Día 114 | Juan 14
Entramos a una serie de capítulos centrales en el Evangelio de Juan. Aquí vemos a Jesús hablando con Sus discípulos desde una cercanía única, en conversaciones íntimas, profundas, llenas de esperanza… justo a las puertas de Su muerte. Cristo no minimiza el dolor de ellos. No es indiferente al miedo que se apodera de sus corazones. Pero tampoco los deja atrapados en él. Les ofrece algo mucho mayor: Su presencia y Sus promesas.
Es un llamado a que no se turbe nuestro corazón, un aliento de donde deben estar nuestros ojos fijos y nuestro corazón anclado, en Él y Sus promesas.
«No se turbe su corazón…».
Qué manera de empezar. Es como cuando alguien te va a dar una noticia difícil y primero te toma de la mano. Jesús no dice: «no tengan miedo», sino: «crean en Mí». Él no llama a negar la tristeza, sino a …
Entramos a una serie de capítulos centrales en el Evangelio de Juan. Aquí vemos a Jesús hablando con Sus discípulos desde una cercanía única, en conversaciones íntimas, profundas, llenas de esperanza… justo a las puertas de Su muerte. Cristo no minimiza el dolor de ellos. No es indiferente al miedo que se apodera de sus corazones. Pero tampoco los deja atrapados en él. Les ofrece algo mucho mayor: Su presencia y Sus promesas.
Es un llamado a que no se turbe nuestro corazón, un aliento de donde deben estar nuestros ojos fijos y nuestro corazón anclado, en Él y Sus promesas.
«No se turbe su corazón…».
Qué manera de empezar. Es como cuando alguien te va a dar una noticia difícil y primero te toma de la mano. Jesús no dice: «no tengan miedo», sino: «crean en Mí». Él no llama a negar la tristeza, sino a atravesarla confiando.
«Crean en Mí y pongan sus ojos en la eternidad, haré moradas para ustedes en la casa de Mi Padre»… Él estaba preparando a Sus discípulos para lo que les vendría. En ese momento de calma, les dice cosas que deben recordar cuando todo se sacuda: hay una casa esperándolos, un lugar que Él mismo está preparando.
Esto también es un recordatorio para nosotras, para que cuando la ansiedad nos invada, recordemos dónde debemos buscar el consuelo, recordemos Su fidelidad para con nosotras y aprendamos a poner nuestros ojos en la eternidad. Pregúntate hoy: ¿Dónde busco consuelo cuando me invade la ansiedad?
«Yo soy el camino, la verdad y la vida».
Aquí llegamos a una de las declaraciones que serían la marca del cristianismo, lo que causaría y sigue causando dificultad entre la humanidad: la exclusividad del cristianismo. Esta declaración es clara, directa… y escandalosa para el mundo. No hay varios caminos. Hay uno. Jesús no es una opción entre muchas. No es otro maestro más. Él es el camino.
No es que todos los caminos conduzcan a Roma; no hay otras opciones, no hay medias tintas, no hay otra forma. No podemos armar una fe a nuestra medida y pensar que eso nos llevará a Dios. Si intentamos eso, terminamos moldeando un ídolo, no adorando al Dios vivo. Él ha trazado un camino, y es uno solo: Cristo.
Al decir que no hay otro camino, también implica un estilo de vida. No puedo caminar con un pie en Cristo y otro en mis propios deseos. ¿Cómo estás caminando hoy? ¿Hay áreas de tu vida donde aún estás buscando un «atajo» que no pasa por Cristo?
En medio de esta conversación hay algo que sucede con lo que todas podemos identificarnos, y es que cuando Tomás y Felipe interrumpen a Jesús, es fácil pensar: «¿De verdad no entendieron?». Y al momento de leerlo, nos sentimos tentadas a pensar: «Pero Tomás, por favor, ¿cómo puedes preguntar eso?». O «Felipe, ¿en serio?». Pero ¿cuántas veces somos iguales a Tomás? ¿Cuántas veces decimos: «Señor, no entiendo lo que estás haciendo»? O como Felipe: «Si tan solo hicieras esto… yo confiaría».
Cristo no los reprende con dureza. Responde. Enseña. Se revela.
Y eso nos consuela. No necesitamos tener una fe perfecta; necesitamos acudir a Él con nuestras preguntas y dejarnos guiar por Su Palabra.
La promesa del Espíritu
Jesús no nos deja huérfanas, sino que promete un Ayudador, el Espíritu Santo. Pero antes de esa promesa, hay una afirmación que no debemos pasar por alto: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos».
Este versículo lo vemos desde Génesis, pero seguimos haciendo caso omiso. Hay una condición clara y estipulada de lo que debe caracterizar a un discípulo de Cristo: amor y, como consecuencia, obediencia. Yo debo obedecer como una consecuencia natural al amor que tengo por mi Salvador; de la misma manera, mi desobediencia es resultado de mi poco amor. Cuando yo amo a alguien, mi deseo siempre es agradarlo, de hacerlo sentir bien, de hacer las cosas como le agradan. ¿Cómo está mi amor por Dios?
Es luego de esto que nos promete al Espíritu Santo. Y no podemos desvincular lo uno de lo otro, porque el rol del Espíritu es enseñar, recordar, consolar y guiar. Entonces, si yo no amo, no obedezco. ¿Cómo podré escuchar o recordar lo que el Espíritu me dirá? No podemos vivir vidas que agraden a Dios si no lo amamos y no obedecemos Sus mandamientos.
Jesús lo repite porque es importante. Porque lo olvidamos. El que lo ama guarda Su Palabra. Y a ese se le manifestará. No a todo el mundo, como preguntó Judas. Hay una diferencia. No en dignidad humana, sino en el fruto que distingue a los que realmente son Suyos.
El amor a Jesús no se demuestra solo con emociones, sino con obediencia rendida. Encontramos nuevamente esta referencia en unos versículos más adelante; ciertamente hay una urgencia de este mensaje para nosotras.
¿Estoy viviendo como alguien que lo ama… o solo como alguien que lo conoce de oídas?
«La paz les dejo, mi paz les doy».
Y finalmente llegamos a la paz, la tan deseada paz que siempre buscamos y muchas veces no encontramos. Una promesa que muchas repetimos… pero que pocas veces entendemos del todo.
Aquí nuevamente vemos a Jesús dándonos definiciones claras de qué tipo de paz es la que tendremos. Volvemos a las paradojas; Jesús no promete una vida sin angustias. Promete una paz que permanece aun cuando todo se desmorona; es una paz que no depende de las circunstancias, sino que fluye de Su presencia.
Su paz no es emocional, no nace del control, sino de la confianza. No depende del ruido exterior, sino de la certeza de que Él está con nosotras. Una paz que descansa en saber que quien lo prometió no falla.
¿Mi paz se va cuando las cosas cambian? ¿O he aprendido a descansar en la paz que solo Cristo da?
Para meditar:
- ¿Qué me está turbando hoy, y cómo puedo llevar eso a los pies de Cristo?
- ¿Estoy tratando de encontrar mi camino en otra parte, o descanso en Jesús como mi Camino, Verdad y Vida?
- ¿Qué evidencia hay en mi vida de que el Espíritu Santo está obrando en mí y guiándome?
- ¿Estás caminando con la paz que Jesús prometió… o con una paz prestada del mundo?
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Únete a la conversación