Veinticinco centavos a la vez
Débora: Una vida gozosa y plena comienza en el punto de la rendición. Aquí está Nancy DeMoss Wolgemuth.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Escucha, es en el laboratorio de la vida, no en una conferencia, no sentada escuchando este programa; es cuando sales de este lugar y te enfrentas al mundo real: tu esposo, tus hijos, tus padres, tu situación. Es en el laboratorio de la vida donde se pone a prueba nuestra consagración inicial a Cristo.
Ahí es donde se comprueba. Ahí es donde se demuestra en elecciones y respuestas diarias, momento a momento, mientras nos rendimos a la soberanía y a la voluntad de Dios.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora de «Adornadas», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 11 de junio de 2026.
Una vida rendida es una vida llena de gozo. Nancy hablará …
Débora: Una vida gozosa y plena comienza en el punto de la rendición. Aquí está Nancy DeMoss Wolgemuth.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Escucha, es en el laboratorio de la vida, no en una conferencia, no sentada escuchando este programa; es cuando sales de este lugar y te enfrentas al mundo real: tu esposo, tus hijos, tus padres, tu situación. Es en el laboratorio de la vida donde se pone a prueba nuestra consagración inicial a Cristo.
Ahí es donde se comprueba. Ahí es donde se demuestra en elecciones y respuestas diarias, momento a momento, mientras nos rendimos a la soberanía y a la voluntad de Dios.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora de «Adornadas», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 11 de junio de 2026.
Una vida rendida es una vida llena de gozo. Nancy hablará sobre esto al continuar con la serie tituladaRendición: Un corazón en paz con Dios. Escuchemos.
Nancy: Para aquellas de ustedes que están casadas, saben que cuando caminaron hacia el altar y se pararon allí, dijeron «Sí, acepto» y luego intercambiaron sus votos. Eso fue solo el punto de partida.
Fue un momento muy importante, pero fue el punto de partida. Era solo el inicio de lo que estaba destinado a ser una vida entera de entrega, una entrega mutua entre esposo y esposa.
Una vez que dijiste «Sí, acepto», en realidad la historia apenas comenzaba. Entonces empezó un proceso para toda la vida de cumplir esos votos cada día, por el resto de la vida. Así que, después de que la ceremonia terminó, se lanzaron las flores y se devolvieron los trajes alquilados y todo lo demás; entonces tocaba empezar a vivir las implicaciones de esos votos que acababan de hacer, viviéndolos en el terreno real, en lo cotidiano, en lo bueno y en lo difícil.
Con el tiempo, si has estado casada por algunos años, sabes que has crecido en tu comprensión de lo que realmente significaban esos votos.
Sin duda ha habido momentos en los que has recordado aquel día en el altar, cuando pronunciaste tus votos, y te has dicho a ti misma: «No tenía idea de que esto era lo que significaría cuando dije aquello. Jamás imaginé que él querría que yo hiciera esto. Nunca soñé que amarle implicaría esto». Has crecido en tu entendimiento de las implicaciones de esos votos.
Hemos estado hablando de que, en la vida cristiana, hay un doble aspecto de nuestra entrega a Jesús como Señor: un punto inicial en el que decimos «Sí, acepto», seguido por un proceso continuo durante toda la vida de vivir esos votos y de aprender las implicaciones de lo que significa vivir en obediencia y en rendición a Jesucristo como Señor.
Así que Pablo dice en Romanos 12:1:
«Por tanto, hermanos [en la familia de Dios], les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios que es el culto racional [o espiritual]».
Está hablando de la rendición de nuestra vida a Dios, tanto en el punto inicial de entrega como en un proceso continuo a lo largo de la vida. Porque en el momento de la conversión, que para mí fue a los cuatro años; piensa tú en cuándo fue para ti —en el punto en que llegaste a ser hija de Dios, ninguna de nosotras podía haber estado plenamente consciente de todas las implicaciones de esa transacción, de todo lo que significaría.
Entonces, nuestra rendición inicial a Cristo como Señor es realmente solo una plataforma de lanzamiento para una vida entera de continua rendición y sacrificio. Ahora, de manera diaria y constante, somos llamadas a vivir esa consagración respondiendo a las diversas circunstancias y decisiones de la vida en obediencia y rendición a Su voluntad, viviendo esos votos en lo más cotidiano de la vida.
Un predicador ilustró la dimensión diaria y continua del sacrificio y la rendición de esta manera:
«Pensamos que entregar todo al Señor es como tomar un billete de 1,000 dólares, ponerlo sobre la mesa y decir: «Aquí está mi vida, Señor. Te la doy por completo».
Pero la realidad, para la mayoría de nosotros, es que Dios nos envía al banco y nos hace cambiar esos mil dólares por monedas de veinticinco centavos. Pasamos la vida entregando veinticinco centavos aquí y cincuenta centavos allá.
Escuchar los problemas de ese niño del vecindario en lugar de decirle: “Déjame en paz”. Ir a una reunión de comité. Ofrecer un vaso de agua a un anciano tembloroso en un asilo.
Por lo general, entregar nuestra vida a Cristo no es algo grandioso o espectacular. Se hace en esos pequeños actos de amor, veinticinco centavos a la vez».
Y así es. Existe ese sentido inicial, y yo lo experimenté siendo una niña pequeña, de reconocer que los mil dólares completos son de Dios. Se lo entregamos todo: todo lo que soy, todo lo que tengo, le pertenece a Dios. Y esa entrega siendo niña fue muy real, así como tus votos en el altar fueron reales. Simplemente no sabías todo lo que significaban o lo que llegarían a significar, pero aun así, fue real. Lo dijiste de corazón.
Pero ahora, en el curso de la vida diaria, Dios dice: «Quiero veinticinco centavos aquí. Quiero cincuenta centavos allá». No es un sacrificio enorme dentro del panorama completo. Pero luego, en ciertos momentos, el Señor te pide entregar varias monedas a la vez, o incluso unos cuantos dólares, algo que parece un sacrificio un poco mayor.
Por ejemplo, en lugar de tomar esas vacaciones costosas o comprar ese carro nuevo o ese mueble nuevo, decides dar ese dinero a un proyecto misionero o a una familia necesitada. Y puede que digas: «Bueno, eso ya es más que un sacrificio de veinticinco centavos. Dios está pidiendo más».
O, en lugar de disfrutar de una jubilación tranquila, ofreces tus servicios a un ministerio, a tu iglesia local o a tu comunidad. O quizá adaptas tu ritmo de vida para dedicarte de lleno al cuidado del hogar y de tus hijos. Eso también implica sacrificio.
Y luego están esos grandes sacrificios que Dios pide. De vez en cuando, tal vez Él te pida algo que hace que todos los sacrificios anteriores parezcan insignificantes en comparación.
Por ejemplo, el Señor podría pedirte en algún momento que entregues a un hijo o a una hija para servir al Señor en un país donde el testimonio cristiano está restringido. Y tu corazón de madre se pregunta: «¿Estará mi hijo seguro? ¿Estará mi hija protegida?».
Pero Dios te dice: «Ese hijo Me pertenece. Quiero que Me lo entregues por la causa de Mi reino». Y tú dices: «Señor, ese no es un sacrificio de veinticinco centavos; no son unos pocos dólares. Ese es un sacrificio enorme».
Pero como ya le has entregado todo al Señor, como reconoces que todo le pertenece, llegas al punto de decir: «Sí, Señor, me rindo. Te doy lo que estás pidiendo en este momento».
Para ti, ese gran sacrificio puede significar amar fielmente a tu cónyuge incrédulo que te hace la vida difícil.
Para ti, ese gran sacrificio puede significar recibir con gratitud el regalo de un hijo con una discapacidad física que requerirá cuidado constante por toda la vida. Y eso no es solo una tarde que Dios te pide entregar; es un compromiso inmenso.
Nota que no parece tan grande cuando reconocemos que todo lo que somos le pertenece a Dios, que Él tiene derecho sobre todo, que ya hemos entregado nuestras vidas.
Ya hemos dicho «Sí, acepto». Ya hemos estado en el altar. Ya hemos dicho: «Señor, soy Tuya». Y ahora Dios nos dice: «Muy bien, esto es lo que quiero ahora».
A veces, a través de las dificultades y entre lágrimas, y eso no está mal, llegamos al punto de decir: «Sí, Señor, todo es Tuyo. Si eso es lo que quieres que haga, lo acepto».
Así que, ya sea que se trate de veinticinco centavos, cincuenta centavos, varios dólares o un billete de 100, ¿qué significaría para ti hoy ofrecerte a Dios como un sacrificio vivo?
¿Qué significaría de manera práctica? ¿Qué te está pidiendo Dios hoy? En tus circunstancias, en tu trabajo, en tu hogar, en tu iglesia, en tus relaciones… ¿Qué sacrificios te está pidiendo Dios?
¿Qué significaría para ti hoy presentar tu cuerpo a Dios como un sacrificio vivo? Pablo dijo: «Les ruego». Es una ofrenda voluntaria, una entrega libre. «Les ruego», no «Les ordeno».
«Les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes». Así que, ya sean sacrificios del tamaño de una moneda de veinticinco centavos o de un billete de 100, recuerda que cada acto de obediencia es significativo en la economía de Dios.
Cuando te das cuenta de que todo es para Él, que no te estás entregando únicamente por tu esposo, tus hijos, tus amistades, tu iglesia o por otras personas, sino que estás entregando tu vida, tu tiempo, tus recursos, tus esfuerzos, entonces, al cuidar de esos hijos, lo haces para Dios.
Al amar a ese esposo, al servir a ese padre anciano, al atender a los necesitados de tu comunidad, estás ofreciéndote como una ofrenda a Dios. Todo es para Él.
Al reconocer esto, ¿no añade eso un sentido de propósito y de gozo a la hora de presentar tus sacrificios y ofrendas? Ahora puedes traer esos sacrificios y ofrendas sin resentimiento, sin quejas, sin lamentos. Puedes traerlos con un corazón gozoso que dice: «Oh, Señor, esto es para Ti. Si esto es lo que te agrada… si te complace que yo esté en esta posición tan poco visible cuidando de alguien necesitado que no tiene a nadie más, o atendiendo a este hijo que ha estado enfermo por tanto tiempo… Sea lo que sea, Señor, es para Ti, y lo hago con gusto por Tu causa».
Una de las declaraciones más claras sobre lo que implica la entrega práctica para cada seguidor de Jesucristo se encuentra en las palabras de Jesús en el evangelio de Lucas, capítulo 14. Si tienes tu Biblia, te invito a buscar Lucas capítulo 14.
En este capítulo, comenzando en el versículo 25, encontramos a Jesús rodeado por una gran multitud. Habían visto los milagros. Habían escuchado las historias de lo que Jesús había hecho. Y estaban muy entusiasmados con este «movimiento de Jesús».
Sin embargo, me llama la atención que Jesús nunca buscó agradar a la multitud, a diferencia de lo que quizás tú y yo habríamos hecho. A Él no le preocupaban Sus índices de popularidad. No estaba haciendo campaña para un cargo. No intentaba atraer al grupo más numeroso de la ciudad.
De hecho, ni siquiera le preocupaba demasiado qué pasaría si algunos se apartaban de la multitud. Él sabía muy bien que, cuando las personas escucharan Su mensaje sobre el reino de Dios y sobre el alcance, la profundidad y las demandas de ese reino, muchos perderían el interés en Su movimiento.
Pero eso nunca impidió que Jesús hablara con franqueza. Él estaba proclamando un nuevo reino, el reino de Dios, y se estaba proclamando a Sí mismo como el Rey de ese reino.
Y Él iba a decirle al pueblo: «Así es como funciona este reino». No iba a decirles simplemente lo que ellos querían oír. No estaba tratando de hacerlos sentir bien ni de lograr que regresaran una y otra vez, sino que Él iba a decirles lo que sabía que necesitaban escuchar si verdaderamente deseaban ser ciudadanos y súbditos de ese gran reino de Dios.
Así que Jesús miró a la multitud en ese día y, en esencia, les dijo: «Si quieren seguirme, necesitan entender lo que eso implica». Y así llegamos a los versículos 26 y 27, donde Él dijo: «Si van a seguirme», y aquí está el resumen, «tendrán que amarme sobre todas las cosas. Tendrán que amarme más que a cualquier otra persona o cosa».
Versículo 26: «Si alguien viene a Mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas [y este es el punto principal], y aun hasta su propia vida, no puede ser Mi discípulo. El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser Mi discípulo» (vv. 26-27).
Así que no había ninguna duda acerca del punto que Jesús estaba haciendo. Todos los que escuchaban ese día entendieron lo que Él estaba diciendo. Jesús no estaba ofreciendo una especie de experiencia cristiana de fin de semana. No estaba ofreciéndoles simplemente una salida para sus problemas, ni un analgésico para su dolor, ni un seguro contra el infierno.
Todos los que escuchaban a Jesús sabían que, cuando Él hablaba de una cruz y de tomar la cruz, eso significaba una sola cosa: muerte. Significaba muerte segura. Él estaba diciendo: «Si quieres ser parte de este reino, si quieres ser Mi seguidor, tienes que venir y morir a todo lo que compite con Mi gobierno y Mi autoridad en tu vida».
Así cuando llegamos al versículo 33, al final de este pasaje, Jesús repite Su llamado a la entrega total. Y dice: «Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todas sus posesiones no puede ser Mi discípulo».
Este es un llamado a la rendición total, a la consagración. Todo lo que tenemos, todo lo que somos, es entregado a Dios. Creo que las palabras de Jesús en este pasaje son tan penetrantes porque son increíblemente prácticas y personales.
Él identifica asuntos específicos que deben ser entregados por quienes se llaman Sus seguidores. Cosas como nuestras relaciones (padre, madre, amigos, hermanos, hermanas), nuestros afectos, lo que más amamos, nuestro cuerpo físico, nuestros derechos, nuestras posesiones.
Este no es un llamado general. Es un llamado específico. El llamado de Dios a poner nuestras vidas sobre el altar del sacrificio significa entregarle absolutamente todo lo que somos: nuestros derechos, nuestra reputación, nuestros deseos, nuestro futuro, nuestros planes, todo lo que nos concierne.
Y como hemos dicho, primero con un «Sí, acepto» para toda la vida, y luego día tras día, momento a momento, decisión tras decisión, seguimos entregando nuestra vida como un sacrificio vivo.
Algunas de ustedes me han escuchado hablar antes de la Dra. Helen Roseveare, que es una de mis heroínas espirituales.
Helen Roseveare: Dije: «Dios, si realmente existes, por favor, hazte conocer a mí ahora». ¡Y Él lo hizo! Quedé sobrecogida por la realidad del amor de Dios: que Dios me hizo, me amó tanto que murió por mí para que yo pudiera ser perdonada. Esa noche me enamoré de Jesús.
Nancy: Durante las décadas de 1950 y 1960, ella sirvió como médica misionera en lo que entonces se conocía como el Congo Belga.
Helen: Desde ese instante supe que quería dedicar mi vida a compartir a Jesús con otros, diciéndoles que no hay nada que valga la pena hacer en la vida excepto servir y amar al Señor Jesús.
Nancy: Y fue allí donde sufrió atrocidades inimaginables durante la rebelión Simba.
Helen: Se desató el caos. En septiembre de 1964, según lo recuerdo, sin ningún aviso, de repente nos encontramos en medio de una guerra. Una noche vinieron a mi casa. No sé a qué hora. Para entonces ya nos habían quitado los relojes, los camiones y todo lo que nos podían robar. Fue una noche horrible. Entraron en la casa y dijeron que estaban buscando… lo que fuera. Lo rompieron todo. Saquearon la casa. No encontraron lo que buscaban. Yo no tenía un radio ni nada por el estilo.
Y entonces arremetieron contra mí. En un momento estaba afuera, en la veranda de la casa, y este pequeño —no sé cómo describirlo— sargento o mayor de los soldados rebeldes se paró allí con un arma apoyada, presionada contra mi frente. No sé si estaba cargada o no, pero supuse que sí.
Y dijo: «Di que LaMumbo», que era su santo patrono, «di que LaMumbo es el salvador del mundo».
Yo no estaba orando. Yo no estaba pensando. Solo sabía que eso no era verdad. Sabía que el único Salvador del mundo era Jesús. Así que simplemente dije: «¡No! ¡Jamás! Jesús es el único Salvador del mundo». Creo que en mi corazón, en realidad, estaba orando que él disparara. Sería rápido. Limpio. Y todo terminaría.
Pero allí, en el patio, estaba uno de mis estudiantes más jóvenes del colegio. Lo tenían sujeto aquellos hombres. Él se soltó y se lanzó sobre el soldado. Dijo: «¡No la toquen! ¡Será sobre mi cadáver!». Y se volvieron contra él y lo golpearon brutalmente. Dos años después no supe que en realidad no lo habían matado. Sobrevivió. Pero fue terrible, terrible.
Luego me empujaron por el pasillo de mi casa. Y, de alguna manera, en ese momento creo que yo decía: «¡Dios! ¿Dónde estás? ¿Qué está pasando?». Y de repente, tuve una tremenda, ¿cómo puedo describirlo?, tuve una profunda convicción de que Dios estaba allí.
Mientras me arrastraban por el pasillo, creo que Él me habló. No escuché palabras audibles, pero al mirar atrás tuve que preguntarle al Señor: «¿Qué fue exactamente lo que dijiste? Ponlo en palabras para mí». Creo que lo que Él dijo fue: «¿Puedes darme gracias?». Y mi corazón respondía: «No. Esto ha ido demasiado lejos». Yo sabía lo que venía. Podía ver todo el panorama, y era horrible.
Y Él dijo: «¿Puedes darme gracias por confiar en ti?».
Y pensé: Esto es increíble. Sé que confío en Él, pero nunca pensé que Él confiara en mí. ¡Fue revolucionario pensar que Él confiaba en mí! Y en ese instante, pude ver lo que me quiso decir: «Helen, pensé que podía confiar en ti». Pensé que no me negarías». Dios me decía: «¿Puedes darme gracias por confiarte esta experiencia, aun si nunca te digo por qué?».
Y aun en medio de la oscuridad, yo dije: «Señor amado, no entiendo lo que estás diciendo. No sé por qué lo dices. No sé quién llegará a ser bendecido por esto. Pero si esto es parte de Tu plan… sí. Gracias por confiar en mí».
Y de inmediato fui inundada por una sensación de paz inmensa, la paz de Dios. Fue maravilloso. Simplemente lo supe. Era como si Él dijera: «Lo único que quiero de ti es que me prestes tu cuerpo». Y era Jesús en mí. Ellos no estaban luchando contra mí; estaban luchando contra Jesús. Todo lo que yo tenía que hacer era decir: «Sí, Jesús, soy Tuya. Tú estás en mí. Haz como Tú quieras».
Eso no detuvo el dolor, ni la humillación, ni la crueldad. Nada de eso desapareció. Todo seguía allí. Pero de pronto era con Él y para Él. Y eso lo cambió todo por completo. Fue maravilloso.
Nancy: Cada vez que necesito que me recuerden qué significa vivir una vida plenamente rendida y consagrada, vuelvo y releo esta historia tan impactante. Ojalá ese libro siguiera disponible. Se llama Living Sacrifice. Si puedes encontrar una copia, cómprala. Es un libro extraordinario. En él, la Dra. Roseveare ofrece una descripción práctica de lo que significa ser un sacrificio vivo. Y permíteme decir que esta descripción aplica a todo creyente. Dondequiera que estés y en cualquier etapa de la vida en la que te encuentres, esto es lo que significa ser un discípulo de Jesucristo.
Esto fue lo que dijo la Dra. Roseveare:
«Ser un sacrificio vivo implicará todo mi tiempo. Ningún momento puede considerarse como mío, ni como tiempo libre, ni como tiempo fuera de servicio».
Helen: Años después, cuando regresamos a casa durante nuestro descanso misionero (fuimos rescatados por soldados mercenarios y enviados de vuelta), hablé por todo el Reino Unido. De vez en cuando, alguna mujer se acercaba al final de una reunión y me decía: «¿Por qué permitiría Dios que tú sufrieras? Tú eras misionera. Estabas allá afuera sirviéndole».
Yo pensaba: Nosotras nunca hicimos esa pregunta, así que no tenía una respuesta, porque nunca nos planteamos esa pregunta. Simplemente pensaba: «Señor, Tú eres tan maravilloso, tan grandioso». Es un privilegio que Él sea nuestro Maestro, nuestro Amigo, nuestro Salvador, nuestro Señor, nuestro Rey. Él tiene derecho a hacer lo que quiera. Yo había entregado mi vida a Él. Entonces, ¿por qué no?
Nancy: «Ser un sacrificio vivo implicará todas mis posesiones. Todo debe estar disponible para Dios, para el avance de Su reino. Mi dinero es Suyo. Él tiene derecho a dirigir cómo se gasta cada centavo. Debo considerar que no poseo nada. Todo es de Dios, y lo que tengo, lo tengo en administración bajo Su confianza, para usarlo como Él quiera».
Helen: Realmente fue como si Él hubiera escrito una sola palabra y casi podía leerla en el cielo: privilegio. La noche en que me convertí, el líder de la conferencia donde me encontraba me dio una Biblia. Nunca antes había tenido una Biblia. Él escribió en la portada Filipenses 3:10:«…y conocerlo a Él, el poder de Su resurrección y la participación en Sus padecimientos, llegando a ser como Él en Su muerte…». Yo llevaba media hora siendo cristiana, y él ya me estaba diciendo que podría ser un privilegio sufrir por Jesús.
Y desde ese día, la palabra «privilegio» ha marcado todo en mi vida cristiana. Fue un privilegio. Dios me pidió algo. Él dijo: «Quiero que me prestes tu cuerpo». ¡Y estoy maravillada! El Dios Todopoderoso, el gran Creador, el Padre celestial… que me pidiera algo a mí, y que yo tuviera que responderle, eso fue un privilegio.
Nancy: «Ser un sacrificio vivo implicará todo mi ser. Mi voluntad y mis emociones, mi salud, mi manera de pensar y mis actividades; todo debe estar disponible para Dios, para ser usado como Él quiera. Y si Él considera que alguien podría conocerle mejor a través de mi enfermedad, entonces acepto la mala salud y la debilidad».
Helen: He podido ayudar a tantas jóvenes a mirar las cosas desde esa perspectiva y a orar junto con ellas diciendo, y usaré la frase que Dios me dijo: «¿Puedes darme gracias por confiar en ti?». Compartí esto con una mujer llamada Valerie. Poco a poco, ella salió adelante. Nos arrodillamos juntas. Estábamos en una gran carpa, y ella le dio gracias a Dios por confiar en ella, aun si Él nunca le decía por qué.
La volví a ver tres o cuatro años después y ella me dijo: «¿No me recuerdas, verdad?».
Y yo le dije: «Claro que sí, Val. He orado por ti todos los días desde la última vez que te vi».
Ella compartió con su esposo lo que yo le había dicho. Unos meses más tarde, un niño de una casa en la misma calle donde vivían salió corriendo y murió atropellado por un auto. Sus padres no eran creyentes; de hecho, eran de otra fe. Ella dijo: «Fuimos y consolamos a los padres porque ellos vieron cómo nosotros habíamos afrontado la muerte de nuestro hijo. Ellos nos permitieron consolarlos. Y durante estos cuatro años hemos tenido el privilegio de guiar primero a uno y luego al otro a confiar en el Señor Jesucristo». Y ella añadió: «Ahora sabemos por qué Dios se llevó a nuestro hijo a casa. Y al recordar estas situaciones, puedo decir: “Ahora entiendo”».
Nancy: «Dios tiene el derecho de elegir mi trabajo y dónde trabajo. Él tiene el derecho de escoger a mis compañeros y amigos.
Ella dijo: «Ser un sacrificio vivo implicará todo mi amor, mi tiempo, mis posesiones, mi dinero, mi propio ser y ahora, mi amor. Renuncio al derecho de elegir a quién amaré y cómo amaré, dándole al Señor el derecho de elegir por mí». Llena tú el espacio en blanco, piensa en esa persona que es difícil de amar.
Ella continuó diciendo: «Yo renuncio al derecho de elegir a quién amaré y cómo, dándole al Señor el derecho de elegir por mí. Que tenga o no un compañero de vida es completamente decisión Suya». Y por cierto, la Dra. Roseveare nunca se casó, pero entregó ese derecho al Señor.
«Acepto con gusto Su mejor voluntad para mi vida. Debo entregarle al Señor todos mis afectos para que Él los controle, porque así, más que en cualquier otro aspecto, en mi vida afectiva, es donde más necesito sacrificar mi derecho a elegir por mí misma.
Necesito ser tan completamente de Dios que Él pueda usarme o esconderme como quiera. No haré preguntas. Renuncio a todos mis derechos a favor de Aquel [y esto es lo que amo] que desea mi bien supremo. Él sabe lo que es mejor para mí.
Estamos más seguras y protegidas en Sus manos de lo que jamás podríamos estar si nos aferráramos a esas cosas por nosotras mismas».
Veo a algunas de ustedes, mujeres, y pienso en algunas de ustedes, mujeres jóvenes, con toda una vida por delante y sabiendo que aún tienen muchas decisiones por tomar, y solo quiero decirles, como a veces les digo a los niños: «Escuchen a esta anciana, y déjenme decirles que nunca, jamás se arrepentirán de decirle “sí” a Dios en lo que sea que Él quiera para sus vidas».
Díganlo ahora, mientras son jóvenes. Díganlo ahora, mientras esas decisiones todavía están por delante de ustedes. Digan: «Sí, Señor, lo que Tú quieras. Hijos, o no hijos; matrimonio, o no matrimonio; trabajo, o no trabajo; aquí, allá, donde sea. Señor, sé que Tú deseas mi mayor bien, y Tú sabes lo que es mejor».
Ahora, una cosa es tener una experiencia emotiva en una reunión cristiana donde te sientes inspirada y retada a rendirlo todo al control de Dios, y dices: «Sí, Señor», mientras cantas. Pasas al frente, o lloras, o haces una oración y dices: «¡He rendido mi vida a Dios!». Muchas de nosotras hemos tenido esa experiencia en el altar, por así decirlo.
Pero todas sabemos que es algo muy distinto vivir esa rendición cuando la emoción del momento ha pasado; cuando regresas del retiro; cuando pierdes tu trabajo y las cuentas siguen llegando; cuando descubres que tu esposo está viendo pornografía en Internet; o cuando te diagnostican cáncer. ¿Sigues creyendo que Dios sabe lo que es mejor? ¿Sigues dispuesta a entregar todo lo que eres y todo lo que tienes a Dios?
Escucha, es en el laboratorio de la vida, no en una conferencia, no sentada escuchando este programa; es cuando sales y te enfrentas al mundo real: tu esposo, tus hijos, tus padres, tu situación.
Es en el laboratorio de la vida donde se pone a prueba nuestra consagración inicial a Cristo. Ahí es donde se comprueba. Ahí es donde se demuestra en elecciones y respuestas diarias, momento a momento, mientras nos rendimos a la soberanía y a la voluntad de Dios.
¿Te parece eso una esclavitud? Bueno, en realidad, es el único camino hacia la verdadera libertad. Pienso en el himnólogo George Mattheson, quien escribió:
Hazme cautivo, Señor, y entonces seré libre.
Fuerza mi mano a entregar mi espada, y vencedor seré.
Señor, reconocemos que, si queremos ser verdaderamente libres, debemos elegir el camino de la rendición, del sacrificio y de la esclavitud a Jesús como Señor.
Así que, Señor, hoy, de nuevo, nos ofrecemos a Ti. Gracias porque Tú sabes lo que es mejor, porque deseas nuestro mayor bien. Gracias porque podemos confiar en Ti. En este momento renovado decimos: «Señor, a Ti lo rindo todo. Amén».
Débora: Nancy DeMoss Wolgemuth te ha estado invitando a aceptar el llamado del Señor a una entrega completa. Y entrelazada en ese mensaje, también escuchamos a la Dra. Helen Roseveare. La vida de la Dra. Roseveare es un modelo del tipo de sacrificio vivo del que Nancy ha estado hablando.
¿Sabías que un grupo especial de oyentes ha rendido su tiempo y sus recursos para hacer posible que escuches el episodio de hoy? Esas ofrendas permiten que Aviva Nuestros Corazones esté disponible para mujeres que atraviesan momentos difíciles.
Aquí está Nancy para explicarlo mejor.
Nancy: Una oyente de Georgia nos escribió y describió una situación matrimonial muy difícil por la que está pasando. Ella dijo: «Esta mañana me encontraba en un punto muy bajo cuando sintonicé Aviva Nuestros Corazones».
Ella escuchó un mensaje sobre permanecer fiel en medio de las luchas. Luego expresó: «Fue como si Dios hubiera orquestado ese momento contigo y hablara directamente a mi corazón con paz y consuelo».
Como suelo decir, me encanta vivir bajo la providencia. Estoy tan agradecida por la manera en que el Señor orquesta este tipo de conexiones que nunca podríamos prever mientras estamos creando estos programas.
También agradezco a nuestros fieles colaboradores mensuales de Aviva Nuestros Corazones, quienes apoyan este ministerio cada mes, haciendo posible que esté disponible justo cuando se necesita. Estoy segura de que esos colaboradores jamás podrán comprender por completo, de este lado de la eternidad, cómo Dios ha usado sus oraciones y su apoyo fiel.
Correos como el que acabas de escuchar nos recuerdan que cuando tú apoyas Aviva Nuestros Corazones, no solo estás sosteniendo una organización. Estás dando para impactar vidas y hogares de una manera profunda.
Estamos pidiéndole al Señor que levante a muchos colaboradores mensuales para ayudar a sostener Aviva Nuestros Corazones mes tras mes.
Si deseas saber más sobre cómo convertirte en parte de ese grupo especial de colaboradores, visita AvivaNuestrosCorazones.com.
Débora: Gracias, Nancy.
Si deseas aprender más sobre cómo rendir tu vida, tanto en las cosas grandes como en las pequeñas, como dice Nancy, veinticinco centavos a la vez, nos encantaría que leyeras su libro «Rendición: El corazón en paz con Dios». Este libro tiene todo un capítulo sobre lo que significa ser un sacrificio vivo y profundiza aún más en las verdades que hablamos hoy.
En el episodio del día de mañana descubrirás cómo servir aun cuando sientes que no te queda nada para dar. Te esperamos aquí, en Aviva Nuestros Corazones.
Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de La Nueva Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
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