Día 120 | Juan 18
Después de orar al Padre en Juan 17, Jesús no huye ni se esconde. El capítulo 18 nos muestra cómo la gloria de Cristo continúa manifestándose, no a pesar del sufrimiento, sino precisamente a través de Él. Aquí vemos a un Salvador que no es sorprendido por los acontecimientos, sino que avanza conscientemente hacia la cruz.
Linternas, antorchas y armas: Jesús es arrestado
El arresto de Jesús ocurre en un huerto que los discípulos conocían bien. Aunque Juan no menciona el nombre, los otros evangelios nos dicen que era Getsemaní; lo podemos ver en Marcos 14. Judas sabía exactamente dónde encontrarlo, ya que se habían reunido allí muchas veces; por eso llega acompañado de una tropa romana y guardias del templo, con linternas, antorchas y armas.
La escena podría hacernos pensar que Jesús se sorprendió al ver a estos grupos llegar, pero no fue así. Juan aclara …
Después de orar al Padre en Juan 17, Jesús no huye ni se esconde. El capítulo 18 nos muestra cómo la gloria de Cristo continúa manifestándose, no a pesar del sufrimiento, sino precisamente a través de Él. Aquí vemos a un Salvador que no es sorprendido por los acontecimientos, sino que avanza conscientemente hacia la cruz.
Linternas, antorchas y armas: Jesús es arrestado
El arresto de Jesús ocurre en un huerto que los discípulos conocían bien. Aunque Juan no menciona el nombre, los otros evangelios nos dicen que era Getsemaní; lo podemos ver en Marcos 14. Judas sabía exactamente dónde encontrarlo, ya que se habían reunido allí muchas veces; por eso llega acompañado de una tropa romana y guardias del templo, con linternas, antorchas y armas.
La escena podría hacernos pensar que Jesús se sorprendió al ver a estos grupos llegar, pero no fue así. Juan aclara que Jesús, sabiendo todo lo que iba a sobrevenir, salió al encuentro de ellos (aquí hacemos un paréntesis importante para ver un atributo de Cristo: Él es omnisciente, tiene conocimiento de todas las cosas pasadas, presentes y futuras). Jesús no se escondió. No huye. No es arrastrado. Su tiempo había llegado y Él estaba listo.
Leamos juntas lo que pasó en los versículos 4 al 9:
«Jesús, sabiendo todo lo que le iba a sobrevenir, salió y les dijo: “¿A quién buscan?”. “A Jesús el Nazareno”, le respondieron. Él les dijo: “Yo soy”. Y Judas, el que lo entregaba, estaba con ellos. Y cuando Él les dijo: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús entonces volvió a preguntarles: “¿A quién buscan?”. “A Jesús el Nazareno”, dijeron. Respondió Jesús: “Les he dicho que Yo soy; por tanto, si me buscan a Mí, dejen ir a estos”. Así se cumplía la palabra que había dicho: “De los que me diste, no perdí ninguno”».
Quise que leyéramos juntas estos versículos porque aquí vemos algo más sobre la identidad de Jesús, cuando pregunta: «¿A quién buscan?» y responde «Yo soy», los hombres retroceden y caen a tierra. Esta expresión no es casual. Juan nos lleva de regreso al nombre divino de Dios que encontramos en Éxodo 3:14, que dice: «Y dijo Dios a Moisés: “YO SOY EL QUE SOY”, y añadió: “Así dirás a los israelitas: ‘YO SOY me ha enviado a ustedes’”».
Jesús no solo se identifica; se revela. Aun en el momento de Su arresto, Su autoridad es evidente. Él no pierde el control de la escena ni por un instante. Y podemos notar cómo Jesús protege a los Suyos, insistiendo en que si lo buscan a Él, dejaran ir a Sus discípulos; los forzó a reconocer que no tenían autoridad para arrestar a Sus discípulos. Él guardó a Sus discípulos, mostrando Su poder y autoridad. Tal y como había orado en el capítulo anterior.
La tensión crece y Pedro saca su espada hiriendo a Malco, siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. La violencia de Pedro contrasta con la mansedumbre de Cristo. Jesús lo detiene con una frase que marca todo el capítulo: «Mete la espada en la vaina. La copa que el Padre me ha dado, ¿acaso no he de beberla?». Una vez más vemos a Jesús como un Dios soberano que se entrega, determinado a cumplir la voluntad del Padre. Jesús no es una víctima de las circunstancias.
Esto nos debe llevar a tener un corazón agradecido. ¡El amor de Cristo es más grande de lo que podemos imaginar!
Si damos un salto a Lucas, capítulo 22, podremos ver un poco más de lo que sucedió esa noche; luego de que Pedro lastimara a este hombre, Jesús tocó la oreja al siervo y lo sanó. Cristo sanó a uno de Sus enemigos; en lugar de dejarlo allí herido, lo sanó, dejando un gran ejemplo a Sus discípulos y a todos nosotros. Esto lo vemos en Lucas 6:27, donde enseña: «Amen a sus enemigos. Hagan el bien a los que los odian».
Después de esto prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron ante Anás, uno de los sumos sacerdotes.
Pedro niega a Jesús
Mientras Jesús permanece firme, Pedro comienza a tambalearse. Lo sigue de lejos. Se calienta junto al fuego. Y cuando es confrontado, lo niega tres veces. Tal como Jesús lo había anunciado. Después de que arrestaron a Jesús, vemos que Pedro lo seguía junto con otro discípulo. Y Pedro estaba afuera, a la puerta, y varias personas lo reconocieron como uno de los discípulos de Cristo. Pedro, en su debilidad humana, lo negó tres veces, hasta que cantó un gallo, cumpliéndose lo que Jesús le había dicho.
Juan no se detiene en describir el llanto de Pedro, pero los otros evangelios, como Mateo capítulo 26, nos dicen que salió y lloró amargamente. Este contraste es intencional: Jesús se entrega con plena conciencia; Pedro confía en sus propias fuerzas y cae. Sin embargo, este no es el final de la historia de Pedro. El Evangelio no nos deja en la caída. Más adelante, en Juan 21, veremos a un Cristo resucitado que restaura, afirma y envía nuevamente a aquel discípulo que lo negó.
Es una bendición saber que, al fallar, podemos venir confiadamente delante de nuestro buen Dios que restaura y perdona. Si te sientes avergonzada o triste por haber pecado o fallado a Jesús, recuerda lo que dice 1 Juan 1:9: «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad».
Jesús ante el sumo sacerdote y Pilato
La sección final de este capítulo se desarrolla en un ambiente de juicio donde Jesús es interrogado primero por Anás y luego llevado ante Pilato. Las acusaciones no son claras, pero el deseo de condenarlo sí lo es.
A continuación, veamos un pequeño resumen de estas 2 conversaciones:
- Primero, el sumo sacerdote Anás interroga a Jesús acerca de Sus discípulos y de Sus enseñanzas. Jesús le responde y uno de los guardias que estaba cerca le da una bofetada. Ya ahí empezamos a ver el maltrato que recibió nuestro Señor. Luego de esto, Anás envía a Jesús atado a Caifás, otro sumo sacerdote.
- Segundo, Jesús llega a casa de Caifás y allí es interrogado por Pilato, donde fue acusado de malhechor; y Sus enemigos, los que lo inculpaban, buscaban que fuera sentenciado a muerte.
El diálogo de Pilato y Jesús lo podemos ver más detallado en los versículos finales del 33 al 40.
Pilato hace preguntas directas:
«¿Eres Tú el Rey de los judíos?»
«¿Qué has hecho?»
«¿Así que Tú eres rey?»
«¿Qué es la verdad?»
Jesús no evade la pregunta. Jesús respondía con gran sabiduría a cada una de sus preguntas y afirmó que Su reino no es de aquí y que Él había venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Su reino no se establece por violencia, manipulación o poder político, sino por la verdad.
«Para esto Yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad».
A pesar de tener la Verdad frente a sus ojos, Pilato no logró verla, así como todos aquellos que lo habían entregado, y así como muchos hoy tienen una venda en los ojos, negando la Verdad y viviendo conforme a sus propios deseos.
Al final de todo esto, Pilato concluye con estas palabras: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre ustedes que les suelte a alguien durante la fiesta de la Pascua. ¿Quieren, pues, que les suelte al Rey de los judíos?». Pero los que estaban allí gritaron que soltara a Barrabás, quien era un ladrón. Pilato cede a la presión. Elige liberar a Barrabás, un ladrón, y entregar al Inocente.
Lo que parece una injusticia total es, en realidad, parte del plan soberano de Dios. La sentencia de muerte de Cristo no fue el final de todo; Jesús venció la tumba para que fuéramos reconciliados con Él. La ira de Dios fue puesta sobre Él para que tú y yo pudiéramos acceder confiadamente al trono de la gracia y obtener el hermoso regalo de la vida eterna.
La sentencia que lo condena es la misma que abre el camino para nuestra reconciliación con Dios. ¡Gloria a Cristo!
Para meditar:
- ¿Creo en un Cristo soberano aun en mis momentos más oscuros?
- ¿He confiado en mis propias fuerzas, como Pedro, y necesito recordar que Jesús restaura?
- ¿Mi fe está arraigada en el Reino eterno o en los reinos temporales de este mundo?
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