Pablo continúa defendiendo su ministerio al presentarse como ministro del Nuevo Pacto. Y lo hace apelando a la conciencia de los corintios sobre la verdad y la función de la ley dada en el antiguo pacto y la transformación del corazón por medio del Espíritu Santo en este nuevo pacto que Él ha enseñado y que Él representa.
Los creyentes como la carta de recomendación de Pablo
Los falsos maestros sembraron duda en el corazón de los corintios, llevándolos a preguntarse: ¿Quién es realmente Pablo? ¿Tiene él alguna carta de recomendación? ¿Quién lo envía? ¿Podemos confiar en él? Ellos sí conocían a Pablo y el evangelio, pero necesitaban ser recordados, como nosotras, de la verdad inamovible y poderosa del evangelio de Cristo, y no ser fácilmente movidas por las voces de los engañadores.
En aquella época, una manera común de comunicarse para presentarse era por medio de …
Pablo continúa defendiendo su ministerio al presentarse como ministro del Nuevo Pacto. Y lo hace apelando a la conciencia de los corintios sobre la verdad y la función de la ley dada en el antiguo pacto y la transformación del corazón por medio del Espíritu Santo en este nuevo pacto que Él ha enseñado y que Él representa.
Los creyentes como la carta de recomendación de Pablo
Los falsos maestros sembraron duda en el corazón de los corintios, llevándolos a preguntarse: ¿Quién es realmente Pablo? ¿Tiene él alguna carta de recomendación? ¿Quién lo envía? ¿Podemos confiar en él? Ellos sí conocían a Pablo y el evangelio, pero necesitaban ser recordados, como nosotras, de la verdad inamovible y poderosa del evangelio de Cristo, y no ser fácilmente movidas por las voces de los engañadores.
En aquella época, una manera común de comunicarse para presentarse era por medio de una carta. Y bajo esta ilustración, Pablo considera la iglesia de Corinto como su carta de recomendación; ellos son su carta viva que no fue escrita con tinta, sino con el Espíritu Santo, no fue escrita en piedra, sino en corazones nuevos (Jer 31:33). Esa era la prueba de la veracidad de su ministerio, la nueva vida que ahora tenían en Cristo.
Y la confianza que tiene Pablo es hacia Dios por medio de Cristo. Pablo no confía en lo que ha hecho, sino en la suficiencia de Dios. Pablo responde a la pregunta que hizo en 2 Corintios 2:16: «¿Quién está capacitado?». Es decir, ¿quién puede salvarse? Pablo no reposaba en sí mismo, sino en Dios, quien es capaz de salvar a los pecadores y, por ende, les escribía desde esa confianza.
De igual forma, cada una de nosotras, las que tenemos el Espíritu de Dios, somos cartas vivas que otros pueden leer a través de nuestro testimonio cristiano gracias a la labor de aquellos que nos han instruido en el evangelio de la gracia del Señor. Las buenas noticias del evangelio no solo fueron buenas para el día de la conversión; siguen siendo buenas para tu día a día. Si prestamos nuestros oídos a algo novedoso porque nos aburrimos de escuchar sobre el evangelio o porque ya no lo estamos escuchando, necesitamos atender la petición de Pablo: recuerden que el Espíritu del Dios vivo está en nuestros corazones.
De lo contrario, terminamos fabricando un testimonio basado en nuestros grandes esfuerzos o con un maquillaje externo, olvidando que el fruto es la obra del Espíritu Santo en nosotras, que nos llama a humildad, dependencia y rendición. Y al final, nadie está lo suficientemente capacitado para ministrar; es todo por el poder de Su Espíritu y por Su gracia.
La letra mata, pero el Espíritu da vida
En la misma línea de la suficiencia de Dios y la obra del Espíritu Santo, en el versículo 6, uno que ha sido muy malinterpretado, Pablo hace una comparación entre el antiguo pacto bajo la ley y el nuevo pacto que es dado por el Espíritu. Pablo dice que la ley mata porque no fue dada para salvar, pero el Espíritu es quien da vida por medio de la fe en Jesús.
Eso no quiere decir que la ley sea mala o inservible. La ley es buena y necesaria para nosotras hoy, pero ni a ellos ni a nosotras nos salva porque es incapaz de dar vida. La sencilla razón es que la salvación no viene de leyes, viene de una Persona viva; la obra de salvación fue hecha y completada perfectamente por Jesús.
¿Te imaginas si tu vida solo dependiera de seguir reglas? ¿Dónde tendrías esperanza? ¿Dónde encontrarías refugio y perdón? Las reglas no tienen poder en sí mismas para transformarte. En el Antiguo Testamento vemos que la Ley fue dada por Dios para que Israel fuese un testimonio al mundo de quién es Dios después de que Él los salvó, y ellos creyeron en Él. El fin de la Ley era llevarlos a Su Redentor.
Lo mismo es con nosotras. No somos salvas ni sostenemos nuestra salvación por cumplir la Ley, sino por confiar en Jesús, quien cumplió toda la Ley en nuestro lugar. En el nuevo pacto no hay espacio para ganar la salvación o sostenerla por nuestro esfuerzo o desempeño, porque la verdadera transformación es obra de Dios por medio del Espíritu Santo por la fe en Jesús.
La gloria más grande: el velo ha sido quitado
Pablo explica cuál es la grandeza del nuevo pacto al hacer memoria del encuentro de Moisés con Dios. Cuando Moisés estaba con Dios, su rostro brillaba, pero debía ocultarlo detrás de un velo. Pablo argumenta que, si este destello de gloria venía de un pacto de muerte, cuánto más glorioso será el ministerio de vida del Espíritu que tenemos ahora.
La Ley en el antiguo pacto gozaba de una medida de gloria, que se evidenciaba en el hecho de que los israelitas no podían ver directamente el rostro de Moisés (Éx. 34:29-35). Pero por Jesús, la gloria de Dios nos fue revelada. Y el ministerio del Espíritu Santo, quien ha escrito Su Palabra en nuestros corazones, es mucho más glorioso porque trae justicia y no es temporal. En resumen, este es el contraste que Pablo nos presenta:
- El antiguo pacto: ministerio de muerte, condenación y gloria pasajera.
- El nuevo pacto: ministerio del Espíritu, justicia y gloria permanente.
El Antiguo Testamento es una sombra que anticipaba la culminación de todos los ritos, de todos los sacrificios, de una ley que se cumplía externamente en el Mesías que vendría. Dios salvó pecadores en el antiguo pacto (Ro. 4:3, 6), pero la ley no podía impartir vida permanente. Sin el Antiguo Testamento, quienes fueron salvos y quienes hoy nos dejan historias para apuntarnos a Dios y al evangelio, no tendríamos evidencia de la fidelidad, de la sabiduría, del poder, de la misericordia y de la gracia de Dios al cumplir Su plan en Jesús.
El pueblo de Israel no podía ver que el antiguo pacto era temporal… y eso sigue hasta el día de hoy. Cuando se lee la Ley, el velo está puesto, permanece sobre el corazón de ellos; pues solo en Cristo es quitado. Cuando Dios hace que una persona venga a Él y le concede fe, los ojos le son abiertos para ver la belleza de Jesús y para que el Espíritu Santo pueda escribir Su ley en el corazón. Es por medio de Cristo que podemos ver la gloria de Dios.
Transformadas de gloria en gloria
¿Qué significa que «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad»? Este es otro versículo malinterpretado. La Biblia ya nos ha enseñado, abundantemente en el evangelio de Juan, sobre la obra del Espíritu Santo. Pablo no se refiere a la libertad de hacer lo que queremos según nuestra sabiduría y sentimientos. No se trata de experiencias, sino de ser libres de la esclavitud que no nos permitía ver a Jesús glorioso. Así que cuando Pablo dice que donde está el Espíritu hay libertad, se refiere a la libertad del pecado, de la condenación eterna y del juicio eterno (ver Juan 16:8).
El versículo 18 es uno de los más hermosos y profundos, teológicamente hablando, sobre hacia dónde está dirigida nuestra transformación y en quién se basa nuestra santificación. Por todos lados vemos la obra trinitaria: de Dios, de Jesús y del Espíritu Santo y, por eso, podemos ser lo que Él dice que nosotras somos por fe: hijas de Dios.
¿Y cómo contemplamos esa gloria del Señor? Cuando leemos y meditamos en Su Palabra. Cada día, una porción de las Escrituras nos revela un poco más de nuestro Señor, de Su carácter, del maravilloso Salvador que es y de Su gracia abundante. Así, somos transformadas «de gloria en gloria» por el Espíritu Santo. ¡Cuánto amor y gracia del Señor!
Otra vez, la confianza de Pablo estaba en Dios, por eso hablaba con franqueza. El destello de gloria se desvanecía del rostro de Moisés poco a poco, pero la gloria que nuestros rostros descubiertos tienen ahora permanece para siempre. ¡Qué dicha la nuestra!
Nosotras no nos mejoramos a nosotras mismas, no somos nuestra mejor versión, no vemos a las influencers para imitarlas, no elevamos estándares de quién debemos ser por lo que la cultura de moda dice, ni tampoco por lo que otros dicen de ti —bueno y malo. Tampoco nos mejoramos esforzándonos más y mejor. Nuestra vida cristiana no es un plan de automejoramiento o coaching. La vida que Cristo ha comprado para nosotras es una vida nueva, con nuevos afectos, con una nueva mente y una nueva forma de vivir… y eso es verdadera libertad y transformación que permanece.
Por eso, en nuestras pruebas y dificultades, no corremos a ver qué haría Jesús, sino a la Palabra para recordar qué ya hizo Jesús. Por eso, en nuestros días, donde todo está bien, no nos acomodamos, sino que corremos a ver el corazón de gozo de Jesús. Es contemplando a Cristo que nos transformamos por la fe con la ayuda del Espíritu Santo. El resultado de esta contemplación es una conformidad más grande con la imagen de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.
Para meditar:
- Pablo les recuerda la libertad que ahora tienen en el nuevo pacto, pues es tan irónico que, luego de creer, duden de quién es Pablo y prefieran esclavizarse con las ordenanzas del antiguo pacto. ¡Es más carga! ¿Qué cargas impones a otros? ¿Qué cargas te impones a ti? ¿Esforzarte más? ¿Hacer más? Jesús te llama a descansar en Él porque Él ha quitado el velo de tus ojos para que lo contemples.
- Cuando viene a ti la pregunta: «¿A quién debo parecerme?», ¿corres a contemplar a Jesús, a una versión fabricada tuya o a imitar a otra persona?
- Recuerda que eres una carta viva que representa al Salvador que está vivo. Recuerda que eres un corazón nuevo que representa al Señor de tus afectos. Recuerda que estás segura en las manos del Padre porque Jesús te ha salvado y el Espíritu Santo te sostiene.
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