Día 151 | Salmos 87, 88
Salmo 87
El Salmo 87 nos muestra la grandeza de Dios al escoger y establecer a Su pueblo. Este salmo no exalta una ciudad por su historia, sino a Dios por Su soberana elección. La gloria de Sión no está en sus muros ni en sus acontecimientos, sino en que el Señor la ha fundado, la ama y declara quién pertenece a ella.
A la luz de esta verdad, como hijas de Dios tenemos la certeza de que hemos sido salvadas por la sangre de Cristo y, por ende, podemos estar seguras de que Dios volverá a habitar con nosotras cuando Él consuma Su plan y habite con Su pueblo. Pero, ¿realmente hemos considerado en profundidad lo que significa que le pertenecemos a Dios?
Cuando pensamos en la santidad de Dios, sabemos que Él es santo, santo, santo, y que en Su presencia no puede haber una …
Salmo 87
El Salmo 87 nos muestra la grandeza de Dios al escoger y establecer a Su pueblo. Este salmo no exalta una ciudad por su historia, sino a Dios por Su soberana elección. La gloria de Sión no está en sus muros ni en sus acontecimientos, sino en que el Señor la ha fundado, la ama y declara quién pertenece a ella.
A la luz de esta verdad, como hijas de Dios tenemos la certeza de que hemos sido salvadas por la sangre de Cristo y, por ende, podemos estar seguras de que Dios volverá a habitar con nosotras cuando Él consuma Su plan y habite con Su pueblo. Pero, ¿realmente hemos considerado en profundidad lo que significa que le pertenecemos a Dios?
Cuando pensamos en la santidad de Dios, sabemos que Él es santo, santo, santo, y que en Su presencia no puede haber una sola gota de pecado, ¿por qué entonces nos escogió para Sí un pueblo? El Señor se goza en salvar; es Su decisión soberana, y cuando lo hace, no lo hace por algo que hayamos hecho, porque Su favor nunca se basa en méritos ni obras humanos. Él salva por pura gracia. En los versículos 3 al 6 se mencionan naciones históricamente enemigas: Egipto, Babilonia, Filistea y Tiro, y Etiopía. Estas eran naciones que estaban a cada lado de Israel y eran reconocidas por odiar a Israel.
Sin embargo, en este salmo leemos que Dios mismo dice: «Mencionaré a Egipto y a Babilonia entre los que me conocen; a Filistea y Tiro con Etiopía. De sus moradores se dirá: “Este nació allí”». ¿Puedes ver la gloriosa gracia de nuestro Dios aquí? Esto deja claro que, más que el hecho de que no nacieran físicamente en Jerusalén, no son las naciones las que reclaman ciudadanía, sino que es Dios mismo quien las cuenta, las inscribe y declara una ciudadanía que solo Él puede conceder.
Esto me recuerda lo que dice en Apocalipsis 5:9-10: «…Y con tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación…», y 1 Pedro 2:9: «Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios…».
¡Qué glorioso y aleccionador es esto! Nuestra pertenencia al pueblo de Dios es redefinida por sola gracia, sin importar de dónde venimos. ¡Solo por Cristo podemos decir que nuestra ciudadanía está en los cielos!
Nuestra identidad como pueblo de Dios no es autoasignada ni heredada por sangre, sino que es declarada por Dios mismo. Él es quien escribe nuestros nombres y nos cuenta entre Su pueblo. Por eso, toda nuestra fuente de vida, gozo y esperanza está en Él. No celebramos nuestra pertenencia; celebramos al Dios que nos hizo Su pueblo.
Amada, ¡no pertenecemos aquí! Este mundo no es todo lo que hay. El Espíritu nos recuerda que hay más para nosotras. Como dice Hebreos 13:14: «Porque no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la que está por venir».
Salmo 88
El Salmo 88 es el salmo más oscuro de todo el Salterio porque inicia en oscuridad y termina en oscuridad.
En cada versículo podemos ver que el salmista está profundamente afligido. Él persevera orando y clamando día y noche a Dios, pero no experimenta ningún alivio. En el versículo 1 inicia diciendo: «Oh Señor, Dios de mi salvación…». Aun en medio de su angustia, no deja de dirigirse al «Dios de su salvación». La confesión permanece, aunque la experiencia sea desesperante.
Vemos cómo el sufrimiento afecta su cuerpo, su alma y sus relaciones. Él se siente olvidado, abandonado, aislado, e incluso percibe que pronto morirá. Percibe que Dios está en silencio. Se describe a sí mismo como alguien contado entre los muertos, apartado de los vivos, como si ya perteneciera más a la tumba que al mundo de los que respiran esperanza.
Este salmo es un grito de angustia total, sin embargo, no encontramos en él una rebelión abierta ni una acusación contra Dios. El salmista reconoce que su aflicción ocurre bajo la soberanía divina. No acusa a Dios de injusticia, pero tampoco entiende lo que está sucediendo.
Muchas veces pensamos que nuestra fe solo puede expresarse a todo pulmón cuando las cosas van bien y estamos prosperando espiritualmente. Pero la fe no siempre se expresa en victoria emocional. Más que eso, la fe es persistir en oración, aunque no obtengamos respuestas. El hecho de que este salmo termine en oscuridad no significa que la fe haya desaparecido, pues el salmista sigue orando hasta el final.
No es casualidad que el salmo concluya con la palabra «tinieblas». Este silencio al final del salmo nos recuerda que nuestra confianza no depende del alivio inmediato, sino del carácter de nuestro Dios. Es interesante ver que el salmista nunca deja de dirigirse a Dios. Está orando momento a momento. No recurre a ídolos ni a soluciones falsas.
Necesitamos recordar que, aunque no lo entendamos ni obtengamos explicación, Dios permite el sufrimiento prolongado en nuestras vidas por Su soberanía. Buscar a Dios y permanecer quietas delante de Él, aun sin respuesta, es fe. Una fe que no se mide por emociones positivas, sino por una total dependencia de Aquel que permite el sufrimiento. Este salmo es un regalo para quienes oran y no ven cambios, para quienes sienten que Dios está en silencio y el dolor no disminuye.
Amada, este salmo también prepara nuestros corazones para comprender que el Hijo de Dios entraría plenamente en la oscuridad. Cristo no negó este tipo de experiencia; la asumió desde adentro. En la cruz, experimentó el abandono y el peso del sufrimiento sin alivio inmediato. El Salmo 88 no nos enseña cómo salir del dolor. Nos enseña cómo permanecer delante de Dios en medio del dolor.
Para meditar:
- ¿Tu identidad está anclada en lo que haces, en tu historia o en que Dios te ha contado como Suya?
- ¿Anhelas el regreso de Cristo, la patria celestial en la que habitaremos y reinaremos con Él por siempre?
- ¿Estás descansando en el carácter de Dios más que en el cambio inmediato de tus circunstancias?
- ¿Tu fe depende del alivio o del carácter inmutable de Dios?
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