Ven y descansa en Mi amor
Débora de Rivera: Carrie Gaul fue a una consulta médica.
Carrie Gaul: El doctor me dijo: «Carrie, tú no fuiste diseñada para trabajar las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Dios no te diseñó así».
Y yo le respondí: «Oh, no, no, no. No lo entiendes. No estoy trabajando. ¡Estoy ejerciendo mi ministerio y me encanta! Y si pudieras ayudarme a volver al lugar donde quiero estar, entonces podría retomar lo que quiero hacer».
Y este doctor, piadoso y creyente, me miró y me dijo: «Carrie, el sabbat no es una sugerencia».
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones, con Nancy DeMoss Wolgemuth autora del libro «En la quietud de Su presencia»,en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 28 de enero de 2026.
Ayer, la maestra invitada Carrie Gaul describió un tipo de culpa y condenación que …
Débora de Rivera: Carrie Gaul fue a una consulta médica.
Carrie Gaul: El doctor me dijo: «Carrie, tú no fuiste diseñada para trabajar las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Dios no te diseñó así».
Y yo le respondí: «Oh, no, no, no. No lo entiendes. No estoy trabajando. ¡Estoy ejerciendo mi ministerio y me encanta! Y si pudieras ayudarme a volver al lugar donde quiero estar, entonces podría retomar lo que quiero hacer».
Y este doctor, piadoso y creyente, me miró y me dijo: «Carrie, el sabbat no es una sugerencia».
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones, con Nancy DeMoss Wolgemuth autora del libro «En la quietud de Su presencia»,en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 28 de enero de 2026.
Ayer, la maestra invitada Carrie Gaul describió un tipo de culpa y condenación que arrastraba como si fuera una bola con una cadena. Hoy retomará la historia. Ella sintió que el Señor la estaba llamando a tomarse un descanso de sus ocupaciones y pasar un día a solas con Él, pero se mostró reacia.
Nancy introducirá la enseñanza de hoy, pero primero compartirá algo que sucedió justo antes de entrar a la sesión de grabación.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Alguien entró en mi oficina y me dijo: «Hay un joven en el vestíbulo que quisiera hablar contigo». Y luego me dijeron su nombre. Se trataba del hijo de unos queridos amigos de mi familia, al que conocía prácticamente desde que nació. No lo había visto en casi veinte años. Él trabajaba en ventas, estaba de viaje y se dio cuenta de que yo vivía en la zona, así que pasó a saludar, y yo me quedé asombrada.
Fue increíble escuchar a este joven, aunque ya no es tan joven como antes, pero es más joven que yo. Creció como hijo de misioneros en un hogar cristiano sólido, con una fuerte formación cristiana, y fue a una universidad cristiana. No lo conocía realmente en su vida adulta, así que no sabía dónde se encontraba espiritualmente. Solo hablamos durante cinco minutos. Nos abrazamos y le dije: «No lo puedo creer… Me alegro mucho de verte».
Él me respondió: «¡Me convertí! Hace cinco meses Dios transformó mi vida». Este hombre estaba radiante. No podía contener su alegría. Estaba lleno de Cristo.
Y le pregunté: «¿Cómo sucedió? ¡Cuéntame!». Y él me dijo: «Un fracaso tras otro. Toqué fondo». Y no sé en realidad qué fue realmente todo lo que pasó. No tuve tiempo de hablar con él porque teníamos que empezar la sesión. Pero él me dijo: «Toqué fondo en cada uno de mis fracasos, y Dios me encontró».
Tristemente, su esposa sigue huyendo del Señor, así que allí mismo oramos al Señor y le pedimos que no dejara de perseguirla. Y él me dijo: «Dios me persiguió a mí», y yo solo pude orar y decirle: «Señor, persigue el corazón de ella, así como perseguiste el de él».
Entonces, Dios usa estas cosas que consideramos como esclavitud, o grillos con bolas y cadenas, para que sean un medio para acercarnos a Él, para llevarnos al límite de nosotras mismas.
Por eso me alegra tanto que Carrie Gaul forme parte de nuestro equipo aquí en Aviva Nuestros Corazones, y que nos esté ministrando como maestra invitada durante estos días para hablarnos sobre cómo Cristo quiere lidiar con esos grilletes, o esas cargas, y cadenas en nuestras vidas.
Carrie, gracias por enseñarnos esta semana. Pero, sobre todo, gracias por amar al Señor y por guiarnos con tu vida y tu caminar con Él. Comparte con nosotros lo que Dios ha puesto en tu corazón hoy.
Carrie: En el último episodio, concluimos con Cristo rodeado de Sus doce discípulos que fervientemente compartían los detalles de todo lo que acababan de experimentar en ese intenso momento de sus vidas.
Ellos habían sido testigos de historias increíbles, asombrosas y sorprendentes de vidas transformadas mientras proclamaban con valentía el evangelio del arrepentimiento. Las personas estaban siendo sanadas, probablemente física, emocional y relacionalmente. Otras estaban siendo liberadas de la opresión demoníaca, la esclavitud y el cautiverio que las habían mantenido atadas durante años en sus vidas.
Su alegría debía de ser casi incontenible mientras relataban los gloriosos detalles de todo lo que habían hecho en obediencia. Ellos habían respondido al evangelio y luego habían obedecido el mandato de compartir con otros el mensaje que había transformado sus propias vidas.
Pero su alegría aquel día, mientras estaban sentados a los pies de Jesús, estaba un poco empañada por el dolor y la confusión devastadores, tras haber enterrado el cuerpo decapitado de Juan el Bautista, su amigo, colaborador y compañero en el ministerio. Él se había ido. Había sido martirizado por proclamar las mismas verdades que ellos. Y las preguntas, la confusión, las dudas y los temores debían estar impregnando sus mentes mientras estaban sentados alrededor de Cristo aquel día. Aquello no era lo que esperaban.
La intensidad de la vida, la intensidad del ministerio amenazaban con abrumarlos. Pero entonces vimos al Salvador invitarles con mucha ternura, compasión y gracia, para que se apartaran con Él a un lugar solitario y descansaran un rato.
Reflexionamos personalmente sobre cómo responderíamos en medio de nuestras vidas a menudo agobiadas si sintiéramos que el Salvador nos dice: «Ven y descansa un rato».
En abril del 2012, esa pregunta dejó de ser más que una simple pregunta retórica en mi vida. Sentí que el Señor me impulsaba ese día de abril a pasar un día a solas con Él. Y decir que dudaba en obedecer sería quedarse muy corto, aunque durante varios años había sido una costumbre habitual en mi vida irme un día con el Señor, con mi Biblia, mi diario y mi música de alabanza, y pasar el día a solas con Él.
Durante varios años, eso había sido un hábito regular en mi vida. Lo hacía varias veces al año y estaba deseando que llegara ese momento. Esperaba con ilusión esos momentos a solas con el Señor. Anticipaba los momentos en los que podía pasar tiempo con Él en oración y en Su Palabra.
Pero durante los dos años anteriores a ese abril de 2012, me sentía cada vez más agobiada por la bola y la cadena de las que hablamos en el programa de ayer; una bola y una cadena que formaban parte de mi vida y que realmente me agobiaban de muchas maneras. Era una bola y una cadena de desánimo, confusión y derrota. En aquella época, todos los aspectos de mi vida parecían estar oscurecidos por una nube de duda, miedos y confusión.
Casi todos los días me despertaba con un miedo aplastante de haber decepcionado miserablemente a mi Dios; de haber perdido Su favor de alguna manera; de no poder ser nunca la mujer que Él quiere que sea; de que la fealdad, la vergüenza, el egocentrismo y el pecado que sabía que existían en mi corazón y que tanto despreciaba me hubieran alejado de mi Salvador.
Aunque había sido seguidora del Cristo desde los quince años, nunca había dudado de mi salvación hasta ese momento. Tengo amigos muy queridos que luchan por estar seguros de su salvación, y eso me rompe el corazón; me duelo mucho por ellos. Sin embargo, yo nunca había conocido esa realidad.
Dios me había sacado de manera tan increíble del reino de las tinieblas y me había transformado y llevado al reino de la luz cuando tenía quince años, que nunca lo dudé… hasta esa temporada. Y en esa temporada, cuando una avalancha de dudas, temores y confusión golpeaban continuamente mi mente, dudé incluso de si realmente pertenecía al Salvador.
Aunque te habría dicho con confianza, incluso durante ese tiempo, que el amor de Dios por ti era inquebrantable, de alguna manera no podía creerlo por mí misma. Incluso la Palabra de Dios, que tanto amo y atesoro, incluso a veces cuando la abría, era como si me hablara a través de ecos de condenación y acusación que asaltaban mi mente.
La bola y la cadena que pesaban sobre mi vida parecían afectar todos los aspectos de ella durante ese tiempo.
Físicamente, era un desastre. Me sentaba frente a la pantalla en blanco de la computadora durante horas y solo lograba escribir una frase. Y eso no es nada bueno cuando tu trabajo consiste en redactar y escribir cartas a otras personas para responderles.
En cuanto a las relaciones, nuestra familia estaba pasando por una temporada muy difícil. Emocionalmente, lloré más de lo que jamás hubiera imaginado. Y espiritualmente, aunque anhelaba escuchar la voz de mi Salvador a través de Su Palabra y de Su Espíritu, los cielos estaban extrañamente silenciosos. Era como si mis oraciones chocaran en el techo y no llegaran más lejos.
Curiosamente, a medida que esta niebla implacable de desesperanza parecía asentarse en mi mente, me esforzaba más. Trabajaba más duro. Me empeñaba más. Hacía todo lo posible por quitarme esta bola y cadena de mi vida para poder correr como quería. Pero seguía pesando sobre mí una y otra vez.
Sin embargo, no tuve el sentido común de detenerme porque comencé a volver a esa antigua forma de pensar que me decía que necesitaba esforzarme por estar a la altura de lo que Dios deseaba de mí; que para obtener Su aprobación, tenía que hacer esto, aquello y lo otro. Volví a caer en ese viejo patrón de pensamiento y comencé a vivir a la luz de esa mentira.
Llegué incluso a ir al médico porque estaba hecha un desastre, y el médico me miró y me dijo: «Carrie, háblame del espacio en blanco de tu vida».
Y lo miré y le dije: «No sé de qué está hablando. ¿Qué espacio en blanco?».
Y él me respondió: «Creo que no lo sabes». Luego añadió: «Carrie, no fuiste diseñada para trabajar las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Dios no te diseñó así».
Y yo le respondí: «Oh, no, no, no. No lo entiendes. No estoy trabajando. ¡Estoy ejerciendo mi ministerio y me encanta! Y si pudieras ayudarme a volver al lugar donde quiero estar, entonces podría retomar lo que quiero hacer».
Y este doctor, piadoso y creyente, me miró y me dijo: «Carrie, el sabbat no es una sugerencia».
Escuché sus palabras, pero no le hice caso. No escuché lo que me dijo. Estuve de acuerdo, pero no lo tomé en serio y no comencé a vivir según esa verdad. Y el pozo fangoso en el que me encontraba, la bola y la cadena, se hicieron cada vez más pesados en mi vida.
Mi querido y sensato esposo, ingeniero de profesión, pasaba horas y horas escuchándome y recordándome la verdad. No puedo ni contar las veces que me decía: «Carrie, ¿qué le dirías a otra mujer?». Yo sabía lo que le diría. Lo sabía en mi cabeza. Pero parecía que no podía conectar eso con mi corazón.
Tengo amigas muy queridas que me acompañaron pacientemente durante esos momentos oscuros de mi vida. Ellas oraron y me hablaron la verdad con la Palabra. Y oro para que tú también tengas amigas así. Si no las tienes, empieza a orar hoy mismo para que Dios te dé una. Necesitamos amigas que estén a nuestro lado, no que nos den palmaditas en la espalda y nos digan: «Todo va a salir bien». Necesitamos que la verdad de la Palabra de Dios sea pronunciada en las circunstancias de nuestra vida para poder levantarnos.
Yo tenía ese tipo de amigas. Dios me las dio. Me rodeó de ellas, amigas que me llamaban por la mañana y me compartían la Palabra de Dios, y eso me daba energía para toda una hora, y luego necesitaba otra dosis de esa misma Palabra de Dios.
Tengo una amiga muy querida que, cuando yo estaba en posición fetal en el suelo del baño, diciendo: «No creo que pueda seguir adelante. No puedo más», ella estaba al teléfono conmigo diciéndome: «Carrie, Carrie», y me repetía las verdades de la Palabra de Dios una y otra vez.
No lo sé con certeza, pero sospecho que, periódicamente, mi querido esposo llamaba a esa preciosa amiga y le decía: «Si te quedas con ella un día, mañana volveré a ocuparme de ella, pero necesito un descanso. Necesito un descanso».
Yo estaba hecha un desastre. Tengo más de cincuenta, pero nunca había experimentado nada parecido a la oscuridad de aquella época. Así que cuando sentí que Dios me decía: «Ven y descansa un poco», dudé. Tenía miedo. Para ser sincera, quería huir en dirección contraria. Miles de «y si…» se agolpaban en mi mente.
- ¿Y si no puedo escuchar lo que Él me dice a través de Su Palabra?
- ¿Y si no sé lo que Él está tratando de decirme?
- ¿Y si salgo de allí y no soy realmente diferente de cuando entré para encontrarme con Él?
- ¿Y si vuelvo a fracasar?
Aunque temblaba de miedo en esa temporada, he caminado con el Señor el tiempo suficiente para saber que la obediencia trae hermosas bendiciones. También he caminado con Él el tiempo suficiente para saber que no confío en mi propio corazón.
Así que les conté a algunas de las amigas que me rodeaban lo que sentía que Dios me impulsaba a hacer, y les pedí que me hicieran responsable. «Asegúrense de que lo haga, y por mucho que no quiera, sigan presionándome hasta que lo haga».
Así que fijé una fecha y les pedí a mis amigas que oraran. A medida que se acercaba el día, una amiga muy querida y especial llamada Dawn me preguntó cómo podía orar específicamente por mí. Se acercó a mi cubículo en la oficina y me dijo: «Carrie, sé que te vas el viernes. ¿Cómo puedo orar por ti específicamente?».
Ella no recuerda que la tomé por los hombros, y fue porque quería que lo recordara. «Ora para que sepa qué hacer. Ora para que sepa qué libros llevarme. Ora para que sepa qué sermones escuchar. Ora para que sepa qué mensajes escuchar». Estaba muy intensa.
Y la expresión del rostro de Dawn era algo confusa. Ella me miró y me dijo: «Carrie, tal vez Dios solo quiere decirte que te ama».
Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro, pero por dentro gritaba: «¡No! ¡No! ¡No! ¿No sabes que no soy digna? ¿No sabes cómo he luchado? ¿No sabes las dudas, los miedos y la confusión que hay en mi mente? ¿No ves la bola y la cadena que hay en mi vida? No puedo presentarme ante Él así».
Supongo que veía esas cadenas como un obstáculo para que Dios me amara y, de alguna manera, sentía que tenía que deshacerme de ellas. Necesitaba limpiar mi vida. Necesitaba resolverlo todo. Necesitaba poner todos los platos sobre la mesa. En mi vida solo tengo platos, pero nunca están en la mesa.
Yo sentía que «si voy a presentarme ante Él, si Él me está invitando a apartarme con Él, entonces tengo que poner mi vida en orden antes de poder hacerlo, antes de poder merecer Su amor».
De hecho, si me hubieras preguntado en abril de 2012 qué necesitaría para estar preparada para el viaje que el Señor estaba a punto de emprender conmigo, te habría dado una lista kilométrica: poner mi vida en orden, ser mejor esposa, ser mejor madre, hacer todas estas cosas. Eso es lo que te habría dicho. «Ayúdame a deshacerme de estas cadenas». Eso habría estado en la lista.
En ese abril de 2012, no sabía que dos meses después me diagnosticarían cáncer. Yo no lo sabía, pero Dios sí, y sabía exactamente lo que necesitaría para estar preparada para el viaje en el que Él estaba a punto de llevarme.
Primero de Crónicas, capítulo 12, es uno de mis capítulos favoritos del Antiguo Testamento. Allí habla de los hijos de Isacar y de cómo debemos ser hoy, hijos e hijas de Isacar, es decir, aquellos que comprenden los tiempos y saben lo que deben hacer las personas, porque entienden la Palabra de Dios.
Me encanta ese capítulo. En la primera parte, habla de los hombres valientes de Dios que acudieron a David en tiempos de guerra. Ellos se estaban preparando para la guerra y se reunían en torno a David, y dice que esos hombres estaban equipados.
Antes de enfrentarme a cualquier situación, me gusta saber que estoy preparada. ¿A ti no? Lo que yo creía que necesitaba, lo que pensaba que necesitaba para estar equipada para un viaje llamado cáncer, en realidad tenía muy poco que ver con la realidad. Lo que realmente necesitaba era el tierno, compasivo y misericordioso recordatorio del amor de mi Salvador, de la verdad de quién soy, porque soy su hija, y porque estoy escondida en Cristo, y soy aceptada en el Amado.
Entonces me fui. Me fui por un día, aunque todavía indecisa. Las cadenas seguían firmemente atadas a mi vida, pero igualmente fui. Y, amigas mías, ese día no ocurrió nada místico. No escuché ninguna voz audible, pero me encontré con el Rey de reyes. Me senté a los pies de Cristo, quien me dijo: «Ven y descansa en mi amor».
Y una y otra vez, a través de Su Palabra, de Su Espíritu y de la música que sonaba, Él me repetía una y otra vez: «Carrie, te amo. Te amo. Te amé cuando aún estabas muerta en tus delitos y pecados. Nunca podré amarte más de lo que te amé entonces, y nunca podré amarte menos. Te amo».
Y al final de ese día, en el que había dudado tanto en salir, no quería irme a casa. Quería montar una tienda de campaña y quedarme allí mismo, en la presencia del Dios vivo.
Oh, queridas amigas, no sé lo que Cristo te está diciendo hoy, pero sé que te está hablando. Sé que te está hablando. Él siempre está hablando a nuestros corazones. Él es muy relacional. Él es todo intimidad. Él quiere tener una relación íntima contigo.
Yo sé esto: sea lo que sea lo que Él te esté diciendo, Él te ama y quiere que lo sepas. Quiere que lo creas en lo más profundo de tu ser, donde Su amor se convierte en el filtro a través del cual ves todo, porque si tienes una relación personal con Jesucristo, ya no estás condenada. Las Escrituras dicen que Él se deleita en ti. Tus pecados están perdonados: los pasados, los presentes y los futuros.
Nancy: Ella es mi amiga Carrie Gaul invitándote a descansar, a sentarte a los pies de tu Salvador y recordar que Él te ama.
Y saben que no me gusta hacer esto, pero tenemos que detenernos en esta segunda parte del mensaje de Carrie. Mañana escucharemos la conclusión de su enseñanza y también escucharemos a una querida amiga mía que estaba entre el público ese día y que tenía un diagnóstico de cáncer terminal. Poco tiempo después, ella partió para estar con el Señor.
Pero ese día la puse en un aprieto y ella se levantó y compartió un testimonio personal sobre cómo Dios le estaba dando descanso, paz y alegría, incluso mientras caminaba por el valle de la sombra de muerte. ¡Regresa con nosotras mañana!
Débora: Cuando Carrie Gaul atraviesa un momento de sufrimiento, ella piensa en su Salvador Sufriente.
Carrie: Por eso el cáncer puede ser un regalo. Por eso un matrimonio difícil, un hijo rebelde, puede ser un regalo. Por eso un hijo rebelde puede ser un regalo. ¿Es difícil? ¡Sí! ¿Lo escogerías? ¡No!
Esto significa que si el sufrimiento entra en nuestras vidas, entonces, porque somos Suyas, porque somos Sus hijas, si Él lo permite, Él lo utilizará para Sus propósitos en nuestras vidas, porque Él también sufrió.
No estás pasando por nada que tu Salvador no haya pasado. No estás experimentando ni la mitad del dolor que Él sufrió por ti.
Débora: Carrie Gaul te enseñará cómo cambiar tu perspectiva sobre tus circunstancias en el episodio del día de mañana.
Antes de cerrar el episodio de hoy, quiero recordarte que aquí en Aviva Nuestros Corazones queremos ayudarte a crecer en tu amor por el Señor y Su carácter, así que si no lo has hecho ya, te animamos a adquirir el recurso digital titulado «Abigail: Cómo vivir con personas difíciles en tu vida». Puedes adquirirlo por una donación este mes de enero en AvivaNuestrosCorazones.com.
Sin más por el episodio de hoy, te esperamos el día de mañana aquí en Aviva Nuestros Corazones.
Ofreciéndote una perspectiva fresca para los momentos de sufrimiento, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de La Nueva Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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