Con este salmo iniciamos una sección muy especial del Salterio: el Hallel egipcio (Salmos 113–118). Estos salmos eran cantados por el pueblo de Israel durante la celebración de la Pascua para recordar la liberación que Dios les había concedido al sacarlos de la esclavitud en Egipto. Los dos primeros (Salmos 113 y 114) se cantaban antes de la cena pascual, y los cuatro restantes después. Es muy probable que estos fueran los himnos que Jesús cantó con Sus discípulos la noche antes de ir a la cruz, como vemos en Mateo 26:30. Como dice Nancy DeMoss Wolgemuth: «Al celebrar la Cena del Señor, también miramos hacia atrás, recordamos la liberación del pecado por medio de Cristo, nuestro Cordero Pascual, y esperamos con anticipación nuestra redención final».
El salmo comienza y termina con la misma palabra: «¡Aleluya!». Es un llamado para que todo el pueblo alabe al Señor. La …
Con este salmo iniciamos una sección muy especial del Salterio: el Hallel egipcio (Salmos 113–118). Estos salmos eran cantados por el pueblo de Israel durante la celebración de la Pascua para recordar la liberación que Dios les había concedido al sacarlos de la esclavitud en Egipto. Los dos primeros (Salmos 113 y 114) se cantaban antes de la cena pascual, y los cuatro restantes después. Es muy probable que estos fueran los himnos que Jesús cantó con Sus discípulos la noche antes de ir a la cruz, como vemos en Mateo 26:30. Como dice Nancy DeMoss Wolgemuth: «Al celebrar la Cena del Señor, también miramos hacia atrás, recordamos la liberación del pecado por medio de Cristo, nuestro Cordero Pascual, y esperamos con anticipación nuestra redención final».
El salmo comienza y termina con la misma palabra: «¡Aleluya!». Es un llamado para que todo el pueblo alabe al Señor. La repetición no es accidental. Desde el primer versículo, el salmista dirige nuestra atención al único que merece toda adoración.
«Alaben, siervos del Señor, alaben el nombre del Señor. Sea bendito el nombre del Señor desde ahora y para siempre. Desde la salida del sol hasta su puesta, sea alabado el nombre del Señor» (vv. 1–3).
La alabanza no pertenece solamente a ciertos momentos especiales de la vida. No depende de las circunstancias ni de nuestras emociones. El salmista nos recuerda que Dios merece ser alabado siempre: desde que amanece hasta que termina el día, en cada generación y en todo lugar. La adoración no es un evento; es el estilo de vida de quienes conocen al Señor.
Pero inmediatamente el salmo nos lleva a contemplar algo aún más asombroso. En los versículos 4 al 6 vemos la inmensa grandeza de Dios.
«Excelso sobre todas las naciones es el Señor; Su gloria está sobre los cielos. ¿Quién es como el Señor nuestro Dios...?».
No existe comparación posible. Él gobierna sobre todas las naciones y Su gloria está por encima de toda la creación. Sin embargo, el salmista añade una frase que cambia por completo nuestra perspectiva:
«...que se humilla para mirar lo que hay en el cielo y en la tierra».
¡Qué contraste tan maravilloso! Nuestro Dios es infinitamente exaltado, pero no es un Dios distante. Precisamente porque Su grandeza es infinita, también es infinita Su misericordia. James Hamilton señala que la gloria de Dios no se manifiesta solamente en que reina sobre todo, sino en que se inclina para mirar y actuar en favor de los humildes.
Y es precisamente allí donde el salmo alcanza su punto culminante.
«Él levanta del polvo al pobre y al necesitado saca del muladar, para hacerlos sentar con los príncipes» (vv. 7–8).
El salmista no está prometiendo que toda circunstancia difícil desaparecerá inmediatamente. Está revelando el carácter de Dios. Él ve al humilde, escucha al necesitado y tiene el poder de restaurar su dignidad. La referencia a la mujer estéril en el versículo 9 sigue la misma idea. En el Antiguo Testamento, la esterilidad representaba vergüenza y aflicción. Dios es presentado como Aquel que transforma la humillación en gozo, no porque todos recibirán exactamente la misma respuesta temporal, sino porque Él siempre actúa conforme a Su misericordia y Sus propósitos perfectos.
Este retrato encuentra su cumplimiento en Cristo.
El Dios exaltado del Salmo 113 se hizo hombre. Aquel cuya gloria está sobre los cielos descendió voluntariamente para rescatar a pecadores que yacíamos en el polvo del pecado. Como dice Filipenses 2, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo. Cristo descendió para levantarnos, darnos un lugar en la familia de Dios y hacernos sentar con Él en los lugares celestiales, como dice Efesios 2:6.
Por eso este salmo no es simplemente una invitación a cantar. Es una invitación a contemplar quién es Dios. Cuanto más vemos Su majestad y, al mismo tiempo, Su compasión, más razones encontramos para vivir una vida de adoración.
Como veremos a lo largo del Hallel, el Dios que levantó a Israel de la esclavitud es el mismo Dios que, por medio de Cristo, levanta a pecadores para hacerlos parte de Su pueblo. Y esa es una razón suficiente para que, desde la salida del sol hasta su puesta, nuestro corazón siga respondiendo: «¡Aleluya!».
Para meditar:
- ¿Mi adoración depende de mis circunstancias o del carácter inmutable de Dios?
- ¿Estoy contemplando solamente la grandeza de Dios o también Su misericordia al inclinarse para rescatar a los humildes?
- ¿Cómo transforma mi vida saber que Cristo descendió para levantarme del polvo y darme un lugar en Su familia?
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