El capítulo 11 comienza con una afirmación de Pablo: «Sean imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo». Pablo busca cumplir con todo lo que les estaba exhortando a los corintios, y llama a todos a imitarlo; sin embargo, él no era el ejemplo de perfección espiritual; más bien, Pablo les apuntaba a Cristo, a quien ellos y también nosotras debemos imitar. Y, a partir de ahí, Pablo define cuál es el orden establecido por Dios en cuanto a autoridad se refiere.
Y para entender un poquito la mente de Dios en cuanto al orden que establece, recordamos la Trinidad: Dios en tres personas, iguales en importancia, pero con diferentes roles. Cristo, la segunda persona de la Trinidad, que es Dios mismo, dejó Su gloria en los cielos para someterse a la voluntad de Su Padre y venir a padecer para dar Su vida en rescate por …
El capítulo 11 comienza con una afirmación de Pablo: «Sean imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo». Pablo busca cumplir con todo lo que les estaba exhortando a los corintios, y llama a todos a imitarlo; sin embargo, él no era el ejemplo de perfección espiritual; más bien, Pablo les apuntaba a Cristo, a quien ellos y también nosotras debemos imitar. Y, a partir de ahí, Pablo define cuál es el orden establecido por Dios en cuanto a autoridad se refiere.
Y para entender un poquito la mente de Dios en cuanto al orden que establece, recordamos la Trinidad: Dios en tres personas, iguales en importancia, pero con diferentes roles. Cristo, la segunda persona de la Trinidad, que es Dios mismo, dejó Su gloria en los cielos para someterse a la voluntad de Su Padre y venir a padecer para dar Su vida en rescate por muchos. Dice Filipenses 2:9-11: «Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre». Cristo es la cabeza de la Iglesia. Él es el Salvador y Señor, y es una posición que solo le pertenece a Él.
Luego, están el hombre y la mujer, iguales en dignidad, pero diferentes en roles. Dios estableció que el varón recibiera autoridad sobre la mujer en el orden de la creación; por lo tanto, la mujer se somete al varón voluntariamente y en obediencia a Dios.
El concepto de autoridad que la Palabra define no implica la superioridad espiritual o de importancia del hombre sobre la mujer, sino que define los roles correspondientes a cada uno y la necesidad mutua de ejercerlos de manera complementaria. La armonía perfecta viene como resultado de asumir la posición que Dios ha ordenado en la creación, pues proviene de Su mente y diseño.
Esta realidad se hacía manifiesta en la iglesia primitiva de manera visible cuando la mujer cubría su cabeza; esta cobertura funcionaba como una señal visible relacionada con autoridad y orden. Cuando hay falta de claridad en estos roles, hay confusión y no se exalta la realidad escritural del orden creado por Dios.
Aquí la pregunta es: ¿La forma como me relaciono y sirvo en medio de la iglesia y los ministerios refleja claramente este orden? ¿He abrazado con gozo el orden de Dios para mí más allá de las puertas de la iglesia para ejercerlo en mi hogar?
Continuando con el orden que debe ser entendido y respetado, Pablo retoma un tema muy importante que mencionó en el capítulo anterior: la Cena del Señor.
La Cena del Señor fue constituida por Cristo mismo la noche en que fue entregado. En el Antiguo Testamento vemos un evento muy significativo: la Pascua. En Éxodo 12, leemos acerca de la salida de la liberación de los judíos que eran esclavos en Egipto. Un cordero debía ser matado y su sangre puesta sobre los dinteles de las puertas para que el ángel de la muerte pasara de largo sin matar al primogénito de los hogares de los judíos. Dios ordenó en aquel momento que los hijos de Israel conmemoraran este evento con un alimento especial (cordero, pan sin levadura y hierbas amargas).
Antes de ser traicionado y crucificado, Jesús preparó una cena de Pascua para Sus discípulos y los instruyó acerca de tomar el pan y el vino: «Hagan esto en memoria de Mí». Hasta que Él regrese, debemos recordar y nunca olvidar que Jesús vino a la tierra y murió por nosotros; el Primogénito de Dios se entregó a Sí mismo y derramó Su sangre para perdonar nuestros pecados y darnos vida eterna con Él.
Ahora aquí, en la iglesia primitiva, era costumbre que se hacían banquetes donde había comunión y fraternidad entre los hermanos, que terminaba con la celebración de la Cena del Señor. Sin embargo, la iglesia de Corinto había caído en la carnalidad y la mundanalidad; sus conductas se habían vuelto pecaminosas en torno a los mandatos del Señor.
No se esperaban para comer, no buscaban el bien del otro; por el contrario, nuevamente buscaban satisfacer sus deseos carnales; y este tiempo de comunión sagrada se convirtió en un desenfreno de glotonería y embriaguez. La cena debía hacerse con respeto y reverencia, pero ellos la estaban llevando a cabo de manera irreverente e indigna. No estaban haciendo uso de este tiempo para examinarse a sí mismos y para discernir correctamente el Cuerpo de Cristo.
Si los creyentes no disciernen como es debido la santidad de esta celebración, les espera un juicio del Señor. Si no celebran este recordatorio de manera ordenada y reverente, traerán juicio para sí. Pablo dijo: «Por esta razón hay muchos débiles y enfermos entre ustedes, y muchos duermen».
Esta es la razón de la fuerte exhortación de Pablo a no tomar esta cena de manera indigna, deshonrando la ceremonia, aferrándose a sus pecados y carnalidad, y tratando con ligereza el sacrificio precioso de Cristo. Esto, además, provocaba pleitos y divisiones entre ellos; sin embargo, había algunos que se mantenían fieles, honrando al Señor, y Pablo decía que fue evidente quiénes de ellos eran los aprobados en su conducta.
Recordemos siempre que somos llamadas a darle a Cristo toda la honra y la gloria que vienen de corazones llenos de asombro por Su obra de amor y sacrificio para rescatarnos. Y que esta honra se traduzca en obediencia al orden de autoridad que Él ha establecido y en reverencia en medio de Su iglesia.
Cristo derramó Su preciosa sangre, soportó la ira de Dios y llevó todos nuestros pecados en el madero. ¡Cómo no examinar nuestras vidas, arrepentirnos de nuestra carnalidad y buscar honrar a nuestro Salvador con vidas santas!
Para meditar:
- ¿Reconoces y honras los roles que Dios ha diseñado para ti en tu familia y en tu iglesia?
- ¿Participas de la Cena del Señor con reverencia, arrepentimiento y gratitud, reconociendo el valor infinito del sacrificio de Cristo por tus pecados?
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