Día 132 | Hechos 5
A Dios no lo podemos engañar
El capítulo de hoy me llevó de vuelta a un evento del Antiguo Testamento que tiene que ver también con inicios. Como hemos visto, la iglesia del primer siglo experimentaba un crecimiento visible y una unidad profunda. Muchos creyentes, movidos por amor a Dios y a sus hermanos, compartían voluntariamente sus bienes para suplir las necesidades de otros. No era una exigencia impuesta, sino una respuesta gozosa nacida de corazones transformados por el Espíritu Santo.
Y en este contexto sucede esta historia: aparecen Ananías junto con su esposa Safira. Ellos también vendieron una propiedad y llevaron una ofrenda, pero mintieron deliberadamente sobre el precio recibido. Su pecado no fue retener parte del dinero; nadie los obligaba a vender ni a darlo todo, sino pretender aparentar una devoción que no era real. Pedro confrontó con claridad la raíz del problema: no …
A Dios no lo podemos engañar
El capítulo de hoy me llevó de vuelta a un evento del Antiguo Testamento que tiene que ver también con inicios. Como hemos visto, la iglesia del primer siglo experimentaba un crecimiento visible y una unidad profunda. Muchos creyentes, movidos por amor a Dios y a sus hermanos, compartían voluntariamente sus bienes para suplir las necesidades de otros. No era una exigencia impuesta, sino una respuesta gozosa nacida de corazones transformados por el Espíritu Santo.
Y en este contexto sucede esta historia: aparecen Ananías junto con su esposa Safira. Ellos también vendieron una propiedad y llevaron una ofrenda, pero mintieron deliberadamente sobre el precio recibido. Su pecado no fue retener parte del dinero; nadie los obligaba a vender ni a darlo todo, sino pretender aparentar una devoción que no era real. Pedro confrontó con claridad la raíz del problema: no habían mentido a los hombres, sino a Dios. La consecuencia fue inmediata y severa: ambos cayeron muertos y, evidentemente, un gran temor se apoderó de todos los que supieron y vieron lo que pasó. Aquí hay una verdad que a muchos no les gusta, pero no podemos dejar de decirlo: Dios es santo, y no puede ser burlado.
Y es aquí donde recuerdo un evento en el Antiguo Testamento: lo sucedido con Acán en el libro de Josué. En aquel momento, el pueblo de Israel estaba a punto de establecerse en la tierra prometida. Dios había hecho un pacto claro con ellos: serían Su pueblo santo, distinto de las demás naciones, comprometido a obedecer Su palabra. Acán intentó engañar a Dios ocultando lo que había sido consagrado, y su pecado trajo consecuencias graves. En ambos casos, al inicio de la conquista y al inicio de la Iglesia, Dios actúa con radicalidad para dejar un mensaje claro: Su presencia santa no tolera la hipocresía ni la mentira.
Los apóstoles sanan a muchos
Luego de este suceso, no vemos ni a los apóstoles ni a la iglesia enfrascada en discusión sobre si lo que pasó estaba bien o mal, o si se hubiera hecho de esta u otra manera. A pesar de este episodio, la obra de Dios no se detuvo. El Señor continuó obrando con poder por medio de los apóstoles, y muchos más creían en Cristo. Sin embargo, junto con el crecimiento vino también una oposición más intensa. Los apóstoles fueron arrestados y encarcelados, una vez más, pero Dios los liberó milagrosamente para que continuaran proclamando el evangelio. Lejos de callarlos, las amenazas solo hicieron más evidente que la obra no era humana.
Nuevamente ante el concilio
Aquí vemos que la motivación en esta ocasión era la envidia del sumo sacerdote y sus funcionarios, que al ver todo lo que estaba pasando, no aguantaron y los mandaron a la cárcel. Pero ahora resulta que un ángel del Señor abrió las puertas y le dijo que fueran directamente al templo y que volvieran a predicar. ¡Imagínate la cara de los funcionarios y del sumo sacerdote! Pero lejos de creer, ya que salieron milagrosamente, mandaron a buscarlos nuevamente al templo y fueron llevados al concilio. Una vez allí, se les prohibió estrictamente enseñar en «el nombre de ese hombre», pero los apóstoles afirmaron con valentía que era necesario obedecer a Dios antes que a los hombres, y una vez más les expuso las Escrituras.
En medio de esta tensión, Dios usó incluso la voz de Gamaliel, un maestro respetado, para frenar la violencia del concilio. Su razonamiento fue sencillo y contundente: si esta obra era de origen humano, desaparecería; pero si provenía de Dios, nadie podría detenerla sin hallarse luchando contra Él. Una vez más, quedaba claro que el avance del evangelio no dependía de la protección de los hombres, sino del poder soberano de Dios.
Le hicieron caso a Gamaliel, pero optaron porque fueran azotados y advertidos severamente, pero salieron gozosos de haber sido considerados dignos de sufrir afrenta por el nombre de Jesús. Su fidelidad no dependía de la comodidad, sino de la convicción profunda de que Cristo vive y reina.
Hechos 5 nos enseña que Dios no desea nuestros sacrificios externos ni nuestras apariencias piadosas. Él no necesita nada de nosotros; busca corazones íntegros, rendidos y sinceros. Ananías y Safira no pecaron por dar poco, sino por mentir. La integridad delante de Dios siempre importa más que la imagen que proyectamos ante los demás. Dios sigue siendo santo hoy como lo fue en los comienzos de Su pueblo y de Su iglesia. Su gracia es abundante, pero Su santidad no ha disminuido. Él no busca apariencias ni sacrificios forzados, sino corazones rendidos que caminen en verdad delante de Él. Cuando Su pueblo vive con integridad y dependencia, ninguna oposición puede detener lo que Dios ha determinado hacer.
Para meditar
- Al leer la historia de Ananías y Safira, ¿hay áreas de mi vida donde intento aparentar una espiritualidad que no corresponde con mi corazón?
- ¿Cómo me confronta la santidad de Dios reflejada en este pasaje? ¿Produce en mí un temor reverente o una fe superficial?
- Los apóstoles obedecieron a Dios aun cuando eso implicó sufrir. ¿Cómo respondo yo cuando seguir a Cristo tiene un costo personal?
- Gamaliel reconoció que nadie puede detener una obra que proviene de Dios. ¿Cómo descanso hoy en la soberanía de Dios sobre Su iglesia y sobre mi propia vida?
- ¿Qué significa para mí vivir con integridad delante de un Dios que todo lo ve y todo lo conoce?
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