Día 164 | Salmos 93, 94
Salmo 93
El Salmo 93 es el primero de la colección de ocho salmos, que continúan hasta el Salmo 100, acerca del tema del reinado de Dios y Su gobierno. Abre con una declaración absoluta que cambia completamente la perspectiva del creyente: «El Señor reina»”. James M. Hamilton Jr. enfatiza que cuando el salmo dice: «El Señor reina» no está anunciando el inicio de Su reinado, sino declarando una realidad eterna e inmutable; Él siempre ha estado en Su trono. Esto nos lleva a meditar y descansar en la soberanía de Dios, en Su poder y que Él está en absoluto control de cada detalle, grande o pequeño, en este universo. El salmo presenta a Dios vestido de majestad, afirmando que Su autoridad no es frágil ni cambiante, sino firme, gloriosa e inconmovible.
En los versículos 3-4, el salmista dice que los torrentes se han alzado con sus …
Salmo 93
El Salmo 93 es el primero de la colección de ocho salmos, que continúan hasta el Salmo 100, acerca del tema del reinado de Dios y Su gobierno. Abre con una declaración absoluta que cambia completamente la perspectiva del creyente: «El Señor reina»”. James M. Hamilton Jr. enfatiza que cuando el salmo dice: «El Señor reina» no está anunciando el inicio de Su reinado, sino declarando una realidad eterna e inmutable; Él siempre ha estado en Su trono. Esto nos lleva a meditar y descansar en la soberanía de Dios, en Su poder y que Él está en absoluto control de cada detalle, grande o pequeño, en este universo. El salmo presenta a Dios vestido de majestad, afirmando que Su autoridad no es frágil ni cambiante, sino firme, gloriosa e inconmovible.
En los versículos 3-4, el salmista dice que los torrentes se han alzado con sus batientes olas. Estas aguas no solo representan dificultades personales, sino el caos mismo que amenaza el orden. Es el lenguaje bíblico del desorden y la inestabilidad… y aun así, Dios está por encima de todo ello. Observa que el salmista no pretende que los torrentes no existan; él está consciente de las muchas aguas que a veces nos asedian. Pero tampoco intenta vencer esos torrentes con esfuerzo humano o su propia fuerza. Sabe que perderá si intenta superarlos por sí mismo.
Entonces, ¿qué hace? Lo mismo que tú y yo necesitamos hacer, él se vuelve a Dios. Deja de enfocarse en sus circunstancias difíciles y va a un poder que es más fuerte y poderoso que las olas y los torrentes. Él mira a Aquel que reina, Aquel que es Rey, Aquel que controla las poderosas aguas. En el versículo 4 leemos: «Más que el fragor de muchas aguas, más que las poderosas olas del mar, es poderoso el Señor en las alturas». Dios es más grande y más poderoso que todas las tormentas e inundaciones que amenazan este mundo.
¡Qué descanso para nuestras almas es recordar esta verdad! El Señor es rey soberano y nada lo mueve de Su trono. Las fuertes olas nos pueden zarandear y hacer perder el enfoque, pero necesitamos ver Su majestad y que eso nos dé una visión apropiada de las circunstancias de la vida. Los torrentes existen, sí, pero Dios es más real, más alto y más poderoso que cualquier circunstancia difícil y estresante que podamos enfrentar. McArthur nos recuerda: «El reinado de Dios garantiza la estabilidad del mundo, aun cuando todo parezca fuera de control».
El salmo finaliza con una serie importante de verdades. Dios, que sostiene el mundo, reina con estabilidad. Así como Su gobierno sobre la tierra es estable, así también Su revelación dada por las Escrituras es confiable y nos da seguridad.
Salmo 94
El Salmo 94 comienza con un clamor que puede incomodarnos: el salmista llama al Señor «Dios de las venganzas». No es un deseo pecaminoso de venganza personal, sino un clamor por la justicia perfecta de Dios frente a la maldad. Este salmo afirma el reinado soberano del Señor, en un mundo donde existen contradicciones e injusticias que son difíciles de entender con nuestra mente finita. Este salmo es un clamor contra opresores, y el autor apela al carácter de Dios para su defensa porque sabe que Dios no ignora la injusticia. Él ve, juzga y disciplina.
En los primeros versículos vemos claramente el clamor por justicia. James M. Hamilton Jr. resalta que cuando el salmista dice: «Dios de las venganzas… ¡Resplandece!» no está expresando deseo pecaminoso de desquitarse, sino una confianza profunda en el carácter justo de Dios. Es decir: los hijos de Dios no toman justicia en sus manos… la ponen en las manos de Dios, como leemos en Romanos 12:19: «Amados, nunca tomen venganza ustedes mismos, sino den lugar a la ira de Dios, porque escrito está: “Mía es la venganza, Yo pagaré”, dice el Señor».
Más adelante, el salmo describe a los malvados como: arrogantes, opresores y aparentemente impunes, lo cual es parte de un patrón bíblico: el mal parece avanzar… pero está bajo sentencia. El punto no es negar la injusticia, sino verla desde la perspectiva del juicio final de Dios.
Algo que también podemos ver es que la justicia por la que clama el salmista no es personal. Él intercede por el pueblo, y se indigna profundamente al ver la actitud indiferente de los malvados, quienes actúan oprimiendo al débil; matan a la viuda, al extranjero y asesinan a los huérfanos; además ignoran la existencia y omnisciencia de Dios diciendo el «Señor no ve nada».
En los versículos 8 al 11, podemos notar características de la completa necedad de los impíos y cómo sus corazones se niegan a reconocer el poder del Señor y rechazan Su justicia. Pero la realidad es que el Creador del oído y del ojo ciertamente oye y ve; Él disciplina y lo sabe todo. Esto confronta la idea del versículo 7, donde afirman que el Señor no ve nada. El mensaje del salmista es claro: el Señor conoce a la perfección los pensamientos de los impíos y sabe que no son más que vanidad.
En medio de esta oración por justicia, el salmista afirma lo bienaventurada que es la persona a quien el Señor disciplina y a quien Él instruye en Su ley. Esta corrección es la evidencia de que pertenecemos a Su heredad. Es muy reconfortante recordar que la disciplina del Señor no significa abandono; al contrario, como leemos en Hebreos 12:6, el Señor disciplina a quien ama. Dios forma nuestro corazón en medio del dolor, pero también nos da descanso y consuelo en los días de aflicción.
En los versículos 16 al 19, el salmista, con dos preguntas retóricas, deja entender que Dios es aquel que se levanta por nosotros en contra de los malhechores y quien nos defiende. Él es nuestro refugio personal en todo momento, incluso en circunstancias en que estamos necesitadas de justicia en medio de la angustia y el dolor. El salmista afianza su esperanza en el Señor recordando las intervenciones a lo largo de su vida que Dios ha hecho a su favor.
Es el Señor quien evitó su muerte, quien impidió que su pie resbalara, e incluso afirma que, en medio de la multitud de inquietudes que se albergan dentro de él, los consuelos del Señor deleitan su alma. El Señor es tan misericordioso, que en medio de nuestras dudas y preocupaciones nos da el consuelo y ánimo que necesitamos a través de Su Palabra. El salmista reconoce al Señor como su refugio personal, su defensor y consolador.
En los últimos versículos del salmo vemos la siguiente pregunta: «¿Puede ser aliado Tuyo un trono de destrucción?». La respuesta es clara: Dios no se asocia con la injusticia, ni respalda sistemas que decretan el mal y oprimen al justo. El versículo 21 describe una realidad dolorosa: los impíos se organizan, conspiran contra el justo y condenan al inocente. Pero en medio de esa corrupción, el salmista cambia el enfoque: «El Señor ha sido mi baluarte… la roca de mi refugio». En medio de las injusticias, afirma su seguridad en Dios.
El creyente no ignora la injusticia, pero tampoco se desespera, porque sabe quién es su refugio. Aun cuando todo a su alrededor parezca incierto o fuera de control, descansa en la certeza de que Dios sigue siendo justo y soberano.
Y luego viene la certeza final: Dios no ignorará el mal. Él hará que la iniquidad recaiga sobre los impíos y pondrá fin a su maldad. No habrá injusticia que quede sin respuesta.
El Salmo 94 cierra recordándonos que, aunque hoy veamos injusticia a nuestro alrededor, Dios no es indiferente ni cómplice. Él es refugio para los suyos y juez justo sobre el mal. Y esa verdad sostiene al creyente: el mal no tendrá la última palabra, Dios sí.
Para reflexionar:
- Cuando enfrentas circunstancias difíciles, ¿tu primera reacción es enfocarte en el problema o afirmar que el Señor reina?
- ¿Qué cosas hoy están compitiendo en tu corazón con la verdad de que Dios está en control absoluto?
- ¿Estás confiando en que Dios hará justicia en Su tiempo, o luchas con el deseo de tomar el control por tu cuenta?
- ¿Cómo cambia tu perspectiva diaria al recordar que el mal no tendrá la última palabra, sino Dios?
- ¿Dónde estoy buscando refugio cuando me enfrento a la injusticia?
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