Dios: revestido de gloria
Este salmo inicia igual que el salmo 103: «Bendice, alma mía, al Señor». Anteriormente, vimos que este es un llamado personal a adorar a Dios con todo nuestro ser, desde lo más profundo de nuestro interior. En el salmo anterior contemplamos lo que Dios ha hecho por nosotras y los beneficios que, por gracia, nos concede. Ahora, el enfoque se amplía: somos invitadas a contemplar lo que Él hace en toda la creación, para, una vez más, responder en adoración con todo nuestro corazón.
En los versículos 1 al 4, vemos que el salmista exalta la majestad y la gloria de Dios: «Te has vestido de esplendor y de majestad…». Desde el inicio, nuestra mirada es dirigida no solo a las obras de Dios, sino a Su grandeza misma. Luego, el salmista describe cómo esa gloria se hace visible en la creación: «Cubriéndote de …
Dios: revestido de gloria
Este salmo inicia igual que el salmo 103: «Bendice, alma mía, al Señor». Anteriormente, vimos que este es un llamado personal a adorar a Dios con todo nuestro ser, desde lo más profundo de nuestro interior. En el salmo anterior contemplamos lo que Dios ha hecho por nosotras y los beneficios que, por gracia, nos concede. Ahora, el enfoque se amplía: somos invitadas a contemplar lo que Él hace en toda la creación, para, una vez más, responder en adoración con todo nuestro corazón.
En los versículos 1 al 4, vemos que el salmista exalta la majestad y la gloria de Dios: «Te has vestido de esplendor y de majestad…». Desde el inicio, nuestra mirada es dirigida no solo a las obras de Dios, sino a Su grandeza misma. Luego, el salmista describe cómo esa gloria se hace visible en la creación: «Cubriéndote de luz como con un manto, extendiendo los cielos como una cortina…». Esto nos ayuda a contemplar la creación no como algo independiente, sino como el reflejo de la gloria de su Creador. Todo lo que vemos: la luz, los cielos, las nubes, apunta a Él.
Esto nos lleva al inicio de todo lo creado en Génesis 1: «Entonces dijo Dios: “Sea la luz”». El mismo Dios que habló y dio origen a todo cuanto existe es el Dios que el salmista exalta, quien está vestido de majestad y gobernando sobre Su creación.
Es importante notar que Dios no es parte de la creación. Él no está contenido en ella ni limitado por ella; está por encima, la gobierna y la sostiene. La creación revela Su grandeza, pero no lo define. Y al detenernos en esto, somos confrontadas con una verdad necesaria: muchas veces tendemos a reducir a Dios a algo más pequeño, más manejable, más cómodo para nosotras. Pero este salmo nos recuerda que Él es infinitamente mayor de lo que podemos comprender.
Dios ordena y establece la creación
Nuestro Dios no solo es el Creador de todas las cosas. Él es quien «estableció la tierra sobre sus cimientos…». Esto nos recuerda que todo lo que Él hizo fue «bueno en gran manera» (Gn. 1:31), y que Su obra no fue desordenada ni caótica, sino perfectamente diseñada.
En los versículos 6 al 9, el salmista describe cómo las aguas cubrían la tierra, pero también cómo Dios, con Su sola palabra, estableció límites para ellas: «A Tu reprensión huyeron, al sonido de Tu trueno se precipitaron. Se levantaron los montes y se hundieron los valles, al lugar que Tú estableciste para ellos».
Aquí no vemos un mundo fuera de control, sino un Dios que gobierna con autoridad. Él pone límites al mar, establece fronteras y determina hasta dónde pueden llegar las aguas: «Pusiste un límite que no pueden cruzar, para que no vuelvan a cubrir la tierra» (v. 9).
Amada, la creación no funciona por sí sola. No es autónoma ni independiente. Todo responde a la voz de su Creador. Aquel que habló en el principio es el mismo que sostiene el orden hoy.
Por eso, este mundo no es un lugar entregado al caos, sino un mundo gobernado continuamente por Dios. Aun aquello que parece incontrolable está bajo Su autoridad. Él no solo creó todas las cosas, sino que estableció su orden y continúa sosteniéndolo con Su poder.
Dios provee para toda la creación
El Señor no es solo el Creador y quien establece el orden en todo lo que existe; Él es también un Dios que provee fielmente para Su creación.
En los versículos 10 al 18, el salmista nos invita a contemplar cómo esa provisión se despliega en toda la tierra: el manantial que corre por los valles, los animales que beben de él, la vegetación que crece, los árboles que sirven de refugio. Todo refleja el cuidado constante de Dios. Podemos afirmar que nada queda fuera de Su atención.
A lo largo de estos versículos vemos que Dios provee tanto para los animales como para el ser humano. Él cuida de lo grande y de lo pequeño, de lo visible y de aquello que fácilmente pasa desapercibido para nosotras. Y al observar esto, comenzamos a ver algo más profundo: la creación no solo existe por Él, sino que es sostenida continuamente por Su cuidado fiel. Amada, nada, absolutamente nada, queda fuera de Su provisión.
Ritmo, orden y propósito
Dios ha establecido tiempos y ritmos en todo lo que ha creado. Él es un Dios de orden, y nada en Su creación ocurre al azar. En los versículos 19 al 23, el salmista describe cómo cada elemento de la creación cumple una función dentro del diseño de Dios. La luna marca las estaciones, el sol conoce su ocaso, la noche da lugar a los animales y el día permite al hombre salir a su trabajo.
Aquí vemos que la creación no solo existe, sino que funciona de manera ordenada y con propósito. Cada ciclo, cada cambio, cada momento responde al diseño sabio de su Creador. Nada está fuera de su lugar. Nada ocurre por accidente. Dios ha establecido un ritmo en el que todo tiene su tiempo y su función.
Al observar estos ritmos, recordemos que Dios no solo gobierna la creación, sino que también ordena cada aspecto de la vida con sabiduría perfecta.
Dependencia total de Dios
Amada, todo lo anterior pone de manifiesto una gloriosa verdad: ¡la creación depende de Dios a cada instante! ¿Te imaginas vivir en un mundo donde todo esté desordenado, donde la luna y el sol salgan cuando les plazca; un mundo donde reine el caos y todas las cosas sean aleatorias? ¡Nadie podría vivir ni un solo día en un mundo así!
La razón por la que todo funciona con tal precisión es porque Dios lo sostiene continuamente con Su poder. Como nos recuerda Isaías 40:12: «¿Quién midió las aguas en el hueco de Su mano, y con Su palmo tomó la medida de los cielos, o con un tercio de medida calculó el polvo de la tierra? ¿Quién pesó los montes con la báscula y las colinas con la balanza?».
Si Dios decidiera retirar Su mano, cuidado y provisión, todo lo que conocemos dejaría de existir; nada funcionaría. El universo entero colapsaría. Pero nuestro Señor, en Su poder y bondad, le ha placido sostener todo cuanto existe.
¡Este es el Dios que no solo creó todas las cosas, sino que las sostiene en cada instante! Y si toda la creación depende de Él, entonces nosotras también podemos descansar en Su cuidado fiel.
Adoración
Amada, después de contemplar la grandeza de Dios en toda la creación, vemos que Él no solo es glorificado por medio de Sus obras, sino que también se deleita en ellas: «¡Sea para siempre la gloria del Señor! ¡Alégrese el Señor en Sus obras!». Ante esta realidad, el salmista no puede permanecer indiferente. La única respuesta posible es la adoración: «Al Señor cantaré mientras yo viva; cantaré alabanzas a mi Dios mientras yo exista».
Todo lo que Él ha hecho refleja Su sabiduría y Su poder, y existe para Su gloria. Sin embargo, el salmo también termina con una nota sobria: «Sean consumidos de la tierra los pecadores». En medio de una creación que declara la gloria de Dios, el pecado sigue siendo una realidad que distorsiona y corrompe. Aun así, el salmista termina como empezó: «Bendice, alma mía, al Señor».
Y es aquí donde esta verdad alcanza su plenitud: el Dios que creó y sostiene todo se ha dado a conocer en Cristo. Como nos dice Juan 1:3: «Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho», y Colosenses 1:17b: «…en Él todas las cosas permanecen».
Al contemplar la creación, no solo vemos la grandeza de Dios, sino que somos dirigidas a Aquel por medio de quien todo fue hecho y en quien todo es sostenido. Y si todo existe por Él y para Él, entonces nuestra vida también encuentra su propósito en Él.
Para meditar:
Al contemplar la creación, ¿te detienes a reconocer la gloria de Dios, o pasas por alto lo que Él está revelando constantemente a tu alrededor?
¿Cómo cambia tu perspectiva al recordar que nada en tu vida ocurre al azar, sino dentro del orden y propósito que Dios ha establecido?
Si Dios sostiene todo lo que existe con Su poder, ¿qué te está impidiendo descansar en Su cuidado fiel?
Medita en una estrofa de este hermoso himno titulado «El mundo es de mi Dios»:
El mundo es de mi Dios; su eterna posesión.
Eleva a Dios su dulce voz la entera creación.
El mundo es de mi Dios; conforta así pensar.
Él hizo el sol y el arrebol, la tierra, cielo y mar.
El mundo es de mi Dios; escucho alegre son
del ruiseñor, que al Creador eleva su canción.
El mundo es de mi Dios; y en todo mi redor
las flores mil con voz sutil declaran fiel Su amor.
El mundo es de mi Dios; jamás lo olvidaré.
Aunque infernal parezca el mal, mi Padre Dios es Rey.
El mundo es de mi Dios; y al Salvador Jesús
hará vencer, por su poder, con la obra de la cruz.
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