Comenzamos el capítulo 4 en la continuación de la carta de Pablo. Él comienza aquí a hablar de tres características que los distinguían a él y a sus colaboradores en el Reino:
- Servidores de Cristo. Ellos debían considerarse como esclavos de Cristo; en el original, esta palabra hace referencia a los remeros condenados a las galeras, donde su misión era obedecer y remar.
- Administradores de los misterios de Dios. Un administrador era aquel a quien el dueño le confiaba una porción de sus bienes para que los cuidara y los hiciera prosperar. No eran suyos, pero debía cuidarlos y preservarlos.
- Fieles. Su labor asignada por el Señor es para Él y todos los días trabaja de acuerdo a la instrucción recibida. Como Jesús dijo en Mateo 24:45-46: «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente a quien su señor puso sobre los de su casa para …
Comenzamos el capítulo 4 en la continuación de la carta de Pablo. Él comienza aquí a hablar de tres características que los distinguían a él y a sus colaboradores en el Reino:
- Servidores de Cristo. Ellos debían considerarse como esclavos de Cristo; en el original, esta palabra hace referencia a los remeros condenados a las galeras, donde su misión era obedecer y remar.
- Administradores de los misterios de Dios. Un administrador era aquel a quien el dueño le confiaba una porción de sus bienes para que los cuidara y los hiciera prosperar. No eran suyos, pero debía cuidarlos y preservarlos.
- Fieles. Su labor asignada por el Señor es para Él y todos los días trabaja de acuerdo a la instrucción recibida. Como Jesús dijo en Mateo 24:45-46: «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente a quien su señor puso sobre los de su casa para que les diera la comida a su tiempo? Dichosoaquel siervo a quien, cuando su señor venga, lo encuentre haciendo así».
¿Encontramos aquí alguna posición digna de admirar? ¡Para nada! Creo que a ninguna de nosotras nos gustaría tener la asignación de ir a las galeras en el barco y remar allá en la peor de las condiciones. Tal vez buscaríamos estar en la cubierta, viendo la luz del día, divisando el horizonte, controlando el timón.
¿Preferirías tener la responsabilidad de cuidar y preservar los bienes de alguien más todos los días? Mejor cuidar mis propios bienes y hacerlos multiplicarse, ¿no?
Debido a que Pablo, en su debilidad e imperfección, había buscado ser obediente al llamado del ministerio que Dios le había asignado, la opinión de Cristo como Juez final sobre su administración era lo más importante para Él. Pablo entendía que el juicio definitivo no pertenece a los hombres, sino al Señor, quien conoce lo que nadie más puede ver: las motivaciones del corazón. Su mayor anhelo era que el Señor lo encontrara fiel, administrando el tesoro más grande que tenía: Su evangelio. Él no dependía de la opinión humana, ni siquiera podía confiar en la opinión que tenía de él mismo.
Pablo había puesto como ilustración el caso de Apolos y el suyo propio para instarlos a no exaltarlos como líderes, y tampoco a sentirse orgullosos del nivel espiritual que ellos creían que tenían. No tenían derecho de juzgar así; todo lo que venía era de Dios. Por eso Pablo les hace tres preguntas:
- ¿Quién te distingue?
- ¿Qué tienes que no recibiste?
- Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?
Y MacArthur lo explica de la siguiente manera:
- ¿Qué te hace pensar que tu grupo es mejor que los otros? Eres igual que los demás y has sido redimido por el mismo Señor. No eres mejor. No tienes nada de que gloriarte.
- ¿Qué es lo que una persona tiene que, de una forma u otra, no haya recibido? La vida, el alimento, la protección, los talentos, lo que logramos con diligencia, con el arduo trabajo; no tendríamos nada excepto lo que el Señor nos ha dado. Y como hijas de Dios, hemos recibido mucho más: los medios de gracia, Su salvación, Su amor, los dones espirituales.«Todo lo que tenemos es un préstamo de parte de Dios, que Él nos ha confiado por un tiempo para usarlo en servirlo a Él».
- ¿Por qué estaban jactándose como si ellos mismos hubieran creado las cosas, o las hubieran ganado? Todo provenía de su orgullo. Esa inclinación a creer todo acerca de nosotros mismos y de nuestras capacidades.
Los corintios estaban muy cómodos, hablando desde un corazón orgulloso, mientras que los apóstoles eran los que habían pasado por persecución, desprecio y humillación. Ellos se sentían muy sabios en Cristo, mientras que la entrega de los apóstoles los hacía parecer tontos. Estos mensajeros de Dios eran golpeados, no tenían hogar, trabajaban con sus manos para ganarse el pan, bendecían a los que los maldecían, eran pacientes con quienes los maltrataban, respondían con gentileza y, aun así, eran tratados como la basura del mundo y el desprecio de todos.
Y aunque Pablo les habla fuertemente, no lo hace con la intención de avergonzarlos, sino de hablarles con amonestación como un padre. Porque aunque tenían muchos maestros, él había comenzado la labor del evangelio en ellos, como un padre espiritual, dándoles de beber leche y teniendo el cuidado de que crecieran fuertes en el evangelio.
Por eso les dice: «Sean imitadores míos». No desde una posición de gloria, sino recordándoles cómo los apóstoles habían sido humillados por amor a Cristo. Puesto que habían aprendido de Él el más grande ejemplo de humildad y despojo de toda gloria, su vida había venido también a ser ejemplo de humildad, entrega y dependencia total de Dios, pues él imitaba al Salvador.
Y no solo él estaba en la labor del Reino; Pablo les recuerda que les había enviado a Timoteo, su hijo amado y fiel, para que les recordara los caminos de Cristo porque, en lugar de vivir de igual manera, en dependencia y fidelidad, se habían vuelto arrogantes, olvidando que el reino de Dios no consiste en palabras elocuentes ni en sabiduría humana, sino en poder. El poder que ya antes les había explicado; el poder de la obra transformadora del Espíritu Santo en la vida de un creyente a través de la predicación de la Palabra.
Con el corazón de un padre espiritual, Pablo les plantea una pregunta confrontadora al final de este capítulo: «¿Qué quieren? ¿Iré a ustedes con vara, o con amor y espíritu de mansedumbre?».
Dios, en Su misericordia, nos provee líderes y hermanos que nos hablan la verdad en amor, para confrontar nuestro orgullo y llevarnos al arrepentimiento. Reconocer el pecado y volvernos al Señor es siempre el punto de partida.
¿Tendrás un corazón humilde para recibir la exhortación y buscar vivir humildemente delante de Dios?
«Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios?». - Miqueas 6:8
Para meditar:
- ¿Vives como sierva de Cristo o buscas el reconocimiento humano?
- ¿Renuncias diariamente al orgullo espiritual y reconoces que todo lo bueno que tienes proviene únicamente de la gracia de Dios?
- ¿Recibes la corrección y exhortación con humildad, permitiendo que Dios transforme tu corazón a través de Su Palabra y de quienes Él usa para hablar verdad en amor?
- Imita el ejemplo de Cristo viviendo con humildad y dependencia total del Espíritu Santo.
MacArthur, J. (2015).1 y 2 Corintios (D. A. Díaz Pachón, Trans.; Vol. 1, p. 152). Editorial Portavoz.
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