Este capítulo, conectado con el anterior, enfatiza un tema muy importante: la santidad. Muchos entienden que esta palabra tiene que ver con la apariencia externa y el cumplimiento de ciertas reglas y leyes, cayendo muchas veces en legalismo; pero, en realidad, la palabra santidad hace referencia a estar apartados para Dios, para servirlo y adorarlo, y para vivir en santidad como Él es santo. Por eso somos llamadas santas, no por lo que hemos hecho, sino por el sacrificio de Cristo que permite que ahora el Padre nos separe del mundo para Él.
¿Y cuál es la solución? No es simplemente decirnos: «Ya deja de pecar», es más profundo. Es hacerte las preguntas correctas: ¿Por qué peco en esta área? ¿Qué deseo conseguir o qué alimenta este pecado en mí? Y el Espíritu Santo produce un arrepentimiento que transforma el corazón y restaura la comunión con Dios. La idea …
Este capítulo, conectado con el anterior, enfatiza un tema muy importante: la santidad. Muchos entienden que esta palabra tiene que ver con la apariencia externa y el cumplimiento de ciertas reglas y leyes, cayendo muchas veces en legalismo; pero, en realidad, la palabra santidad hace referencia a estar apartados para Dios, para servirlo y adorarlo, y para vivir en santidad como Él es santo. Por eso somos llamadas santas, no por lo que hemos hecho, sino por el sacrificio de Cristo que permite que ahora el Padre nos separe del mundo para Él.
¿Y cuál es la solución? No es simplemente decirnos: «Ya deja de pecar», es más profundo. Es hacerte las preguntas correctas: ¿Por qué peco en esta área? ¿Qué deseo conseguir o qué alimenta este pecado en mí? Y el Espíritu Santo produce un arrepentimiento que transforma el corazón y restaura la comunión con Dios. La idea central de este capítulo es recordarnos que la gracia de Dios produce un arrepentimiento verdadero que santifica nuestro corazón y nos lleva a vivir en santidad delante de Él.
Perfeccionando la santidad
Debido a todo lo anteriormente dicho sobre nuestra identidad en Dios que no será quitada, Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, nos manda: «Limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu». ¿Y cómo lo hacemos? Él nos dice: «Perfeccionando la santidad en el temor de Dios». En nuestra santificación tenemos un rol: obedecer por amor, obedecer por gracia, es decir, no confiar en cuánto me esfuerzo, sino en el temor reverente a quién es Dios.
Dios nos ha apartado para servirlo y adorarlo con una vida que crece en santidad cada día, que continuamente se despoja del pecado y destrona los ídolos del corazón. El camino de una hija de Dios es negarse a mí misma porque reconoce que la santidad nace de pertenecerle a Dios. ¿Cómo lo hacemos? Pablo dice que es haciendo una limpieza de toda la contaminación. No que el pecado esté afuera, pero el pecado de otros y la vanagloria de este mundo nos pueden deslumbrar de tal manera que corramos a los ídolos y no a Cristo.
Y si somos honestas, muchas veces sí sabemos lo que no estamos haciendo bien porque el Espíritu Santo no falla en hacer Su obra de convicción en nosotras, pero no siempre le obedecemos. Por eso, no esperes un día más para entregar tu pecado al Señor, porque Él te perdona y te limpia de toda maldad.
Así que, guardémonos de toda cosa que nos contamine y afecte nuestra relación con Dios y perseveremos creciendo y madurando espiritualmente, buscando cada día honrar a Dios por medio del Espíritu Santo que nos ayuda y nos capacita. Así como las personas se alejan de las comidas que les hacen daño físicamente, nosotras debemos huir del pecado que contamina nuestro espíritu.
El corazón pastoral de Pablo
De todas las cartas de Pablo, esta es la más amorosa después de haberlos reprendido en su primera carta. Esta actitud de Pablo nos recuerda que la reprensión no es para ganar un debate o rectificar que tenemos la razón, ni es una acción meramente moral o para corrección de conducta; más bien, surge de un corazón motivado por el amor de Jesús para ganar al hermano para Él.
Pablo les pide que los acepten en su corazón. En el capítulo anterior, Pablo expresa sus sentimientos y su corazón hacia ellos, mencionándoles los hechos que afirman su amor por ellos. En todo este capítulo, Pablo resalta su gozo y el de Timoteo por el arrepentimiento de los corintios. Él no se arrepiente de haberles causado la tristeza necesaria para que dejaran su pecado, ya que es el Espíritu Santo el que trae convicción del mal actuar, y esto es voluntad de Dios. Pero recibe consuelo de ver su arrepentimiento porque este los limpia de toda maldad.
Es cierto que hay gozo en nuestros corazones cuando un hermano, un hijo, un esposo, una madre se arrepiente y vuelve al Señor. De esta actitud pastoral de Pablo podemos aprender la paciencia de Dios y la búsqueda constante de Dios para que, luego de confrontar, Él obre en sus corazones. Así mismo es con nosotras: en Cristo, ya no hay condenación y, aunque nuestro pecado persistente y necio nos aleja de disfrutar una relación con el Padre, Él no se queda estático; Él siempre obra para que nos volvamos a Él de todo corazón.
La tristeza según Dios
En los versículos 8 al 10, Pablo empieza a explicar cómo se ve un arrepentimiento genuino. Una tristeza que es según Dios, que conduce a la salvación. En estos versículos podemos ver la comparación entre el remordimiento y el verdadero arrepentimiento.
- Tristeza según Dios: para salvación, no deja remordimiento. Es una tristeza que vindica, que produce un cambio de mente, que se aleja del pecado y anhela corregir el mal hecho. Esta tristeza lleva al arrepentimiento, reconoce el pecado y transforma.
- Tristeza del mundo: da como resultado muerte espiritual. Es más bien remordimiento por el mal hecho, que no nos lleva a responsabilizarnos y dolernos por el pecado cometido y por la ofensa a Dios. La tristeza de haber sido sorprendidos en pecado o la tristeza por las consecuencias no es verdadera contrición. Esta tristeza lleva a muerte; solo lamenta las consecuencias y endurece el corazón.
La vida cristiana es una vida de continuo arrepentimiento. Cada día debemos arrepentirnos, apropiarnos del evangelio de la gracia de Dios y ser animadas por Sus promesas. Muchas de nosotras pensamos que el arrepentimiento es simplemente sentirnos mal por un momento y quitar ese malestar al solo decir: «Discúlpame». Y quizá dentro de tu corazón piensas: realmente ella tuvo la culpa; ella no sabe lo que yo he vivido; lo haré para estar en paz; lo haré porque eso dice Dios y no quiero que me vaya mal. Racionalizar, justificar y explicar no es arrepentimiento, es excusa.
Pero la respuesta bíblica es: deja el pecado y vuelve a Dios. El verdadero arrepentimiento toma acción para realmente santificarse. Y la buena noticia es que Cristo hace posible el arrepentimiento, es quien nos reconcilia con Dios; Él es la motivación para apartarnos del pecado. La evidencia del arrepentimiento no solo son palabras, es que, por Su gracia, nos volvemos del pecado para caminar en obediencia porque amamos a Dios.
Frutos del arrepentimiento
Muchas veces lo que deseamos es que esa incómoda sensación de que sabemos que hicimos algo mal se vaya; no queremos dejar el pecado, sino que la culpa se vaya. Y cuando te sientes bien porque dijiste: «perdón», esa presión se quita y nada cambia. Solo usaste la disculpa para sentirte bien en seguir justificando tu pecado. Entonces, ¿cuáles son los frutos del verdadero arrepentimiento?
Hace años, cuando leí esta porción, realmente me llevó a las lágrimas. Por mucho tiempo, fui de quienes se entristecían por haber sido sorprendida o confrontada por el pecado, no por haber pecado contra Dios. ¡Cuánta paciencia tiene Dios conmigo y seguramente contigo! En esta versión encontramos lo siguiente:
- ¡Qué solicitud produjo! Es decir, el arrepentimiento genuino que Dios produjo.
- ¡Qué vindicación! Es decir, la necesidad de reivindicarse, de dejar el pecado para obedecer.
- ¡Qué indignación! Es decir, un enojo santo por pecar contra Dios.
- ¡Qué temor! Es decir, un respeto reverente hacia Dios y Su santidad.
- ¡Qué ardiente afecto! Es decir, un renovado amor por otros (en este caso por Pablo).
- ¡Qué celo! Es decir, un fervor activo por las cosas de Dios.
- ¡Qué castigo del mal! Es decir, la disposición firme de corregir el mal y hacer el bien.
Y el resultado: «En todo han demostrado ser inocentes en el asunto». Esto es lo que hace un verdadero arrepentimiento: vivir en la justificación que hemos recibido de Cristo. ¡Gracias, Señor!
Estos no son pasos, sino que Pablo está nombrando las actitudes visibles del arrepentimiento genuino porque a Dios le importa cómo vivimos; por eso no nos ha dejado solas en nuestra santificación. Ese pensamiento constante que te dice: perdona, llama, reconcíliate, confiesa, no puedes seguir con este pecado secreto, no puedes sola, pide perdón… arrepiéntete, es el Espíritu Santo en ti. ¿Lo estás escuchando o estás volteando la mirada a otro lado? La parte que a ti te toca, es decir: muy bien, Señor, tienes razón, yo he pecado en… a pesar de que me han herido, tú me mandas a perdonar, no quiero, pero te amo más a Ti. Ayúdame, dame un corazón que perdona y pide perdón pronto. No quiero confesar mi pecado secreto de tantos años, pero te amo más a Ti.
Hermana, no te pierdas de una relación profunda con el Señor por aferrarte a tu pecado; pide ayuda a una hermana mayor para que te ayude y escuche. Dios no te está esperando con el mazo en la mano, te está esperando con Su amor y gracia. Y al hacerlo, entonces no solo sientes paz verdadera, sino que vives tu identidad de hija de Dios, de santa, de justa. No por lo que hiciste, sino porque Él obró en ti y por ti para que puedas hacerlo con gozo.
Gozo y restauración
El propósito de la confrontación de Pablo del pecado en Corinto no era personal ni se trataba de tomar solo un lado, el del ofensor o el del ofendido. La confrontación provenía de su amor por la Iglesia de Jesucristo y de su deseo de preservar su unidad y santidad. El propósito último es por el temor a Dios y el verdadero arrepentimiento a Dios. ¿Es esta tu motivación? El consuelo de Pablo es ver la obra del Señor en sus corazones y la respuesta de ellos a esa obra.
Somos egoístas por naturaleza. Pensamos que el arrepentimiento es para mí, es decir, para un beneficio personal. Lo hemos maquillado con palabras bonitas de «así estoy bien con Dios… así agrado más a Dios…», pero la verdad bíblica nos enseña que el arrepentimiento genuino no busca un beneficio propio y aislado (además de que no podemos agradar a Dios más de lo que Cristo ya lo agradó y por Cristo estamos posicionalmente bien con Dios)… busca obedecer a Dios y busca el bien del cuerpo del Señor.
Por eso Pablo da un ejemplo de cómo se ve el consuelo de la reconciliación al mencionar a Tito. Pablo está confortado por ellos y gozoso por el servicio que le han ofrecido a Tito y la cálida recepción que le brindaron. No se avergüenza de haberse jactado en Tito, aunque sus palabras resultaron ser verdaderas por su respuesta a la confrontación.
¿Y cuál fue el resultado? El amor de Tito hacia ellos «abunda aún más al acordarse de la obediencia de todos ustedes». El fruto de la verdadera reconciliación y restauración de relaciones es un amor visible, es un corazón humilde que piensa más en el otro sin creerse con algún derecho o retener alguna queja entre ellos. No solo Tito fue animado, sino Pablo, Timoteo y, obviamente, los corintios.
Lo que hoy leímos es lo que Cristo hace en cada una de nosotras para reconciliarnos con el Padre cuando pecamos y nos alejamos de Él. Hermana, aunque es duro tratar con el pecado, el arrepentimiento que lleva a la salvación y santificación, a vivir en santidad, es un mandato que podemos hacer gracias a que el Espíritu Santo está morando en nosotras. No dilatemos arrepentirnos y, cuando seamos confrontadas, recibamos la amonestación con humildad porque no se trata de nuestra gloria o nombre, se trata de la gloria de Dios.
Para meditar:
- Cuando el pecado es confrontado en tu vida, ¿experimentas una tristeza por haber sido sorprendida o hay una tristeza por haber ofendido a Dios?
- ¿Estás agradecida por el hecho de que Dios te haya concedido arrepentirte y buscarlo por gracia para caminar en fe y santidad?
- ¿Te alejas cuando pecas o buscas reconciliación con Dios y con tus hermanas?
Quiero dejarte esta cita del puritano Thomas Watson para que vivamos esta verdad todos los días:
«El arrepentimiento es una gracia del evangelio por la cual un pecador se ve a sí mismo de manera visible, se duele por su pecado de manera interna y se aparta de él de manera externa».
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