Día 121 | Juan 19
Al leer este capítulo, pareciera ser que el gobernador Pilato realmente se encontraba en una encrucijada, como si realmente quisiera soltar a Jesús y no tener un cargo de conciencia porque sabía que era inocente. Aun así, cedió a la presión de los religiosos para entregarlo a muerte, no sin antes haber intentado Su liberación.
MacArthur menciona que es posible que Pilato buscara despertar simpatía por Jesús delante de los religiosos. Así que lo mandó azotar, un acto de los más horribles y crueles en los que la víctima era despojada de su ropa, atada a un poste y flagelada por varios verdugos. En algunas ocasiones, las víctimas llegaban hasta la muerte por este castigo tan violento. Pero no quedó ahí, sino que le hicieron una corona de espinas, quizá de una palma datilera con ramas puntiagudas que atravesaron la cabeza del Salvador; y pusieron sobre Él un manto …
Al leer este capítulo, pareciera ser que el gobernador Pilato realmente se encontraba en una encrucijada, como si realmente quisiera soltar a Jesús y no tener un cargo de conciencia porque sabía que era inocente. Aun así, cedió a la presión de los religiosos para entregarlo a muerte, no sin antes haber intentado Su liberación.
MacArthur menciona que es posible que Pilato buscara despertar simpatía por Jesús delante de los religiosos. Así que lo mandó azotar, un acto de los más horribles y crueles en los que la víctima era despojada de su ropa, atada a un poste y flagelada por varios verdugos. En algunas ocasiones, las víctimas llegaban hasta la muerte por este castigo tan violento. Pero no quedó ahí, sino que le hicieron una corona de espinas, quizá de una palma datilera con ramas puntiagudas que atravesaron la cabeza del Salvador; y pusieron sobre Él un manto de púrpura. Todo esto para hacer escarnio y mofa de Él como quien se decía llamar: «Rey de los judíos».
Pero al verlo los principales sacerdotes y los guardias, no fue simpatía lo que tuvieron por Jesús, sino una ira declarada en contra de Él, pues gritaron: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». También quisieron poner a Pilato contra la pared porque le hicieron ver que, al soltar a quien se decía ser rey, él estaría en contra de César, el máximo rey. Yo me imagino que Pilato no podía creer lo que estaba presenciando en ese momento, y viendo que no podía lograr convencerlos de otorgarle el perdón, dijo: «Ustedes, pues, lo toman y lo crucifican, porque yo no encuentro ningún delito en Él».
Aun así, no lo entregó todavía; hizo un último intento para hablar con Jesús y afirmarle que tenía el poder y autoridad para dejarlo en libertad; pero Jesús sabía, y se lo expresó a Pilato, no con enojo, sino con majestad silenciosa, que es Dios quien quita y pone reyes, quien quita y da autoridad. Recordemos lo que dice Proverbios 21:1a: «Como canales de agua es el corazón del rey en la mano del Señor; Él lo dirige donde le place».
Pero volvamos al punto central: este no es simplemente el inicio de un relato histórico de una muerte trágica, sino el cumplimiento de un plan redentor por el cual Cristo se había encarnado. Lo que Jesús ha venido declarando de Él mismo a través del Evangelio de Juan apunta a esta «hora» que había llegado para Él. Hebreos 12:2 nos dice que, por el gozo puesto delante de Él, Cristo soportó la cruz y despreció la vergüenza. Él no necesitaba pedir misericordia y reclamar Su liberación; Él tenía el poder y control absoluto sobre Su mismo juicio y muerte inminente, pero confió en la soberanía de Su Padre y en el plan de la real liberación de la muerte eterna que sería otorgado para quienes pusieran su fe en Él.
La crucifixión y el cumplimiento profético
Se emprende, entonces, el camino hacia el Gólgota, Jesús cargando Su cruz para ser crucificado entre dos hombres. Y desde la cruz sigue cumpliendo las Escrituras, que menciono a continuación.
- Los soldados tomaron Sus vestidos y echaron suertes sobre ellos. Juan hizo referencia al Salmo 22:18: «Se reparten entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echan suertes».
- Junto a la cruz estaban María, la madre de Jesús; la hermana de Su madre; María, la mujer de Cleofas; y María Magdalena, además del mismo Juan, el discípulo amado. Ellos lloraban ahí el sufrimiento y condena del Salvador al verlo colgado en la cruz, cumpliendo la profecía de Zacarías que leemos en el capítulo 12, versículo 10: «…y me mirarán a Mí, a quien han traspasado. Y se lamentarán por Él, como quien se lamenta por un hijo único, y llorarán por Él, como se llora por un primogénito». Y ahí, experimentando el mayor sufrimiento, Jesús tiene un acto de compasión y provisión, y le pide a Juan que se encargue de Su madre.
- Cristo dijo: «Tengo sed», y le dieron a beber vinagre en una rama de hisopo, como David lo había mencionado en otro de sus salmos: «Y por comida me dieron hiel, y para mi sed me dieron a beber vinagre» (Sal. 69:21).
- Antes de bajarlo de la cruz, cuando vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas como a los otros dos crucificados, cumpliendo así la profecía del Cordero pascual que leemos en Éxodo 12:46: «Se ha de comer cada cordero en una misma casa. No sacarán nada de la carne fuera de la casa, ni quebrarán ninguno de sus huesos».
Mis amadas, ¿pueden verlo? Aquí está la victoria divina: una obra perfecta, completa y suficiente, iniciada desde la primera Pascua por el pueblo hebreo cuando iban a ser liberados de la esclavitud de Egipto; descrita por el rey David, que ni siquiera conocía este tipo de muertes crueles, pero que lo que dijo apuntaba al Rey perfecto; y anticipada por los profetas que anunciaban al Mesías prometido que traería liberación del pecado y la muerte eterna.
Cristo, sin perder el control en ningún momento, y habiendo cumplido todo, dijo: «¡Consumado es!». Cumplió cada profecía, cada parte del plan expiatorio, cada tarea asignada; el pago de la deuda fue cubierto totalmente. «E inclinando la cabeza, entregó el espíritu». De Su propia voluntad entregó Su vida, y ni los religiosos, ni Pilato, ni los soldados se la pudieron arrebatar. Él dijo en Mateo 20:28: «Así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar Su vida en rescate por muchos».
La sepultura de Cristo
Ahora aparecen dos personas más en escena: José de Arimatea, un hombre rico, miembro del sanedrín, pero también un discípulo secreto de Jesús por miedo a los judíos, a quien Pilato le concedió llevarse el cuerpo del Salvador para ser sepultado; y Nicodemo, un fariseo, hombre prominente y maestro de Israel, que también había buscado conocer a Cristo de noche y tras bambalinas por miedo a los demás fariseos, quien trajo especias aromáticas para poner en las telas de lino con las cuales envolvieron al Señor.
Estos hombres habían demostrado ser discípulos ocultos; no tuvieron la valentía de dejar atrás sus tradiciones y, sobre todo, su temor al hombre para identificarse con el Mesías. Sin embargo, este día dieron un paso público de fe; no importó nada más, ni su reputación, ni su propia vida. No sabemos hasta qué punto ellos creían todo lo que Jesús había dicho y si esperaban Su inminente resurrección; tampoco sabemos qué pasó con ellos después, con la historia de sus vidas. Lo que sí sabemos es que el Señor nos permite saber estos detalles de sus vidas, que hombres que lo rechazaron públicamente alcanzaron la misericordia de Dios y fueron usados por Él para que, al honrar a Cristo en Su sepultura, Su gloria fuera exaltada.
Para meditar:
- ¿Has creído en Cristo como el Hijo de Dios que vino a cumplir perfectamente el plan de redención para darte salvación?
- ¿Te has arrepentido de tus pecados y has confiado en la obra expiatoria de Jesús para todo aquel que cree?
- ¿La cruz te impulsa a salir del anonimato espiritual y testificar de Cristo?
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