En el capítulo de hoy vemos cómo Pablo continúa su carta usando como ilustración el viaje de Israel al salir de Egipto para continuar hablando sobre el uso indebido de la libertad cristiana y los peligros de una confianza excesiva en uno mismo.
Los israelitas habían perdido su fe y no creían que podían ser librados de la esclavitud egipcia, pero con mano fuerte el Señor los hizo cruzar el mar y los llevó al desierto en el camino hacia la tierra que les había prometido. Dios se hizo palpable en sus vidas a través de la nube que los cubría y del alimento y agua provistos milagrosamente para sostenerlos. Y «la roca era Cristo»; el Mesías prometido estaba con ellos, proveyendo para sus necesidades. A pesar de esto, una y otra vez ellos dejaban de confiar en Dios, y cada vez más se llenaban de un orgullo tal …
En el capítulo de hoy vemos cómo Pablo continúa su carta usando como ilustración el viaje de Israel al salir de Egipto para continuar hablando sobre el uso indebido de la libertad cristiana y los peligros de una confianza excesiva en uno mismo.
Los israelitas habían perdido su fe y no creían que podían ser librados de la esclavitud egipcia, pero con mano fuerte el Señor los hizo cruzar el mar y los llevó al desierto en el camino hacia la tierra que les había prometido. Dios se hizo palpable en sus vidas a través de la nube que los cubría y del alimento y agua provistos milagrosamente para sostenerlos. Y «la roca era Cristo»; el Mesías prometido estaba con ellos, proveyendo para sus necesidades. A pesar de esto, una y otra vez ellos dejaban de confiar en Dios, y cada vez más se llenaban de un orgullo tal que cayeron en pecados graves delante de su Dios libertador.
¿Te has llenado de orgullo y has dejado de sostenerte y alimentarte de tu Roca fuerte que es Cristo?
Los cuatro pecados que caracterizaron al pueblo fueron: la idolatría, la inmoralidad sexual, tentar a Dios, y la queja y murmuración. Al dejar la esclavitud en Egipto, explica el pastor MacArthur, «los israelitas abusaron de sus nuevas libertades y cayeron en idolatría, inmoralidad y rebeldía, lo cual los descalificó de recibir la plenitud de la bendición del Señor».
¡Y sí! Siglos después podemos caer en los mismos pecados que son consecuencia de la confianza en nosotras mismas y la falta de sometimiento humilde al señorío del Señor; los corintios lo estaban haciendo, y nosotras no estamos exentas. Por eso Pablo les dice: «Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga».
Caemos cuando olvidamos de dónde nos sacó el Señor y empezamos a adorarnos a nosotras mismas, dando rienda suelta a los deseos de nuestra carne, a nuestra gloria. Caemos cuando, en lugar de vivir vidas agradecidas y con contentamiento por las circunstancias que el Señor nos permite vivir en nuestra carrera de la fe, nuestros corazones se vuelven quejumbrosos y llenos de amargura y murmuración. Caemos cuando, en lugar de pensar en los demás antes que uno mismo, ondeamos la bandera de nuestra libertad cristiana disfrazada de conocimiento y madurez espiritual, y nos volvemos esclavas de nuestra propia gratificación, y no nos sometemos los unos a los otros en amor.
Y no podemos excusarnos en lo difícil que es sostenernos en medio de las tentaciones, porque Dios, en Su fidelidad de perfeccionar Su obra en nosotras, promete darnos siempre una salida. Cuando somos tentadas, tendremos dos opciones: ceder a la tentación o huir de ella. La decisión es nuestra. ¿Pensaremos y nos aferraremos al valor del sacrificio de Cristo en la cruz por el pecado que resulta de ceder a esa tentación, o cederemos ante el pecado por el valor de nuestra satisfacción?
Porque estos pecados no entran en áreas grises, no hay libertad que pueda justificarlos. El pecado de idolatría es abominable delante de Dios; ya se había aclarado la realidad de que comer algo que se compraba en el mercado luego de ser sacrificado quedaba en la conciencia de cada quien, aunque no había pecado en consumirlo, pero era muy diferente participar en cualquier forma de una adoración a los ídolos. Algunos creyentes corintios, dice MacArthur, habían llevado demasiado lejos su libertad en cosas cuestionables y se habían involucrado en el mal de la idolatría». Y los que adoran a un ídolo atentan contra el mismo carácter de Dios afirmando que el Señor no es el único Dios verdadero.
Y esto, mis hermanas, también puede significar cualquier cosa en nuestra vida que se ha convertido en un dios falso, todo aquello que recibe nuestra lealtad y disminuye la confianza en el Señor. ¿Estás adorando la codicia, la mentira, la lujuría, la envidia?
Una exhortación clara viene en los siguientes versículos en los que Pablo dice: «Ustedes no pueden beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no pueden participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos, acaso, más fuertes que Él?».
Todo lo que no viene del Señor, viene del enemigo; y cuando tenemos comunión con Dios y participamos de Su mesa con los demás miembros de Su familia, no podemos deleitarnos en los ídolos. Participar en esto es como asociarse con demonios. El llamado era y es abrazar el evangelio exclusivamente.
¿Te das cuenta, mi hermana, hasta dónde nos puede llevar la libertad cristiana si no es regulada por la sabiduría de Dios? Pablo nuevamente les recuerda: «Todo es lícito, pero no todo es de provecho. Todo es lícito, pero no todo edifica. Nadie busque su propio bien, sino el de su prójimo».
Siempre filtra tu libertad a través de tu conciencia, de la edificación y el bien del otro. Participa si tu conciencia está tranquila; abstente si el hermano puede tropezar. Al final, el deseo de nuestro corazón debe estar en la honra, gloria y gratitud a Dios.
Entonces, Pablo resume todo esto en uno de los versículos más conocidos entre los creyentes, pero ciertamente el que menos obedecemos: «Entonces, ya sea que coman, que beban o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios», y continúa diciendo: «No sean motivo de tropiezo». Y esta instrucción incluye el no ser de tropiezo a nadie: creyentes, no creyentes y en medio de nuestra iglesia. Procurar agradar a todos en todo, no buscando beneficio propio, sino lo más importante que podemos desear para el prójimo: que reciban la salvación del Señor.
Amada hermana, yo te animo hoy a examinar tu vida al tiempo que examino la mía. Después de meditar en este pasaje, ¿consideras que llevas una doble vida en asuntos en los que, confiada en tu orgullo espiritual, estás haciendo un uso pecaminoso de tu libertad en Cristo? Nuestro Salvador es digno de que vivamos vidas apartadas para Él, sometiéndonos a Su voluntad y confiando y atesorando Su sacrificio en nuestras vidas para no descansar en una falsa seguridad espiritual que nos lleve a mezclarnos con el mundo.
Para meditar:
- ¿Alguna vez te has sentido segura en tus propias fuerzas? ¿Piensas que no puedes caer? Esto muestra orgullo espiritual y debes arrepentirte. Cuando más firmes nos consideramos, es cuando más vulnerables somos.
- ¿Cultivas el dominio propio en tu vida?
- ¿Abrazas otras ideologías, religiones o creencias mientras al mismo tiempo adoras a Dios?
- ¿Vives para la gloria de Dios en todas las áreas de tu vida?
MacArthur, J. (2015). 1 y 2 Corintios (D. A. Díaz Pachón, Trans.; Vol. 1, p. 225). Editorial Portavoz.
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