Ayer comenzamos el Hallel egipcio contemplando al Dios exaltado que, en Su misericordia, se inclina para levantar al humilde. Hoy, el Salmo 114 nos muestra ese mismo Dios actuando poderosamente en favor de Su pueblo. Aquí vemos con mayor claridad la referencia al éxodo, el acontecimiento que Israel recordaba cada año durante la Pascua como la mayor demostración de la fidelidad y el poder redentor de Dios.
«Cuando Israel salió de Egipto, la casa de Jacob de un pueblo de lengua extraña...» (v. 1).
La salida de Egipto no fue simplemente la liberación de un pueblo esclavo. Fue el momento en que Dios tomó para Sí un pueblo que le perteneciera. El versículo 2 lo expresa de una manera clara: «Judá vino a ser Su santuario, e Israel Su dominio». La redención nunca termina en la liberación misma; Dios rescata a Su pueblo para que viva bajo Su …
Ayer comenzamos el Hallel egipcio contemplando al Dios exaltado que, en Su misericordia, se inclina para levantar al humilde. Hoy, el Salmo 114 nos muestra ese mismo Dios actuando poderosamente en favor de Su pueblo. Aquí vemos con mayor claridad la referencia al éxodo, el acontecimiento que Israel recordaba cada año durante la Pascua como la mayor demostración de la fidelidad y el poder redentor de Dios.
«Cuando Israel salió de Egipto, la casa de Jacob de un pueblo de lengua extraña...» (v. 1).
La salida de Egipto no fue simplemente la liberación de un pueblo esclavo. Fue el momento en que Dios tomó para Sí un pueblo que le perteneciera. El versículo 2 lo expresa de una manera clara: «Judá vino a ser Su santuario, e Israel Su dominio». La redención nunca termina en la liberación misma; Dios rescata a Su pueblo para que viva bajo Su señorío y refleje Su gloria.
James Hamilton señala que este salmo presenta el éxodo como el gran acto redentor del Antiguo Testamento, una obra tan poderosa que toda la creación responde ante la presencia del Señor. El protagonista no es Israel, sino el Dios que interviene para salvar.
Los versículos 3 al 6 describen esa escena con un lenguaje casi cinematográfico:
«El mar lo vio y huyó; el Jordán se volvió atrás. Los montes saltaron como carneros, los collados como corderitos».
El salmista personifica la creación para transmitir una realidad mucho más profunda. El mar Rojo se abrió, el Jordán retrocedió y los montes temblaron porque toda la creación reconoce la autoridad de su Creador. El Dios que hizo los cielos y la tierra también gobierna sobre ellos. Ningún obstáculo puede resistir Su presencia cuando Él decide actuar para salvar a Su pueblo.
Entonces el salmista hace una pregunta casi irónica:
«¿Qué te pasa, oh mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te vuelves atrás, a ustedes, montes, que saltan como carneros...?».
La respuesta llega inmediatamente:
«Tiembla, oh tierra, ante la presencia del Señor».
No fue el poder de Israel lo que abrió el mar. No fue la capacidad de Moisés. Fue la presencia misma de Dios. La naturaleza responde porque reconoce a Aquel que la creó. El mar obedece. El Jordán obedece. Los montes obedecen.
Y al leer esto no puedo evitar preguntarme: si la creación inanimada responde con obediencia a la voz de su Creador, ¿cuánto más deberíamos responder nosotras, que hemos sido redimidas por Él? El mar no discutió Sus órdenes. El Jordán no resistió Su voluntad. Toda la creación reconoció la autoridad del Señor. Nuestra obediencia también debería ser una respuesta natural al Dios que nos rescató.
El salmo termina recordándonos otra escena del desierto: «Que convirtió la roca en estanque de agua, y en fuente de aguas el pedernal» (v. 8).
El mismo Dios que abrió el mar también proveyó agua cuando Su pueblo no tenía cómo sobrevivir. Él no solo rescata; también sostiene. La redención de Dios nunca consiste únicamente en sacarnos de la esclavitud, sino en acompañarnos fielmente durante todo el camino.
Y aquí volvemos a contemplar a Cristo.
Así como Dios sacó a Israel de Egipto, Jesús vino a librarnos de una esclavitud mucho más profunda: el pecado y la muerte. Él abrió un camino donde no había camino y, por medio de Su muerte y resurrección, nos hizo pasar de las tinieblas a Su luz admirable. Pero Su obra no termina allí. Él continúa sosteniendo a Su pueblo cada día, proveyendo todo lo necesario hasta llevarnos a la herencia eterna.
Por eso, el Salmo 114 no es solamente el recuerdo de un milagro antiguo. Es una invitación a contemplar al Dios cuya presencia transforma lo imposible, cuya autoridad hace temblar la creación y cuyo poder redentor sigue obrando hoy en quienes le pertenecen.
Para meditar:
- ¿Estoy recordando que Dios me rescató no solo para librarme del pecado, sino para que le pertenezca y viva bajo Su señorío?
- Si toda la creación responde a la autoridad de Dios, ¿hay alguna área de mi vida en la que todavía resisto Su voluntad?
- ¿Estoy confiando en que el mismo Dios que me rescató también seguirá sosteniéndome en cada etapa de mi caminar con Él?
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