Día 112 | Juan 12
Este capítulo marca el cierre del ministerio público de Jesús y abre el camino directo hacia la cruz. Aquí no vemos a Cristo retirándose, sino revelándose con claridad: Su gloria no se expresa en poder político ni en aplausos humanos, sino en Su entrega voluntaria y en el llamado urgente a creer en Él.
El valor incomparable de Cristo.
Seis días antes de la Pascua, Jesús vuelve a Betania, donde estaba Lázaro, a quien había resucitado. La escena es íntima, pero profundamente significativa. Vemos a María tomando un perfume muy caro, ungiendo los pies de Jesús, secándolos con sus cabellos y la casa llena de aquella fragancia. Unos versículos antes se nos dice que Jesús había resucitado a Lázaro y este era uno de los que estaban a la mesa con Él en ese momento. No fue un gesto emocional o improvisado; fue adoración deliberada, costosa y consciente.
…Este capítulo marca el cierre del ministerio público de Jesús y abre el camino directo hacia la cruz. Aquí no vemos a Cristo retirándose, sino revelándose con claridad: Su gloria no se expresa en poder político ni en aplausos humanos, sino en Su entrega voluntaria y en el llamado urgente a creer en Él.
El valor incomparable de Cristo.
Seis días antes de la Pascua, Jesús vuelve a Betania, donde estaba Lázaro, a quien había resucitado. La escena es íntima, pero profundamente significativa. Vemos a María tomando un perfume muy caro, ungiendo los pies de Jesús, secándolos con sus cabellos y la casa llena de aquella fragancia. Unos versículos antes se nos dice que Jesús había resucitado a Lázaro y este era uno de los que estaban a la mesa con Él en ese momento. No fue un gesto emocional o improvisado; fue adoración deliberada, costosa y consciente.
María no habló mucho, pero lo entendió todo. Sabía que Jesús era digno. Lo había visto levantar a su hermano de entre los muertos, pero aún más, había escuchado Sus palabras y visto Su gloria. Su gesto es una proclamación silenciosa de la superioridad de Cristo sobre todo bien terrenal. María sabía quién era Jesús y las cosas que había hecho, y en asombro y rendición a Cristo trajo un regalo a Sus pies. Esto fue una forma de adoración y gratitud hacia Él.
Mientras tanto, Judas, con total indiferencia hacia lo que María había hecho, comentó: «¿Por qué no se vendió este perfume… y se dio a los pobres?». Su comentario suena noble, pensando en hacer un bien a los demás, pero el texto desenmascara su verdadera intención: era ladrón, no siervo. Valoraba más el dinero que a Cristo. Como estaba a cargo del dinero de los discípulos, robaba una parte para él. ¡Qué contraste tan doloroso! María ve a Jesús como el tesoro supremo; Judas lo ve como un medio para obtener ganancias.
Cristo responde a Judas: «Déjala, para que lo guarde para el día de Mi sepultura. Porque a los pobres siempre los tendrán con ustedes; pero a Mí no siempre me tendrán». En otras palabras, podemos entender que Jesús le decía que dejara que ella conservara ese mismo amor para cuando estuviera junto a la tumba. Aunque ninguno lo comprendía aún, el momento apuntaba a la cruz. María ungía al Mesías que muy pronto entregaría Su vida.
¿Y tú? ¿Vives en un asombro continuo por el amor de Jesús? ¿Puedes ver el valor incomparable que tiene nuestro Señor por encima de todos los bienes y cosas materiales de este mundo? Oremos que siempre vivamos rendidas a Sus pies, así como María, dando toda nuestra vida en servicio a Él, con gratitud y en humildad.
La entrada triunfal del Rey humilde
Al día siguiente, Jesús entra en Jerusalén. Esta vez no lo hace en secreto. La multitud sale a Su encuentro con palmas y proclamaciones. Esta vez, Él fue alabado y exaltado como Rey. La multitud daba testimonio de Él. Gritaban: «¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel».
Jesús acepta ese reconocimiento, pero redefine lo que significa ser Rey. No entra en un caballo de guerra, sino que, hallando un pollino, se montó en él, cumpliendo así una profecía que se había escrito en Zacarías 9:9, que dice:
«¡Regocíjate sobremanera, hija de Sión!
¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén!
Mira, tu Rey viene a ti,
Justo y dotado de salvación,
Humilde, montado en un asno,
En un pollino, hijo de asna».
Las Escrituras habían anunciado al Mesías de tantas formas, y en ese momento otra de las profecías se cumplía: el Rey había llegado. Su realeza es verdadera, pero Su reino no se establece por la fuerza, sino por la obediencia y la humillación.
Juan nos muestra distintos corazones alrededor de esta escena:
- La multitud que celebra, pero no comprende del todo.
- Los fariseos, con actitud de orgullo, endurecidos, planeando Su muerte.
- Los griegos, considerados gentiles, que buscan conocer a Jesús, anticipando que la salvación no sería solo para Israel, sino para el mundo. La presencia de estos griegos nos recuerda que la salvación no era solo para los judíos, era también para los gentiles.
Jesús anuncia Su muerte
Con la llegada de los griegos, Jesús declara que Su hora había llegado. Ya no hay retroceso. Él habla de Su muerte como una semilla que debe caer en tierra y morir para dar mucho fruto.
En el versículo 27 vemos a Cristo angustiado; sabía que había llegado Su hora. No era indiferente al sufrimiento que se aproxima. Sin embargo, Su oración no es de escape, sino de rendición. En medio de todo lo que sentía, Su oración fue: «Padre, glorifica Tu nombre». Entonces el Padre respondió al Hijo, con voz audible, diciendo: «Y lo he glorificado, y de nuevo lo glorificaré».
La multitud oyó la voz, pero no entendía qué pasaba; unos decían que había sido un trueno y otros decían que había sido un ángel. Esta es una de las pocas ocasiones en que la voz de Dios se escucha de manera audible durante el ministerio de Jesús (había sucedido en Su bautismo y en Su transfiguración; esto lo encontramos en Mateo 3:17 y Mateo 17:5). Es una confirmación clara: el camino de la cruz es el camino de la gloria.
Me impacta mucho el hecho de que Dios, el Padre, en varias ocasiones permitió que Su voz se escuchara; esto es una confirmación más de que Jesús es el Hijo de Dios.
Cristo siguió enseñando, indicando la clase de muerte que tendría. Les invitaba a venir a Él, que es la Luz en medio de las tinieblas.
Rechazo, temor y la última exhortación
A pesar de que Cristo había hecho tantas señales, muchos no creían en Él. Algo que me llama la atención aquí es que se nos dice que muchos, aun de los gobernantes, creyeron en Él, solo que no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Estas personas tenían más temor a los hombres que a Dios. Juan lo resume con una frase que duele:
«Porque amaban más el reconocimiento de los hombres que el reconocimiento de Dios».
Jesús cierra su discurso en los vv. 44 al 50, exclamando que Él es la Luz, y que había venido para que el que cree en Él no permanezca en tinieblas. Les recuerda que Él vino a salvar al mundo, pero el que lo rechazara sería juzgado por la palabra que había hablado; palabras que no decía por Su propia cuenta, sino que les recuerda en distintas ocasiones que venían del Padre.
Para meditar:
Quiero animarte a detenerte por un momento y reflexionar en las siguientes preguntas:
- ¿Mi vida revela que Jesús es mi mayor tesoro?
- ¿Busco a Jesús por quien Él es, o por lo que puede darme?
- Te animo a venir en oración y decir: Padre, ¿qué quieres mostrarme de Ti en este capítulo?
Amadas hermanas, respondamos al llamado de Jesús y seamos siervas para Su gloria. Adoremos juntas Su nombre con esta alabanza.
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