Hoy leemos un salmo imprecatorio del rey David que pertenece al Libro V del Salterio. En él, David clama contra enemigos que le han pagado mal por bien, odio por amor y acusación por oración. Este salmo no nos enseña a odiar personalmente a nuestros enemigos, sino a confiar en que Dios juzgará el mal con justicia perfecta.
El dolor de ser acusado injustamente
David comienza este salmo y plegaria al Señor reconociendo a quién Él le clamaba; y le llama: el Dios de mi alabanza. Antes de cualquier queja o reclamo, su Padre era digno de su alabanza y adoración porque Él es Dios.
Y entonces le hace su primera petición: no calles. David expone todas las injusticias que están sucediendo en su contra: los hombres malvados hablan contra él con mentira y odio, a pesar de que él los había tratado con amor y les …
Hoy leemos un salmo imprecatorio del rey David que pertenece al Libro V del Salterio. En él, David clama contra enemigos que le han pagado mal por bien, odio por amor y acusación por oración. Este salmo no nos enseña a odiar personalmente a nuestros enemigos, sino a confiar en que Dios juzgará el mal con justicia perfecta.
El dolor de ser acusado injustamente
David comienza este salmo y plegaria al Señor reconociendo a quién Él le clamaba; y le llama: el Dios de mi alabanza. Antes de cualquier queja o reclamo, su Padre era digno de su alabanza y adoración porque Él es Dios.
Y entonces le hace su primera petición: no calles. David expone todas las injusticias que están sucediendo en su contra: los hombres malvados hablan contra él con mentira y odio, a pesar de que él los había tratado con amor y les había hecho bien. Estos hombres se habían vuelto sus acusadores; pero David oraba.
Me pregunto cuántas veces he venido delante de Dios con esta misma actitud de alabanza cuando mi corazón está cargado por el obrar de personas que me han tratado injustamente. ¿Puedo inclusive seguir orando por ellos en medio de mi dolor?
Porque si bien es cierto, así como el de David, nuestro dolor no es imaginario; es tan real y se siente punzante en nuestro corazón cuando hemos amado, cuando hemos orado, cuando hemos hecho bien… pero hemos recibido el mal. Sin embargo, podemos ver en este salmo que la fe bíblica no niega el dolor de la injusticia, pero tampoco toma venganza personal en sus manos, sino que la lleva delante de Dios. A Él es a quien apelamos por justicia, a Él es a quien le pedimos que actúe como un Juez justo.
El clamor por justicia
Así lo hizo David, pidió un juicio sobre el impío y comenzó a dar una lista de castigos que estos enemigos suyos podían recibir. MacArthur menciona que es probable que David tuviera en mente la ley de Moisés que decretaba que el falso acusador debía recibir el mismo castigo que había deseado para su acusado. Estos hombres eran esos no arrepentidos, enemigos obstinados y endurecidos, a quienes no les espera otra cosa que el juicio justo de Dios.
De hecho, en Hechos 1:20, Pedro cita el versículo 8 de este salmo para hacer referencia a Judas, quien fue sustituido después de su traición al Maestro. Él dijo: «Pues en el libro de los Salmos está escrito: “Que sea hecha desierta su morada, y no haya quien habite en ella”; y: “que otro tome su cargo”».
Por eso David pedía que fueran encontrados culpables, que no prosperaran de ninguna manera, que su pecado fuera recordado y sus nombres olvidados, pues habían acortado la misericordia para quienes más lo necesitaban. Él deseaba que la maldición que habían decretado para otros fuera la misma paga que ellos recibieran de parte de Dios.
Y este rey, siervo de Dios, oraba así porque sabía que la justicia le pertenece solamente al Señor, y nuestro Padre no es indiferente a la aflicción de Sus hijos.
La fragilidad del siervo afligido
David, entonces, vuelve a presentar su necesidad delante del Señor expresando su sentir. Él se describe pobre, necesitado, herido de corazón, debilitado y despreciado. Aunque era el rey de Israel, el poder que él tenía como líder de la nación no lo libraba del dolor al buscar refugio en Dios en medio de su quebrantamiento. Él no estaba en un lugar de comodidad, sino de profunda tristeza.
Y eso, mis hermanas, nos puede ocurrir a nosotras también en este mundo caído. Aunque somos hijas del gran Rey, el pecado en este mundo puede provocar inmensa tristeza en nuestra vida que nos cuesta seguir adelante. Nos sentimos como David, sacudidas, incomprendidas, despreciadas; pero es en nuestra debilidad que podemos venir con toda honestidad delante de nuestro Padre celestial. Él ya conoce nuestra pena, no necesitamos maquillar nuestro dolor delante de Su presencia, pues está presto para recibirnos con brazos abiertos para consolarnos.
Dios como defensor del necesitado
David tenía una gran esperanza; él conocía a Aquel en quien estaba puesta su confianza. No se refugió en un sentimiento de odio, sino en confianza en la vindicación divina.
El salmista sabía…
- Que podía acudir por ayuda a su Señor, el soberano sobre todo.
- Que su Dios era misericordioso y tenía una mano fuerte para socorrerlo.
- Que de su Buen Pastor venía la bendición.
- Que él podía alegrarse y alabar en medio de su dolor al ver la mano justa de Dios.
- Que podía confiar que su Dios estaría cerca de él en su necesidad, listo para salvarlo de aquellos que condenaban su alma.
Así, David sufrió traición y acusación, pero sabiamente lo llevó delante de Dios en clamor y oración.
Y esta es una invitación para nosotras hoy, porque este salmo no nos enseña a odiar a nuestros enemigos, sino a confiar en que Dios juzgará el mal con justicia perfecta.
Cuando somos tratadas injustamente, no estamos llamadas a tomar venganza en nuestras manos, sino a llevar nuestra causa delante del Dios justo, confiando en que Él ve, juzga y defiende a los Suyos. Es posible que la oración honesta no siempre suene «bonita», pero siempre puede ser una expresión de fe delante de quien es el único capaz de socorrernos.
Pero por encima de todas estas cosas, nuestro consuelo siempre es ver a Cristo, el Justo sufriente. Porque, a diferencia de David y de nosotras, Él es el ejemplo por excelencia de confiar en el Juez justo sin temor.
Cristo no solo padeció injustamente; Él cargó con el juicio que Su pueblo merecía. Él fue acusado falsamente, fue odiado sin causa, recibió mal por bien, fue traicionado por Judas (uno de sus 12 amigos cercanos); pero nada de esto lo llevó a tomar venganza en Sus manos, sino que entregó Su causa al Padre, a quien se sometió en obediencia, y de quien recibió la honra, como dice Filipenses 2:9-11: «Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre».
Así que, mi hermana, en medio de tu dolor y la injusticia que hoy enfrentas, resiste la tentación de reaccionar impulsivamente y acude al Señor a presentar tu dolor, confiando en que Él actuará conforme a Su perfecta justicia. Puedes estar segura de que el buen Padre siempre recibe y consuela a Sus hijos en aflicción.
Para meditar:
- ¿Llevas primero a Dios tu dolor en oración y alabanza?
- ¿Eres honesta delante de Dios acerca de tu sufrimiento?
- ¿Renuncias al deseo de hacer justicia por tus propias fuerzas y descansas en la certeza de que Dios ve, juzga y defiende a los Suyos?
- ¿Tienes tus ojos puestos en Cristo, el Justo sufriente?
MacArthur, J. (1997). Biblia de Estudio MacArthur (Sal. 109:6–8). Thomas Nelson.
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