un joven piadoso, y hoy siguen sirviendo juntos y criando a su familia en el campo misionero. ¡Gloria a Dios por su obra en cada corazón!
Antes de cerrar el episodio de hoy, quiero recordarte que ya tenemos fecha para nuestra próxima conferencia.
Este 13 y 14 de noviembre de 2026, en Miami, Florida, celebraremos Mujer Verdadera ’26: «Preparen camino al Señor». La esperanza de que Cristo regresará por Su iglesia cambia la manera en que vivimos hoy. Y mientras esperamos, es bueno responder juntas al llamado que nos hace Dios de vivir con fidelidad.
¿Nos acompañas? Separa la fecha para celebrar esta conferencia con nosotras. La libertad en Cristo se vive en comunidad, perseverando juntas en la fe y en la obediencia gozosa. Para más información, visita MujerVerdadera26.com.
El próximo lunes daremos inicio a una nueva serie titulada «Castillo fuerte es nuestro Dios». Veremos cómo, aunque Nancy DeMoss Wolgemuth recibió una carta inesperada que la llevó a tiempos difíciles, ella encontró consuelo en un texto de las Escrituras, y esto calmó su corazón. Ella compartirá este pasaje contigo y te mostrará cómo estabilizar tu corazón cuando estés en este tipo de situaciones. No te pierdas esta nueva serie aquí en Aviva Nuestros Corazones. ¡Te esperamos!
Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de La Nueva Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Únete a la conversación