El día de ayer terminamos el capítulo 2 con la afirmación de Pablo a los corintios de que, al haber sido salvados, tienen la mente de Cristo; sin embargo, continúa con la exhortación a la iglesia porque ellos habían caído en un estancamiento espiritual. Aunque ya tenían el Espíritu Santo en ellos, tenían conocimiento y dones; no habían crecido, sino que se habían envuelto en prácticas carnales.
Cuando Pablo los conoció y les predicó las buenas nuevas de salvación, había comenzado a explicarles las profundidades del evangelio de manera que pudieran digerirlas, como los bebés que solo pueden tomar y digerir la leche, pero aunque ya había pasado tiempo suficiente como para que ellos hubieran crecido en madurez, Pablo les expresa que todavía no pueden recibir alimento más sólido debido a su carnalidad. ¿Qué era lo que los tenía estancados y sin crecer? Su corazón estaba dominado por celos, …
El día de ayer terminamos el capítulo 2 con la afirmación de Pablo a los corintios de que, al haber sido salvados, tienen la mente de Cristo; sin embargo, continúa con la exhortación a la iglesia porque ellos habían caído en un estancamiento espiritual. Aunque ya tenían el Espíritu Santo en ellos, tenían conocimiento y dones; no habían crecido, sino que se habían envuelto en prácticas carnales.
Cuando Pablo los conoció y les predicó las buenas nuevas de salvación, había comenzado a explicarles las profundidades del evangelio de manera que pudieran digerirlas, como los bebés que solo pueden tomar y digerir la leche, pero aunque ya había pasado tiempo suficiente como para que ellos hubieran crecido en madurez, Pablo les expresa que todavía no pueden recibir alimento más sólido debido a su carnalidad. ¿Qué era lo que los tenía estancados y sin crecer? Su corazón estaba dominado por celos, rivalidades y orgullo que resultaban en contiendas.
En lugar de seguir creciendo en el conocimiento de Cristo, se habían enfocado en contender al hacer grupos en la iglesia siguiendo a líderes terrenales, como lo vimos en el capítulo 1, y esto estaba causando muchas disensiones y divisiones que evidenciaban que todavía estaban pensando de manera carnal y no conforme a la sabiduría de Dios; por ende, les impedía ver la belleza y suficiencia del evangelio.
¿Y no sigue sucediendo hoy en medio de nuestras iglesias también? Seguir a un líder, pastor o predicador se ha vuelto un motivo de división y contienda entre hermanos. A veces defienden a estas personas a capa y espada como si fueran quienes los salvaron. Por eso Pablo quería hacerles entender que Dios ha asignado personas como instrumentos de Él para llevar el mensaje del evangelio, pero no para ser seguidos y mucho menos idolatrados.
Cada uno tiene su labor dentro del trabajo del extendimiento del Reino; unos siembran la semilla del evangelio en la predicación, es decir, colocan el fundamento; a otros les toca regar esa semilla instruyendo, colocando encima los niveles de la edificación; y los creyentes dentro de la iglesia también tienen una labor dentro de la edificación al poner sus dones al servicio de la congregación en fidelidad; pero, en última instancia, el único que puede sostener la obra del Reino es el fundamento mismo: Cristo, y el crecimiento en la fe solo puede venir de Dios a través de Su Espíritu.
Hermana, el Señor te ha colocado en una iglesia local, con un liderazgo que vela por tu alma. Escucha a tus pastores, sométete a ellos y aprende de su enseñanza lo que el Señor desea para tu crecimiento en Él. Por otro lado, no es pecaminoso escuchar algún ministerio paraeclesiástico, o predicador o maestro que el Señor ha dotado para la edificación de la iglesia universal, pero ninguno de ellos debe ser motivo de contienda entre hermanos. Tanto tus pastores como los maestros fuera de tu iglesia local son solo instrumentos del Señor que nos animan en nuestro caminar con Él, pero el único Salvador es Cristo, el único que nos guía a toda verdad es el Espíritu Santo y el único que merece toda la gloria es nuestro Dios.
Cristo es el único fundamento, y cada una de las obras que hacemos por medio de nuestros dones serán probadas por el fuego. Esto elimina toda competencia y comparación dentro del cuerpo de Cristo, porque todos somos colaboradores, no protagonistas. No hay lugar para la jactancia humana. Cuando tomamos crédito por la obra de Dios, le robamos la gloria que solo a Él pertenece, y en lugar de recompensa, habrá pérdida. ¡No habrá galardones que se puedan arrojar a los pies del Salvador el día que nos postremos delante de Su presencia en la eternidad!
Entonces viene la advertencia y exhortación final que encontramos en este capítulo: ustedes son templo de Dios, y si alguien destruye a Su iglesia, el Señor se encargará de traer consecuencias a su vida. La iglesia es la Novia de Cristo, a quien vino a rescatar a precio de sangre en la cruz; ahí es donde está nuestra identidad: personas rescatadas de la separación eterna de Dios. No es un asunto ligero entrometerse en la santidad de la iglesia causando contiendas debido a la confianza en la sabiduría propia y la falta de rendición al control y la obra del Espíritu.
Por eso Pablo les dice: «Si alguien de ustedes se cree sabio según este mundo, hágase necio a fin de llegar a ser sabio». Todas las riquezas las tenemos ya en Cristo: la vida, la muerte, lo presente, la eternidad… ¡Es suficiente! No hay nada más que agregar, no hay motivo para enorgullecerse de ningún hombre, líder o maestro; de ninguna obra o don ejercido. La cruz de Cristo y la enseñanza de Su Espíritu son suficientes para crecer en Él y ejercitarnos en la piedad.
Para meditar:
- ¿Pondrás delante de Dios hoy todo celo, orgullo o rivalidad en tu corazón que está frenando tu crecimiento espiritual?
- ¿Has puesto tu confianza en los hombres y has olvidado al único fundamento verdadero: Cristo?
- No te conformes con permanecer en la «leche» espiritual; busca profundizar en la Palabra, obedecerla y ejercitarte en la piedad diariamente.
- Usa tus dones para edificar la iglesia y no para competir o buscar reconocimiento. Recuerda que todos somos colaboradores en la obra de Dios, y toda la gloria le pertenece únicamente a Él.
- Protege la unidad y santidad de la iglesia. Evita las contiendas, críticas y divisiones, y procura ser una mujer que modele la rendición al Espíritu Santo dentro del cuerpo de Cristo.
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