Esta carta me está ayudando a ver a Cristo de una manera más profunda. Deseo que a ti también. Con cada capítulo descubrimos otra capa de lo esencial que es sufrir por la causa de Cristo, poner nuestra mirada en Él, tener esperanza eterna en Su obra, proclamar Su evangelio para Su gloria y reconciliarnos unos con otros para llamar a otros a la reconciliación con Cristo.
Este capítulo nos recordará la verdad de gemir para ser vestidas con el cuerpo glorificado, la seguridad del Espíritu Santo, el ministerio de reconciliación, el descanso en el evangelio para vivir para Él. Y te animo a guardar esto en tu mente, que resume nuestro tema central en este capítulo: la esperanza eterna en Cristo transforma nuestra manera de vivir hoy y nos impulsa a vivir como nuevas criaturas y embajadoras de reconciliación.
Nuestra morada eterna
El día de ayer, …
Esta carta me está ayudando a ver a Cristo de una manera más profunda. Deseo que a ti también. Con cada capítulo descubrimos otra capa de lo esencial que es sufrir por la causa de Cristo, poner nuestra mirada en Él, tener esperanza eterna en Su obra, proclamar Su evangelio para Su gloria y reconciliarnos unos con otros para llamar a otros a la reconciliación con Cristo.
Este capítulo nos recordará la verdad de gemir para ser vestidas con el cuerpo glorificado, la seguridad del Espíritu Santo, el ministerio de reconciliación, el descanso en el evangelio para vivir para Él. Y te animo a guardar esto en tu mente, que resume nuestro tema central en este capítulo: la esperanza eterna en Cristo transforma nuestra manera de vivir hoy y nos impulsa a vivir como nuevas criaturas y embajadoras de reconciliación.
Nuestra morada eterna
El día de ayer, Pablo terminó el capítulo 4 diciéndonos que, debido al sufrimiento de nuestra alma en este mundo, no debemos: «…poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas».
Hoy Pablo sigue diciendo e inicia el capítulo con un: «Porque». Pero ahora, enfocándose en nuestro cuerpo terrenal que también sufre. Este cuerpo no solo envejecerá, morirá. Pablo hace la comparación de esto con una tienda o casa de campaña. Si nos ponemos a pensar, las tiendas de acampar son muy frágiles; un fuerte viento se las puede llevar. Además, son temporales; una vez que ya las usamos, se desarman y se guardan. Así mismo son nuestros cuerpos terrenales.
Luego, en el versículo 4, nos habla de la realidad de que en este cuerpo mortal sufrimos, y en vez de desanimarnos por ello, necesitamos poner la mirada en la promesa de la morada celestial. ¿Es difícil? Sí, pero no imposible. De hecho, Pablo dice que esta realidad fue preparada por Dios y que nos dio al Espíritu como garantía; el Espíritu Santo que vive en ti hoy por Cristo.
La fragilidad del cuerpo nos hace gemir y anhelar ese cuerpo nuevo que recibiremos en la eternidad cuando estemos vestidas completamente de Su justicia. Esa es nuestra esperanza futura, es decir, la resurrección gloriosa que tendremos gracias a Cristo. Mientras ese día llega, vivamos en este cuerpo mortal de manera que agrademos al Señor.
Nuestra vida necesita seguridad, pero no una emocional ni material; pensamos que eso es lo que necesitamos, pero la realidad es que estas se desvanecen fácilmente. Nuestra esperanza segura no es el cielo per se, es estar con Cristo para la eternidad. Nuestra esperanza es una persona. Hoy podemos tener la certeza de que estamos en Cristo, podemos disfrutar de Él y que viviremos con Él. Por eso no desfallecemos en medio de la tribulación. Por eso nos despertamos al siguiente día con fuerzas renovadas. A veces pensamos que somos nosotras las esforzadas, pero en realidad es el Espíritu Santo en nosotras, diciéndonos: «Sigue adelante. Yo voy contigo, no te dejaré a mitad del camino».
Vivir para agradar al Señor
Pablo sigue dando razones, argumentando y concluyendo. Él dice: «Por tanto», ¡no estemos tristes! ¡Animémonos! Quizá deseamos ya estar con el Señor, pero aún tenemos tarea que hacer aquí; mientras la hacemos, vivamos con la esperanza de ese día. Pablo lo expresó a los filipenses también: «teniendo el deseo de partir y estar con Cristo [...]. Sin embargo, continuar en la carne es más necesario por causa de ustedes» (Flp. 1:23-24). Él deseaba estar con su Señor, pero sabía que por causa de la obra del evangelio debía continuar aquí. Lo mismo es para nosotras. Si estamos vivas en Cristo, tenemos mucho por hacer para Él.
Sigamos adelante caminando por fe, como Pablo dijo en el capítulo 1, versículo 24: «Es en la fe que permanecen firmes». Vivimos por fe en cada momento ordinario, vivimos por fe en cada relación que no resulta ser como esperábamos, vivimos por fe dentro de nuestra iglesia local donde convivimos con otros pecadores, vivimos por fe y con ánimo porque este no es el final de nuestra historia.
Y vivimos por fe, sabiendo que nos vamos a presentar delante del tribunal de Cristo. El cual, para nosotras, no es de temer, pero sí nos ayuda hoy a meditar en cómo estamos viviendo. Ya no estamos bajo condenación, ni la salvación es por obras, pero las acciones tienen consecuencias y recompensas. Sin embargo, este juicio futuro es una advertencia a los adversarios de Pablo que amenazan la pureza del evangelio.
Vamos a rendir cuentas. Esta verdad no debe ser nuestra motivación para “portarnos bien”, sino el agradar a Dios imitando a Cristo, quien ya agradó al Padre perfectamente en nuestro lugar. Y nota que Pablo hace la distinción de que cada uno será recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, según lo bueno o malo que ha hecho. MacArthur lo explica muy bien, él dice: «Lo bueno y lo malo no incluye los pecados porque el juicio de estos se ejecutó en la cruz de Cristo (Ef. 1:7). No es en un sentido moral. Más bien, Pablo quería establecer una comparación entre las actividades de valor eterno y todas las que son triviales».
El amor de Cristo nos controla
Los versículos del 11 al 15 nos proveen un flujo de pensamiento muy edificante. Nota esto: Si conocemos el temor del Señor, es porque el amor de Cristo nos apremia debido a Su obra por nosotras; por lo tanto, ya no vivimos para nosotras.
¿Temes al Señor? Mientras vivimos en esta vida temporal, porque tememos a Dios, persuadimos a otros a creer en Jesús así como nosotras fuimos persuadidas a creer en Él. Por eso, Pablo les ha escrito y los ha persuadido. No solo es el día en el que naces de nuevo, es toda tu vida. Nuevamente Pablo utilizando la fraseología: «No nos recomendamos otra vez a ustedes», que mencionó en el capítulo 3, versículos 1 al 2, que contrasta sus motivaciones con los que se jactan en las apariencias.
El evangelio transforma nuestras motivaciones, de manera que no vivamos para nosotras mismas, ni para otros, ni esperemos por la aprobación de otros, sino que todo lo que hagamos sea porque tememos al Señor. La solución es sencilla, hermosa y profunda: Cristo murió y resucitó; por lo tanto, tú has muerto con Él y resucitado para Él. Ya no es «yo me amo, yo primero, yo merezco», ahora es: «amo a Cristo, amo a Su Iglesia y solo Él es digno para servirle. ¿Y por qué? Porque Cristo murió y resucitó por mí, entonces vivo para Él. ¡Su amor nos controla! Amén.
Nueva creación
Hasta aquí solo podemos maravillarnos de las bendiciones de la obra de Cristo. Al respecto del versículo 16, MacArthur señala: «Desde su conversión, la prioridad de Pablo fue satisfacer las necesidades de las personas. Y Pablo ya no evaluaba a las personas conforme a parámetros externos, humanos y mundanos». ¿Cómo evaluamos nosotras a otros? Es decir, los vemos desde la perspectiva de Dios o desde nuestros prejuicios.
En el versículo 17, nos encontramos con una frase que define nuestra posición e identidad nueva: «En Cristo». Nuevamente, MacArthur dice: «Estas dos palabras constituyen una afirmación breve pero profunda de la importancia infinita de la redención del creyente, la cual influye en: (1) seguridad presente; (2) aceptación del creyente; (3) seguridad futura, y (4) participación del creyente en la naturaleza divina de Cristo».
Romanos 5:8-10 nos recuerda que éramos esclavos de nuestros pecados, pero que por la salvación de Cristo hoy somos creación nueva; regeneradas de adentro hacia afuera. ¿Qué quiere decir? La nueva identidad dada por Cristo, la forma de pensar, las prioridades, los afectos, la ocupación de tu tiempo, tus decisiones, cambian. Pertenecen al pasado del que has sido rescatada, esa es la verdad. Sin embargo, porque el pecado aún mora en nuestros corazones, constantemente necesitamos renovar nuestra mente para que todo por lo que fuimos rescatadas ya no nos gobierne ni atraiga y ahora vivamos con los ojos puestos en la eternidad. Lo viejo ya pasó, ahora eres libre del pecado que te ataba a ti misma y a las circunstancias. ¡Gloria a Dios por Su obra en Cristo!
Ministerio de reconciliación
Cuando pensamos en esa nueva identidad que tenemos en Cristo, en nuestra temporalidad, nos preguntamos… ¿Y ahora qué? ¿Cuál es mi propósito? Sabemos que nuestro propósito es hacer todo para Su gloria, como dice Isaías 43:7, pero particularmente como hijas de Dios tenemos una misión: «ser embajadoras de reconciliación», porque hemos sido reconciliadas con Dios por medio de Cristo, quien es el único mediador entre Dios y los hombres. ¿Por qué necesitamos un mediador? Porque nosotras no podíamos pagar con nuestra vida la deuda de nuestro pecado ni apaciguar la ira de Dios por nuestro pecado, solo Cristo.
Nuestra reconciliación no tuvo nada que ver con nosotras ni con un buen o mal comportamiento; nuestra salvación es preciosa y sabia porque nos salva de una rebelión de muerte contra Dios, de una separación espiritual en condenación eterna, para trasladarnos a Su reino donde hay abundancia de vida. Y eso no lo puede hacer nadie, solo el perfecto Salvador Cristo. Por eso afirmamos que nuestra salvación es obra de Dios: Él la inicia, Él la perfecciona y Él la terminará.
Todos somos ministros que, por la gracia de Dios y en Su poder, llevamos el mensaje del evangelio; el mensaje de libertad, plenitud y abundancia en Cristo a un mundo que vive en rebeldía contra Dios. Mientras vivimos de este lado del cielo, lo hacemos como nuevas criaturas que somos. Lo que éramos antes quedó atrás, y ahora somos sus embajadoras, y como embajadoras debemos representar fielmente nuestra nueva ciudadanía celestial.
Muchas veces es más fácil compartir el evangelio con quienes no nos conocen ni nosotras conocemos bien. Las redes sociales brindan plataforma para hacerlo y Dios lo usa; sin embargo, nuestro corazón, que aún está creciendo en comprender que vive para su Señor, busca hacer de esas plataformas gloria propia y no la de Cristo. La realidad es que tenemos muchas personas a nuestro lado para compartir el evangelio: las mamás con sus hijos; las ancianas con las jóvenes en sus comunidades; las solteras con sus compañeras de estudio; las esposas con otras mujeres; las abuelas, las viudas… Todas tenemos el mismo llamado; no tenemos que ir lejos a buscarlo. ¿Con quién estás compartiendo el evangelio hoy?
¡El gran intercambio!
¡Qué capítulo tan hermoso el que hemos leído hoy! ¿No te parece? Y lo cerramos con broche de oro. Lo cerramos con una de las declaraciones más hermosas del Nuevo Testamento acerca de la obra de Cristo: la sustitución. Leámoslo juntas: «Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él». ¡El glorioso intercambio! Toma un momento y dale gracias a Dios por Cristo.
Este es el corazón del evangelio por el cual fuimos reconciliadas y podemos llamar a otros a la reconciliación con Dios. ¿Qué significa esta sustitución o intercambio? Dios trató a Cristo como si Él fuera un pecador, aunque no lo era, y permitió que muriera como sustituto para pagar el castigo por los pecados de aquellos que creyeran en Él. Fue tratado como si fuera culpable de todos los pecados que tú cometiste.
Su justicia nos alcanzó; merecíamos morir por nuestro pecado, pero Cristo se hizo pecado por nosotros, por eso hoy somos justificadas delante de Dios. La justicia que se acredita a tu cuenta es la justicia de Cristo. Así como Cristo no fue un pecador, pero fue tratado como el peor de los pecadores, tú eres tratada como si fueras justa. Él tomó tu lugar en esa cruz. Cristo llevó sobre Sí mismo nuestros pecados para que nosotras pudiéramos vestirnos de Su justicia o ser declaradas justas y poder acercarnos al trono de la gracia para encontrar el oportuno socorro.
Nuestro humilde Salvador, que no cometió pecado, fue condenado a muerte por cada uno de nuestros pecados. Dios no ignoró nuestro pecado porque Él es justo; lo que hizo fue crucificar a Cristo en nuestro lugar porque alguien debía pagar nuestra deuda. ¡Aleluya! Y mira esto: Dios es el autor; Cristo, el que hace la obra; el Espíritu Santo es quien nos ayuda para ser mensajeras del mensaje de salvación. Así que no tenemos excusa, podemos vivir para Su gloria, proclamar el evangelio, tener esperanza en medio de la aflicción y adorar a Cristo por Su obra. ¡Él es digno!
Para meditar
- ¿Anhelas estar con tu Señor? ¿Anhelas el día de esa morada? ¿Cómo ese anhelo moldea tu forma de vivir, de pensar, de servir, de hacer hogar, de decidir, de gastar tu dinero, de ocupar tu tiempo?
- ¿Cómo te anima la promesa de que un día estarás con Él sin tu lucha diaria contra el pecado?
- ¿Con quién compartirás el evangelio hoy?
- Te invito a volver a leer el capítulo y escuchar esta hermosa alabanza que nos recuerda adorar al que nos salvó: Glorioso intercambio - Adoración La IBI [Video OFICIAL]
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