Día 165 | Salmos 95, 96
Salmo 95
El Salmo 95 inicia con una invitación: «Vengan, cantemos con gozo al Señor, aclamemos con júbilo a la roca de nuestra salvación, vengamos ante Su presencia con acción de gracias; aclamemos a Él con salmos». Esta es una invitación colectiva, no individual. Quienes cantan a Dios deben hacerlo con un corazón gozoso y alegre, ¡porque el pueblo de Dios siempre tiene razones para cantar con júbilo!
Algo que puede resultarnos familiar, pero de lo cual no debemos dejar de asombrarnos, es que cuando adoramos a nuestro Señor, le exaltamos con aquello que conocemos de Él. En los primeros versículos, leemos que Dios es la roca de nuestra salvación, Dios y Rey grande, Hacedor de todas las cosas y nuestro Dios. El salmo también nos recuerda que este Dios es Señor sobre toda la creación, poderoso sobre la naturaleza y digno de toda nuestra adoración.
¿Somos …
Salmo 95
El Salmo 95 inicia con una invitación: «Vengan, cantemos con gozo al Señor, aclamemos con júbilo a la roca de nuestra salvación, vengamos ante Su presencia con acción de gracias; aclamemos a Él con salmos». Esta es una invitación colectiva, no individual. Quienes cantan a Dios deben hacerlo con un corazón gozoso y alegre, ¡porque el pueblo de Dios siempre tiene razones para cantar con júbilo!
Algo que puede resultarnos familiar, pero de lo cual no debemos dejar de asombrarnos, es que cuando adoramos a nuestro Señor, le exaltamos con aquello que conocemos de Él. En los primeros versículos, leemos que Dios es la roca de nuestra salvación, Dios y Rey grande, Hacedor de todas las cosas y nuestro Dios. El salmo también nos recuerda que este Dios es Señor sobre toda la creación, poderoso sobre la naturaleza y digno de toda nuestra adoración.
¿Somos conscientes del Dios al cual adoramos cuando le cantamos? Tener un claro sentido de Su presencia permite que nuestra adoración no sea monótona, aburrida o simplemente un deber cristiano, sino que la transforma en una ofrenda sincera de nuestros labios y nuestras vidas al exaltar quién Él es.
Y esa adoración sincera que reconoce quién es Dios, nos lleva entonces a alabarlo con humildad. Mira los versículos 6 y 7: «Vengan, adoremos y postrémonos; doblemos la rodilla ante el Señor nuestro Hacedor. Porque Él es nuestro Dios, y nosotros el pueblo de Su prado y las ovejas de Su mano…». Amada, estas palabras son una ayuda para posicionarnos donde nos corresponde: bajo el gobierno de nuestro Señor. Él es nuestro Dios, y nosotras somos Su pueblo. Reconocer esta realidad y tenerla siempre presente es alzar la bandera blanca de rendición. El mismo Dios en cuya mano están las profundidades de la tierra, de quien se dice que el mar es Suyo y las cumbres de los montes también, es el mismo Dios que sostiene, guía, protege y cuida a Su pueblo.
A partir del versículo 7 vemos un giro negativo. Nancy DeMoss Wolgemuth, en su estudio de este salmo, dice: «Primero tenemos un llamado a la alabanza, y ahora tenemos una llamada de atención, una seria y drástica advertencia. Y curiosamente, esta no es una advertencia para el mundo incrédulo, para las naciones paganas alrededor de Israel… sino que es una advertencia que está dirigida directamente al pueblo de Dios, aquellos que lo llaman a Él su Dios, aquellos que son las ovejas de Su mano».
Desde ese punto hasta el versículo 11, se nos recuerda la rebelión del pueblo de Israel en el desierto. El pueblo simplemente decidió no confiar en que Dios seguiría cuidando de ellos, en todo sentido, incluso después de sacarlos de Egipto.
Israel vio a Dios obrar en su liberación. Pero tan pronto se vieron en necesidad de alimento, se olvidaron de Él. El problema no fue falta de evidencia, sino un corazón endurecido que se negó a obedecer. Habían visto las obras de Dios, pero no quisieron someterse a Él. ¿Y no hacemos nosotras lo mismo? Por eso Dios declara que esa generación no entraría en Su reposo. No fue una consecuencia menor, sino el resultado real de un corazón que se negó a obedecer.
Amada, nuestro Señor no es hombre para fallar ni olvidarse de Su pueblo. Este salmo no es solo un llamado a adorar en humildad a Aquel que cuida de nosotras y nos guía. Este llamado no quedó en el pasado, sino que sigue vigente. Hoy es el día para escuchar Su voz. Hoy es el día para no endurecer el corazón. Porque la adoración que agrada a Dios no se queda en los labios, sino que se evidencia en un corazón que se rinde y obedece.
El juicio sobre aquella generación fue no entrar en Su reposo. Esto no era solo físico, era espiritual: vivir fuera de la confianza de Dios. Esto nos recuerda que endurecer el corazón delante de Dios no es algo ligero.
Por eso, cada día necesitamos responder con un corazón sensible, que escucha, confía y obedece. Hoy tenemos la oportunidad de hacerlo.
Salmo 96
El Salmo 95 nos muestra que la adoración verdadera comienza en un corazón que escucha y obedece. El Salmo 96 nos muestra que esa adoración no se queda ahí, sino que se proclama. En los primeros versículos se nos llama a cantar al Señor, bendecir Su nombre, proclamar las buenas nuevas de Su salvación y contar Su gloria y maravillas a las naciones y pueblos. Pero entonar cánticos a nuestro Dios no es solamente reconocer quién es Él, sino anunciarlo. Tampoco es una adoración que se queda en nuestros labios o dentro de nuestro círculo, sino una adoración que se proclama.
Este no es un llamado aislado. En 1 Crónicas 16 vemos al pueblo de Israel reunido cuando el arca del pacto es traída a Jerusalén. Es un momento de gozo, de celebración y de adoración pública. Y es precisamente en ese contexto donde encontramos palabras muy similares a este salmo: un llamado a cantar, a dar gracias y a proclamar la gloria de Dios entre las naciones. La adoración del pueblo no se quedó en ese lugar. Fue una adoración que debía anunciar quién es Dios y lo que Él ha hecho.
Porque la adoración verdadera no es silenciosa ni privada; es expansiva. Cuando reconocemos quién es Dios, no podemos quedarnos calladas. Su gloria no está destinada a quedarse entre nosotras, sino a ser proclamada entre las naciones. Porque Él no es solo nuestro Dios; Él es el gran Rey sobre toda la tierra. Por eso, el salmista continúa mostrándonos que Él es digno de ser proclamado entre las naciones.
«Porque grande es el Señor y muy digno de ser alabado; temible es Él sobre todos los dioses. Porque todos los dioses de los pueblos son ídolos, pero el Señor hizo los cielos», dicen los versículos 4–5. Aquí vemos un contraste claro: los ídolos no tienen poder, no crean ni sostienen, ¡pero nuestro Dios es el Creador de todo!
Amada, esto nos confronta. Muchas veces no proclamamos a Dios porque en la práctica damos más valor a otras cosas. No siempre son ídolos visibles, pero sí pueden ser aquellas cosas que ocupan nuestro corazón, nuestro tiempo y nuestra atención. Y, sin darnos cuenta, dejamos de anunciar la gloria de Aquel que verdaderamente lo merece.
El salmo continúa diciendo: «Den al Señor, oh familias de los pueblos, den al Señor gloria y poder». Este es un llamado que trasciende a Israel y alcanza a todas las naciones. La gloria de Dios no tiene fronteras, y Su nombre debe ser reconocido en toda la tierra.
Pero aquí es donde debemos recordar lo que vimos en el Salmo 95: no es suficiente cantar o hablar de Dios si nuestro corazón no está rendido a Él. No podemos proclamar Su gloria mientras endurecemos nuestro corazón. La verdadera adoración es aquella que escucha, obedece y entonces proclama.
Hoy sabemos que este Rey sobre todas las naciones ha sido revelado plenamente en Cristo. Él es el cumplimiento de este llamado, el Rey que vino a establecer Su reino y a ser proclamado entre todos los pueblos.
Por eso, este salmo no es solo una invitación a cantar, sino un llamado a vivir una vida que proclame quién es Dios. No nos quedemos en una adoración que se limita a momentos o palabras. ¡Que nuestra vida entera anuncie Su gloria! Hoy tenemos la oportunidad de responder: escuchar Su voz, rendir nuestro corazón y proclamar Su grandeza.
Para meditar:
- ¿Estoy adorando a Dios con gozo… pero también con rendición?
- ¿Hay áreas donde estoy viendo a Dios obrar, pero no estoy obedeciéndole?
- ¿Estoy escuchando hoy Su voz… o endureciendo mi corazón?
- ¿Mi adoración se queda en lo privado… o se desborda en proclamación?
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