Día 119 | Juan 17
Cristo oró por ti, ¿cómo te hace sentir eso? A mí me asombra y me trae mucha convicción. Después de una noche cargada de enseñanzas profundas, palabras de consuelo y advertencias dolorosas, Jesús levanta los ojos al cielo. Ya no está hablando con ellos. Ahora habla con Su Padre. Este momento nos deja asomarnos al lugar más sagrado, íntimo y eterno: el corazón del Hijo antes de la cruz. Es como si el velo del lugar santísimo se abriera un poco antes de ser rasgado por completo.
Juan 17 no es una despedida, es una intercesión. No es resignación, es misión cumplida. Cristo no ora desde el temor, sino desde la certeza de que Su obra glorificará al Padre. Y en medio de esta oración, Jesús no solo oró por Pedro o por Juan, sino por todos los que un día creerían en Él por la palabra de ellos. …
Cristo oró por ti, ¿cómo te hace sentir eso? A mí me asombra y me trae mucha convicción. Después de una noche cargada de enseñanzas profundas, palabras de consuelo y advertencias dolorosas, Jesús levanta los ojos al cielo. Ya no está hablando con ellos. Ahora habla con Su Padre. Este momento nos deja asomarnos al lugar más sagrado, íntimo y eterno: el corazón del Hijo antes de la cruz. Es como si el velo del lugar santísimo se abriera un poco antes de ser rasgado por completo.
Juan 17 no es una despedida, es una intercesión. No es resignación, es misión cumplida. Cristo no ora desde el temor, sino desde la certeza de que Su obra glorificará al Padre. Y en medio de esta oración, Jesús no solo oró por Pedro o por Juan, sino por todos los que un día creerían en Él por la palabra de ellos. ¡Ahí estamos nosotras!
Este capítulo es un tesoro que nos recuerda que no estamos solas, que hemos sido elegidas, guardadas, santificadas y llamadas a unidad. Nos recuerda que fuimos pensadas desde antes de la cruz, que hemos sido parte del plan eterno de Dios. Y que lo que Cristo pidió al Padre, el Padre lo ha cumplido.
Aquí no hay ansiedad, ni ruido, ni superficialidad. Solo la voz del Hijo orando por Su Iglesia, por ti. Este es el Cristo que intercede. Este es el Cristo que ama.
Este capítulo es uno de los más teológicamente profundos de todo el Evangelio. Como señala D. A. Carson, es «el Santo de los Santos» del Evangelio de Juan: Cristo hablando directamente con el Padre, y revelándonos Su corazón. Juan 17 es la verdadera oración del «Padre Nuestro» del Hijo eterno. Es la verdadera oración sacerdotal.
Y no somos las únicas que hemos quedado impactadas por esta oración. A lo largo de la historia, hombres de Dios reconocidos han sido profundamente conmovidos por estas palabras. Martín Lutero escribió que ningún creyente podía leer este capítulo sin ser transformado. Juan Calvino lo llamó «un espejo que refleja el corazón de Cristo». Charles Spurgeon llegó a decir que si pudiera leer un solo pasaje antes de morir, escogería Juan 17. Y John MacArthur afirmó: «Si alguna vez te preguntas cuánto te ama Cristo, lee Juan 17. Aquí no solo habla de ti, ora por ti, con palabras que aún resuenan en los cielos». ¡Wow!
Esta es una oración que no está centrada en Él, especialmente si consideramos lo que venía en las próximas horas. Uno pensaría que sería una súplica para escapar del dolor. Yo, honestamente, lo haría. Pero este no es un hombre desesperado. Es el Verbo eterno afirmando que la cruz no es el fin… es el cumplimiento. La meta. La gloria.
Jesús ora para que el Padre lo glorifique a través de la cruz, esta gloria no es egoísmo, sino el cumplimiento de la cruz.
La cruz es el momento de suprema glorificación porque revela la justicia, el amor y la obediencia perfecta de Cristo. La cruz era la meta desde la eternidad pasada, Jesús en este momento ya ha cumplido Su obra, pero la cruz es la finalización, es el sello que falta para que el documento legal que pesaba en contra de nosotros fuera oficial, la cruz es la consumación.
Y el versículo 5 es uno de los más profundos porque habla de la divinidad de Cristo, Él habla de la gloria eterna que tenía antes de la encarnación, y anhela volver a esa comunión. Es una afirmación clara de que Cristo es eterno y comparte la gloria del Padre. Aquí se muestra la igualdad del Hijo con el Padre antes de la encarnación. Antes de Belén, antes del pesebre, el Hijo ya compartía la gloria con el Padre.
Jesús ora por Sus discípulos
Luego intercede por Sus discípulos, por aquellos a los cuales les ha venido hablando y revelando al Padre, a los que le había dado y habían obedecido Su Palabra. Aquí la oración no es por el mundo en general, no, Él pide específicamente por los que son escogidos por el Padre, un versículo clave para la doctrina de la elección; dice que ninguno de los que le dio se perdieron, excepto el hijo de perdición.
Cristo intercede por los que el Padre le dio. Ellos no eran perfectos, lo acabamos de ver en los capítulos anteriores, pero eran Suyos. Y porque eran Suyos, Jesús pide que sean guardados, protegidos y santificados.
Mientras Cristo estuvo con ellos, Él los protegió, y ahora que iba al Padre, pide protección espiritual, que sean guardados del maligno. Jesús no pide que los saque del mundo, sino que sean preservados del mal. El mundo los va a odiar, y eso no debería sorprendernos tampoco a nosotras, pero hay algo mayor: el poder de Dios obrando en medio de este mismo mundo hostil.
Luego pide por unidad, no una unidad en la que seamos todos iguales, como si fuera un cortador de galletas, o una unidad institucional; es una unidad en el espíritu, «así como nosotros», dice Jesús.
En este bloque hay una petición clave: «Santifícalos en la verdad; Tu palabra es la verdad». La santificación no se da por experiencias emocionales, ni por activismo religioso, se da por la verdad. Se da por Su Palabra. Es la única forma en que seremos santificados. La santificación aquí no es solo moral, sino «ser apartados para Dios y Su propósito», como Cristo mismo fue apartado. Una vez más, no se trata de emociones, ni experiencias, ni en tus fuerzas, es en Su Palabra. Detente y medita: ¿estoy siendo apartada por medio de la Palabra o me conformo al mundo?
Jesús ora por nosotras
Y aquí aparecemos tú y yo. Literalmente Cristo ora por todos los que vendrían a creer en Él por el testimonio de los apóstoles y los primeros cristianos. «Pero no ruego solo por estos, sino también por los que han de creer en Mí por la palabra de ellos» (v. 20). Cristo ora por todas las generaciones de creyentes que vendrían después… y lo hace sabiendo nuestros nombres, nuestras luchas, nuestros temores, nuestras caídas.
Y no solo pide por fe para nosotros, sino que extiende la misma oración que hizo por aquellos que caminaron físicamente con Él: pide por nuestra unidad, amor mutuo y comunión con el Padre. Una vez más, no uniformidad, sino una unidad basada en el amor trinitario. Ora para que veamos Su gloria; es una promesa de vida eterna y comunión con Él, aun dos mil años antes de que tú y yo existiéramos, esta es una oración de victoria, no de derrota.
Pero a la vez es un llamado a vivir como creyentes. Él ora para que seamos uno, no en apariencia, sino en corazón, reflejando la unidad trinitaria. Debemos vivir en unidad y amor por los demás creyentes, que la gente pueda ver a Cristo al relacionarnos; pero si somos honestas, sabemos que muchas veces no es así, sino todo lo contrario… no nos amamos, más bien nos criticamos, queremos lo que tiene el otro, socavamos muchas veces a los demás porque tenemos envidias y contiendas, y eso es una muestra más de que no estamos pegadas a la Vid, sino mas bien a nuestra carne.
El mundo necesita ver a Cristo en nosotras, pero eso solo ocurrirá si caminamos en obediencia, no en apariencia.
Jesús ora también para que un día estemos con Él y veamos Su gloria.
No hay anhelo más profundo. No hay promesa más hermosa.
Para meditar:
- ¿Estoy viviendo con la conciencia de que Jesús oró por mí y aún intercede por mí hoy?
- ¿Mi vida refleja la unidad y santidad por las que Jesús oró?
- ¿Estoy alimentando mi fe en la Palabra como el medio que Jesús pidió para mi santificación?
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