Podcast Aviva Nuestros Corazones

Una herencia hermosa

Annamarie Sauter: Al mirar el ejemplo de Josué que encontramos en la Biblia, Nancy DeMoss de Wolgemuth nota que él fue fiel aun en las tareas cotidianas.

Nancy DeMoss Wolgemuth: Cada llamado en la vida tiene una parte que no es muy atractiva. Quizás estabas muy emocionada con tener ese primer niño en tus brazos, —y espero que no hayas perdido el sentido de la maravillosa vocación de ser madre— pero sabemos que hay algunas partes de la maternidad que no son tan glamorosas; el día a día. Y veo a Josué diciendo: «voy a ser fiel en las tareas grandes y emocionantes pero también voy a ser fiel en las cosas pequeñas».

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Después de escuchar estas enseñanzas de Nancy acerca de la vida de Josué, aprecio la historia de Josué mucho más que antes. Hoy comenzamos la doceava parte de esta serie titulada, «Lecciones de la vida de Josué (Parte 12): Dejando un legado.»

Nancy: Durante unos diez años, mientras estuve en mis veinte años y a los comienzos de mis treinta, estuve viajando prácticamente a tiempo completo, casi durante todo el año, dando diferentes tipos de conferencias y seminarios para mujeres, ministrando mujeres. Y durante esos años, no tuve un hogar. Vivía con mi maleta en la mano. Viví en hoteles por un período de tiempo, y durante un tiempo viví en una casa rodante. Pero finalmente, llegó el día en que el Señor cambió esa etapa de mi vida y del ministerio, y ajusté algunas cosas, compré un terreno y construí una casa. Y en ese momento, ya estaba en mis treinta y tantos años.

Y esa fue una gran transición para mí entre esos años de viajar y el tratar de establecerme finalmente. Todavía viajo bastante, pero no como lo hice en esa época. Fue una gran transición. Y hubo algunos aspectos maravillosos, y hubo algunos retos que iban con ese cambio. Pero cuando pienso en el pasaje que estamos viendo en el libro de Josué durante esta parte de la serie, pienso en esa transición en mi propia vida.

Los hijos de Israel, como sabemos, habían sido esclavos en Egipto por 400 años —que sin duda no era su propio hogar— luego salieron de Egipto y vagaron por el desierto durante cuarenta años. Y luego, después de que entraron en Canaán, lucharon para tomar posesión de la tierra durante siete años más. Ahora, por fin, la conquista quedó atrás, y es el momento de asentarse en la tierra.

Esa es la tierra que Dios les había prometido 500 años  antes. Dios le dijo a Abraham: «Te daré esta tierra». Ahora esta generación está a punto de ver esas promesas hechas realidad. Y es tiempo ahora para que construyan casas, para que formen familias, para que se instalen en esa tierra, esta gente que nunca había tenido un lugar que llamaran casa.

Y hoy quiero llegar al capítulo 13 del libro de Josué, que es un nuevo segmento en el libro de Josué. Y esta es en realidad la segunda mitad del libro de Josué. Los primeros doce capítulos son acerca de los hijos de Israel que entran en la tierra prometida y los años de la conquista de Jericó, Hai, y haciéndose cargo de todas estas ciudades diferentes.

Ellos tuvieron que hacer frente a los cananeos, las personas que vivían en ese país, en esa tierra. Y Dios dijo que los cananeos habían pecado, y que su copa de iniquidad estaba llena, y los israelitas necesitaban deshacerse de ellos. Esos fueron años de  guerra, años de batalla. Y en el capítulo 12, puedes leer una lista de todos los treinta y un reyes con sus pequeñas ciudades-estados individuales de los que el pueblo de Dios tuvo que ocuparse.

Pero ahora llegamos al capítulo 13. Y se trata de un punto donde hay un  giro en el libro de Josué y en la vida de Josué también. Josué capítulo 13, versículo 1 dice:

«Era Josué ya viejo y entrado en años (en este punto ya él tenía probablemente cerca de 100 años de edad. Y sabemos por el final del libro, que vivió hasta los 110, por lo que está llegando casi al final de su vida.)  Y el Señor le dijo: Tú eres viejo y entrado en años, y todavía queda mucha tierra por conquistar. Esta es la tierra que queda: todos los distritos de los filisteos y todos los de los gesureos» (v.1-2).

Y luego él pasa a describir con gran detalle la tierra de sur a norte. Estas son las partes con las que todavía tienen que lidiar. Y vamos al versículo 6:

«Todos los que habitan en las montañas desde el Líbano hasta Misrefotmaim, todos los sidonios; (Esto es lo que queda todavía por poseer. Entonces Dios le dice a Josué:) los exterminaré delante de los hijos de Israel; solamente repartirás tú por suerte el país a los israelitas por heredad, como te he mandado. Reparte, pues, ahora esta tierra en heredad a las nueve tribus, y a la media tribu de Manasés.» (v.6-7)

Entonces Dios dice que la conquista de siete años ha terminado, pero que todavía queda mucho por hacer. Hay más tierra por poseer. Y en general, Canaán se encuentra ahora en manos de los israelitas. Las principales ciudades ya han sido tomadas, pero todavía hay porciones a lo largo de la tierra que los cananeos retienen, donde se están resistiendo.

Ahora, sabemos que había doce tribus de Israel, que se basa en los doce hijos de Jacob—Jacob era su nombre, antes de que fuera cambiado a Israel. Doce tribus, doce hijos. Y a los levitas, no se les dio ninguna parte, ninguna tierra, ningún territorio, porque Dios era su herencia. Leemos en el capítulo 21 que Dios les dio ciudades donde podrían vivir, pero que no debían tener su propia porción de tierra.

Entonces, ¿cómo es que nos encontramos con doce regiones, doce territorios en la tierra de Israel? Bueno, José, que era uno de los doce hijos de Jacob, tuvo dos hijos, Efraín y Manasés. Y en lugar de José, a cada uno de esos hijos se les dio una herencia, por lo que terminan siendo doce en total. Los levitas no obtuvieron ninguna, pero los otros once hijos de Jacob tienen una cada uno, y recuerda que Efraín y Manasés, los hijos de José, una cada uno.

Ahora, de las doce tribus, a dos tribus y media ya se les había dado territorio en el lado oriental del río Jordán. Y estas eran la tribu de Gad, la tribu de Rubén, y la media tribu   Manasés. Y vamos a volver a las dos y media tribus y ver un incidente en su historia cuando lleguemos al capítulo 17. Pero ahora la tierra de Canaán, la tierra que está en este lado en el lado oeste del río Jordán, va a ser repartida entre las nueve tribus y media que quedan, momento en el cual cada tribu será responsable de completar la conquista de su propio territorio.

Josué había sido el líder de este pueblo. Y todos los ejércitos se habían unido, ganando la mayor ocupación de la tierra. Y ahora van a dividir la tierra entre las otras nueve tribus y media que quedan, y cada tribu se encargará de acabar con el trabajo en su propio territorio.

Y a medida que lees los capítulos del 13 al 21, que es una porción de la Escritura que probablemente mucha gente no lee, porque es un poco difícil de terminar. Se lee como si fuese un título de propiedad o un sondeo de la tierra. Hay una gran cantidad de nombres de lugares, de fronteras, la geografía y otras cosas que no tienen mucho sentido para nosotras, especialmente si no estás usando un mapa mientras estás leyendo. Sin embargo, un título de propiedad dice quién es el dueño de la propiedad y  quién tiene el título de la propiedad. Es donde están los límites de la propiedad, te dice si hay cualquier responsabilidad adicional o lo que en términos legales, son llamadas «cargas o gravámenes» que vienen con la propiedad de la casa o del terreno.

Y eso es lo que sentimos cuando estamos leyendo estos capítulos, es un título de propiedad. Se nos dice quién es dueño de cada parte, cuáles son los límites, y cuáles son algunas de las cargas y responsabilidades de aquellos que tienen partes individuales, porque hay diferencias en aquellas porciones.

Ahora, es fácil pasar por alto estos capítulos. Cuando estás leyendo comentarios del libro de Josué, el comentario de esta sección es bastante breve, es bastante corto. Y de hecho, pasamos muchas, muchas semanas a través de los capítulos anteriores de Josué, y ahora vamos a movernos más rápidamente a través de estos capítulos.

 Pero quiero que recordemos que «toda la Escritura es inspirada por Dios, y  toda la Escritura es útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia» (2 Tim. 3:16). Necesitamos toda la Palabra de Dios. Y por eso quiero animarte a que no pases por alto estas partes, a que hagas lo que he estado tratando de hacer en estos  últimos meses. Leerlos una y otra y otra vez, y pedirle a Dios que me muestre las joyas, los tesoros que están enterrados en algunos de estos capítulos más difíciles.

Y en la sesión de hoy quiero compartir con ustedes varias ideas que se han destacado para mí, mientras he estado leyendo estos capítulos que se leen como un título de propiedad. Y creo que vas a encontrar en tu vida, así como yo lo he hecho en la mía, algunas aplicaciones de estos diferentes puntos de vista.

En primer lugar, nos damos cuenta en estos capítulos de que las porciones fueron asignadas al echar suertes. No se nos dice exactamente cómo se hizo. Pero cuando se lee dice que ellos hicieron eso, que ellos echaron suertes. Y no se nos dice cómo fue. La tradición cuenta que había dos urnas o dos tarros. En una urna se ponían los nombres de las tribus, y en la otra urna se ponía la descripción de las diferentes partes.

 Los que estaban echando la suerte agarraban un nombre de una urna, donde estaban los nombres de las tribus, y otro nombre de la jarra que tenía las porciones, y luego veían  qué tribu conseguía qué porción. No se nos dice exactamente cómo fue. Solo se puede leer que lo hicieron echando suertes; y podríamos decir: «bueno, todo fue por casualidad. ¿No es suerte que a Judá le toco esa parte?» Ahí es donde quiero que recordemos lo que Proverbios 16 nos dice: «La suerte se echa en el regazo, más del Señor viene toda decisión» (v. 33).

No hay tal cosa como la casualidad. No hay tal cosa como la suerte o el chance. Dios es un Dios de providencia, y Él supervisa todos los detalles de Su universo. Tu suerte o tu porción en la vida, por así decirlo, no es un asunto de azar. Puede parecer así algunas veces. Y hay cosas sobre las que no tienes control, ya sea si naciste hombre o mujer, no puedes hacer nada al respecto (bueno, hoy en día la gente trata de hacer algo al respecto). A veces puedes decir: «es que no tuve otra opción con eso». Los padres que tienes, la crianza que tuviste, los rasgos físicos que tienes, quizás limitaciones físicas, una mala o buena visión.

Todas esas son cosas sobre las que no tienes ningún control. Tu personalidad innata, los dones naturales, tus fortalezas, las debilidades que tienes, las oportunidades que se te han dado en la vida, tu condición socioeconómica. Obviamente, puede haber algunas personas que son pobres porque no trabajan. Pero puede haber algunas personas que son pobres aunque sí trabajan. Así que hay algunas de estas cosas sobre las que no tenemos control.

Hay desafíos que has enfrentado en tu vida, miras a tu alrededor y dices, «nadie en mi círculo de amigos parece haber tenido estos retos o problemas que tengo yo. ¿Por qué mi suerte en la vida resultó ser de esta manera?» y permíteme decirlo una vez más, no existe tal cosa como la suerte.

Dios es quien echa la suerte, y lo que veo al leer estos capítulos es que necesitamos dejar que Dios determine nuestra herencia. Deja que Él determine tu suerte, tu porción en la vida. La alegría en la vida no viene por elegir tus  propias circunstancias. Hay algunas circunstancias que no puedes elegir, y algunas de nosotras estaríamos destinadas a ser miserables toda la vida si la única manera de estar alegres, gozosas, fuera eligiendo nuestras propias circunstancias. Así que no es así como viene el gozo.

El gozo, la alegría, viene al elegir a Dios como nuestra porción, como nuestra herencia, elegir estar satisfechas y contentas y encontrar belleza en cualquier circunstancia que Él ordene para nosotras. Así es como encontramos gozo. Nos encontramos con el gozo cuando reconocemos que cuando lo tenemos a Él como nuestra porción o nuestra suerte en la vida, lo tenemos todo.

Y el pasaje que ha venido a mi mente varias veces cuando he estado leyendo estos capítulos es el Salmo 16, comenzando en el versículo 5, donde el salmista dice: «El Señor es la porción de mi herencia y de mi copa». y Él está diciendo, Señor, te elijo a ti. Incluso si no puedo tener nada más, no puedo controlar todas estas cosas,Tú siempre estás disponible para mí. Tú eres mi porción escogida. Tú eres mi copa, y eres el dueño de mi suerte. Tú eres  el que determina las circunstancias en mi vida».

Ahora, hay un sentido en el que cuando obedecemos hay bendiciones que vienen, y cuando desobedecemos hay consecuencias que cosechamos. Pero estoy hablando de circunstancias en la vida en las que tú no tienes el control. ¿Y no es alentador saber que Dios es el dueño de mi suerte? ¿Qué es Él quien determina mi suerte? Por eso el salmista dice,

«Las cuerdas, las líneas han caído para mí en lugares agradables, deleitosos; de hecho tengo una hermosa herencia» (v. 6).

Y había partes de Israel que eran escarpadas y montañosas. Y había partes que eran hermosas y más exuberantes. Cada territorio tenía sus propios desafíos. Cada territorio tenía cosas de las que podías quejarte, pero como dice el salmista: «Las líneas, las cuerdas han caído para mí en lugares agradables, deleitosos; de hecho, tengo una hermosa herencia».

El gozo viene de decir: «Señor, acepto lo que me has dado como mi porción en la vida, y decido encontrar la belleza en esa suerte».

  • Muchas gracias, Señor, por la herencia que me has dado
  • ¡Gracias, Señor, por mi salud, y por la situación física que me diste
  • Gracias por mis padres.
  • Gracias por mi educación.
  • Gracias por las cosas difíciles.
  • Gracias por los retos.
  • Gracias por los niños con necesidades especiales.
  • Gracias por estas limitaciones

Ahora, no estoy diciendo que todas esas cosas son cosas buenas. Vivimos en un mundo caído, hay cosas duras y cosas malas en este mundo. Pueden haberte hecho cosas malas, pero Dios es capaz de hacer que tu suerte sea hermosa. Él es capaz de hacer que puedas ver la belleza en medio de las circunstancias más terribles y horribles de tu pasado.

Aquí vemos que nuestra suerte en la vida está determinada por el Señor, y podemos descansar en eso. Y entonces, como hemos leído en estos capítulos, también veo que Josué buscaba la dirección del Señor y él siguió la dirección del Señor en todo, incluso en los asuntos aparentemente rutinarios al dividir esta tierra.

Una cosa para Josué era confiar en el Señor y decir, «Señor, te necesito, y necesito tu dirección», cuando él se estaba preparando para escalar las murallas de Jericó. Y todas vemos en las batallas cuánto necesitamos al Señor. Y clamamos, «¡Señor, ayúdame! Te necesito». Pero veo en estos capítulos que Josué, quien está haciendo ahora tareas más cotidianas —estas son tareas administrativas, la división de la tierra— él todavía está buscando al Señor. Y él todavía pide dirección al Señor. Y todavía confía en el Señor para guiar y dirigir sus pasos.

La distribución de estos territorios, según Josué capítulo 19, en el versículo 51, fue hecha «por suertes en Silo, en presencia del Señor, a la entrada de la tienda de reunión». Ellos no se reunieron en una habitación y dijeron, «¿quién pensamos que debería tener qué pedazo de la tierra?» No, ellos fueron al lugar de reunión, al Tabernáculo, que estaba en Silo, en ese momento, y dijeron: «Señor, muéstranos cómo esta tierra debe de ser dividida». Y lo hicieron delante del Señor.

Y pienso en ese pasaje tan familiar en Proverbios capítulo 3 que dice: «no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócelo en todos tus caminos», —en todos tus caminos, incluso en los asuntos aparentemente no espirituales de la vida —«reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus sendas» (v.5-6).

Ninguna tarea es demasiado pequeña. No haces nada en el transcurso del día —el hacer compras, el llevar los niños a la escuela, en el lugar de trabajo, no hay ninguna tarea que sea demasiado pequeña para buscar al Señor. Nada de lo que haces es demasiado insignificante para necesitar al Señor, incluso las cosas que no parecen grandes problemas espirituales.

Y podrías decirme: bueno, si vas a enseñar una clase de escuela dominical, o si vas a cantar en el equipo de alabanza, «bueno, sí, necesitas al Señor para eso». Sé que necesito al Señor para un día como hoy, cuando nosotras estamos grabando un programa tras otro, y hemos estado clamando al Señor. ¿Pero estoy tan consciente de mi necesidad de buscar al Señor y apoyarme en él cuando estoy sentada en mi estudio? O ¿Cuándo estoy haciendo tareas administrativas? O ¿Cuándo estoy respondiendo los correos electrónicos? Cuándo respondo correspondencia. Necesitamos al Señor para todo.

Josué está buscando al Señor. Y esto no es una cosa subjetiva o mística. Él constantemente recurría a la palabra de Dios para tener sabiduría acerca de cómo manejar estos asuntos diferentes y todas estas responsabilidades. Y muchas veces a lo largo de estos capítulos puedes leer, «como dijo el Señor», o según «la Palabra del Señor». ¿Dónde fue que Josué encontró dirección? En la Palabra del Señor.

  •  ¿Está tu vida siendo dirigida por Su Palabra?
  •  ¿Estás leyéndola?
  •  ¿Estás estudiándola?
  •  ¿Estás aplicándola?
  •  ¿Estás siguiéndola?

Y aquí hay una tercera idea que observo en estos capítulos: que los enemigos con los que no tratas ahora continuarán azotándote.

Y puedes leer varias veces a través de estos versículos pasajes como éste: «Pero los hijos de Israel no desposeyeron a los gesureos ni a los maacateos; pues Gesur y Maaca habitan en medio de Israel hasta hoy» (Jos.13:13).  Varias veces en diferentes lugares puedes leer ese tipo de versículos. Los hijos de Israel no expulsaron a sus enemigos, y como resultado tuvieron que vivir con ellos a largo plazo.

Y es un reto para mí tratar con problemas y pecados que me asedian ahora. Y es necesario darme cuenta de que las cosas con las que no trato hoy, los patrones, hábitos en mi vida que necesitan ser cambiados... ¿Cuántas de ustedes tienen patrones, hábitos que desearían haber tratado cuando eran adolescentes? Quizás todas nosotras. Tenemos adolescentes que escuchan Aviva Nuestros Corazones, y quiero darles una palabra de aliento a ellas. Cuando te conviertas en una señora mayor con la cabeza gris como yo, les digo a las mujeres jóvenes que conozco: ojalá me hubiera ocupado de estas cosas antes. Porque los enemigos como la ira, la lengua suelta, como la falta de dominio propio de autocontrol, la amargura, la inmoralidad, el egoísmo, el miedo.

Dios te dice, «voy a pelear estos enemigos por ti, pero tú debes luchar contra ellos, también». Tienes que tratar con ellos. Tienes que sacarlos hacia fuera, y por la gracia de Dios, pueden ser expulsados.

Y hemos visto a través del libro de Josué cómo Dios lidió con los enemigos más difíciles, con los enemigos que parecían imposibles. Dios puede tratar con los enemigos de nuestras vidas, pero si nosotras dejamos que cohabiten con nosotras en nuestras vidas, tendremos que luchar con ellos a largo plazo.

Y una de las cosas que realmente aprecio sobre Josué en este pasaje es que él estaba comprometido con terminar el trabajo que Dios le había dado para hacer. Es fácil quedarse sin energías. Porque una cosa es ser fiel cuando eres joven, cuando tienes energías y todo está de tu lado. Pero luego llegas a los cien años de edad como Josué —y algunas de nosotras nos sentimos como de ciento y pico de años algunos días— y digo, «estoy muy cansada para hacer este trabajo; estoy cansada de hacer este trabajo».

Vemos que Josué fue un hombre fiel hasta la meta final. Él quería terminar lo que Dios le había dado

Y vemos en Josué Capítulo 18, que dice:

«Entonces toda la congregación de los hijos de Israel se reunió en Silo, y levantaron allí una tienda de reunión; y la tierra estaba sometida delante de ellos. Y quedaban siete tribus de los hijos de Israel que no habían repartido su heredad. Dijo, pues, Josué a los hijos de Israel: ¿Hasta cuándo pospondréis el entrar a tomar posesión de la tierra que el Señor, el Dios de vuestros padres, os ha dado?» (v.1-3)

Josué quería asegurarse de que antes de morir, él terminaría el trabajo que Dios le había asignado. Dios le había dicho, «divide la tierra», y la gente estaba dando mucho rodeo. Josué dijo, «¿cuánto tiempo van a perder dando vueltas? Vamos a terminar el trabajo». Él quería asegurarse de que antes de morir la gente se estableciera en la tierra.

Y algunas partes del trabajo de Josué y algunas partes de nuestros trabajos, no son muy atractivas. Pero la guerra y la división de la tierra, las tareas administrativas, así también como las partes glamorosas, aventureras, son todas partes del llamado. Y tenemos que ser fieles a ambas cosas.

Y en el libro de Josué, son solo seis capítulos dedicados a hablar de batallas y hay nueve capítulos dedicados a hablar de la repartición la tierra. ¿Cuáles son los capítulos en los que nos enfocamos? Nos enfocamos en los glamorosos, en Jericó, en las grandes batallas, en las historias emocionantes. ¿Cuántas veces te sientas a leerles historias para dormir a tus hijos y les lees sobre la división de la tierra?

Y creo que al ver esto nos damos cuenta de que cada trabajo, cada llamado tiene su trabajo pesado.

Estabas tan emocionada de tener ese primer hijo en tus brazos —y espero que no hayas perdido de vista la maravillosa vocación de ser madre— pero sabes que hay un montón de cosas acerca de la maternidad que no son glamorosas. El día a día. Y veo a Josué diciendo: «voy a ser fiel en las tareas grandes y emocionantes, y también voy a ser fiel en las pequeñas cosas».

Entonces Josué esperó hasta que todas las tribus recibieron su herencia y su parte, hasta que el tomara algo para sí mismo. Eso es algo que me habla del corazón y del carácter de este gran hombre de Dios.

Capítulo 19, comenzando en el versículo 49:

«Cuando terminaron de repartir la tierra en heredad según sus límites, los hijos de Israel dieron heredad en medio de ellos a Josué, hijo de Nun.  De acuerdo con el mandato del Señor le dieron la ciudad que él pidió, Timnat-sera, en la región montañosa de Efraín. Y él construyó la ciudad y se estableció en ella» (v.49-50).

No fue hasta que Israel se estableció firmemente en la tierra, y todas las tribus recibieron sus porciones de la tierra, que Josué se estableció en un lugar para sí. Y en ese momento pidió una ciudad para su propia tribu, con su propio pueblo. Timnath-serah, era el nombre de la ciudad, que significa «mi porción abundante».

Y creo que Josué está diciendo, «lo que Dios me ha dado es bueno. Es suficiente. Estoy contento con la provisión de Dios».

Ahora, esa provisión, la ciudad, no se la dieron con la llave en la mano. Él no esperaba el hecho de que él había sido este gran líder,  este general militar para hacer que todo el mundo hiciera el trabajo pesado, el trabajo arduo, trabajo de acomodar esa ciudad para él y hacerla adecuada para vivir. Él la reconstruyó él mismo —a sus cien años de edad. Este es un hombre al que... nunca se le subió a la cabeza que era un gran líder. Él nunca espero algo de los demás o que lo sirvieran. Él esperó hasta el final para tomar la última porción y luego construir la ciudad él mismo.

Así que a medida que llegamos a la conclusión de estos capítulos —en los próximos programas vamos a ver con más detalle algunos incidentes concretos que tuvieron lugar dentro de estos capítulos; pero al mirar el panorama aquí de la repartición y de la distribución de la tierra, quiero leer en el capítulo 21 el resumen de lo que ha ocurrido hasta este punto, comenzando en el versículo 43.

«De esa manera el Señor dio a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres, y la poseyeron y habitaron en ella.  Y el Señor les dio (¿cuál es la siguiente palabra?) reposo» (y vas a encontrar esa palabra seis veces en el libro de Josué. Eso era lo que Dios quería darle a su pueblo. Eso era lo que Dios quería que su pueblo experimentara: reposo).

«Y el Señor les dio reposo en derredor, conforme a todo lo que había jurado a sus padres; y ninguno de sus enemigos pudo hacerles frente; el Señor entregó a todos sus enemigos en sus manos.  No faltó ni una palabra de las buenas promesas que el Señor había hecho a la casa de Israel; todas se cumplieron» (vv. 43-45).

Y este es el resumen. Cuando todas las batallas han sido peleadas y han terminado, todos los dolores de cabeza, las angustias, las dificultades –y hubo mucho de todo eso– Dios les dio descanso. La gente se asentó en la tierra, y podían mirar atrás y decir, «Dios ha cumplido todas sus promesas. Ninguna de ellas ha faltado».

Y quiero decir que cuando hemos pasado por las batallas y las guerras de la conquista de nuestra tierra de Canaán, y un día cuando lleguemos al otro lado, cuando todo ya haya sido dicho y hecho, miraremos hacia atrás y diremos, «Dios ha vencido a todos los enemigos. Y ha mantenido cada promesa. Ha cumplido su palabra, y Él nos ha dado descanso». Descanso eterno es lo que tenemos que esperar.

Annamarie: En tiempos en los que tantas personas están buscando respuestas, necesitamos continuar apuntándoles a Jesucristo. Esta exhortación de Nancy DeMoss de Wolgemuth es parte de la serie «Lecciones de la vida de Josué (Parte 12): Dejando un legado».

La historia de Josué desafía algunas ideas que hemos adquirido acerca de la jubilación. Conoce por qué el lunes aquí, en Aviva Nuestros Corazones.

 

Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

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