Día 150 | Salmos 85, 86
Salmo 85
Este salmo no es una simple reflexión de la maravillosa gracia de Dios, sino una oración que brotó de los corazones agradecidos de quienes recibieron esa gracia.
Es un clamor comunitario que inicia con el recordatorio del favor de Dios, de la restauración que Él obró al perdonar la iniquidad de Su pueblo y cómo cubrió todo su pecado. Recordar lo que el Señor ha hecho por nosotros en el pasado alimenta la esperanza segura y certera que tenemos como pueblo de Dios.
En los primeros versículos vemos cómo este pueblo que recibió perdón continúa clamando a Dios por renovación, porque reconocen que esta es una necesidad continua y no algo de solo un momento. Esto nos enseña que nuestra dependencia de Dios es permanente y no momentánea ni pasajera.
Sin embargo, aunque el pueblo recuerda el perdón y la restauración de Dios, el …
Salmo 85
Este salmo no es una simple reflexión de la maravillosa gracia de Dios, sino una oración que brotó de los corazones agradecidos de quienes recibieron esa gracia.
Es un clamor comunitario que inicia con el recordatorio del favor de Dios, de la restauración que Él obró al perdonar la iniquidad de Su pueblo y cómo cubrió todo su pecado. Recordar lo que el Señor ha hecho por nosotros en el pasado alimenta la esperanza segura y certera que tenemos como pueblo de Dios.
En los primeros versículos vemos cómo este pueblo que recibió perdón continúa clamando a Dios por renovación, porque reconocen que esta es una necesidad continua y no algo de solo un momento. Esto nos enseña que nuestra dependencia de Dios es permanente y no momentánea ni pasajera.
Sin embargo, aunque el pueblo recuerda el perdón y la restauración de Dios, el presente aún duele. Las preguntas del salmo revelan que siguen experimentando las consecuencias de su pecado y sienten la disciplina del Señor. Por eso claman: «¿Estarás enojado con nosotros para siempre? ¿Prolongarás Tu ira de generación en generación?». Este salmo nos enseña que la restauración no es un evento aislado, sino una obra continua de Dios en Su pueblo.
Me resulta interesante cómo los levitas toman como su fundamento las obras pasadas de Dios a favor de ellos y entonces dicen: «Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación...».
Luego de que exaltan el hecho de que Dios retiró Su furia y apartó el ardor de Su ira, entonces continúan diciendo: «¿No volverás a darnos vida para que Tu pueblo se regocije en Ti?...».
Nancy DeMoss Wolgemuth, en su estudio sobre el salmo 85, dice: «Esta palabra “restáuranos” está indicando en el texto que Dios se ha apartado y ha apartado Su favor, Su gracia y Su bendición, porque le hemos dado la espalda; pero esa palabra también es como un clamor al Señor cuando confesamos, nos humillamos y nos arrepentimos para que Dios nos vuelva hacia Él. No podemos avivarnos nosotras mismas…».
La actitud que debe desprenderse de reconocer el favor, el perdón y la misericordia de Dios en el pasado debe ser una de completa rendición a Él y a Su Palabra: «Escucharé lo que dirá Dios el Señor, porque hablará paz a Su pueblo, a Sus santos; pero que no vuelvan ellos a la insensatez…». ¡Es ahí donde inicia la verdadera restauración! Comienza cuando Su pueblo escucha atentamente la voz de su Señor para hacer lo que Él dice.
Amada, la verdadera restauración no se trata de una experiencia emocional que viene de pronto, sino de una transformación que se evidencia en la obediencia. Recordemos que la restauración no es solo sentirnos cerca de Dios, sino escuchar atentamente Su voz y no regresar a la insensatez.
El salmo termina con una visión gloriosa de la restauración de Dios: «La misericordia y la verdad se han encontrado; la justicia y la paz se han besado». En estas palabras vemos el corazón del evangelio: la paz de Dios no es simplemente ausencia de conflicto o estabilidad externa, sino de una relación restaurada con Él. En Su perfecta obra, Su justicia y Su paz se unen. La salvación está cerca de los que le temen, y el Señor promete bendecir y restaurar a Su pueblo.
Salmo 86
Ya vimos que el salmo 85 es un clamor comunitario hacia Dios pidiendo restauración y misericordia para Su pueblo. Siguiendo esta misma línea, el salmo 86, escrito por David, está en un plano más personal.
Es hermosa la progresión que vemos en esta oración. Primero, David se presenta delante de Dios como lo que él es: afligido y necesitado. En total humildad, el salmista reconoce su condición ante Dios sin hacer una lista verbal de sus logros o méritos personales por los cuales Dios debía escucharlo. No. Él apeló a la compasión de su Señor.
Lo siguiente que hace es reconocer quién es el Dios al cual él eleva su oración: «Pues Tú, Señor, eres bueno y perdonador, abundante en misericordia para con todos los que te invocan... En el día de la angustia te invocaré, porque Tú me responderás».
David conocía muy bien el carácter de su Señor. Él estaba profundamente convencido de que no hay nadie como Dios, y que, a diferencia de cualquier otro dios, nuestro Dios, el único Dios verdadero, sí escucha, es digno de confianza, es perdonador, bueno, misericordioso, fiel y poderoso para salvar. El salmista no solo sabía esto del Señor, sino que también sabía que cuando Dios hace algo, es glorioso.
Como su fundamento estaba en que conocía íntimamente a Dios, su respuesta natural a tal conocimiento fue vivir en completa sumisión a Él. Tal como lo hicieron los levitas en el salmo 85, de la misma manera, David le pide a Dios que le enseñe Sus caminos para andar en Su verdad. El clamor de David no se limitó simplemente a pedirle ayuda a Dios, sino que fue más allá y clamó por una transformación interior: «Unifica mi corazón para que tema Tu nombre».
En medio de su angustia, David ora con confianza porque sabe que Dios oye y responde. No está hablando al vacío ni elevando palabras sin esperanza. Ora, sabiendo que su Señor sostiene, libra y actúa a favor de quienes claman a Él. La seguridad del salmista no está en sus circunstancias, sino en el carácter inmutable de su Dios. Este salmo nos recuerda que la manera en que oramos fluye de una visión correcta del carácter de nuestro Señor.
Amada, estos salmos nos enseñan que vivir en completa rendición y sumisión a nuestro Dios es la puerta de entrada para gozar de una dulce e íntima cercanía con Él, y nos permite experimentar Su paz mediante la reconciliación que Cristo ganó para nosotras en medio de cualquier circunstancia. No hay nada más agradable para los oídos de nuestro Dios cuando nuestras oraciones están llenas de un clamor genuino para que Él nos transforme.
¡No hay Dios como nuestro Dios!
Para meditar:
- ¿Reconoces tu necesidad constante de restauración o vives como si fuera solo un evento del pasado?
- ¿En qué áreas de tu vida necesitas clamar a Dios para que te restaure?
- ¿Cómo recordar la fidelidad de Dios hacia ti en el pasado alimenta hoy tu esperanza?
- ¿Cómo cambiaría tu vida de oración si recordaras más el carácter de Dios?
- ¿Estás orando para que Dios cambie tus circunstancias o para que te cambie a ti a través de las circunstancias que Él permite en tu vida?
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